5. La rueda para hámsters.

¿Recuerdas tu infancia?

Ibas contento a la escuela; ahora, vas cabizbajo a trabajar.

Tenías un montón de amigos; ahora, apenas cuentas con un puñado de amistades; y cada vez tienes menos.

Suplicabas a tus padres que te dejaran pasar más tiempo jugando con tus amigos; ahora, tus conocidos tienen que suplicarte que salgas a dar una vuelta; cada vez te da más pereza abandonar la rutina.

Soñabas con ser astronauta o estrella del rock; ahora, te conformas con el pack: matrimonio, hijos y la seguridad de un trabajo fijo que odias, pero que te proporciona un sueldo todos los meses.

Reías, llorabas, cantabas, gritabas y te expresabas de todas las formas imaginables, sin importarte quien estuviera delante; ahora, reprimes tus emociones frente a los demás, por el «qué dirán».

Te acercabas al niño o la niña que te gustaba y le decías: «¿puedo jugar contigo?»; ahora, ves al que podría ser el hombre o la mujer de tus sueños y no te atreves a abrir la boca.

«Se realista».

«Eso es imposible».

«Estás en las nubes».

«No hables con extraños».

«Estás haciendo el ridículo».

«No trates de ser quien no eres».

«Sé tú mismo».

Esta última, resulta paradójica: cuando alguien pronuncia las palabras «sé tú mismo», lo único que está haciendo es repetir un mantra socialmente aceptado, sin reflexionar sobre él. Es decir, el motivo por el que dicen que hay que ser uno mismo, es que todos lo dicen: es una contradicción en sí misma. Si tratas de cambiar algo de ti que no te gusta o que desearías mejorar, te lo disparan a la cara sin contemplaciones. ¡Bum! «Sé tú mismo». ¿Pero y si nos detenemos un momento a pensar en quiénes somos? No somos algo estático; somos un cúmulo de experiencias; cada día cambiamos un poco. Ser tú mismo no debería consistir en conformarte con lo que el azar haga contigo; ser tú mismo debería empezar por decidir quién quieres ser.

Yo siempre he soñado con ser un héroe: como los protagonistas de algunas novelas y películas de Hollywood. Me refiero a ser capaz de comportarme como ellos; con esa seguridad; con esa capacidad de saber qué hacer y cómo hacerlo en cualquier situación. Por supuesto, nunca se lo he contado a nadie. Se reirían de mí. Me dirían: «¡madura!». Odio esa maldita palabra. Para madurar tienes que poner el culo en pompa y aceptar de buen grado lo que venga. Cuanto más te resistas, más te dolerá. La madurez llega en ese difuso punto que marca la frontera entre el niño que cree que todo es posible y el adulto que se conforma con lo que le ha tocado. Me parece más lógico ir en sentido opuesto: «desmadurar»: expulsar de la mente toda esa basura que has ido acumulando a lo largo de los años.

«Es lo que hay».

«Es ley de vida».

«La vida tiene sus fases».

Expresiones enlatadas para justificar vidas enlatadas.

De niño me encantaba jugar a que era un héroe. Y como tal, quería mi final feliz, y este suele incluir a una chica que pierde la cabeza por ti. La primera vez que me enamoré, debía de rondar los siete u ocho años. Se llamaba Malina: un nombre nada común. Era nueva en clase y casi todos mis amigos estaban colados por ella. Al poco de aterrizar en nuestro colegio, me sorprendí deseando que fuera mi final feliz. Y pasé a la acción, haciendo cosas como escribirle cartas de amor o escaparme de casa con mi bicicleta y pedalear durante kilómetros hasta llegar a la suya, situada en otro pueblo, cruzando una carretera principal con coches circulando a más de cien kilómetros por hora. Hice todo tipo de estupideces porque lo estúpido era no hacerlas. Poder compartir algún momento con Malina, por insignificante que fuese, era suficiente motivo para pasarme todo el día sonriendo como un tonto. El sexo y el estatus social, aún eran cosas desconocidas para mí. Los niños saben enamorarse de verdad. Los adultos tendemos a confundir la atracción sexual y el poder con el amor verdadero. Nunca llegamos a salir juntos. Me tuve que mudar antes de conquistarla y no la volví a ver más. Pasé mucho tiempo lamentando mi suerte. ¿Por qué tuvimos que mudarnos? Perdí a todos mis amigos y, sobre todo, perdí a Malina. No conseguí olvidarla hasta que volví a enamorarme, cuando tenía diez años, de la que fue mi primera novia y con quien tuve mi primer beso. A los tres meses, me dejó y, a partir de ahí, todo fue a peor.

En mi adolescencia, hubo unas cuantas chicas que se fijaron en mí, pero siempre ocurría lo mismo: las rechazaba porque tenía el listón tan alto, que ninguna lograba estar a la altura de mis expectativas. Aunque algunas me la ponían dura, si no estaba enamorado, no quería nada. Hubo varias que estaban lo suficientemente buenas como para hacerme pajas pensando en ellas; lo cual es absurdo, pues las había rechazado. Pero no se trataba del físico. Es que además de la atracción física, necesitaba estar enamorado. El físico era secundario. Quería enamorarme de una chica a la que, incluso si alguien me castrara, siguiese queriendo con todas mis fuerzas. Si además estaba buena, mejor, claro, pero ese factor no debía ser decisivo. Eran más importantes otras cosas como que me entienda, que sea a la vez mi mejor amiga, mi amante y mi novia, que me apoye, que se parezca a mí en las cosas en las que debe parecerse y se diferencie de mí en las cosas en las que debe diferenciarse… que seamos mejores juntos que por separado. Así, mientras los demás experimentaban y aprendían a tratar con el sexo opuesto, yo seguía con las mismas ideas respecto a ellas, que cuando era un niño. A veces me enamoraba de una chica, y podía pasar años tras ella, pero no sabía qué hacer, por lo que terminaba no haciendo nada. Porque los años en los que debí aprender a manejar este tipo de situaciones, los pasé buscando otra Malina.

Cuando llegué a la Universidad, les hice creer a mis amigos, que perdí allí la virginidad y que disfruté de una racha fantástica: siete mujeres en mi primer año. Mentira. Ya me gustaría. Me lo inventé un día, hablando con un colega. Aunque me arrepentí al instante, no me atreví a rectificar y mostrar así que, además de un pringado, era un mentiroso. Es la primera vez que lo confieso y no es nada fácil para mí. Pero si quiero ser un escritor de verdad, debo atreverme a escribir todo sin filtros ni vergüenza: lo patético y lo sublime: todo.

Entre todas las patrañas que conté para mantener en pie mi mentira, solo una cosa era cierta. Una mañana estaba paseando por el campus universitario, con un amigo que acababa de hacer y, aprovechando que aún no me conocía, le dije que era un as con las mujeres. Mi teoría era que si lograba labrarme una buena reputación entre mis nuevos amigos y amigas, esta se acabaría haciendo realidad.

—Qué te apuestas a que me lío con esa tía de ahí, en menos de un minuto —fue mi bravuconada.

La chica en cuestión, estaba sentada en un banco, sola, leyendo un libro. Me acerqué y, cuando levantó la mirada, me di cuenta de que no tenía ni puta idea de qué decirle.

—¿Tienes hora? —es la genialidad que se me ocurrió.

—¡Pero si tienes reloj! —exclamó, sonriendo.

—Ya… es que… se me ha parado —improvisé.

Me escrutó de arriba abajo durante unos segundos, que para mí fueron eternos, hasta que finalmente preguntó:

—¿Estás intentando ligar conmigo?

—Sí —afirmé, aparentando seguridad—. Para qué negarlo.

—Pues deja de hacer el tonto y vamos ahí detrás.

¡No me lo podía creer!

Nos enrollamos durante unos minutos y, unos besos y magreos después, anunció que se tenía que ir a clase. Y era cierto. Yo también. Aunque yo habría pasado de esa mierda, por unos pocos besos más.

—¿Me das tu número? Podríamos vernos después —sugerí.

—¡Oh! No. No, no, no, no. A ver… Ha estado bien. Ha sido lo más emocionante que me ha pasado en mucho tiempo. Pero creo que esto debería quedarse aquí.

Y ahí se quedó.

¿Y mi virginidad?

La perdí con una prostituta bielorrusa de veintipocos años.

Una noche, conduje mi coche hasta una calle donde se ponían las putas, dispuesto a hacerlo de una vez por todas.

—¿Cuánto?

—Veinticinco euros: solo follar. Treinta: completo.

—Solo follar.

Temía que si me la chupaba, me correría enseguida y no llegaría ni a metérsela. Estaba demasiado buena y yo era virgen.

—¿No quieres completo? Tengo bolas chinas.

No tenía ni idea de qué era eso.

—No, gracias. Solo follar.

Subió su menudo cuerpo a mi coche y me guió hasta un aparcamiento, lejos de miradas indiscretas. Le pagué, nos desnudamos, y me cabalgó en los asientos traseros hasta que alcanzó el climax: ahora lo sé; lo sé por las contracciones de su vagina y por otros detalles que en ese momento no relacioné con el orgasmo femenino, pero que quedaron registrados en mi memoria. Podría decir, con orgullo, que le procuré un orgasmo, pero lo cierto es que lo hizo todo ella. Yo me limité a dejarme hacer, mientras contemplaba los vaivenes hipnóticos de su bonito cuerpo sobre el mío. Conservo muchos recuerdos vívidos de mi primera vez: como sus labios pintados de rojo, el olor a látex del preservativo, la sensación cálida y esponjosa de su interior, el tacto de sus tetas, que me parecieron dos flanes sin consistencia, la firmeza de su culo, que albergaba el frío de la noche invernal, sus suaves gemidos, el placer que sentí cuando su coño estranguló mi polla con unos cuantos espasmos al correrse, el camión que se encontraba aparcado delante, la oscuridad asomándose por las ventanillas… Tras los espasmos vaginales, se detuvo para tomar aire y me sugirió que tomase el papel activo. Se tumbó y le di unas pocas embestidas en la postura del misionero, hasta correrme yo. Camino a casa, me calenté rememorando lo ocurrido y volví para cepillarme a su compañera, también de Bielorrusia y también veinteañera. Aunque ese segundo polvo duró menos de un minuto. Estaba demasiado cachondo y no pude controlarme. No me avergüenzo por el modo en el que perdí la virginidad; solo es follar; no sé por qué le dan tanta importancia; y, para ser la primera vez, no estuvo mal; si siento vergüenza, es por haberlo ocultado.

Las cosas no habían sucedido como yo imaginaba de pequeño que sucederían. La realidad me abofeteó. ¡Madura! Y me quedé atascado entre dos mundos. El niño que una vez fui, se resistía a aceptar su fatal destino y se escondió en algún recoveco polvoriento de mi mente, triste por ver en qué me había convertido: un zombi aplastado por la rutina; sin ambición ni esperanza. En lugar de salir a explorar el mundo, me limitaba a correr en la rueda para hámsters en la que corremos casi todos. Nuestra existencia se reduce a producir y consumir: nada más. Día tras día, vamos aumentando nuestras supuestas necesidades, y nos obligamos a correr durante más tiempo para poder pagarlas. Nos hacen felices las experiencias, pero nos empeñamos en coleccionar cosas. Corremos y corremos, pero no avanzamos hacia ninguna parte.

La noche que escribí la lista de cien cosas que hacer antes de morir, dejé caer mis defensas y permití salir al niño a dar una vuelta. A la mañana siguiente, me desperté con una buena resaca y con los ánimos más templados. Tenía el aspecto de un tubo de pasta de dientes gastado. Las ganas de jugar y el entusiasmo del niño por los detalles, se habían difuminado. Sin embargo, aún continuaba pensando en la lista: podría ser el comienzo de algo, o tal vez solo una distracción temporal. En cualquier caso, tachar cosas de esa lista podría ser un buen motivo para levantarme de la cama cada mañana.

Comí algo y me fui al restaurante, a correr un poco en la rueda. Unas horas después, el reloj marcó la hora del cierre. Quienes no trabajaban en ese turno, estaban esperándonos. Nos íbamos a cenar todos juntos. Cena de empresa. Eso sí, cada uno se pagaba su plato.

De ahí saltamos hasta un bareto de mala muerte: aspecto descuidado, suelo pegajoso, una cucaracha correteando cerca de mis pies, sonido distorsionado y, sin embargo, con poco volumen… pero ponían reguetón a todas horas y a mis compañeras de trabajo les encantaba bailar de forma sexy, mientras el cantante las llamaba zorras en cada estrofa. No había nadie, salvo nosotros y los camareros. Las chicas se tomaron un par de chupitos cada una. Yo pedí una birra, para tener algo que hacer mientras ellas tonteaban con el camarero.

Seguía sin poder quitarme de la cabeza a Noelia: mi princesa de labios carnosos: la última Malina. En realidad, no estaba enamorado de ella. Estaba enamorado de la idea de estar enamorado. A menudo confundía un simple encoñamiento, con ese amor del que hablan las canciones. Ahora lo sé, pero en aquel entonces no me daba cuenta.

La miraba cada vez que creía que ella no me miraba a mí. No lo podía evitar. Pero me pilló un par de veces y puso mala cara. A la tercera pillada, se acercó y me susurró al oído:

—Javi, deja de mirarme. Nunca me liaría con un perdedor.

Mi corazón estalló en mil pedazos.

Lo peor es que sabía que era cierto. Yo no era merecedor de una chica así. ¿Cómo se me pudo siquiera pasar por la cabeza? Estaba hundido. Sin embargo, permanecí allí; ocultando mi dolor con sonrisas de plástico. Más que nada por las apariencias. Si me marchaba tan pronto, me vería obligado a lidiar con incómodas preguntas.

Hicieron acto de presencia dos amigas de Noelia. Una de ellas, olía mal y tenía un físico desagradable. Su cara era redonda, con ojos pequeños, nariz de cerdo, con la punta orientada ligeramente hacia arriba, tenía una mala proporción dientesencías y sus orejas estaban demasiado separadas del cráneo. Su cara se podría considerar una minusvalía. ¡Y qué decir de su cuerpo! Estaba más que pasada de peso. Llevaba las piernas embutidas en un par de medias de rejilla: parecían redondos de ternera. Me produjo una antierección.

A medida que el local se fue llenando de gente, la noche se tornó en una sucesión de tíos entrando a mis compañeras de trabajo. Y es que eran prácticamente las únicas féminas en una fiesta de salchichas. Fue un bombardeo constante y las chicas reían con complicidad cuando rechazaban a algún incauto, siempre de forma cruel. Con cada hombre humillado, su euforia se incrementaba. Continuaron de esta manera hasta que Noelia, que parecía ejercer el rol de líder del grupo, aceptó la invitación de bailar con un chulito de barrio, de esos que las tratan mal para que luego vengan llorando a contarnos sus penas a los gilipollas como yo. Cuando me quise dar cuenta, todas estaban bailando con alguno de los amiguetes del susodicho. Todas excepto la gorda, que desparramó sus carnes sobre un taburete que estaba libre junto a la barra. Se la veía muy triste. Con la mirada perdida en un horizonte imaginario. No solo la ignoraban los hombres, sino que sus amigas también pasaban de ella. Me dio rabia que una persona pueda sentirse tan aislada por algo tan trivial como es el aspecto físico. Así que le propuse bailar.

—¿Bailas?

—Pírate, tirillas. No molestes.

Estableció conexión con los ojos de Noelia, que seguía bailando, y ambas se descojonaron hasta llorar de la risa; literalmente.

¿Quién se cree que es esa hija de puta? ¡Si es tan fea que parece que sea alérgica al oxígeno! Debería hacerse un trasplante de cara. Encima me llama tirillas. Una gorda sudorosa que perturba el campo gravitatorio del planeta. Yo solo pretendía hacer que se sienta bien; eso es todo. ¿Qué se ha creído? No la tocaría ni con un palo. ¡Vamos! Es que no la tocaría ni con un puntero láser. Es un error de la naturaleza y habría que matarla antes de que ponga huevos. ¿Y qué me dices de la princesa déspota? ¿Qué se cree? ¿Que por estar buena puede tratar a los demás como si fuésemos mierda? Algún día su belleza se marchitará y morirá sola. Y sus quince gatos devorarán su cadáver antes de que alguien la eche en falta.

Había soportado montones de humillaciones en los últimos años, pero aquel día, algo se rompió dentro de mí.

—Podría insultarte, pero no sería capaz de hacerlo tan bien como lo ha hecho la naturaleza —le espeté a la gorda apestosa, que se quedó petrificada, con cara de «tierra, trágame».

Noelia detuvo de pronto sus sensuales, casi pornográficos, contoneos y me observó boquiabierta por encima del hombro de su pareja de baile. Al hacer contacto visual conmigo, dejo caer una sonora carcajada que parecía contener un condescendiente «bien hecho». Pero yo no se la devolví.

—¿Y tú qué miras, zorra? —fue mi contestación, en su lugar.

Me lanzó una retahíla de insultos, pero me daba igual. La ignore y recogí mi chaqueta para irme. Solo era un estúpida que no merecía recibir la atención que buscaba. Sería muy guapa, pero también tenía ano. Todas las mujeres, por hermosas que sean, se manchan los cachetes del culo al cagar. Si me atraía tanto Noelia es porque físicamente se parecía mucho a «ella»: al prototipo de mujer ideal que tengo en la cabeza desde mi infancia, desde los tiempos de Malina; pero solo físicamente, porque en lo demás no le llegaba ni a la suela de los zapatos: «ella» es buena, es inteligente, es cariñosa, es justa; «ella» sabe valorar lo bueno que hay en mí; «ella» no tiene secretos conmigo, ni yo con ella; «ella» me motiva y me apoya cuando necesito un impulso, y cuando no lo necesito; «ella» se quiere exactamente lo mismo a sí misma que a mí; el mundo podría caerse a pedazos y «ella» seguiría ahí conmigo, siendo mi pilar, mi refugio, mi hogar; pero «ella»… «ella» solo es una fantasía. No existe nadie así.

A la mierda las princesas.

A la mierda lo de tratar de ser un caballero de capa y espada.

A la mierda todo ese rollo de los héroes.

Cogí por el pescuezo al niño soñador que habita en mi interior.

—Lárgate —le pedí—. Quiero que me dejes en paz.

—Pero me necesitas. Sin mí no eres más que un trozo de carne.

—Se acabó. Me he hartado de perseguir estrellas fugaces.

Arranqué el motor de mi coche y subí el volumen de la radio. Sonaba una canción de Linkin Park, pero cuando traigo ese recuerdo de vuelta, en mi mente suena «the pretender», de Foo Fighters.


«Keep you in the dark.
You know they all pretend.
What if I say I'm not like the others?
What if I say I'm not just another one of your plays?
You're the pretender.
What if I say I will never surrender?»


Las ruedas chirriaron contra el asfalto, levantando una nube de polvo, y lanzaron el coche a toda velocidad. Y juraría que vi al niño soñador que una vez fui, haciéndose pequeño en el espejo retrovisor.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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