30. Mundo salvaje.

No es algo que suela hacer, pero me picaba mucho la curiosidad, si es que eso sirve como excusa. Por ese motivo me colé a escondidas en un despacho y comencé a revisar algunos documentos. Y de ese modo fue como, por casualidad, descubrí que la persona que solía trabajar ahí estaba corrupta; y mucho, además.

Esa persona era Bruce Wayne.

Lo más sensato habría sido salir corriendo de ahí, pero no: lo que hice fue descolgar el teléfono del despacho y telefonear a Superman.

Fue un gran error.

Batman me sorprendió en el acto. Y digo Batman porque, cuando Bruce Wayne entró en su despacho, llevaba puesto su traje de murciélago hipertrofiado.

—¿Quién te manda meterte donde no te llaman? —Preguntó con esa ridícula voz ronca que pone cuando se disfraza de su alter ego.

Y, sin darme tiempo para reaccionar, me propinó un derechazo en el pómulo izquierdo, pero ni lo sentí: eso nos desconcertó a ambos. Batman, hizo acopio de todas sus fuerzas y lo volvió a intentar, pero lo único que consiguió es hacerse daño en la mano.

Entonces me di cuenta: tenía superpoderes: yo era invencible.

—Eso te pasa por meterte con quien no debes. Eres un mierda seca sin superpoderes —me burlé—. No eres más que un millonario con un traje muy caro. Tu único superpoder es el dinero. Si quisiera, te daría un toquecito con mi dedo meñique y te estamparía contra la pared como a un puto insecto.

Y entonces me desperté riendo.

—Ja, ja, ja, ja, ja. ¡Qué locura! —Exclama Jaime Arizán, a quien le estoy contando este surrealista sueño que tuve hace unos días.

—Antes soñaba muchas veces que intentaba volar, pero me caía; o a veces soñaba que alguien o algo me perseguía y yo quería correr, pero mis piernas estaban débiles y no podía; en cambio, ahora sueño muchas veces que vuelo o que soy invencible; o las dos cosas.

—Es porque ahora tienes más confianza en ti mismo que antes.

—Tal vez —respondí, pensativo.

Jaime y yo vamos a lomos de mi León FR amarillo, que cabalga incansable sobre el asfalto gris. Estamos volviendo a casa, tras un imprevisible, disparatado, épico y extenuante viaje a Córdoba.

—Jaime, hace tiempo que quería preguntarte una cosa, pero no me atrevía, porque, después de tanto tiempo sin saber nada el uno del otro, apenas estábamos recuperando nuestra amistad, y me daba miedo que lo interpretaras como una intromisión, pero creo que ahora somos tan amigos como lo hemos sido siempre y…

—Eso no lo dudes: eres mi mejor amigo, tío —asegura Jaime.

—¿Te acuerdas de las conversaciones que teníamos hace años?

—¡Claro!

—Nos pasábamos noches enteras resolviendo los problemas del mundo: idas de olla en las que nos sentábamos en una roca en el lecho de un río o nos plantábamos en la cima de una montaña, con un par de cervezas, solo para hablar y compartir unas risas.

—¡Sí! Ja, ja, ja. Nunca fuimos muy normales.

—Eso es porque nunca quisimos ser normales —indico—. Ser normal siempre nos pareció aburrido.

—Eso es cierto.

—Podíamos estar hablando del sentido de la vida y acabar hablando de tetas; o viceversa. Ja, ja. Esas conversaciones eran interminables: nunca nos íbamos porque la conversación decayese o porque se hubiese terminado, nunca, cuando nos íbamos era porque se nos acababa el tiempo; y en algún momento había que ponerle fin.

—En este viaje creo que hemos recuperado eso —afirma.

—Bueno… hemos tenido algunas conversaciones divertidas y muy buen rollo, pero no conversaciones como las de antes.

—Supongo.

—En esa época, nuestras conversaciones, además de intensas y profundas, aunque a veces también con demasiadas tetas, ja, ja, ja, estaban llenas de ilusión. Nos ilusionábamos con todas las posibilidades que nos ofrecía la Vida. Pero ahora…

—Ahora he crecido y me he dado cuenta de la realidad —interrumpe—. ¿Dónde están esas posibilidades que veíamos? ¡No están!

—Justo a eso iba —afirmo—. Tienes tus chispazos de genialidad, pero luego, no sé qué te pasa, que te apagas. Porque así eres tú: un genio que se frena a sí mismo. Vives con el freno de mano echado. Cuando voy a verte, lo típico es que te encuentre en el bar de tu padre, tirado en una silla, viendo cualquier película que echen por la tele, o algún partido de fútbol en el que se enfrentan dos equipos de los que no eres seguidor, mientras te zampas una bolsa de patatas y te tomas una caña. Antes no eras así. ¿Qué te ha pasado en Burgos?

¡Una página entera para hacerle una pregunta de seis palabras!

—Me estoy volviendo muy maniático —responde—: cada vez estoy mejor solo y cada vez me cuesta más relacionarme con la gente que no conozco.

—¡Pero siempre has tenido mucha más facilidad que yo para eso!

—Es que cada vez odio más a la gente. Cuando nos fuimos a vivir a sitios diferentes, tú te quedaste cerca de la politécnica y yo me fui a una residencia de estudiantes, por donde el campus San Amaro.

—Lo sé.

—Pero era muy caro y me mudé a un piso compartido. Y mis compañeros de piso eran unos hijos de puta. Cuando aparecía yo, se callaban de repente, o me soltaban indirectas, o se comían mi comida sin decir nada… era como volver al instituto. Los últimos meses ya no iba a clase. Mi día a día consistía en despertarme por la tarde y fumar porros, sin siquiera levantarme de la cama en todo el día.

—Yo también he pasado por la peor época de mi vida en estos últimos años. Creo que a la vez que tú. Cada día, al levantarme de la cama, me preguntaba: «¿para qué hago lo que hago?».

—Tenemos sincronicidad emocional —dice Jaime.

El número del cuentakilómeros va subiendo mientras hablamos.

—Nadie me va a devolver esos años —continúo—, pero sí que puedo retomar mi Vida donde la dejé, y ahora mismo trato de dar el máximo. He aprendido que la mayor parte del sufrimiento proviene de nuestra propia mente.

—Entonces, ¿cuál es el secreto de la felicidad? ¿Sonreír todo el día? —Ironiza.

—No hay ningún secreto. Si no, todo el mundo sería feliz todo el tiempo. Pero es imposible hallar respuestas sin hacer las preguntas adecuadas: hazte una pregunta: ¿qué es lo que quieres?

—Ni idea —responde, encogiéndose de hombros.

—Pues eso deberías descubrir. El problema no es no tener lo que quieres, el problema es no saber qué es lo que quieres.

—Mi problema es que no soy nada constante. Lo único constante en mi vida ha sido mi inconstancia.

—Imagina que ahora tuvieses setenta u ochenta años y, no es que no se puedan hacer muchas cosas con esas edades, pero imagínate todo lo que harías si, siendo viejo, pudieses volver a tener la edad que tienes ahora. Date cuenta de cuántas cosas no haremos nunca, por creer que tenemos todo el tiempo del mundo para hacerlas.

—No es tan fácil.

—Para ti ¿qué es un día aprovechado? —Le cuestiono.

—Pues un día que me levanto pronto y hago muchas cosas.

—Pero cuando dices cosas, ¿a qué te refieres?

—Cosas… no sé… trabajar en el bar, ordenar mi cuarto… estar activo… levantarme pronto y cumplir con mis obligaciones.

—Pues para mí eso es un día perdido —sentencio—. A ver: no me malinterpretes: esos días que tú llamas «de provecho» y yo «días perdidos», son absolutamente necesarios. Cuando digo que son días perdidos, es una cuestión de enfoque: para mí, todo el tiempo que pasas sin hacer algo que te gusta hacer, es tiempo perdido. Si te pasas todo tu tiempo cumpliendo obligaciones o haciendo cosas que no te gustan, es que algo estás haciendo mal. Por ejemplo, estos días que llevamos de viaje están siendo días de provecho. Porque para mí la Vida trata de eso: de hacer cosas emocionantes; cosas que me hagan sentir Vivo. Los días perdidos son sacrificios que hacemos por el futuro. Por eso, cada vez que me enfrento a un día perdido me pregunto: «¿para qué lo hago?». Si la respuesta es «para tener más días de provecho en el futuro», entonces lo hago. Si la respuesta no es esa, entonces me lo pienso dos veces.

—Tiene sentido —afirma Jaime Arizán.

—Para mí la Vida es movimiento. Cuando me quedo quieto, todo se va a la mierda. Da igual si consigo escalar la montaña más alta: en cuanto me quede quieto, me convertiré en un zombi más. Necesito moverme. Mientras esté en camino hacia algo, todo estará bien.

—La felicidad es un modo de viajar, no un lugar al que llegar.

—¡Eso es, tío! —Exclamo.

—Esa frase la vi por Internet. Ja, ja.

—Pues estoy completamente de acuerdo con ella.

—He leído un libro que se llama El Secreto —me cuenta Jaime—. ¿Lo conoces?

—No —niego.

—Ese libro dice que somos como antenas emisoras y que atraemos a nosotros aquello en lo que pensamos. Y que si eres positivo…

—¡Ah, vale! —Le interrumpo—. Ya sé a qué libro te refieres. No lo he leído, pero vi un anuncio por Internet y me parece una basura.

—Un poco sectario.

—No es eso. El problema es que se basa en la idea de que debes pensar en cosas positivas y esperar que ocurran.

—Tener mentalidad positiva.

—Sí. En lo de ser optimista estoy de acuerdo, pero eso de esperar que las cosas ocurran… esa es la filosofía ideal para las masas, que desean cosas, pero no hacen nada para conseguirlas; que creen que por desearlas mucho, ya se las merecen y que por merecer algo, el cosmos se las va a dar. Si quieres algo, hay que ir a por ello; no quedarse esperando como un imbécil. Y eso de que somos antenas y tal, me parece la típica basura New Age que tan de moda está: energías cósmicas y demás chorradas sin fundamento científico, todo basado en la fe: es una nueva religión moderna: otro engañabobos más. Ser optimista mejora tus posibilidades, pero no porque mágicamente atraigas hacia ti aquello en lo que piensas, sino porque tu estado de ánimo influye en cómo interactúas con el mundo.

—Es verdad —afirma Jaime, reflexivo—. Pero yo no consigo permanecer arriba. Mis estados de ánimo son como olas: cuando estoy arriba, lo disfruto, pero cuando estoy abajo, no puedo hacer nada.

—A ver: imagina esta otra situación: te regalan una lujosa mansión sin amueblar, y te ofrecen todos los muebles que tú quieras, sin reparar en gastos: todo lo que desees, lo van a pagar unos generosos benefactores; incluido el mantenimiento de por vida de la casa. ¿Lo harías tratando de elegir los mejores muebles? ¿O la llenarías con los trastos viejos que te vayas encontrando por la calle?

—Con los mejores muebles —contesta.

—Entonces ¿por qué amueblas tu mente con cada mierda que te encuentras por el camino? —Es mi pregunta retórica—. Yo también he caído en eso —añado, tras una breve pausa—. En realidad, la mayoría de las personas hacemos eso: nos encomendamos al azar, en lugar de construirnos a nosotros mismos: es como encargar los planos de nuestra personalidad a un ingeniero borracho. Por culpa de eso, mi mente era un caos que ni te imaginas. Y por eso la vacié y comencé a amueblarla de nuevo, pero esta vez eligiendo los muebles cuidadosamente. Y aunque a mí ahora me parece más que obvio todo esto, antes no lo era, y tampoco lo es para la inmensa mayoría de la gente; porque la mayoría de la gente espera que las cosas ocurran, en vez de hacer que ocurran. «Es que soy así», dicen: chorradas.

—Igual te parece una tontería, pero me gustaría componer algún día una canción que perdure en el tiempo —confiesa Jaime.

—¡Cómo va a ser eso una tontería!

—No sé… me pareció poco realista.

—¿Poco realista? ¡No jodas! Poco realista es creer que uno puede ser feliz con las migajas de una vida en la que todos los días son iguales. Y sobre la guitarra, no te diré cómo hacerlo, tú estás más cerca que yo de averiguarlo, solo te diré una cosa: si eso es lo que quieres, no esperes que ocurra; haz que ocurra —recomiendo.

—Quizá te parezca una tontería, pero yo sería feliz si lo único que tuviese que hacer cada día es comer, dormir y encerrarme en el almacén del bar a tocar la guitarra.

—Te animo a seguir haciendo lo que te apasiona, pero intenta que tu pasión no muera dentro de ese almacén. En el fondo quieres algo más que eso, aunque aún no te sientas con fuerzas para ello.

—No me veo tocando delante de mucha gente.

—Te verás —aseguro—. Y yo te veré desde el público.

—Y yo te veré firmando autógrafos en las tetas de tus lectoras.

—Ya tardaban en salir las tetas en la conversación. Ja, ja.

—¿Te das cuenta de que acabamos de mantener una conversación de las que teníamos antes? —Pregunta Jaime, ilusionado.

—¡Joder, es verdad! ¡Chócala, tío!

Chocamos los cinco.

—Tal vez no te estás dando cuenta, pero estamos Viviendo cosas que algún día otros leerán en mi novela: cosas épicas. ¡Ahora mismo! Debemos disfrutar de esto ahora, no cuando ya solo sea un recuerdo.

—Yo he disfrutado la hostia de este viaje —declara Jaime.

—No hables en pasado: el viaje…

—Aún no se ha terminado —afirmamos a la vez.

—Algún día seremos leyenda —declaro.

—Algún día seremos leyenda —declara Jaime.

Pasamos por delante de una gasolinera.

—¿Cómo vas de gasolina? —Me pregunta.

—Me queda poca, pero mejor le echo ya en la siguiente.

—¿Cómo va tu empresa? Nunca hablas sobre ello.

—Nada bien, la verdad —reconozco—, pero no quiero hablar de eso. Estamos de buen rollo: no quiero hablar de problemas.

—Entonces, hablemos de tetas —sugiere.

—Ja, ja, ja.

—Si conocieras a una tía que vale la pena, ¿te echarías novia?

—No —niego de forma tajante.

—Ja, ja, ja. ¿Así de rotundo?

—Hoy por hoy pienso en la idea de tener novia y… no.

—Buen razonamiento. Ja, ja, ja.

En realidad, si me encontrase con «ella»… ¡Uf! Solo de pensarlo se me pone la carne de gallina. «Ella» es todo lo que quiero. Cualquier otra cosa, cosas como salir con una supermodelo o acostarme con una chica distinta cada día, serían meros premios de consolación. Pero no me atrevo a decir que el motivo de que no me vea saliendo con nadie es que nadie está a la altura de «ella»: una invención de mi mente; me resulta mucho más fácil decir:

—Aún no estoy preparado para todo ese rollo de la monogamia.

—Somos polígamos por naturaleza —opina Jaime—. Y casarse es absurdo. Solo se casan porque tienen miedo a estar solos.

—Yo tampoco me veo casándome, teniendo hijos, hablando de hipotecas y pañales y fútbol y mierdas así, y pasando la mitad de mi vida en un trabajo aburrido y la otra mitad frente a la tele… ¡Quita, quita! Pero esa solo es mi elección. No importa si uno escoge casarse o estar soltero, mientras escoja. Vivir tiene que ver con escoger.

Nos sobresalta un pitido.

El coche ha entrado en reserva: tiene poco combustible.

Hace unos minutos, nos hemos metido por un desvío, a causa de unas obras, y por aquí no vemos ninguna gasolinera y pasan los kilómetros y el ordenador de abordo indica que aún queda combustible para unos cincuenta kilómetros, pero los kilómetros siguen pasando y el ordenador marca cuarenta y luego treinta y luego veinte y luego diez y nos metemos en el puerto de Despeñaperros y siguen pasando los kilómetros y sigue sin haber una puta gasolinera a la vista y el ordenador de abordo indica ahora que nos quedan cero kilómetros de autonomía y dejo caer el coche por su propio peso y descendemos el puerto, tocando el freno y el acelerador lo mínimo posible, y recorremos unos treinta kilómetros con el ordenador de abordo indicando que no queda combustible y el motor se va a parar en cualquier momento, pero mientras descendemos con el motor embragado, no hay consumo y, en los momentos en los que requerimos un poco de impulso, apenas rozo el acelerador y por fin vemos una gasolinera al fondo, sobre una pequeña loma en la que tememos que el coche se detenga, tratando de subirla, pero, con los huevos en la garganta y el pie acariciando suavemente el pedal del acelerador, logramos ascender sin que el coche dé ningún tirón ni ningún síntoma de estar sin combustible y estaciono frente a un surtidor y por fin le damos de beber al sediento León, que hoy se ha portado.

El Sol se está marchando a la otra mitad del mundo.

Pronto será de noche y el viaje hasta a casa es largo.

Jaime propone hacerle una visita a Carol: una amiga que tú, querido lector, conociste hace tres capítulos. Vive en un municipio que se llama Rivas-Vaciamadrid. Está situado en la periferia de Madrid, no muy lejos de dónde nos encontramos. Aun así, entre unas cosas y otras, llegamos casi a la una de la madrugada. Es muy tarde, pero nuestro improvisado plan es salir de juerga por Madrid capital y dormir en algún parque, nos da igual, pero Carol sugiere que mejor nos tomamos algo por Rivas-Vaciamadrid y dormimos en su casa, iniciativa que aceptamos, al no quedarnos fuerzas para discutirlo. Pero no hay nada abierto; no hay ni un alma. Y tras el intento de «tomar algo», cenamos en su jardín y nos vamos a dormir.

Bueno, eso se supone que debería estar haciendo: dormir, pero no lo consigo. Carol nos ha ofrecido amablemente el único cuarto que tiene libre: un cuarto con una cama de matrimonio. Solo que aquí, mi «esposa», que tiene barba de tres días y mide uno noventa o por ahí, ocupa toda la maldita cama. Y además, en cuanto se ha echado, ha empezado a roncar como una moto vieja. Es normal; estamos muy cansados; llevamos varias noches maldurmiendo; lo lógico es caer en un sueño profundo; sin embargo, yo no logro pegar ojo: estoy demasiado incómodo. Además mi mente está demasiado activa como para conciliar el sueño. ¡Puta hiperactividad! Es que no puedo dejar de pensar que ahora tendríamos que estar buscando algo divertido que hacer por Madrid. Me mata estar aquí encerrado. No sé qué cosas me estoy perdiendo por estar aquí, mirando al techo. ¿Cuántas historias épicas se habrán quedado en el tintero por no haber ido? ¡Joder! Tendría que haber dicho «vámonos a Madrid». Estoy convencido de que Jaime me habría dicho que sí. Teniendo en cuenta las cosas que hemos Vivido en estos tres últimos días, este no es un final digno para nuestro viaje. Ya que no puedo dormir, voy a entretenerme recordando algunas de ellas. Estaría bien aprovechar esto para tomar algunas notas en mi móvil, pero mis pensamientos ahora van mucho más rápido de lo que mis dedos pueden soportar. Si trato de escribirlo en el teléfono, mi mente, incapaz ahora de frenar, se va a desbordar y va a divagar. ¿Ves? Me estoy desviando del tema. Voy a encauzar este caudaloso río de pensamientos hacia los recuerdos de lo que llevamos de viaje. Querido lector, te aviso de que sumergirte en estas torrenciales aguas podría resultar confuso y agotador: esto va a ir muy rápido y va a ser muy caótico. Coge aire, agárrate fuerte a mi hilo de pensamiento y vamos allá: Jaime y yo llevábamos semanas con la idea de hacer un viaje al sur, concretamente a Córdoba, para asistir a la Feria de Córdoba que se está celebrando en estos días: finales de mayo. Pero, como somos un desastre, lo dejamos para última hora y, cuando fuimos a reservar habitación en algún sitio, nos encontramos con que no había nada libre. Solo había disponibilidad para una noche en un modesto hostal: la primera de nuestra estancia. Así pues, nos encontramos con que pensábamos hacer un viaje de casi novecientos kilómetros ida y novecientos kilómetros vuelta, para pasar tres días y tres noches en una ciudad que no conocemos, y solo teníamos dónde dormir la primera noche. Lo normal sería haber cancelado el viaje, pero, como ya sabes, nosotros no somos normales. Aunque esta ya es la cuarta noche, pero esta parada no estaba programada. El primer día llegamos bastante tarde a Córdoba: quedamos en salir a las nueve de la mañana, pero me retrasé con preparativos de última hora que debería haber hecho el día anterior. Y tras retrasarme nada más y nada menos que cuarenta y cinco minutos, llamé a Jaime para avisarle de que iba a ir a buscarle y resultó que se había quedado dormido y fue mi llamada lo que le despertó. Le esperé y, cuando por fin vino a mi encuentro, me comunicó que, antes de salir, tenía que hacer unos recados para sus padres. Yo quería matarle. Así, con la tontería, acabamos saliendo casi dos horas más tarde de lo planeado. Ja, ja, ja, ja. En serio: somos unos putos desastres. El viaje fue largo, pero se nos hizo corto: fuimos hablando de todo un poco y viendo videos de humor y un par de películas en la pantalla del León. ¡Ah! Y algunos capítulos de una serie británica que se llama Skins. Bueno, yo solo lo escuchaba, pues iba conduciendo, pero eso me bastaba para entretenerme y echar unas risas. ¡Fue la hostia cuando pusimos la canción What is love, de Haddaway, y nos pusimos a bailar como idiotas en el coche! ¡Qué risas echamos! Por favor, si eres productor de cine o televisión y vas a hacer una peli o una serie sobre mi novela, no te olvides de incluir ese momento. Sé que es un clásico muy gastado y ya huele, pero es que, bajo mi punto de vista, la Vida trata sobre tener tantos momentos así como te sea posible. Cuando llegamos a Córdoba y nos detuvimos en el primer semáforo en rojo… eso sí que fue surrealista: nos abordó un inmigrante africano, que debía medir dos metros de altura, con un vestido de sevillanas: verde con lunares blancos: me acuerdo muy bien. ¡Ja, ja! Nos quería vender un paquete de pañuelos y Jaime y yo nos miramos y rompimos a reír y el tipo estaba muy serio, lo que provocó que nos riamos más todavía. Después, la ilusión al llegar al hostal y prepararnos para la primera salida y el trayecto hasta las ferias en un autobús cargado hasta los topes de gente con la misma o casi la misma ilusión que nosotros por lo que pudiera suceder aquella noche. ¡Y las luces! ¡Millones de luces de colores! ¡Y las cordobesas! ¡Qué guapas son las cordobesas! Y nos reunimos con María: una amiga de mi hermana que está estudiando veterinaria en la universidad de aquí. Y con su hermana Belén, que fue mi compañera de clase en el colegio. Y estuvimos de buen rollo: bebiendo, haciendo bromas… ¡incluso bailamos sevillanas! Ja, ja, ja. Pero sobre todo, reímos. Reímos muchísmo. Si reír alarga la vida, aquella noche debimos alargarla varios años. ¡Qué digo aquella noche! ¡Nos hemos pasado todo el viaje haciendo el gilipollas y riéndonos de todo! Debemos de ser ya inmortales. Al final de la noche, un ex novio de María nos acercó en su BMW hasta nuestro hostal y dormimos plácidamente, cada uno en su cama, no como aquí, pero solo unas pocas horas: hasta que el servicio de limpieza llamó a nuestra puerta. Resacosos y soñolientos, nos subimos al León y conduje sin tener ni la menor idea de a dónde iba, pues nos quedaban dos días y dos noches en Córdoba y no teníamos dónde caernos muertos. Éramos unos vagabundos; unos locos errantes que corren tras cada luz brillante que les llama la atención. Por alguna razón que no alcanzo a entender, bajé las dos ventanillas delanteras y comencé a gritar «ESCROTO», y Jaime, entre risas, se unió a mi locura: «ESCROTO FOR PRESIDENT». Imagínate un llamativo coche amarillo, reluciendo a la luz del Sol, recorriendo las calles cordobesas con dos idiotas en su interior gritando: «ESCROTO». De casualidad dimos con un centro comercial con aparcamiento subterráneo. Un aparcamiento que, ante un Sol que ya apretaba con fuerza en aquel primaveral de nombre, pero veraniego de profesión, día, nos vino como agua de mayo para poder dormir un rato más en el coche. Así que reclinamos los asientos y dormimos lo que nos permitió dormir el hilo musical que repetía incansable la misma canción de sevillanas todo el jodido tiempo. Cuando el hambre ya era más poderoso que el sueño, salimos del aparcamiento: otra vez navegando sin rumbo por un mar de asfalto. Decidimos aparcar en un sitio cualquiera, pero apareció el típico gorrilla que te «ayuda» a aparcar y te cobra por «cuidarte el coche», por cuidarte el coche de sí mismo; vamos, que si no le pagas, te lo raya. Por eso nos marchamos y continuamos moviéndonos sin saber a dónde; lo importante era moverse; nunca quedarse quieto; a dónde, era lo de menos. Entonces vi una acera muy ancha y decidí aparcar ahí mismo. No sobre la acera, sino junto a ella. ¿Por qué ahí y no en otro sitio? Y ¿por qué no? Compramos algo de beber: zumo. Y algo de comer: embutido y pan de molde. Nos nutrimos y nos hidratamos. Después cruzamos un parque y lo volvimos a cruzar de vuelta, portando dos cervezas que nos sirvieron a cero grados y que nos supieron a gloria. Nos sentíamos tan bien tomando esas cervezas tan frías al calor de ese verano prematuro que nos obsequiaba la Vida, que decidimos acampar ahí mismo. Sacamos un colchón de aire del maletero, lo inflamos con un motor eléctrico enchufado a una de las tomas de corriente del León y lo tiramos sobre la acera: habíamos conquistado un pedacito de Córdoba. Cuando se nos acabaron las birras súper heladas que habíamos comprado al otro lado del parque, que fue en cuestión de un par de minutos, sacamos dos latas de cerveza de una nevera eléctrica que llevo en el maletero del León: las cosas, o se hacen bien, o no se hacen. También saqué un ordenador portátil y nos echamos en el colchón, a ver vídeos de humor que tenía ahí para pasar el rato. Fue muy cómico cuando se acercó un señor a preguntar algo, no recuerdo ahora qué, y, mientras Jaime hablaba con él, el portátil reproducía un vídeo de humor en el que una pieza de Tetris está viendo porno en su tele y sonaban gemidos a todo volumen, con la canción típica del Tetris de fondo. ¡Qué habrá pensado el pobre señor! Pensaría que era porno friki. Ja, ja, ja, ja, ja. ¡Mierda! Me he reído en voz alta. Pero Jaime sigue roncando. Espero no haber despertado a Carol con mis risas dementes. Ese señor no fue el único que se acercó: personas de todo tipo se aproximaban y, al vernos de buen rollo, tirados en un colchón inflable en medio de la calle, nos preguntaban qué hacíamos ahí. Nosotros poníamos a prueba nuestra creatividad inventando una historia diferente con cada grupo que se nos acercaba. Por ejemplo, a unos les dijimos que nos habían echado de casa y que nos subimos al coche y condujimos hasta que se nos acabó el gasóleo; que por eso habíamos acabado en Córdoba. La mayoría se reían y se iban contentos, contagiados por nuestro buen humor. Y bebimos un par de latas más y vimos algunos vídeos de risa más y después arrancamos con la botella de ron y pusimos un CD de música que grabé especialmente para este viaje, al que he titulado Eufórico MIX, y más gente que se acercaba y preguntaba y se reía con nuestras imaginativas historias y carruajes tirados por caballos que pasaban por allí y cordobesas vestidas de sevillanas y una apuesta, a ver si era capaz de meterme de un solo salto por la ventanilla del coche, apuesta que gané, por cierto, y muchas tonterías más. Esa noche no salieron las chicas: me refiero a Belén y María. Nos dijeron que estaban muy cansadas por la salida del día anterior y que además andaban preparando los exámenes finales; que mejor se guardaban para el día siguiente, que teóricamente era el más fuerte. Nosotros fuimos en busca de un autobús, con toda la intención del mundo, pero no sabíamos dónde cojones estábamos y era muy tarde y estábamos borrachos y, cuando encontramos una parada, el dichoso autobús no llegaba nunca, así que terminamos volviendo al coche; a dormir; porque yo no estaba para conducir. Este final de día me jodió mucho; beber y no salir de fiesta es como ponerse un condón para hacerse una paja; y siempre me jode sentir que me estoy perdiendo algo, como me pasa ahora, que debería estar en Madrid, creando nuevos recuerdos, en lugar de rememorando días pasados; pero fue tan bueno aquel día, que me dormí con una sonrisa. Firmaría porque todos los días de fiesta fuesen la mitad de divertidos de lo que fue aquella tarde-noche. Lo malo es que, unas horas después, salió el Sol a darnos unos calurosos buenos días y se volvió imposible dormir a la solana. Fuimos en busca del aparcamiento subterráneo del centro comercial de la otra vez, pero estaba cerrado, no abrían hasta las diez, así que, sin tener acceso a nuestro preciado oasis, pasamos unas horas sufriendo en el desierto. Dormimos otro rato en el aparcamiento, comimos y bebimos algo sin alcohol y vimos dos capítulos de Skins: la serie que te dije antes. Solo nos queda un capítulo más para terminar de ver la última temporada, por cierto. En uno de esos capítulos, los personajes de la serie cantan la mítica canción de Cat Stevens, Wild world: es una pasada cómo lo interpretan: nos ha gustado mucho. Estoy ansioso por ver el último capítulo: lo veremos mañana en la pantalla del León, durante la vuelta a casa. María me llamó por teléfono y me indicó cómo llegar a su piso: allí nos dimos una ducha tan reparadora como necesaria. Después nos fuimos de tapas con ella, con su hermana Belén y con una amiga de María. Y de ahí saltamos a la Feria de Córdoba. Unos fuegos artificiales iluminaban el cielo negro cuando aún nos estábamos aproximando en el autobús y permanecieron ahí arriba hasta un rato después de pisar tierra. Al llegar, nos alejamos de las chicas y nos fuimos a una zona donde había un montón de gente haciendo botellón, para poder beber tranquilos nuestra botella de ron con cola, mientras tratamos de salvar el mundo una vez más. Fue otra noche de locura; otra noche de Vida. Cuando todo terminó, tocaba volver a dormir en la calle, pero María nos invitó a dormir bajo techo. Eso sí, todas las habitaciones estaban ocupadas: tuvimos que dormir sobre una manta tirada en el suelo de un trastero vacío: lo único que había en ese trastero, aparte de nosotros, era una tabla de surf… ya no sé lo que digo… una tabla de planchar quería decir. Antes de echar el telón y despedirnos de otro día bien aprovechado, recuerdo que vimos en mi teléfono la parte en la que los personajes de Skins interpretan Wild world: vimos ese fragmento cuatro veces consecutivas. Después… charlamos durante… qué se yo: pudieron ser quince minutos… dos horas… no lo sé… a nosotros se nos hizo muy corto. Charlamos hasta que nos venció el día… digoo, el sueño: enemigo implacable… Como ahora… que se ha apoderado de mí. Mi mente comienza a apaciguarse… Mis pensamientos se mandan… mis pensamientos… mis pensamientos se tornan… confusos… in-co-ne-xos… y…

Duermo.

Duermo.

Duermo.

 

Estamos a unas dos horas de casa.

Hora y media, si le doy caña al León.

Pero no tengo prisa.

Más bien lo contrario.

Hemos parado en Burgos.

Ciudad que tantos quebraderos de cabeza nos ha dado a ambos.

Ya es de noche y estamos hambrientos.

Solo me quedan dos euros con noventa céntimos.

Jaime rebusca en sus bolsillos y encuentra diez céntimos.

Compramos tres hamburguesas de euro y damos cuenta de ellas en el desangelado aparcamiento de un centro comercial. La soledad y el silencio reinan en una oscuridad levemente maquillada por la luz artificial que arrojan las farolas sobre nuestras cabezas.

Albergamos una inesperada sensación de tristeza.

Tristeza por un viaje que ya toca a su fin.

Hemos aprovechado el día extra tanto como nos ha sido posible: desayunamos jamón recién cortado, café recién hecho y zumo de naranjas recién exprimidas con nuestra hospitalaria anfitriona Carol, pero después se tuvo que ir a cuidar de un niño; volvimos a conducir guiados por el azar, lo que nos llevó hasta un laberinto de calles estrechas de sentido único del que nos estaba costando tanto salir, que decidimos parar a tomar algo, pero los bares estaban cerrados; combatimos el calor del medio día bebiendo unas litronas de cerveza con unos colegas, pero después se tuvieron que ir a atender sus obligaciones; almorzamos con otro amigo en un sitio muy económico, en el que nos sirvieron unos bocadillos muy grandes, pero después se tuvo que ir a la universidad a hacer unas prácticas; dimos una vuelta por la Gran Vía con una amiga, pero después se tuvo que ir a unas clases de inglés; caminamos por la concurrida Puerta del Sol: había músicos ambulantes y putas de calle en pleno día y montones de turistas: parecía que era un sábado de verano, pero era un lunes de primavera. Para nosotros hoy es sábado, pero para el resto del mundo es lunes.

Este silencio me está matando.

Esta oscuridad me está matando.

Esta injustificada melancolía me está matando.

—Me habría gustado tener un día más —declaro.

—El viaje aún no se ha terminado —afirma Jaime.

—¡Pero si ya son casi las doce de la noche! —Repongo.

Mientras nos subimos al coche, Jaime avisa:

—La noche aún no se ha terminado.

Me guía hasta una calle cercana a la Plaza de España. Aparco. Saca una extraña llave triangular de su mochila y le sigo por una callejuela peatonal, hasta que estamos frente a una cartelera que contiene un enorme cartel que anuncia una película que está en el cine: Prince of Persia. No hay moros en la costa. Afloja un poco un tornillo y el cartel, liberado de la cartelera que lo aprisionaba, cae por su propio peso. Jaime lo enrolla con rapidez y sale disparado por la misma callejuela por la que vinimos; yo voy por otra. Un minuto después, nos encontramos donde he aparcado mi coche, arrojamos el cartel al fondo, a los asientos traseros, y proseguimos nuestro viaje.

—¿Para qué quieres un cartel tan grande? ¿Dónde vas a poner esa monstruosidad?

—Los colecciono para cuando tenga dónde ponerlos —indica.

Ya son las doce y pico de la noche y el sueño acecha.

Pongo el último capítulo de Skins: eso nos mantendrá alertas.

A las afueras de la ciudad, cruzamos un montón de rotondas.

Llegamos a una en la que hay una estatua de un tiranosaurio.

De niño quería tener un tiranosaurio como mascota.

—Ya que estamos, ¿por qué no paramos y nos hacemos una foto con el dinosaurio? —Propongo.

Dicho y hecho.

La rotonda se encuentra en la intersección entre dos carreteras: la principal es por la que vamos, pero también hay una carretera secundaria que va en dirección perpendicular a esta. Para ir a casa, hay que cruzar la rotonda y continuar de frente, pero, en vez de hacer eso, tomamos la salida de la derecha, por la carretera secundaria, y recorremos los doscientos o trescientos metros que nos separan de un pequeño conglomerado de viviendas: lugar en el que aparcamos el coche. Pillo la cámara digital de Jaime y nos bajamos del coche, pero, tras andar unos pocos metros, vuelvo a por mi teléfono móvil; por si acaso llaman mis padres, preocupados por lo tarde que es.

Hay un hombre dando vueltas de un lado a otro por la glorieta.

Vaqueros, camiseta roja, corpulento, barriga prominente.

Está solo y camina con nerviosismo.

Tiene un teléfono móvil en la mano.

¿Qué pinta un tipo en medio de la nada a las tantas de la noche?

Tengo un mal presentimiento.

Tal vez deberíamos darnos la vuelta.

¡Bah! Seguro que no es nada.

Además, si las cosas se ponen feas, somos dos contra uno.

Nos posicionamos en la salida hacia Burgos, que es desde donde hemos llegado, para sacarle una foto de lado al bicho. Hay unas letras que dicen: «Sierra de la Demanda». Es mejor por el otro lado: por el otro lado pone: «tierra de dinosaurios»: mola más. Rodeamos la rotonda. Me doy cuenta de que somos un poco tontos, porque hay un aparcamiento aquí mismo, tomando la misma carretera secundaria que hemos tomado nosotros, pero en sentido contrario. En ese estacionamiento hay un Peugeot 206 gris: imagino que pertenece al barrigón de rojo que no sabemos qué hace aquí a estas horas. Llega una furgoneta negra con un vinilo de unas llamas en el lateral. La furgo se detiene, su conductor le dice algo que no escuchamos al tipo de rojo y, acto seguido, reanuda la marcha.

—Súbete donde el dinosaurio y te hago la foto —sugiere Jaime.

—No, tío. Saca la foto así mismo y nos piramos —sugiero yo—. Esto me está dando mala espina.

Saca su cámara digital, encuadra y…

Escuchamos unas ruedas chirriando a nuestra izquierda.

El tiempo se ralentiza.

Nos quedamos petrificados.

La furgoneta de antes está cortando el paso a un coche de Prosegur: una compañía que ofrece servicios de seguridad. Me pregunto qué está transportando para que quieran asaltarlo.

Todo lo veo a cámara lenta.

Las llamas de la furgoneta se están moviendo hacia atrás.

Es una puerta corredera, que se está abriendo.

Veo la silueta de varias personas.

Portan armas.

Son escopetas.

Veo claramente la forma del gatillo de una de ellas.

Se bajan gritando, muy exaltados.

Pero no proceso lo que sea que están diciendo.

Esto no está pasando.

Esto no es real.

Damos un paso en dirección opuesta a los tipos armados.

Temo que nos peguen un tiro por la espalda.

Estoy en shock.

No veo nada.

No escucho nada.

No siento nada.

Esto no está pasando y yo no estoy aquí.

—¿QUÉ COÑO HACÉIS? —Grita alguien a nuestra espalda.

—¡¡¡CORRE!!! —Grita Jaime.

El grito de Jaime me hace reaccionar.

Mis glándulas suprarrenales liberan ingentes cantidades de adrenalina en mi torrente sanguíneo, mi corazón bombea con violencia la sangre a rebosar de adrenalina, mi respiración se acelera, mis músculos se tensan, mis pupilas se dilatan, mi cerebro se acelera.

La carretera está sobre un terraplén, unos dos metros por encima de los campos que hay a los lados: saltamos sin pensarlo y corremos.

Si antes estaba medio ido, ahora la adrenalina me ha encendido de una manera que jamás había experimentado antes.

Mi cerebro ha activado el plan de emergencia.

Miles de imágenes se presentan ante mí a una velocidad vertiginosa. No lo controlo yo; funciona solo; mi cerebro está buscando una solución; pero lo hace de un modo distinto al habitual: tengo un laberinto en mi cabeza y, en lugar de recorrer cada camino hasta el final, para ver si ese es el más apropiado, veo todos los caminos de forma simultánea y con una claridad que no creí posible. Veo literalmente cientos de posibles finales para este capítulo de mi vida y todos a la vez: recibo un disparo por la espalda que me deja seco en el acto; es Jaime el que cae al suelo, abatido por un disparo, ante mi cara de estupefacción; nos pillan y nos dan la paliza más brutal que puedas llegar a imaginarte: tan cruel, que deseamos que nos den matarile ya; conseguimos llegar a las casas del lugar donde aparqué el coche y llamamos a alguna puerta, pero no nos abren; o sí nos abren, pero no a tiempo; o nos abren, pero mueren con nosotros; o nos abren y entramos y llamamos a la policía y eso les hace huir; o, en vez de llamar a una puerta, nos subimos al León y salimos a toda leche, pero caemos en una emboscada; o nos siguen durante varios kilómetros, hasta que pierdo el control de mi vehículo; podría escribir decenas de páginas con posibilidades. Y, aunque te las esté relatando de forma secuencial, pues el lenguaje escrito posee esta limitación insalvable, yo las estoy viendo todas al mismo tiempo: mi mente ha trascendido las barreras del pensamiento lineal. He llegado a la horrible conclusión de que lo más probable es que muramos hoy, pero no siento temor alguno. Y no: no he aceptado la muerte; no quiero morir: amo la Vida; pero el miedo me bloquearía o provocaría que mi comportamiento fuese errático; el miedo disminuiría nuestras posibilidades de supervivencia; por ese motivo, como mecanismo de defensa, mi cerebro ha desactivado dicha emoción; la palabra que mejor define a mi estado actual es «impávido». He visto a nuestros asesinos alzando con júbilo sus humeantes armas al cielo nocturno y meando sobre nuestros cadáveres, he visto a los telediarios de todos los canales anunciando nuestra desaparición y a nuestras familias destrozadas, he visto a mi familia llorando frente a mi tumba… y sin embargo, no tengo miedo. Pero no pienses que estoy siendo valiente; la valentía es la capacidad de hacer las cosas a pesar del miedo, por lo que, para poder actuar con valentía, debe existir un miedo que afrontar; y yo no tengo nada de miedo: aunque mi cerebro está sobrerrevolucionado, siento mucha calma.

Mis piernas corren como impulsadas por una clase de energía que las hace funcionar por encima de su capacidad. Siempre he sido muy rápido, en mi adolescencia fui velocista y gané el campeonato de Cantabria varias veces, pero nunca he sido tan veloz como ahora.

Me detengo en seco y me giro.

Jaime es incapaz de seguir mi ritmo.

La velocidad nunca fue lo suyo; lo suyo era el baloncesto.

Debería continuar corriendo tan rápido como sea capaz.

Si le espero, mis posibilidades merman dramáticamente.

Pero no pienso dejarle atrás.

—¡Venga, Jaime! —Le animo.

Todos estos pensamientos que te acabo de exponer, no representan ni un uno por ciento de la explosión de luz que se ha producido en mi cabeza; y han sucedido en apenas un instante.

Corro a medio gas: siguiendo el ritmo de Jaime, que va a su tope. Si esto fuese de meter una canasta o bloquearle el tiro a un contrario, él sería quien tendría que esperarme a mí. Y sé que lo haría.

Se frena.

Se le han salido sus deportivas.

Las agarra con las manos y sigue corriendo descalzo.

La adrenalina hace que no sienta los pinchazos en sus pies.

Si salimos de esta, sus pezuñas se van a hinchar como dos globos.

Pero ese es el menor de nuestros problemas.

Lo único que importa ahora es sobrevivir a esta noche.

Quiero volver a ver a mi familia.

Quiero volver a ver a mi perrita Neska.

Quiero ver mi novela publicada.

Quiero vivir para ver otro amanecer.

Nunca madrugo para ir a ver el amanecer.

¡Me quedan tantas cosas por hacer!

Me aferro a la Vida, pero sigo sin estar asustado.

Me siento más libre que nunca.

Esta forma de ver las cosas…

Es como si antes hubiese estado ciego y, de pronto, ahora viese.

Con absoluta claridad.

Aunque sé que, si vivo para ver otro día, mi cerebro volverá a funcionar como siempre; no creo que vuelva a sentirme así jamás.

¡Pero me sentiré muy feliz!

¡Feliz por gozar del privilegio de seguir existiendo!

Tras recorrer una gran distancia, Jaime empieza a andar.

No sé si es por cansancio o por bajar un poco las revoluciones.

Yo, que he estado corriendo de acuerdo a su ritmo, le sigo.

Pero enseguida veo que Jaime está caminando sin rumbo.

Me pregunto qué está ocurriendo dentro de su cabeza.

¿Se sentirá tan bien como me siento yo ahora?

Soy consciente de que esta paz y serenidad se deben, en parte, a que mi cerebro me está preparando para morir: un último subidón de dopamina para morir tranquilo y feliz. Una vez soñé que, cuando mueres, el último sentimiento que albergas, es lo que vas a sentir por toda la eternidad. De ser esto cierto, este sería un mecanismo muy eficaz de nuestro cuerpo físico para tener una postmuerte feliz. Sin embargo, gracias a la noradrenalina, mi organismo también me está proporcionando vigor físico, clarividencia y un estado de alerta incrementado, para que los utilice como recursos para sobrevivir.

¡Y eso voy a hacer!

¡Voy a encontrar la manera de salir de esta, de una pieza!

No vamos a morir hoy.

Le hago una seña a Jaime y este la capta a la primera: nos tumbamos en el suelo. La oscuridad y la hierba, que está muy alta, nos ocultarán. Si nos están buscando, les costará encontrarnos.

Estoy Viviendo la gran aventura con la que siempre he soñado.

No vamos a morir hoy.

Miramos hacia la rotonda: cuesta un poco divisarla desde aquí: estamos más lejos de lo que calculaba. La furgoneta negra sale haciendo ruedas. Un instante más tarde, el Peugeot 206 gris le sigue. En cuanto al coche que han asaltado, no sabemos qué ha sido de él.

El niño que una vez fui, está tumbado a mi derecha.

Está tranquilo.

Sabe que la muerte no puede ser el trágico final de esta historia.

No vamos a morir hoy.

—Por si acaso… ¿Has traído el móvil? —Le susurro a Jaime—. Si es así, ponlo en silencio; o apágalo.

—No lo he traído —musita.

Yo sí.

Meto mi mano en el bolsillo derecho de mi pantalón, lo tanteo con cuidado y lo pongo en silencio, manteniendo pulsada una tecla. Ahora lo mejor es permanecer tumbados, en completo silencio, pendientes de nuestro alrededor, por si vemos algún movimiento.

—Así que «la noche aún no se ha terminado», ¿he? —Susurro.

Mientras observamos y escuchamos, bien alertas ante cualquier sonido o movimiento cercano, estudio la situación: puede que se hayan marchado; después de todo, vimos a la furgoneta y al 206 salir disparados; pero ellos vieron que Jaime tenía su cámara en la mano: quizá crean que, además de ser testigos presenciales, tenemos pruebas fotográficas del delito; podrían estar ahora mismo buscándonos; tal vez están caminando despacio y en silencio entre la hierba. Por otro lado, este campo está rodeado por carreteras: la única forma de salir de aquí es cruzar una de ellas; y todas están fuertemente iluminadas: si nos están buscando, nos verán en cuanto salgamos a la luz.

No somos Superman.

No somos James Bond.

No somos Batman.

No somos Javier Busquets.

No somos Spiderman.

Pero somos épicos.

Y no vamos a morir hoy.

Sugiero llamar a la policía, pero Jaime se niega. Dice que habría que prestar declaración y que eso sería un motivo de preocupación para sus padres. Propone que nos acerquemos a una carretera y la crucemos. Lo de no llamar a la policía, para evitar preocupar a sus padres, es irrelevante, peor será si la siguiente vez que nos ven es en el interior de una bolsa, pero no me parece mala idea acercarnos a una de las carreteras secundarias y reevaluar la situación. Así que andamos en cuclillas, muy despacio y prestando mucha atención a nuestro alrededor, por si nos encontramos a alguien entre la hierba.

Morir no sería un final digno para esta historia.

No vamos a morir hoy.

Cuando estamos cerca, junto a una de las carreteras secundarias, Jaime se pone en pie, dispuesto a atravesarla corriendo, pero le detengo y le pido que se agache: antes de cruzar al otro lado, debemos estudiar qué hay exactamente ahí; no se trata de correr como pollos sin cabeza. Vemos que al otro lado hay otro campo con las mismas características que este: estaría bien cambiar de campo para despistar a quienes quizá nos están buscando. Las zonas iluminadas están despejadas: si hay alguien rondando por aquí, estará entre la hierba.

Es un riesgo enorme, pero decidimos asumirlo.

¡Corremos!

Jaime propone ir hacia el coche; a mí me parece una temeridad. Sigo pensando que nuestra mejor opción es llamar a la policía. Dirigimos nuestras miradas hacia la pequeña zona poblada en la que aparcamos y descubrimos que hay alguien ahí. Podría ser un vecino trasnochador, pero lo más probable es que sea uno de ellos.

—Jaime, tío, voy a llamar a la policía: es la opción más segura. Pedimos que venga una patrulla y aguardamos escondidos y alertas. Y luego, que ellos nos escolten hasta nuestro coche y nos vamos a casa. Me da igual si hay que declarar o ir a juicio o saltar a la pata coja. No sé tú qué planes tienes, pero yo no pienso morir hoy.

No vamos a morir hoy.

Saco mi teléfono del bolsillo y disminuyo el brillo de la pantalla al mínimo, manteniendo esta muy pegada al suelo. No quiero que la luz de mi teléfono móvil delate nuestra posición.

Llamo al número de emergencias: responde una operadora.

Le explico la situación de forma concisa y clara: es vital que nos entienda y actúe con rapidez. En cualquier momento podría localizarnos alguien que esté cerca de nosotros. Y si eso pasa… game over.

Pero eso no va a pasar.

No vamos a morir hoy.

Aunque la operadora lo ha entendido, se lo toma con mucha calma: demasiada: nos pide nuestros datos y nos hace un montón de preguntas. Yo le aclaro que esto no es ninguna broma; que nos pueden pegar un tiro en cualquier momento; que manden a alguien ya.

Esperamos.

Esperamos.

Esperamos.

Casi quince minutos después, aparece un coche de la policía nacional y nos asomamos, pero no nos ve. Da la vuelta en una rotonda lejana y se marcha por donde ha venido. Si alguno de los asaltantes anda por aquí, buscándonos, nos podría haber visto al salir a la luz. Nos desplazamos a otro lugar y estamos súper alertas.

Vuelvo a sacar mi teléfono del bolsillo para llamar otra vez.

Tengo varias llamadas perdidas de un número que no conozco.

Llamo a ese número: es la policía: dicen que enseguida estarán aquí; que salgamos a la carretera para que nos vean. Esperamos en la oscuridad, vigilando la carretera principal para salir en cuanto les veamos. Esto, sin descuidar ni un segundo nuestras espaldas.

No-vamos-a-morir-hoy.

Vuelve a aparecer el coche patrulla de la policía nacional.

Bueno, no sabemos si es el mismo o es otro, pero qué más da, lo relevante es que esta vez sí pasan por donde nos encontramos y nos ven en cuanto salimos de nuestro escondite.

Nunca había montado en la parte trasera de un vehículo policial, así que no sé si todos son así, pero me sorprende cómo es este: hay un cristal separando la parte delantera de la trasera, cosa que me parece lógica, pero, no sé por qué motivo, todo el interior de la parte de atrás es de plástico, incluidos los incómodos asientos. Y tampoco hay cinturones de seguridad. No sé, no me lo imaginaba así. Delante van dos policías nacionales: uno debe de andar por los treinta y pocos años y el otro por los cuarenta y muchos. Les explicamos todo con pelos y señales. El treintañero nos hace preguntas y parece que se interesa por nuestra historia, pero el otro no nos está haciendo ni puto caso: nos corta con cualquier memez y le quita hierro al asunto todo el tiempo. Repite en varias ocasiones que podría ser solo un juego de rol o algo así y que mejor nos vayamos a nuestra casa; que no ha pasado nada. Cuando mencionamos las armas, él dice que eso serían bates de béisbol, que habremos mirado mal, pero nosotros estamos muy seguros de lo que vimos. Nunca olvidaré la puerta de la furgoneta abriéndose y la silueta de esos tíos, con las armas en alto.

—¿Dónde tenéis el coche? Os llevamos a vuestro coche y os vais tranquilos. Aquí no ha pasado nada —insiste el policía cuarentón.

Jaime y yo nos miramos, pero no expresamos en voz alta lo que pensamos. Si nos llevan a donde hemos aparcado y nos permiten irnos, perfecto. Lo único que queremos es vivir para contarlo.

Cuando el coche patrulla estaciona junto al León, comunican por radio que han cogido a una furgoneta «con la descripción», cosa que no entiendo cómo ha podido ser, pues nosotros no se la hemos dado. El policía que se empeña en que todo fue un simple juego de rol, nos pregunta que si no nos importaría ir a un reconocimiento. Nos asegura que solo es por rutina, que no ha pasado nada, y que de todos modos podemos estar tranquilos, que los cristales están tintados y no nos podrán ver desde fuera, pero nada de todo eso es cierto. Nos llevan hasta un lugar en el que, a parte de la furgoneta negra con el vinilo de las llamas, hay otros dos coches patrulla de la policía nacional y uno sin logotipos, del que sale un hombre vestido de paisano que nos pide que confirmemos si esa es la furgoneta que vimos: lo es. Los asaltantes están apoyados en ella, mirándonos y riéndose.

—No os preocupéis —dice el hombre que va de paisano—. Esto solo son chiquilladas. Ya os podéis ir.

—Pero tenían escopetas —insiste Jaime.

—No hay armas —asegura—. Hemos registrado los alrededores y no hemos encontrado nada. Lo mejor es que os marchéis a casa ya. Llévatelos ya —ordena a los dos polis que nos han traído.

Ciento ochenta y cinco kilómetros de carretera.

Solo eso se interpone entre nosotros y nuestros hogares.

—¿Queda algo de beber? —Pregunto.

—Una botella de Coca-Cola: está caliente, pero…

—Dámela.

No me gusta la Coca-Cola.

Odio los refrescos calientes.

Y es peor todavía si esa bebida caliente tiene gas.

Sin embargo, me zumbo media botella de una sentada.

Un litro de Coca-Cola caliente que me sabe a gloria.

Y, de ganas, me la bebería entera, pero Jaime también lo necesita. Supongo que será por la adrenalina: nuestros organismos requerirán líquido y azúcar para reponer el gasto energético.

Nos para una pareja de policías locales.

—La documentación del coche—solicita uno de ellos.

Sin que se lo pidan, Jaime les hace un breve resumen de lo que hemos vivido, pero ellos desean saber más.

—¿Puedo salir a fumar un cigarro? —Les pregunta Jaime.

Acceden.

Jaime y yo sentados en el morro del León.

El cigarro de Jaime consumiéndose a cada calada.

La Luna ahí arriba: siempre testigo de todas nuestras aventuras.

Los policías locales frente a nosotros, atentos a nuestra historia.

Hablamos como si fuéramos amigos de toda la vida.

Ellos están aquí por una llamada telefónica a emergencias.

Mi llamada mía.

Resulta que ellos son quienes venían a buscarnos.

Los policías nacionales no sabemos qué hacían ahí.

—¿Y os dejaron ir sin más? —Pregunta uno de los locales.

—Sí —afirmo.

—Pero os habrán tomado los datos, al menos.

—No —niega Jaime—. Dijeron que no hacía falta.

Los policías locales se miran extrañados.

El cigarro se termina y nuestro alucinante viaje prosigue.

Los policías locales estaban tan asombrados con la historia, que ni siquiera nos han preguntado por el grotescamente grande cartel robado que llevamos en los asientos traseros.

Gritamos de euforia.

Por haber salido de esta.

Y por la gran aventura que acabamos de Vivir.

¡Estamos Vivos!

Vivos, con la primera letra escrita en mayúsculas.

No quiero volver a ser un zombi nunca más.

Quiero ser un héroe.

Los héroes deciden su destino; no temen al cambio; se crecen ante la incertidumbre; aman la libertad; y la libertad consiste en elegir. Lo sé: elegir da miedo; porque elegir implica decir no a las demás posibilidades; porque elegir implica mucha responsabilidad: si te va mal, probablemente será por tu culpa; por haber tomado una decisión equivocada. Si no eliges, te creas la falsa ilusión de que la responsabilidad no es tuya y de que, si te va mal, la culpa es del mundo; porque lo que tú no elijas, lo elegirán otros por ti; pero lo siento: no puedes escapar de esta responsabilidad; porque quien no elije, en realidad sí que está eligiendo: está eligiendo no elegir.

Son casi las cuatro de la madrugada cuando llegamos.

Vemos el último capítulo de Skins en la pantalla del León.

Después, busco el capítulo en el que sale la escena en la que los personajes de la serie cantan Wild world y pongo esa parte:

 

«Oh, baby, baby, it's a wild world.

It's hard to get by just upon a smile.»

 

En estos dos últimos años, he incumplido mi sueño de publicar mi primera novela, he dejado la universidad por un negocio ruinoso, he fracasado con las chicas una vez tras otra, me he despertado en una gasolinera en medio de la nada, he hecho el ridículo más veces de las que puedo recordar, he sufrido un accidente automovilístico, me han partido la cara por mear desde un balcón y ha faltado muy poco para que me peguen un tiro; y puedo afirmar, sin atisbo de duda, que han sido los dos mejores años de toda mi puñetera vida.

—Algún día seremos leyenda —declaro.

—Algún día seremos leyenda —declara Jaime.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

Ojalá estés disfrutando de la lectura, tanto como yo disfruté escribiendo esta locura para ti. Si te está gustando mi novela y te apetece leer la historia completa, con sus preliminares y su orgasmo final, puedes hacerte con un ejemplar aquí. Un esclavo se encargará de entregarte mi libro en la dirección que me indiques.

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