9. El final del día.

Acababa de salir del restaurante y conducía rumbo a casa. Ya no asistía nunca a clase. Iba de casa al trabajo y del trabajo a casa. Había un paso de peatones, cerca de mi calle, en el que la gente tenía la puta manía de cruzar con el semáforo de peatones en rojo. Puse el coche en punto muerto y pisé el acelerador a fondo. Con el motor desconectado de las ruedas, el coche se deslizaba lentamente, pero el ruido hacía pensar que estaba acelerando muy fuerte e iba a atropellar a todo el mundo. Algunas personas corrían despavoridas y otras se quedaban bloqueadas y se tiraban al suelo. A estas últimas, la selección natural debería erradicarlas de la faz de la Tierra.

Estaba hambriento, pero llevaba un montón de comida conmigo. Unos días atrás, el dueño del restaurante vino a hablarnos acerca de un asunto de vital importancia: tenía un informe con la relación entre lo que vendimos y los ingredientes que gastamos en el último mes, comparado con el resto de franquicias de la bocatería que existían en el país. Estábamos ligeramente por encima de la media en consumo de ingredientes y, al parecer, eso era algo inaceptable. Se le hinchó la vena del cuello y su uso de lenguaje empresarial se acentuó hasta el infinito con palabras como «optimizar» o «maximizar» y muchos «nosotros»; que nunca falte un «nosotros» cada dos o tres frases. Quería que pesemos los ingredientes, cada vez que preparemos algo en cocina, pero que incluyamos una cantidad menor que la que se estipulaba en las recetas que nos pasaba la central, para poder llegar a la cima de la eficiencia. Eso daba lugar a bocadillos de lomo en los que el lomo se acababa a la mitad y cosas por el estilo. Solo si el cliente se quejaba, debíamos rellenarles un poco más el bocadillo. Nuestro objetivo del mes era ser los que menos ingredientes consumían por menú, de toda España, y nuestro premio, otra charla y una palmadita en la espalda. Desde que se produjo la reunión, cuando me tocaba currar en cocina, cargaba los bocadillos de los clientes, más que nunca. Además, teníamos derecho por contrato a comer un bocadillo con un refresco por cada turno trabajado, pero yo empecé a meter un montón de cosas entre pan y pan. Después pasaba por una panadería, cerca de mi casa, y voilà: tenía suficiente material como para hacerme tres o cuatro bocatas.

Tras comer en abundancia, encendí la televisión para apagar mi mente por unas horas. Cuando eso dejó de hacer efecto, me puse una chaqueta y me adentré en la noche fría y oscura. Me sentía un poco alicaído y necesitaba algo de acción para animarme. Era mi droga. Era un adicto a las emociones fuertes: buenas o malas: eso daba lo mismo; cualquier cosa era mejor que otro día gris.

Era jueves: día de las fiestas universitarias en España.

Al día siguiente, tenía que levantarme pronto para ir a currar.

Pero me daba igual.

Todo me daba igual.

Esta vez, no avisé a Clon.

Cada vez que conocía a una chica, me desentendía por completo de él. Y aun así, seguía saliendo por ahí conmigo. Pero es algo que formaba parte de nuestro pacto no escrito, en el que ambos nos beneficiábamos de la compañía: él disfrutaba de la emoción de no saber qué iba a suceder cuando estaba conmigo y yo tenía a alguien con quien charlar de cualquier estupidez para no parecer un patético solitario. Pero en aquella ocasión, no me apetecía hablar con nadie.

Apoyado sobre una pared, con una birra en la mano, observaba el panorama. Era un bar rockero y, caprichos del azar, los altavoces gritaban «where is my mind», de Pixies. Y, como me pasa cada vez que suena la canción perfecta para la situación, se me erizó el vello.

Ya me conocía la historia: siempre era lo mismo: tíos que entraban a los bares, armados con sus pollas, en busca de carne fresca; tías que esperaban su chute de autoestima, atrayendo machos con su ropa apretada y su maquillaje y su peinado y sus movimientos al son de la música y que desplegaban sus escudos y mostraban sus dientes a cada insensato que mordía el anzuelo. Las mujeres solían quejarse cuando los hombres las «molestaban» y se entristecían cuando ninguno lo hacía. Los hombres se quejaban de que las mujeres solo les hacían caso a los tipos guapos o musculosos, pero ellos tampoco se fijaban en las chicas feas o gordas. Un demencial mercado de carne donde todo era fachada: te enseñaban un escaparate bonito pero, si decidías entrar en la tienda, descubrías que ahí no había nada que merezca la pena adquirir. Hombres y mujeres salían dispuestos a beberse el mundo. Pero yo no; yo me solía tomar una o dos cervezas y ya está. Desde aquel día que me emborraché solo, en mi casa, no me había vuelto a sentir embriagado por el alcohol, aunque sí por la euforia que me causaban las mismas cosas que antes me provocaban temor. Lo único a lo que le tenía miedo es a volver a tener miedo. Temía que, si me emborrachaba, volviera ese «yo» atemorizado por la Vida y aplastado por todo tipo de problemas y pensamientos sombríos.

Se me acabó la cerveza y me apetecía tomarme otra. La barra estaba llena: había demasiadas personas acodadas en ella.

—¿Quieres tomar algo? —dije, sin preámbulos, a una chica que estaba sola.

—Un vodka con lima —respondió, con una amplia sonrisa.

—Pues entonces pídelo rapidito y deja sitio en la barra.

Si piensas que me la ligué después de la bordería que le lancé, te equivocas. Pero se fue sin decir nada, salvo con sus furiosos ojos, y me dejó vía libre para pedir algo, que era lo que buscaba. Sin embargo, no llegué a comprar la bebida. Porque justo antes de hacerlo, me deslumbró la belleza de una latina que parecía estar esperando algo o a alguien. También estaba sola. Dos chicas seguidas solas: sin duda era mi día de suerte. Normalmente no resulta nada fácil encontrar chicas solas de fiesta. La gente suele salir en grupo.

Era brasileña y tenía carita de ángel y cuerpo de demonio. Me lo puso tan fácil desde el inicio, que me hizo creer que mi superpoder se estaba intensificando. Pronto conquistaría el puto Universo.

En un abrir y cerrar de ojos, estábamos ya andando hacia su casa, metiéndonos mano y haciendo alguna que otra parada para comernos el uno al otro. Decía que vivía a tan solo un minuto caminando. Llamó al interfono de su propia casa, cosa que me extrañó, y al salir del ascensor me sorprendió ver que la puerta de una de las viviendas estaba abierta y que en ella había una chica en lencería. Tenía unos rasgos muy extraños. Después me enteraría de que descendía de una mezcla de genes japoneses y brasileños.

—Mira lo que traigo hoy. Es bien joven y está bien bueno —le dijo la brasileña a la chica de la puerta.

—Hola guapo —me saludó la otra chica, dándome un pico.

¿Qué coño estaba pasando?

—Entra. No te quedes ahí —insistió.

Entré.

—¿Cuánto tiempo vas a querer estar, cariño? —preguntó.

—Aún no se lo he dicho —informó la brasileña.

—¿Eres puta? —pregunté, en estado de shock.

—Sí, mi amor. Pero de verdad que me gustas.

Por supuesto, no me lo creí. Fue una burda trampa, no cosa de mi superpoder; no era tan poderoso como pensaba. Debían de tener pocos clientes y aprovechaban la cercanía a la zona de fiesta, para bajar a calentar tanto al personal que, una vez descubierto el pastel, ya no se echasen atrás y pagaran el servicio. Y les funcionó: estaba tan caliente que no me quería ir sin follarme a semejante hembra.

La brasileña-japonesa resultó ser la que dirigía el cotarro. Me llevó al baño y me lavó las pelotas en un bidé, con sus propias manos, mientras me daba unos cuantos morreos.

—Esto no suelo hacerlo —avisó—. Solo a los que me gustan.

«Ya, ya, ya… seguro…», pensé.

Me condujo hasta un cuarto, donde encendió una televisión y puso un DVD. Me dio otro pico, me dijo que ahora venía «mi chica» y vi, con pena, a su culo alejarse de mí. La tele arrojaba las imágenes de una peli porno rodada en Brasil. Flipé cuando me di cuenta de que «mi» brasileña, de que «mi» puta, salía en la película.

¡ERA ACTRIZ PORNO!

Una fantasía cumplida: ante mis ojos, un vídeo porno en el que aparecía una mujer de auténtico escándalo y, al mismo tiempo, la tenía entre mis brazos, vestida con una elegante lencería blanca que destacaba sobre su piel tostada.

Volvió a entrar la madam: la sexy y exótica brasileña-japonesa. Me indicó que, cuando le atrae el chico, le gusta participar. Me pidió permiso para unirse y hacer un trío.

Permiso concedido.

Hacía unos meses, estaba enrollándome con una chica en un bar y no sabía cómo quitarme de encima a la amiga que la acompañaba. E intenté solucionar el problema con una carambola épica: si no puedes con tu enemigo, fóllatelo: como no me podía librar de ella, traté de hacerme un trío con las dos. Y estuve bastante cerca: nos besamos los tres a la vez en un torpe pero excitante beso, que apenas duró unos cinco segundos, porque la chica con la que me había estado liando, se sintió muy incómoda con lo que estaba sucediendo y se arrepintió. Total, que me quedé sin montar en triciclo y también sin montar en bicicleta. Un desastre. Pero esta vez, de nuevo de vuelta con la actriz porno y la madam, fue esta última quien inició el beso a tres bandas y fue algo sublime. Después me comieron la polla las dos a la vez y creí haber muerto y llegado al paraíso. No eran lesbianas, ni bisexuales; no se buscaban la una a la otra ni entraban demasiado en contacto entre ellas; pero eso tenía la ventaja de que las dos se centraban en mí. Ya el éxtasis lo alcancé cuando se pusieron bocabajo sobre la cama, una sobre la otra, y pude alternar de un coño al otro a mi antojo. Ahí no pude más y terminé.

La brasileña le susurró algo en el oído a la brasileña-japonesa, que asintió y abandonó el dormitorio. Lo siguiente fue un masaje y enseguida estábamos otra vez dale que te pego, aunque esta vez fue un mano a mano. Al final, aunque contraté solo media hora, estuvimos cerca de una hora, pero nadie lo mencionó. Nos vestimos y estuvimos otros veinte minutos hablando en la cocina, mientras tomábamos una copa de vino. Me pidió mi número de teléfono y dijo que la próxima vez sería gratis, pero en mi casa. Pero no se lo di. Para mí las chicas tenían una fecha de caducidad de veinticuatro horas; a partir de entonces, todo perdía su encanto.

Me marché, con cincuenta euros menos y una experiencia más. Caminé por las calles de Burgos, presidida por su imponente catedral recortándose en el cielo. Un gajo de Luna, suspendido de la bóveda celeste, ocupaba el lugar que horas antes ocupó el Sol. La noche es de los poetas y de los locos. Yo no podía escribir: estaba vacío. Lo único que me quedaba para sobrevivir era la locura.

Convertí otro día corriente en un día emocionante.

Volví a sentirme Vivo una vez más.

Y sin embargo, al llegar a casa, la tristeza inundó mi espíritu.

La química de mi cerebro desencadenó una gran tormenta en mi psique, que me impedía ser libre. Mi mente navegaba a la deriva. Ya no la controlaba yo, sino que ella me controlaba a mí. Iba a mil por hora. Cada pensamiento se bifurcaba en dos o más caminos y estos, a su vez, en más y más hilos de pensamiento. Y todo se mezclaba y tenía sentido y no lo tenía a la vez.

Una idea prevalecía sobre las demás: no importaba con quién o con cuánta gente estuviese; al final del día, siempre estaba solo.

Solo.

Solo.

Solo.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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