4. Poética mediocridad.

Viernes noche.

Normalmente me tocaría currar, pero tenía la noche libre.

Mientras la gente joven, ya sea de cuerpo o de espíritu, estaba ahí fuera riendo, gritando, saltando y bailando con la Vida, yo me encontraba en la sala de estar de mi casa, haciendo apasionadamente el amor conmigo mismo. Tenía las pelotas encogidas por el frío. La madera de las ventanas estaba podrida y el invierno burgalés se filtraba a través de ellas. Nunca encendía la calefacción: era un gasto que no me podía permitir. Combatía el frío con la ayuda de un abrigo y metiendo las manos entre mi culo y el sillón.

La lluvia tamborileaba y correteaba por tejados y canalones. Era muy relajante. De vez en cuando, un destello en la ventana anunciaba el inminente estruendo de un trueno. Me gustan las tormentas. Cuando era pequeño, me daban un poco de miedo, pero me parecían mágicas. Era como si el cielo estuviera enfadado. Resultaba emocionante ver un relámpago dibujándose en el cielo y contar los segundos que pasaban hasta escuchar el estallido que le seguía.

Si aquel viernes me hubiese fulminado un rayo mientras me la meneaba y la muerte hubiese acudido en mi búsqueda, no habría tenido nada que llevarse. No quedaba nada que pudiese morir. Me había convertido en un zombi: un muerto en vida que se mueve pero no sabe por qué lo hace. Nunca hacía nada emocionante. Bebía cuando tenía sed, comía cuando tenía hambre, dormía cuando tenía sueño y trabajaba y estudiaba porque se supone que ese era el modo de poder beber, comer y dormir. Sobrevivir al día a día era mi única ocupación. Yo tan solo existía; eso era todo.

Me quité el abrigo, salí de casa y me senté en el bordillo de la acera, permitiendo que el aire gélido llenase mis pulmones, mientras la lluvia me calaba hasta los huesos.

Una pequeña caca de perro, que acababa de pisar, captó mi atención. Mi calle estaba llena de ellas; era una puta plaga. Siempre tenía que ir con cuidado, como si caminase a través de un campo de minas. La mitad de la cagada permanecía en la acera, la otra mitad estaba en la suela de mi zapato. Me quedé absorto contemplando como caían gotas de agua desde mis pantalones hasta mis zapatos.

Una gota.

Otra gota.

Otra gota.

No tardé en empezar a tiritar.

Dirigí la vista hacia las ventanas iluminadas del edificio que tenía frente a mí. ¿Cómo eran capaces de seguir adelante?

—¡HIJOPUTA! —grité tan fuerte como pude.

No supe a quién o por qué alcé la voz, pero necesitaba hacerlo.

Mi grito al vacío provocó algunos movimientos: cortinas que se descorrían y persianas que se levantaban y volvían a su posición inicial. También se abrió una ventana tras de mí, en mi propio edificio. Giré la cabeza, sin levantarme de mi frío y duro asiento, y ahí estaba, aún abierta, aunque no había nadie asomado en ella. De allí comenzaron a brotar las notas musicales de un piano, formando una melodía que se fusionó a la perfección con el sonido de la lluvia. Se me puso la piel de gallina. Tuve que pellizcarme un brazo para ver si estaba soñando o delirando por el frío y la espiral de locura por la que estaba cayendo; pero no, era real; maravillosamente real.

No era la primera vez que escuchaba, desde mi casa, cómo un vecino practicaba con el piano, pero siempre por las mañanas, nunca por las noches. ¿Y por qué dejó la ventana abierta? ¿Tocaba para mí?

Reconocí la canción enseguida: «mad world», de Gary Jules.

Era como ponerle una banda sonora a mi vida.

Por un instante, contemplé la poesía que alberga el mundo.

El sonido de millones de gotas golpeando aquí y allá.

El petricor: el olor a lluvia.

La tristeza etérea de la melodía y del momento en sí.

El agua formaba pequeños torrentes que desbordaban la capacidad de las cunetas y descendían calle abajo, buscando un cauce improvisado entre aceras y árboles, aprisionados tristemente por una jungla de cemento que devora personas y caga gente. La tenue luz anaranjada de las farolas y de algunas ventanas, participaba en una batalla desigual contra la oscuridad de la noche. No había ni un alma a la vista; ni tan siquiera un coche en movimiento. El silencio era invadido por el reconfortante sonido de la lluvia y la melodía del pianista anónimo, resonando entre archivadores de personas.

Era como una pintura en movimiento.

Levanté el culo y lo volví a sentar en el asiento del conductor de mi coche. Unos minutos después, me encontraba en un centro comercial que había cerca de mi casa. Estaba decorado con llamativos adornos y miles de luces de colores. Quedaba poco más de una semana para el inicio de las fiestas navideñas. La televisión bombardeaba nuestras mentes con anuncios sobre los productos que debemos regalar a nuestros seres queridos, para demostrarles que les queremos: el auténtico espíritu navideño.

Al principio, la Navidad era una fiesta en la que se celebraba el cumpleaños de un tío que volvió a la vida tres días después de ser torturado y asesinado. En la actualidad, consiste en gastar nuestro dinero en comilonas y regalos. Casi cualquier celebración que se nos ocurra, tiene un origen religioso y un presente consumista.

El capitalismo es la nueva religión.

Son tiempos de prosperidad económica. Capitalismo descarnado y brutal. Todo por la pasta. Todo se mide por cuánto tienes. Somos esclavos de trabajos que odiamos, para poder comprar cosas que en realidad no necesitamos. Cada vez hay más adelantos que mejoran la productividad; máquinas y sistemas informáticos que realizan el trabajo de cientos e incluso miles de personas; y sin embargo, siempre estamos igual de jodidos. Podríamos dedicarnos a fabricar, mantener y mejorar máquinas que nos reemplacen en algunas tareas y construir una sociedad en la que cada vez tengamos más tiempo libre, pero en lugar de eso, creamos nuevas necesidades; nuevas cosas que comprar. Preferimos poseer el último modelo de televisión, que una tele más modesta y tiempo para verla. Es absurdo. El dinero debería ser la menos importante de las cosas importantes.

Me hice con una botella de ron y otra de cola y las pagué, ante la cara estupefacta de una cajera. La misma cara con la que me miraba todo el mundo. Y no era para menos: iba dejando un reguero de agua allá por donde pasaba. Daba la sensación de que me había tirado a una piscina con la ropa puesta. Noté que un vigilante de seguridad, con cara de bobalicón y barriga cervecera, me seguía desde hacía rato. Él trataba de pasar desapercibido, pero algunos de los muchos pares de ojos que me disparaban miradas de asombro y curiosidad, se convirtieron en flechas que le señalaban.

Cuando ya me encontraba enfilando el camino hacia la puerta de salida, me abordó:

—Eh, chico.

Hice como si no le hubiese escuchado.

—Eh, tú —insistió—. ¿Por qué estás tan mojado? ¿Te has meado encima o qué?

Me detuve, sin soltar la bolsa que contenía las botellas.

—¿Y tú por qué estás tan gordo?

Me intentó agarrar del brazo con su rechoncha mano, pero me zafé de él y corrí hacia la salida, gritando entre risas:

—¡Zampabollos! ¡Cerdito! Ja, ja, ja. No puedes cogerme porque estás muy gordo. Ja, ja, ja, ja, ja.

Y continué corriendo hasta mi coche, sin parar de reír. El segurata se quedó en la puerta. Supongo que pensó que no valía la pena mojarse para nada. No me cogería ni con un cohete en el culo.


¡Qué frío! Hogar, dulce hogar.

Me cambié de ropa, sintonicé una emisora de radio en mi equipo de música y encendí la calefacción: decidí darme ese lujo por un día.

Bebí.

Bebí.

Bebí.

Si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; si ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; y si no ocurre nada, bebes para que ocurra.

Bebí.

Bebí.

Bebí.

Los optimistas ven el vaso medio lleno, los pesimistas lo ven medio vacío y los borrachos lo ven doble.

Bebí.

Bebí.

Bebí.

Fui como cien veces al baño; cada vez que se llenaba el depósito. Al volver de uno de esos viajes, me percaté de que estaba nevando. ¡Estaba nevando! Me enfundé la cazadora y unos guantes y salí corriendo a la calle, a pisar la nieve.

Cerré los ojos y abrí los brazos.

¡Estaba nevando!

Le tiré una bola de nieve a una vieja que estaba paseando un perro diminuto. Eran los dos únicos seres vivos a la vista. Al principio puso mala cara, pero al verme sonreír, me devolvió la sonrisa.

—Acérquese, joven.

Me acerqué y le acaricié la cabeza; al perro, no a la vieja.

—¿Le gusta?

—Muy bonito —contesté, intentando aparentar sobriedad—. ¿Cómo se llama?

—Bla, bla, bla —No presté atención. No me importaba; solo se lo pregunté por no parecer descortés.

Entonces, el perro mancilló la blanca alfombra con una cagarruta.

Me quedé mirando a la vieja.

—¿No la recoge? —pregunté.

—¡Oh! Es muy pequeña. No hace daño a nadie.

¡Así que era ella! Estaban desperdigadas por toda la calle.

—Alguien podría pisarla —observé.

—Mi perro no tiene la culpa de tener que hacer sus necesidades.

—¿Su perro? ¿De verdad se cree que es su dueña? Le da alojamiento gratuito, gasta una parte de su pensión en darle de comer, vacunarle, bañarle, hacerle peinados y comprarle juguetitos, le saca a pasear cada vez que se lo pide, si tuviera un mínimo de civismo, también recogería sus cacas… Dígame: ¿quién es dueño de quién?

—Es usted un maleducado.

—¿Va a recoger la caca o no?

—¡Maleante! La juventud está perdida. No hay más que vagos y maleantes. ¡Al paredón os mandaba yo!

Envolví la deposición canina con un poco de nieve y se la lancé. La vieja me volvió a insultar; no recuerdo qué dijo, pero sí que me sonó a castellano antiguo. Le di la espalda y volví a entrar en casa.

Canté algunas canciones a dúo con la radio, grité, salté… pero estaba solo. Un hombre bebiendo solo, ofrece una triste estampa.

Montones de ideas burbujeaban en mi cabeza, desordenadas.

Buscaba la melodía entre tanto ruido.

¿Por qué era incapaz de escribir?

Porque era demasiado joven para ser un buen escritor.

Sí.

Eso es.

Eso es.

Eso es.

No había leído lo suficiente, no había viajado lo suficiente, no había follado lo suficiente, no había Vivido una mierda. ¿Cómo esperaba escribir nada?

Por fuera era un desecho social, un inadaptado, pero en mi interior latía el corazón de un héroe que llevaba demasiado tiempo interpretando el papel de zombi. Llevaba tanto tiempo fingiendo ser Clark Kent, que ya no recordaba cómo es ser Superman. Necesitaba Vivir experiencias: conocer a otras personas, conocer otros lugares, conocer otras culturas, conocer otras filosofías de vida, enamorarme un día y al siguiente desenamorarme, enamorarme de verdad, hacer locuras que nunca pensé que haría, caerme infinidad de veces, levantarme exactamente el mismo número de veces, despertarme una mañana y no saber si es lunes o sábado, levantarme de la cama y ver que en mi lista de tareas pendientes solo pone «VIVIR»…

Fui al baño y volví con la vejiga vacía y con un boli y una hoja de papel. En la parte de arriba escribí en mayúsculas: «100 cosas que hacer antes de morir». Y seguí escribiendo: «publicar una novela», «decirle “te amo” a una chica», «montar en parapente»… y así hasta llegar a cien cosas. Solo tardé una copa y media en terminarla.

Había dado con la clave.

La prioridad número uno es Vivir.

La prioridad número dos es Vivir.

La prioridad número tres es escribir.

Mis novelas serán el residuo de una gran Vida.

¡Yo soy Arturo Bandini!

¡Yo soy Henry Chinaski!

¡Yo soy Sigmundo Fernández!

¡Yo soy Tyler Durden!

¡Yo soy el polla gorda de los escritores!

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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