8. Intentar no perder o intentar ganar.

—No me acostaría contigo ni aunque fueses el último hombre sobre el planeta —aseguró.

Una hora después, estábamos en su casa: un bonito dúplex.

La conocí una tarde de un martes cualquiera, en una calle cualquiera. Dijo que nunca hablaba con desconocidos y, sin embargo, habló conmigo. Dijo que tenía prisa y, sin embargo, hablamos durante más de una hora. Dijo que ni de coña me permitiría entrar en su casa y, sin embargo me dejó acompañarla hasta su puerta y se empeñó en enseñarme su colección de sellos: sí, no es coña: su colección de sellos. Los tenía en su cuarto. Sacó un pesado y polvoriento álbum de una estantería, dispuesta a mostrármelos, pero la detuve y la besé. «¿Se puede saber qué haces?», dijo, fingiendo indignación, pero sin demasiado convencimiento. Yo le contesté que cuando veo algo que me gusta, lo cojo. Y que ella me llamó la atención y necesitaba conocerla. Y que necesitaba robarle un beso para descubrir si eso nos llevaba a alguna parte. Y la volví a besar de nuevo.

—Prepárate para la mejor mamada de la historia: te voy a hacer la mejor mamada que te han hecho nunca—afirmó.

Jamás había pasado tan rápido del beso a la mamada.

Habían pasado ya unos tres meses desde lo del karaoke y, desde entonces, conocí a unas cuantas mujeres: a la chica multiorgásmica que se corrió mientras nos besábamos, a la «ventrílocua» que simulaba que su coño hablaba, a la que le pegué un moco en la espalda mientras lo hacíamos en la postura del perrito, a la que se escondió bajo la mesa de una cafetería y me la chupó, mientras su amigo me contaba que estaba enamorado de ella desde hacía años, a la guiri que hablaba en español pero follaba en inglés, a la que me follé en un baño público y… a no… espera… es la misma chica: la del baño era la guiri. Qué más… A ver… ¡Ah, sí! La chica que podía abrir las piernas en un ángulo de ciento ochenta grados y que se puso a gritar porque le pegó un tirón. ¡Ja! ¡Vaya susto que me dio! ¡Ah! Y las chicas con las que estuve a punto de hacer un trío. Conseguí darme un beso a tres bandas con las dos a la vez, pero una se asustó y lo jodió todo. Esas son algunas de las que recuerdo ahora mismo, pero creo que hubo más. Fue asombroso: pasé de la sequía a la abundancia, en un parpadeo. Yo había cambiado y el mundo parecía haber cambiado conmigo. Aunque he de reconocer que utilizaba la técnica de la metralleta: disparaba a todas las chicas que me parecían atractivas; por estadística, alguna bala tenía que dar en el blanco. Me di cuenta de que me iba mejor si dejaba de intentar no perder y me enfocaba en intentar ganar. Eso sí, Clon lo intentaba una y otra vez, entrando a tantas tías o más que yo, pero nunca conseguía nada. En mi primer año en la Universidad me ligué a una chica pero conté que me ligué a siete; en cambio, en aquellos tres meses me ligué a unas cuantas pero no se lo conté a nadie: pienso que ahí radica la clave de mi éxito.

Pero retomemos la historia de la mamada.

—Nunca te la han chupado como te la voy a chupar yo. Y ya nadie te la volverá a chupar como te la voy a chupar yo —insistió.

—Veo que es mi día de suerte.

—¿Suerte? Te ha tocado la lotería. Soy una autodidacta del arte de la felación. Soy una artista de la felación —continuó.

—¿Quieres casarte conmigo?

—Quítate la ropa y siéntate en el borde de la cama.

Seguí sus instrucciones.

—Échate un poco para delante. Más en el borde —ordenó.

Le hice caso, sin rechistar.

—Tienes una polla muy bonita. ¿Sabes?

—Eso es porque se alegra de verte. Con las cosas que has dicho, me la has puesto bien dura.

—Te contaré un secreto: la mamada ya empezó desde que entraste por esa puerta. Ya hace rato que estoy dentro de tu cabeza.

—Pues espero que no te asustes con lo que veas. En este momento de mi vida, la tengo llena de coños flotando en el vacío.

—Espero que no te asustes tú con lo que te voy a hacer —declaró, instantes antes de metérsela en la boca.

¿Cuantas pollas habrían estado donde estaba la mía? Quizás cientos. Igual me pegaba un herpes o algo así. Estuve a punto de decirle que quería interponer un condón entre su boca y mi polla. Pero seguro que se habría ofendido y siempre me atormentaría el haberme privado de la mejor mamada de la historia: me quedaría la duda de si era verdad y de cómo podría ser. Así que ahogué a ese miedo en un mar de excitación y lo olvidé.

Empezó a jugar. Muy despacio. Pero muuuyyy despacio. De vez en cuando se la metía en la boca, pero la mayor parte del tiempo, solo era un juego de roces y miradas lascivas. Y yo quería que empezara la acción. Aquellos preliminares se estaban alargando demasiado y ya estaba que explotaba de excitación. ¡No podía más! Quería agarrarle la cabeza y masturbarme con su boca con violencia.

—Me está encantando: me estás volviendo loco; en el buen sentido; pero, ¿podrías acelerar el ritmo solo un poco?

—¡Calla! Déjate llevar y disfruta.

Callé.

Me daba caricias con la lengua, pequeños toques más bien, y no sé cómo lo hacía pero cada toquecito era como acariciar las estrellas con la punta de los dedos. Las manos las usaba para sostener mi polla y para acariciar mis huevos. A veces solo rozaba el escroto, de forma casi imperceptible, y se me ponía la piel de gallina. La piel del pene no la movía: la recogió al comenzar, para dejar el glande descubierto, y ya no la volvió a mover ni un milímetro. Me acariciaba la polla y me daba ciertos toquecitos con sus mejillas, con su pelo, con sus labios, con la punta de su lengua: esta era la mejor: me hacía subir las pulsaciones. De vez en cuando daba una chupadita muy suave, para dejarme sentir el calor del interior de su boca. Parecía simple, pero no lo era en absoluto. Me estaba proporcionando unas sensaciones que no había experimentado nunca ni en mi corta experiencia con el sexo en pareja, ni en mi larga trayectoria con el sexo solitario. No sé cómo lo hacía. Yo las únicas mamadas que conocía eran las de toda la vida: con diferentes profundidades, ritmos y, a veces, ayudándose con las manos; algunas lograban dar con la cadencia y los cambios de ritmo adecuados; la mayoría solamente sabían chupar de forma mecánica; pero lo de la «artista de la felación» era mágico. Conjugaba lo visual, lo mental y lo táctil de forma perfecta. Ella atrapaba el momento en el que deseas que ocurra algo y lo sostenía hasta que te encogías de placer; literalmente. A medida que iba creciendo mi excitación, comenzó a aumentar la frecuencia con la que rozaba el frenillo con la punta de su lengua; cada toque era como un mini orgasmo. ¡Dios! Estaba a punto de correrme. Aún no había traspasado la barrera de no retorno, pero notaba que se avecinaba un orgasmo descomunal. Ella se dio cuenta, con solo observarme, y se detuvo y se quedó con la cara muy cerca de mi miembro, pero sin tocarlo. ¿¿¿Qué??? ¿Por qué cojones se detenía justo ahora? Pero ya era imparable. Mi polla palpitaba con fuertes espasmos y el placer seguía aumentando solo, sin ayuda de nadie. Y la energía acumulada, de pronto se liberó en un estallido tremendo.

Fue un orgasmo inmenso: como unir diez orgasmos, contenerlos un rato y soltarlos de golpe.

Me derretí sobre la cama. Me sentía en paz y, al mismo tiempo, sin fuerzas. Me dijo que soy de los que lanzan el semen lejos. ¿Ejercito el músculo pubococcígeo? Le respondí que no; que ni siquiera sé qué musculo es ese. Entonces, ¿me masturbo con regularidad? Le dije que sí. Me contó que eso es sano; que es como ir al gimnasio, pero para la potencia sexual. Me dijo que con un músculo pubococcígeo fuerte, los orgasmos son más intensos; y que el tiempo de recuperación entre eyaculaciones es más corto; y que, incluso, se puede llegar a retener la eyaculación y tener varios orgasmos seguidos; que los hombres también podemos ser multiorgásmicos. No sabía si todo lo que me contaba era cierto, pero resultaba interesante.

—Te voy a hacer otra —comunicó—. Esta va ser completamente diferente. Pero necesito que hagas una cosa por mí: no te empalmes.

—¿¿¿Cómo???

—Quiero decir al principio. Quiero empezar a chupártela flácida, para metérmela entera en la boca —explicó—. Una vez que empiece, puedes, y debes, empalmarte.

La idea era tan seductora que me provocó una erección. Fue un gatillazo inverso. Le pedí que me diese un poco de tiempo. Me concentré y se bajó y, entonces, se la metió en la boca. Esta vez yo de pie; ella de nuevo de rodillas. Sus labios besando mi pubis, su boca quieta, con todo mi miembro dentro, y su lengua moviéndose a toda velocidad, estimulando el frenillo. No tardó en crecer y poco a poco se fue metiendo por su garganta; más y más. Hasta que le dio una arcada y se la sacó.

Volvió a la carga, pero no conseguía metérsela entera.

—Empújame la cabeza contra tu polla —ordenó.

Empujé.

—Más fuerte —pidió.

Empujé fuerte, pero seguía sin entrar hasta el fondo.

«¡Más fuerte!», exclamó con gestos.

Empujé con muchas más ganas y esta vez sí entró del todo.

Empujo, arcada, suelto, empujo, arcada, suelto.

Un río de saliva se desliza por la comisura de sus labios.

Empujo, arcada, suelto, empujo, arcada, suelto.

Para un momento para coger aire.

Empujo, arcada, suelto, empujo, arcada, suelto.

Su boca golpea fuerte contra mi cuerpo.

Empujo, arcada, suelto, empujo.

Una arcada más grande: como si se hubiese atragantado.

Cae un líquido amarillo muy espeso.

Se echa para atrás y deja caer más líquido amarillo.

¡Es vómito! Asqueroso y pestilente vómito.

Se vuelve a meter la picha en la boca y me mira.

Me coge la mano y la pone en su nuca.

«¡Vamos!», me dice con la mirada.

Empujo, arcada, suelto, empujo, arcada, suelto.

Levanto la cabeza y miro al frente para no ver el vómito. Lo noto chorreando por mi escroto y mis piernas. Lo elimino de mi mente. Me concentro en la sensación de su garganta aprisionando mi pene.

Empujo, arcada, suelto, empujo, arcada, suelto, empujo, arcada, suelto, empujo, arcada, suelto, empujo, arcada, suelto, empujo, arcada, suelto, empujo, arcada, suelto, empujo, arcada, suelto.

¡Ya llega!

Aprieto con todas mi fuerzas su cabeza contra mí y eyaculo, directamente dentro de su garganta.

La libero y vuelve a tomar aire, ruidosamente.

Me tiemblan las piernas.

Me tumbo en el suelo.

—No suelo vomitar —se excusó—. Tengo que practicar más.

—¡Ha sido increíble! Dame unos minutos y te follo.

—Tranquilo, tigre. No creo que puedas: ha sido un desgaste muy grande. Date una ducha para limpiarte la pota. El baño es la primera puerta a la izquierda. Después, si no puedes, me haces un cunnilingus. Llévate la ropa. Que voy a limpiar y ordenar todo este desastre.

Me di una ducha rápida.

—¿Qué toalla uso? —grité.

No hubo respuesta.

Tal vez no me escuchó.

—¿QUÉ TOALLA USO?

Una señora de entre cuarenta y cincuenta años, entró en el baño.

—Hola. Soy la madre de —como quiera que se llamara la «artista de la felación»—. ¿Y tú eres…?

Intenté hacerme con mi ropa, que estaba sobre el lavabo, pero la madre de mi rollete se interpuso de forma deliberada en mi camino.

—Tranquilo. No es nada que no haya visto ya —aseguró.

—¿Me puedes dar los pantalones?

—¡Te has empalmado! ¡Gracias! Es el mejor cumplido que me han hecho en mucho tiempo.

Aún no sé por qué me empalmé. No me ponía nada. No era una madurita atractiva; era una señora con aspecto de estar consumida por una existencia anodina. No me la quería tirar; lo único que quería era ponerme los pantalones y salir pitando de allí.

—Mi marido hace mucho que no cubre mis necesidades, ¿sabes? Y de repente me encuentro un chico guapete como tú, en mi baño.

—Los pantalones… por favor…

—¿Sabes? Igual ya no tengo el cuerpo que tenía con veinte años, pero soy muy fogosa. Cuando me entrego, me entrego del todo.

Un niño de unos diez años nos sorprendió a ambos.

—¡Se ha follado a mi madre! —gritó, antes de salir corriendo.

—Espera. No es lo que parece —repuse.

Nunca pensé que utilizaría esa expresión tan gastada. Y menos aún, que sería cierto que no es lo que parece.

La señora sonreía: parecía estar disfrutando del espectáculo.

—¡Se ha follado a mi madre! ¡Se ha follado a mi madre! ¡Se ha follado a mi madre! —repetía el niño, corriendo escaleras abajo.

La ropa en una mano, los zapatos en la otra y yo bajando a toda hostia hacia la puerta que daba al portal del edificio. Un enfurecido señor barrigudo, con poco pelo y con una barba muy descuidada, corría hacia mí, con torpes pero grandes zancadas. El corazón me daba puñetazos en el pecho, desde dentro. Corrí tanto como pude, salí, bajé las escaleras del portal de tres en tres y seguí corriendo un rato más en la calle, con mis pies descalzos sobre la fría y sucia acera, ignorando las miradas de sorpresa de los viandantes. No entendía a qué venía tal asombro. ¿Acaso sus vidas eran tan aburridas, que nunca habían visto a un tío corriendo desnudo por la calle, tratando de escapar de un hombre que cree que se ha follado a su mujer, cuando lo que en realidad ha ocurrido es que su hija le ha hecho la mejor mamada de la historia?

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

Ojalá estés disfrutando de la lectura, tanto como yo disfruté escribiendo esta locura para ti. Si te está gustando mi novela y te apetece leer la historia completa, con sus preliminares y su orgasmo final, puedes hacerte con un ejemplar aquí. Un esclavo se encargará de entregarte mi libro en la dirección que me indiques.

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