7. El antihéroe.

Nos pasamos la vida esperando: esperando a que llegue la hora de salir del trabajo, esperando a que llegue el fin de semana, esperando a que lleguen las vacaciones, esperando a que nos ofrezcan ese ansiado ascenso que creemos merecer, esperando a que podamos comprar eso que llevamos tanto tiempo deseando tener, esperando a que nos toque la lotería, esperando a tener un golpe de suerte, esperando a que llegue la jubilación, esperando, esperando, esperando… y por fin llega la muerte y se acabaron las esperas. Nos pasamos la vida esperando a que llegue mañana. En lugar de disfrutar del presente, echamos de menos los «viejos tiempos» que ya nunca volverán y anhelamos alcanzar ese futuro ideal que imaginamos. El pasado y el futuro no existen: son invenciones de la mente. El pasado solo es un recuerdo y el futuro una proyección mental. Yo me harté de vivir en esa espera eterna. La sensación que tuve de desconexión con la realidad se había diluido, pero quedó un poso de desapego por la Vida y todo lo que hay en ella. Solo quería hacer lo que me apeteciese en cada momento; buscar el placer momentáneo; solo existía el ahora. Me embarqué en un carpe diem descarnado y brutal y autodestructivo y feliz e infeliz. Ya no había un sitio hacia el que caminar, solo lo que estaba al alcance de mi mano en cada momento; porque era lo único a lo que aspiraba: a aprisionar cada momento, sin importar qué pasara después. No había un mañana.

—Ayer vi un documental —manifestó Clon—: iba sobre casos médicos difíciles de resolver.

Estábamos en mi coche. Yo iba conduciendo.

—Salió un pavo que fue al médico porque se encontró sangre en el ano—continuó—. Y nada: que no daban con el problema. Pasaban las semanas y seguía sangrando el joputa. Pasó por varios especialistas que le mandaban dietas y pomadas y movidas de esas, pero no se le quitaba. Hasta que un médico dio por fin con la solución: al loro: que se cortara las uñas. Ja, ja, ja, ja, ja. Y no volvió a tener sangre en el ano. Resulta que el notas tenía un tic nervioso que le hacía rascarse el culo de forma compulsiva. ¡Lo hacía sin darse cuenta!

Clon siempre contaba historias disparatadas. No solía enredarse en conversaciones de ascensor ni se pasaba el día bostezando y eso me gustaba. La verdad es que era todo un personaje. No me voy a perder en largas descripciones; me gusta que los personajes se describan solos, con sus acciones y sus palabras; pero mencionaré algo que creo que le define muy bien. ¿Conoces los típicos correos electrónicos no deseados que tratan de venderte Viagra o alargadores de pene? Pues él compró un alargador que anunciaban en uno de esos emails, con frases como: «con nuestro agrandador, verá su pene mucho más grande», «resultados instantáneos», «si tras el primer uso, no la ve más grande, le devolvemos su dinero». Cuando recibió el paquete, descubrió que lo que contenía era una lupa. Y en realidad, el producto cumplía con lo prometido: no había una sola frase en el email que no fuera cierta. Clon y yo nunca nos caímos del todo bien; simplemente, quedábamos porque funcionaba. Tuvimos una simbiosis que resultaba beneficiosa para ambos: los dos los sabíamos y estaba bien; no había ninguna necesidad de disfrazarlo de amistad. Puede parecer un acto muy egoísta, pero ambos nos beneficiábamos de ello. Además, si lo piensas bien, todas las amistades tienen una motivación egoísta: tus amigos lo son porque te aportan algo y viceversa; ergo, cualquier amistad es interesada. Es más: absolutamente todo lo que hacemos, tiene motivaciones egoístas; incluso los actos altruistas que, teóricamente, nos perjudican en pos del beneficio «desinteresado» de otra persona. Piénsalo bien: al hacerlo te sientes bien contigo mismo: motivación egoísta: lo siento: es así.

Estábamos detenidos ante un semáforo en rojo.

Se me ocurrió intentar algo que vi en una película:

—¿Ves esa parada de autobús? ¿A que no les haces un calvo? No hay huevos —reté a Clon.

No se lo pensó ni dos segundos: mientras yo bajaba el cristal de su ventanilla, él se desabrochaba el cinturón. El semáforo se puso en verde. Clon ya estaba preparado. Pasé muy despacio junto a no menos de diez personas que esperaban al autobús y que, para su desgracia, presenciaron cómo el culo blanco de Clon les decía: «o». Pero entonces, giré el volante hacia la derecha y aparqué justo al lado de la parada de autobús. Clon no se esperaba esa jugada y se quedó bloqueado. Cuando me bajé del coche, su culo aún permanecía asomado a la ventanilla, silbando. Decenas de personas andaban con prisa, siempre con prisa, por la acera. Por primera vez, logré que Clon sintiese vergüenza por algo: y no era tarea fácil: créeme.

Fui a hacer un recado y, al volver, Clon se estaba liando un porro. El Sol se tiñó de rojo y el día empezó a apagarse, pero antes de irse, nos obsequió con la visión de dos preciosas chicas. Sé que el Universo no las puso ahí para nosotros pero, bajo mi punto de vista, cuando camino, es el Universo entero el que se mueve, empujado por mis pies. Todo depende del punto de vista desde el que observas el mundo que te rodea: tú siempre estás en el centro; lo demás es precisamente eso: lo demás. Ambas irradiaban entusiasmo. Llevaban dos bolsas de la compra cada una, cargadas con botellas, bolsas de patatas, hielo… estaba claro que iban a una fiesta.

Hicieron sonar el interfono de un edificio: piso 3º D.

—¿Quién? —preguntó una voz masculina a través del altavoz.

—Somos nosotras.

La puerta se abrió y sus maravillosos traseros la atravesaron.

—¿Te apetece ir a una fiesta? —pregunté a Clon.

—¿Las conoces o qué?

—No. Pero vamos a colarnos —aseguré.

—¿Cómo?

—Con dos palabras capaces de abrirte cualquier puerta.

Pulsé el botón del 3º D.

—¿Quién? —preguntó la misma voz de antes.

—Soy yo —respondí.

La puerta se abrió.

Clon me miraba como si yo cagara oro. Intentó hablar en varias ocasiones, pero siempre se interrumpía a sí mismo con una risotada. Y me lo acabó contagiando. Estallamos en carcajadas hasta llorar de la risa. ¡Cuánto hacía que no lloraba de la risa!

—¿Y cuál es tu plan ahora? Esto es demasiado estúpido —acertó por fin a pronunciar Clon, aún entre risas.

—¿Plan? ¿Qué plan? ¡Subamos! ¿Qué tenemos que perder?

Subimos y allí había seis personas: las dos tías de antes y cuatro tíos. Les conté que estábamos de paso y que las vimos subir, que la vida es corta, que nos parecieron dos chicas muy alegres y nos apetecía ir a una fiesta con gente a la que no conocemos y que no nos va a aburrir hablándonos de cosas que ya conocemos, que no pretendemos molestar, que si quieren nos vamos por donde hemos venido, pero que nos gustaría quedarnos y ver a dónde nos conduce todo esto y que podríamos bajar a comprar algo de beber. Estaba eufórico: tratando de atrapar el momento, me atrapó el momento a mí. Las dos chicas eran quienes vivían en el piso; los demás, invitados. Nos recibieron con los brazos abiertos y nos invitaron a beber de su bebida y a comer de su comida. Creo que lo que las convenció no fue lo que dije, sino cómo lo dije. Y que, joder, era una fiesta. ¿No suelen ser las cosas imprevistas lo mejor de las fiestas?

El timbre sonó varias veces y fueron llegando más personas hasta juntarnos alrededor de una veintena. Movimos las sillas y todo lo que estorbase, del salón a la cocina, para hacer sitio. Para sentarse solo quedaba un sofá de tres plazas. Las conversaciones se cruzaban unas con otras y la música y el alcohol eran el pegamento que las unía. Clon andaba por un lado; yo andaba por otro; completamente integrados pero con la ventaja de ser desconocidos y aportar y recibir nuevas historias y puntos de vista. Todo el mundo bebía y bebía, y hablaba cada vez más alto. Yo solo me tomé un par de latas de cerveza. Y entonces vi a las dos anfitrionas sentadas en el sofá, conversando entre ellas. A su lado, un tío sosteniendo su vaso de plástico, pensativo; rodeado de gente pero solo. Le pedí que me cediera el sitio; quería hablar con ellas. La fiesta siguió su curso natural y la gente se fue yendo. Hasta que solo quedamos las dos anfitrionas y yo. Se notaba que había mucha rivalidad entre ellas y que era algo que venía ya de antes. Eso me confundía: a veces parecía que estaban interesadas en mí y a veces parecía que solo era una simple competición. Fuese como fuese, yo quería sacarle partido a la situación, pero no había forma de meter baza. Se saboteaban la una a la otra y me saboteaban a mí. Su rivalidad se estaba convirtiendo más en una barrera que en una ventaja a mi favor. La premisa de ambas era: «o yo o ninguna». Y llegó un tercer contendiente: el sueño.

—Me voy a dormir. Estoy agotada —dijo Chica A.

—Yo también —dijo Chica B.

Bueno, pues no pudo ser esta vez, pensé. Y no me importó, porque no tenía expectativas: en serio: me daba igual.

Me puse en pie y estiré mis agarrotados músculos.

Me despedí de ellas.

Chica A se fue al baño y Chica B se metió en su cuarto.

Una idea atravesó mi mente como un rayo.

Me desnudé; completamente; desnudo integral; y me senté en el sofá. All in. Después de todo, la alternativa era irme. De hecho, ya me había despedido de forma oficial. ¿Qué tenía que perder? ¿Qué dices? ¿Que corría el riesgo de hacer el más espantoso de los ridículos? ¿Y por qué iba eso a importarme una mierda? Lo único que me importaba es que probablemente nadie hablará de nosotros cuando estemos muertos. Somos esclavos de la entropía. Vivimos en la parte de abajo de un reloj de arena: no podemos o no sabemos detenerlo y, antes o después, la arena nos enterrará y nuestros nombres quedarán sepultados y olvidados. Nada de lo que hagas importa. ¿Por qué nos comemos tanto la cabeza con tonterías como hacer el ridículo ante personas a las que no vamos a volver a ver nunca más? ¿Por qué le damos tanta importancia a cosas cuyas consecuencias no van a ir más allá del momento actual?

Me miré el tema: me lo había depilado, pero estaba flácido y hacía frío. Me la manoseé un poco: lo justo para que se pusiera un pelín morcillona, sin llegar a estar dura; la preparé para recibir visitas. Tras la puerta número uno, en el baño, tenemos a Chica A. Tras la puerta número dos, en su habitación, tenemos a Chica B. ¿Quién saldrá antes? Hagan sus apuestas. Yo me decantaba por Chica A, pues tenía que salir sí o sí del baño. En cambio, Chica B podría salir de su cuarto o podría no salir. Y efectivamente, fue Chica A: como yo esperaba. Emitió un corto pero intenso gritito agudo. No esperaba que siguiese allí y menos en pelotas. Llevaba puesto un pijama de franela. Su pijama no era nada sexy, pero estaba guapísima sin maquillaje y con su melena larga y lisa colgando alegremente, sin amarres que la coartaran. Me encantan las melenas largas y cuidadas; y sueltas; salvajes. Llevaba puestas unas gafas de pasta que le conferían el aspecto de una secretaria de peli porno.

Se rio.

¿Era de mí o de la situación?

Qué más daba.

Me acerqué y la besé.

Se abrió la puerta número dos y apareció Chica B en escena. Ella vestía una camiseta larga: un atuendo sencillo pero, sin duda, mucho más sugerente y provocativo que el de Chica A. También se rio.

—Escuché el grito y salí a ver qué pasaba —declaró.

Nadie abrió la boca.

Se quedó pensativa y añadió:

—Pues nada. Me vuelvo a mi cuarto. Aunque me quedaré despierta. Estoy muuuy cachonda. Hoy podría pasarme toda la noche follando. Pero como nadie ha aprovechado su oportunidad hoy, me la pasaré jugando con mi consolador; imaginando que alguien entra mientras me masturbo.

Chica A me agarró la polla con firmeza.

—Tranquila, que no me voy a ir a ninguna parte —bromeé.

—A los tíos se os controla con el joystick.

—Y a vosotras con un botón.

Entré al santuario de Chica A y follamos. No estuvo mal: esta vez duré y los dos encontramos nuestros respectivos orgasmos; aunque me cortaba el rollo la cara que ponía ella, con la boca muy abierta y el labio inferior torcido hacia un lado: parecía subnormal. Además, cuando ella estaba llegando al orgasmo, me clavó las uñas y me hizo bastante daño. Después me terminó con una mamada, yo de pie y ella de rodillas. Aunque con condón, por mi pánico a las enfermedades venéreas. Le pedí que se pusiera las gafas y, cuando me quedaba poco, me saqué el preservativo y me corrí sobre su cara y sus gafas.

Ella estaba de buen humor, pero mientras se limpiaba el semen con una toallita húmeda, su semblante se ensombreció.

—Vamos a echar otro —sugerí.

—No me apetece. Estoy cansada. Y mañana madrugo.

—La verdad es que yo también tengo sueño. Me da miedo quedarme dormido conduciendo. ¿Puedo dormir un par de horas aquí?

—No —respondió, tajante.

—Pero solo serían dos horas. No quiero tener un accidente.

—¡Que te pires! Te has bebido nuestra bebida, te has comido nuestra comida y has echado un polvo. ¿Qué más quieres? ¡Vete ya!

—La comida y la bebida nos las habéis ofrecido vosotras. Cuando se regala algo o se hace un favor, no se pasa la cuenta después. Y respecto al polvo, tú has recibido tanto de mí como yo de ti.

—Ja, ja, ja. ¡Yo soy la chica! Yo soy quien da; no el hombre. ¡Esto vale dinero, chaval! Deberías pagar por tener mi coño.

—Entonces eres una puta. Llámalo por su nombre.

—¡Eres un machista! ¡Todos los hombres sois iguales!

—No eres más que una ignorante de mierda.

—Que te pires ya, chaval. O llamo a la policía y te acuso de violación, para que se te pase la tontería.

—Mejor llama a tu chulo —sentencié.

No critico a las prostitutas: me parece bien, siempre que sea por voluntad propia y que, quienes decidan serlo, sean conscientes de las consecuencias de dicha práctica. Si le dije eso es porque sabía que le molestaría: lo peor que le puedes decir a una mujer es que es una puta. Pero ella no era puta; ella era ignorante, sexista y creída.

Abandoné su habitación.

Pero la noche no había terminado.

La puerta de Chica B estaba entreabierta.

Se asomó y, con una sonrisa traviesa, se levantó la camiseta, dejando ver que no llevaba ropa interior. Por cierto: mi ropa aún estaba sobre el sofá del salón.

Por supuesto, acepté la invitación.

En conversaciones entre polvo y polvo, me comunicó que escuchó mi discusión con Chica A y que no le haga caso; que está loca. Ella tampoco la soportaba. Se quería ir del piso, pero no sabía cómo decírselo. Llevaba ya ocho meses pensando en ello y lo estaba pasando mal porque estaba muy a disgusto, pero no sabía cómo enfrentarse al asunto. ¡Ocho meses! Según mi querida Chica B, Chica A era una envidiosa. Le encantaría contarle que se ha acostado conmigo: así discutirían y soltaría toda la basura que llevaba acumulando desde hacía más de un año, pero no lo iba a hacer porque era «una buena chica». Me ofreció quedarme a dormir pero rechacé su oferta. Ya me había espabilado y me quería ir de allí. Además tenía que entrar a trabajar en menos de una hora.

Anteriormente, cuando aún tenía ilusiones y esperanzas, me gustaban las típicas historias sobre superhéroes, porque en ellas aparecen personas normales, con existencias normales, y de pronto un hecho fortuito les otorga superpoderes y emocionantes aventuras. Mi favorito era Superman: porque es un superhéroe que se disfraza de persona normal: esconde sus poderes disfrazándose de persona mediocre, frágil, torpe y tímida. Yo pienso que todos somos así: que todos somos súper hombres que se disfrazan de Clark Kent para poder sobrevivir en una sociedad en la que se premia al que encaja y se castiga al que destaca. Siempre imaginaba lo maravilloso que sería encontrar un superpoder oculto que no sabía que tenía: volar, súper velocidad, súper fuerza, telequinesis… lo que fuera. Y por fin lo había encontrado: mi superpoder era que nada me importaba una mierda. Me sentía casi indestructible. No era un ganador, pero soportaba los golpes que me daba la vida, como si nada. No me golpeaba a mí, le golpeaba a mi avatar; le golpeaba a ese trozo de carne en el que habito. Eso me hacía impredecible, hasta para mí mismo. Sabía lo que hacía en cada momento, pero no lo que haría en el momento siguiente. Al desproveerle de peso al mundo, te vuelves poderoso: capaz de cualquier cosa; eres tan insignificante, que te vuelves inmenso. Sin embargo, tenía un coste: al no importarme nada, no enfocaba mi superpoder hacia ningún objetivo. Mi superpoder se dispersaba en todas direcciones, como una potente explosión de luz cegadora. Eso tenía dos consecuencias: que no podría durar mucho y que no podía ser un héroe. Tampoco era un villano, pues ambos concentran su energía en un sentido o en el opuesto. Era otra cosa: era un antihéroe. Podía hacer cosas casi inimaginables, pero sin objetivos elevados o que implicasen el largo plazo. Me liberé del peso de la responsabilidad, pero me encadené al caos y al azar.

Yo era la personificación del caos.

Cuando hacía algo y Clon, o cualquier otra persona, me preguntaba que por qué, yo respondía que por qué no. Un ejemplo es la nota autoadhesiva amarilla que pegué en el espejo del baño de mis anfitrionas:


«Estimada Chica A,

Soy Javi: el violador machista que te ha llenado la cara se semen. También me he tirado a tu compañera de piso. Y folla mucho mejor que tú. Deberías comprarte una personalidad, porque tu físico no durará.

PD: si eres Chica B, sé valiente y deja esta nota donde está. Enfréntate de una vez a tus miedos y aléjate de los lugares que te hagan sentir mal.

PD 2: Chica A, yo que tú tiraría tu cepillo de dientes a la basura.»

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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