6. El arte de dejarse llevar.

El día comenzó como cualquier otro, pero todo había cambiado. Me levanté de la cama con una profunda sensación de vacío. Todo parecía distante. La información que me suministraban mis sentidos me parecía falsa: como si viviera en una copia exacta del mundo. Me disocié de la realidad. Era como ver la televisión: me vi a mí mismo meando, duchándome, desayunando, cepillándome los dientes… observé cómo mis calcetines daban vueltas en el interior del microondas: falso, falso, falso. Todo era mentira; aquello no era real; no estaba ocurriendo. Lo único real era yo; pero no mi cuerpo, sino yo. El resto era una farsa; no existía. Estaba solo. Yo y el vacío. Terminé mi falso turno en el falso restaurante de falsa comida rápida y seguía sin sentir otra cosa que no fuera la nada más absoluta. La muerte de la esperanza. Y entonces, mientras me quitaba el falso uniforme de trabajo en el falso baño de empleados, me di cuenta: ya no albergaba ni un ápice de esperanza; ya no tenía expectativas; prácticamente me daba todo igual. Ni siquiera me importó que la jornada de trabajo transcurriera con mis compañeras haciendo como si yo fuese invisible. Cuando no esperas nada de la vida, es difícil sentirte decepcionado. Acepté que era un cobarde; que le tenía miedo a la Vida; que prefería estar al margen de cualquier tipo de lucha. ¿Por qué aspirar a nada? ¿Por qué no vivir aquí abajo? Las hostias duelen más si te caes desde la décima planta. ¿Para qué tender puentes infinitos hacia el futuro? Lo único que importa es que nada es importante: fue aceptar esto y sentir un alivio instantáneo. Pasé de cargar con el peso del mundo sobre mis hombros, a ser ligero como una pluma.

—No le gustas a nadie —le dije al hombre del espejo.

—Y te da igual —respondí yo mismo.

Y esbocé la primera sonrisa sincera desde hacía meses.

¿Y ahora qué?

Saqué una moneda.

Cara: salir por ahí, sin rumbo, a ver qué me encuentro.

Cruz: quedarme en casa, viendo la tele.

La lancé bien alto y la dejé caer y rebotar por el suelo.

Por suerte para esta novela, salió cara. Lo que me llevó a aventurarme en la noche; y la noche y el azar me condujeron hasta un karaoke, como podrían haberme conducido a cualquier otro sitio.

—¿Qué estas mirando? —preguntó ella.

—Tus magníficas tetas —contesté yo.

Era una tía muy fea. Solo había dos razones por las que podría gustarle a alguien: sus tetas. Pero no pude evitar echarle un ojo a semejante delantera. Era imposible no mirar. Para mi sorpresa, reaccionó bien y empezó a hacerme preguntas sobre mí y a hablar de cualquier chorrada que se le ocurría. Se notaba que se estaba esforzando por mantener la conversación en funcionamiento a toda costa. Pero era demasiado fea. Esas tetas se merecían una cara mejor.

—¡Ya! —interrumpí, impaciente.

—¿Cómo?

—Que ya es suficiente. Escucha: no tengo nada contra ti; seguro que tienes una gran belleza interior y esas cosas que se dicen; pero no quiero nada contigo. Además no busco amigas y la conversación tampoco es que esté siendo como para tirar cohetes, así que no merece la pena que perdamos más tiempo con esto. Estoy convencido de que habrá alguien por aquí que querrá hincarle el diente a esas dos. Y seguro que ese tío es mejor que yo. No te pierdes nada.

Se enfadó y empezó a gritar como una histérica, pero me daba igual. Todo me importaba una mierda. Le puse la palma de la mano en la frente y la aparté de mi camino. Y entonces, divisé una cara que me resultaba muy familiar. Lo insólito del asunto es que nunca había cruzado una sola palabra con él, hasta que dije:

—Hola.

—Hola —saludó, dubitativo—. ¡Ah! Tú eres el menda del coche amarillo, que me saluda siempre. ¿Te conozco?

Desde hacía un tiempo, al volver del curro me cruzaba en mi calle, casi a diario, con un compañero de clase que tuve el año anterior. Él andando y yo en coche, por lo que nuestra comunicación se basaba en gestos. Ni siquiera me caía bien, pero «lo correcto» era saludarle. Hasta que, tras más de un mes en esta tesitura, me percaté de que no era él. Se parecía mucho a mi antiguo compañero de clase, pero era una persona que no conocía de nada. A pesar de todo, seguí saludándole, ya por vergüenza. Retirarle el saludo de repente, habría sido aún más raro que llevar semanas saludando a un desconocido que, aunque extrañado, me devolvía siempre el saludo. Le expliqué todo y nos reímos y nos presentamos por primera vez. Él me dijo que yo estaba pirado y yo le dije que le llamaría «Clon», por ser tan parecido a la persona con la que le confundía. Y nunca le llamé por su nombre real; de hecho, ni si siquiera recuerdo cuál era.

Se estaba fumando un porro delante de todos los presentes, con total impunidad. Contuvo el aire, con los ojos cerrados, como inmerso en algún tipo de trance, y exhaló el humo lentamente.

—Esto es un karaoke. ¿Vas a marcarte una canción o qué?

—Voy a consultarlo —respondí.

—¿A consultarlo con quién?

Lancé de nuevo la moneda y la aprisioné entre mis manos.

Cara: canto una canción.

Cruz: paso de cantar.

Separé las manos: cruz.

—¿Te lo estás jugando a cara o cruz? —preguntó.

—Solo estoy dejándome llevar.

—¡Ja! ¡Con dos cojones!

Apuró lo poco que le quedaba del porro, dándole una larga calada. La punta adquirió el color del fuego. Continuó succionando hasta que se quemó la yema de los dedos índice y pulgar.

—¡Me cago en la polla de su puta madre! —Exclamó, arrojando con rabia la chusta al suelo.

Clon estaba acompañado por un amigo que no abrió la boca, salvo para bostezar. No le echamos de menos cuando se largó, tras despedirse con un tímido choque de manos.

—¿Has visto a esa piba? La de la minifalda vaquera. No te quita ojo, macho —avisó Clon—. ¡Está tremenda! ¿Vas a decirle algo?

—Veamos.

Cara: voy a por ella.

Cruz: lo dejo estar.

Salió cara.

Me aproximé, sin pensar cómo la iba a entrar.

—Hola —dije yo.

—Hola —dijo ella.

Pues tampoco fue tan difícil.

Montada sobre sus botas con tacones, me sacaba media cabeza. Me llamó la atención un colorido tatuaje que tenía en el muslo: un lobo con un tocado indio, aullando hacia el cielo.

—Bonito tatuaje —observé.

—No le gusta a todo el mundo, pero yo paso de la opinión de los demás. Es una obra de arte. Me lo hice porque bla, bla, bla y simboliza rollo, rollo, rollo y etcétera, etcétera, etcétera.

—¿Tienes más?

—Sí, tengo otro. Pero para verlo, hay que ganárselo.

Reto aceptado.

Hablamos durante unos quince o veinte minutos. La conversación fluía con facilidad. Era asombroso, pues yo era incapaz de hablar con desconocidas: me echaba a temblar y me quedaba en blanco. Sin embargo, por alguna razón, la ausencia de expectativas y de vergüenza hacía que las palabras surgieran como por arte de magia.

Hice una pausa para ir a echar una meada. Había un retrete y dos urinarios contiguos. En los baños públicos, hay unas leyes no escritas sobre la elección del lugar idóneo para hacer tus necesidades. En este caso, con el baño vacío, era sencillo: o el retrete o el urinario más alejado de la puerta. Usé este último, por comodidad y por si acaso el retrete estaba muy sucio. Pero entró otro tío y, en lugar de irse al retrete, se puso en el urinario de al lado. Y, según la ley de los baños públicos masculinos, siempre que sea posible, debes dejar al menos un urinario libre entre medias o, en su defecto, utilizar un retrete. Supongo que no le llegó la última circular. El caso es que al mear se relajan los esfínteres y se me escapó un pedo: en fin, cosas que pasan.

—El pedo: el grito de libertad de las cacas oprimidas —bromeé.

El tipo puso cara de estar chupando un limón.

Mientras me lavaba las manos me miré en el espejo y vi el trozo de carne que me contenía. Si yo no era mi cuerpo, ¿entonces qué era? Me quedé pensando en ello, cuando el espejo me devolvió la imagen de una chica entrando en el baño. Era… bueno, no me acuerdo de su nombre. La llamaremos «chica del tatuaje en el muslo».

—«Chica del tatuaje en el muslo», ¿qué haces aquí?

No habló. Se abalanzó sobre mí y me metió la lengua hasta el esófago, mientras me abría la bragueta. El hombre de antes, aún seguía allí, pero salió pitando. La empujé hacia el cubículo del retrete y me dijo que ahí no; que mejor vamos a su casa; que tiene el coche aparcado ahí fuera. ¿Sabes la típica situación en la que ves a una chica despampanante con un tío del montón, y te preguntas qué hace esa tía con ese capullo? Pues aquel día, yo era «ese capullo».

Clon se había ido. Las amigas de la chica del tatuaje en el muslo, estaban cantando en grupo, si es que a eso se le podía llamar cantar. Nos marchamos corriendo, sin detenernos en despedidas ni en otras convenciones sociales. Lo malo es que el viaje en coche debió de enfriarla y, cuando llegamos a su casa, ya no parecía la misma: sentados sobre su cama, a la luz de una pequeña lámpara, esquivaba mis avances y los nervios le hacían hablar sin parar, mientras yo me preguntaba qué hacíamos todavía con la ropa puesta. Hablaba y hablaba y hablaba de chorradas, como hacía la tetona de antes, con el único fin de llenar el silencio con ruido. Ya no quedaba nada de la conversación chispeante que tuvimos hacía tan solo un rato.

—Todavía no me has enseñado tu otro tatuaje —le recordé.

Se puso en pie y se subió la minifalda. Tenía unas braguitas negras de encaje, que dejaban a la vista el típico tatuaje de putón, en una de sus nalgas: un conejito de Playboy. El tatuaje era muy sencillo; nada que ver con el de su muslo; pero su culo era legendario. Y me agarré a ese culo como si no hubiera un mañana.

Pero volvió a frenarme.

—Me voy —avisé, mientras enfilaba la puerta—. Vale más hacerse una paja, que aguantar esta mierda.

—Espera. No te rindas tan pronto.

Se quitó la camisa y el sujetador y se tumbó bocarriba en la cama. Comencé a acariciarla y a lamerla y a besarla y ella se dejaba hacer, pero cuando le intenté desabrochar la falda, me hizo otro parapolla.

No entendía a qué venía ese jueguecito de hacerse la estrecha. ¡Si hacía nada, me estaba metiendo la mano por la bragueta! Con la de pollas que se habría comido, y en el último momento le da por ir de recatada. Me dejé de tonterías: me la saqué y empecé a aporrearle la cara con ella. Y sin previo aviso, me la agarró con tanta fuerza, que me hizo soltar un alarido, y me la empezó a chupar como una loca.

Me parecía increíble: nunca había conseguido hacer algo así: ligarme a una desconocida en un bar y, al rato, estar follándomela. ¡Y estaba buenísima! A su lado, Noelia parecía un señor calvo de mediana edad. ¿Qué estaba pasando? Normalmente, las chicas así eran inalcanzables para mí. Tuve que divorciarme de la Vida, para que esta empezase a tomarme en serio. ¡Un momento! ¿Y si era una facilona que se va con cualquiera? Una tía que accede a irse a la cama con alguien como yo, y tan rápido, quién sabe con quienes más ha estado. Y me la estaba chupando a pelo, como si nada. Podría tener alguna enfermedad venérea. ¡Incluso el sida!

La aparté de mí. Me aterraba la idea de pillar algo. Necesitaba proteger mi polla con látex.

—¿Qué haces? —preguntó, molesta.

—Desnúdate —ordené con autoridad.

Me senté en una silla de oficina que había junto a un escritorio, a disfrutar del espectáculo. Ver cómo se desnuda una chica a la que nunca has visto en cueros, es como desenvolver un regalo. Tenía un cuerpo espectacular: voluptuoso y duro como una piedra. Era una amazona. Le pregunté que si iba al gimnasio y me dijo que no, pero que todos los días bailaba una hora y que, en ocasiones, trabajaba de gogó. Desnuda estaba aún más buena que vestida. Jamás llegué siquiera a imaginar que podría catar a una chica así. ¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡No me podía creer que me la fuese a follar!

Me quité la ropa sin ceremonias y saqué un condón de mi cartera: una reliquia que me había acompañado durante años: casi me daba pena usarlo. Era muy probable que estuviera caducado y no quería arriesgarme, así que lo abrí sin mirar la fecha de caducidad.

Se echó en la cama, con las piernas abiertas, dispuesta a recibirme. Noté su calor al meterme dentro de ella. Empecé a bombear.

¡Me la estoy follando!

¡Me la estoy follando!

¡Me la estoy follando!

¡Me la estoy follando!

¡Me la estoy follando!

Fueron diez segundos maravillosos.

—¿Ya? ¿Tan rápido? —protestó, incrédula.

—¡Calla puta! Yo soy Arturo Bandini.

—¿¿¿Qué???

—¡Silencio! Ponte a cuatro patas, que te voy a dar lo tuyo.

—¿No te cambias el condón, primero?

—No tengo más condones. Pero si me concentro antes de que se me baje, podré seguir usando este. Ponte a cuatro patas. ¡Ya!

La visión de su glorioso culo, formando un corazón invertido, volvió a ponerme a tono enseguida. Empecé despacio; no quería volver a correrme pronto. Notaba como llegaba al fondo de su coño y me gustaba la sensación. Fui dándole más y más fuerte. Quería atravesarla. La chica del tatuaje en el muslo gemía cada vez más alto y parecía tener el reflejo de apartarse. Le pregunté que si quería que fuese un poco más suave, y me dijo que no; que al contrario; que acelerase el ritmo. Le empecé a dar muy rápido; la embestía con violencia. Sus nalgas retumbaban; su espalda se arqueaba; ella gritaba: no sé si de dolor, de gusto o de ambas cosas. Estaba a punto de llevarla hasta el orgasmo. Y se me salió. Pero, rápidamente, para no retroceder el camino andado, la volví a meter.

—¡¡¡Ayyyyyyyyyyyyyyaaaaaaagrrrrrhggggghaaaaaaaaaaaaaa!!!

Se hizo un ovillo, retorciéndose de dolor.

—¡TU PUTA MADRE! ¡ME LA HAS METIDO POR EL CULO!

Dios no debería haber puesto esos dos agujeros tan juntos.

—¡Ayyyyyyyy! ¡Hijo de putaaa!

—Lo siento. Creo que te moviste.

—¡Que te den por culo, hijoputaaa!

—No es a mí a quién le han dado por el culo hoy —bromeé.

—¡FUERA DE MI CASA!

Me vestí. En silencio. Ella estaba sentada en el suelo, mirándome.

Abrí la puerta de la habitación.

—Bueno… adiós. Me ha gustado conocerte.

—Espera un momento —me pidió.

Se levantó, aún desnuda, y rebuscó apresuradamente por los cajones del escritorio y de la mesita de noche, pero no parecía encontrar lo que buscaba. Sacó un bolígrafo y un pañuelo de papel de su bolso y escribió algo en él. Extendió el brazo para ofrecérmelo:

—Es mi número —aclaró—. Llámame otro día, ¿vale?

Saqué la moneda de mi bolsillo.

Cara: la mando a paseo.

Cruz: cojo su número.

Cruz.

La chica del tatuaje en el muslo tenía los ojos como platos. No entendía nada. Cogí el papel y me dio un abrazo.

—¿Me vas llamar? —cuestionó.

—Sí.

—¿Cuándo? ¿Mañana?

—No lo sé.

—Seguro que no me vas a llamar.

—Que sí, no te preocupes.

—No. No me vas a llamar. Seguro que utilizarás la servilleta con mi número para limpiarte el culo con ella.

—¡Que sí te voy a llamar! Pero no seas pesada.

Minutos después, me encontraba cruzando el umbral del portal de mi casa, cuando pisé algo: no, no podía ser: otra mini caca del perro de la vieja. ¡Dentro del portal! ¡Qué hija de puta! La vieja vivía en el bajo. Haciendo el menor ruido posible, me bajé los pantalones y los calzoncillos y le dejé una buena mierda frente a su puerta. Lo que no había pensado es en el después: otra vez enfrentado al mismo problema: otra vez sin papel higiénico. ¡Menudo imbécil! Rebusqué en mis bolsillos y lo único que encontré fue el pañuelo de papel con el número de teléfono de la chica del tatuaje en el muslo.

Me entró la risa floja.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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