29. Resaca.

¿Dónde estoy?

¿Qué hora es?

¿Qué día es?

¡Joder! ¡Qué puto frío!

Arranco el motor de mi coche y enciendo la calefacción.

Aunque no funcionará hasta que el motor se caliente.

¿Qué hago durmiendo en mi coche?

Miro fuera: es de día; estoy aparcado en una gasolinera.

Miro dentro: el reloj del cuadro marca las 13:22; en el asiento delantero derecho, el de copiloto, hay un enorme cono de señalización; detrás no hay nadie: estoy solo; estoy cubierto con una toalla de playa, pero resulta insuficiente para el frío que hace.

Miro aún más dentro: en mi mente: nada.

¿Cómo he llegado hasta aquí?

Comienzan a asaltarme algunas imágenes, como pequeños destellos: estoy en un autobús, demasiado lleno, que se retuerce y cruje con cada badén y con cada curva, y mis amigos y yo gritamos y reímos como dementes; estoy observando mi botella vacía y sorprendiéndome de ello, preguntándome cómo me la he podido beber yo solo; me acerco a un colega, que está tras un arbusto, y le pregunto qué hace y este me responde: «pues cagar, ¿no me ves?», y veo a mi amigo Marcos comiéndose una bolsa de patatas fritas y, apenas a un metro de él, otro amigo meando con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos y su cabeza apoyada contra la pared, manteniéndose en pie a duras penas; estoy en una habitación de hotel y un tío que no conozco lanza un retrete por la ventana; cuatro encapuchados hablan en un sótano, con una bandera de Burgos colgada de la pared que hay tras ellos, pero mi recuerdo no tiene audio; contenedores de basura ardiendo y el olor a plástico quemado y el calor que desprenden las llamas y los gritos vehementes de varias personas; estoy en la puerta de una discoteca, tan llena de gente como el autobús, y me salto la cola y le digo algo al portero y este se ríe y nos deja pasar a mí y a un colega mío; estoy en el balcón de una discoteca, supongo que la misma, suena Cohete, de Dikers, y yo brinco y canto y los desconocidos que me rodean se unen a mí y saltan y cantan conmigo y los que están en la calle también acaban por sumarse a la locura.

«Me ha vuelto a pasar:

me he vuelto a sobrar.

No sé salir.

No sé frenar.

Fui de bar en bar,

hasta reventar.

No sé salir.

Lo que no sé es entrar.

Soy un cohete en realidad,

que no para hasta explotar.

Soy un cohete en marcha ya,

imposible de parar.

Hoy voy a arrasar,

a desparramar.

Voy a volar,

a vacilar.

Y en el mismo bar,

te he vuelto a encontrar.

No hay vuelta atrás:

vamos a despegar.»

 

La mayoría no conoce la canción, pero los pocos que sí, alzan la voz lo suficiente; y los demás, repiten palabras sueltas o vocean, contagiados por el entusiasmo general. Un montón de desconocidos me siguen en mi delirio eufórico: es como una peli de universitarios.

¡Euforia!

¡Euforia!

¡Euforia!

Y nada más.

La explosión de imágenes se detiene en seco.

Ayer debí de pasármelo de escándalo, pero hoy tan solo cuento con un puñado de retazos insuficiente para componer una noche. Trato de deshacer los nudos de mi maltrecha memoria y hallar algo coherente, debió de ser una noche épica, una noche legendaria, pero en lo único que logro pensar es en que me duele la cabeza y tengo frío y tengo sed y tengo hambre y tengo sueño… todo a la vez.

Estoy muy confundido.

Incluso dudo de si estos recuerdos son de ayer o de otro día, porque los percibo lejanos; como de una vida anterior.

Me siento enfermo.

Es la resaca más espantosa de toda mi vida.

Necesito dormir, pero hace demasiado frío y no quiero dejar el motor arrancado durante horas, mientras me destrozo el cuerpo durmiendo en mi coche. Mejor alquilo una habitación barata en un hostal o una pensión. Pero, ¿dónde mierda estoy? Lo único que veo es una gasolinera y una autopista que no sé a dónde conduce.

Podría salir del coche y preguntar a los operarios de la gasolinera, pero estoy tan jodido, que no sé ni si me saldrán las palabras. Ahora mismo, no deseo ver a nadie. Lo único que quiero es meterme en una cama bien caliente y dormir sin despertador; y beber muchísima agua; y comer algo; y una aspirina tampoco me vendría mal.

¡El GPS!

Me inclino para sacar mi navegador GPS de la guantera.

¡Ay!

Me duele un costado.

Me palpo: sí, lo tengo bastante dolorido.

Tras hacer acopio de toda la energía que puedo recopilar, abro la puerta y me tiro fuera del coche. Y lo reviso: no hay abolladuras ni rozaduras. Vuelvo a entrar, muerto de frío y muerto en general.

¿Y este cono de dónde ha salido?

Abro la puerta del copiloto y, con cierta dificultad por el dolor de mi costado, empujo fuera el enorme cono naranja. Cierro: ahí fuera hace un frio de cojones. En el espacio que antes ocupó el cono, hay un papel que simula ser un pergamino antiguo, con un mensaje:

 

«A todos y cada uno de los clanes:

Con motivo de la fiesta de mi 500 aniversario,

me complace invitaros a mi Castillo, a

—le Bal des Vampires—

el próximo 14 de noviembre a las 23.30h.,

a vosotros, inmortales,

de todos y cada uno de los rincones de la vieja Europa,

tan dados a las fiestas, lujuria y pasión,

que siempre habéis caído sedientos de placer ante las tentaciones

y sucumbido una vez tras otra a la perdición.

Que la música y la noche corra por vuestras venas.

Venid con vuestros mejores atuendos y sed puntuales.

 

—El Conde Lamanoff—»

¿Qué…?

Miro mi teléfono móvil: hoy es viernes 14 de noviembre.

Hoy es la jodida fiesta esa.

En el espacio que antes ocupó el pergamino y antes ocupó el cono de obra y antes quién sabe qué o quién lo ocupó, hay un envoltorio de preservativo. Lo cojo y lo observo. Y entonces me doy cuenta de que hay un número de teléfono apuntado con bolígrafo en la palma de mi mano: está un poco emborronado, pero aún se puede leer. Aunque me pica la curiosidad, estoy demasiado exhausto para llamar. Le saco una fotografía. Ya llamaré más tarde.

Tengo una idea.

Desbloqueo mi teléfono y accedo a la galería de imágenes.

Foto de un sonriente desconocido, posando junto a un retrete arrancado de cuajo de su posición habitual, en un baño encharcado, con el agua brotando como un geiser desde una tubería de la pared.

Vídeo de dos desconocidos, uno de ellos el de la foto del retrete, saltando sobre una cama y una desconocida saltando sobre otra, ambas camas individuales, en lo que parece una habitación de hotel destruida, con botellas tiradas por el suelo, muebles volcados, etc. La chica me lanza una almohada a mí, que estoy grabando el vídeo. La esquivo, la recojo del suelo y se la arrojo, pero también la esquiva.

Foto de dos cincuentonas cuyo aspecto es bastante espeluznante.

Observo el envoltorio de condón que me encontré en el coche.

¿Y si me tiré a una de ellas?

¡Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!

Foto de uno de los desconocidos de antes, el que no sale en la foto del retrete roto, morreándose con las dos cincuentonas a la vez.

¡Ufff! Esquivé la bala.

Vídeo muy oscuro en el que estoy con un cono en la cabeza, diciendo que soy el mago Merlín, y uno de los dos desconocidos coge una señal de obra y la tira al río. Alguien nos graba a los dos.

Vídeo en el que grabo el suelo y se me escucha decir: «no hace falta que me acompañes hasta el coche; ya sé dónde está». Pero un amigo mío, le reconozco la voz, se empeña en hacerlo.

Vídeo, también muy oscuro, en el que aparece otro desconocido, tratando de arrancar una señal de tráfico, mientras mis amigos y más desconocidos les jalean, y vallas metálicas volando por los aires y una chica, que parece estar detrás de mí, grita como si estuviera poseída, y otra voz de chica, también fuera de plano, sugiere:

—Mejor vámonos. Porque estos están locos.

—Ya, pero me gusta —contesta la gritona, con voz quebrada.

¡Espera! Eso sí que me suena. ¿Pero ocurrió ayer? ¡Juraría que fue hace semanas! ¡Estoy realmente jodido!

Continúo retrocediendo en el tiempo: cada foto o vídeo que visualizo, retrocedo un poco más.

Vídeo de dos contenedores de basura volcados y ardiendo.

Vídeo muy oscuro en el que se intuye la silueta de una persona encendiendo un papel con su mechero, junto a unos contenedores de basura volcados.

Foto de dos contenedores de basura volcados.

Fotos borrosas y vídeos oscuros de mis amigos de Burgos y yo, bebiendo y cantando y haciendo el idiota en un multitudinario botellón, en el que hay cientos, tal vez miles, de personas.

Algunas fotos borrosas de mis amigos haciendo botellón en un lugar solitario: creo que en el aparcamiento de una facultad.

Vídeo de cuatro encapuchados, curiosamente ordenados del más alto al más bajo, como si de los hermanos Dalton se tratara, en un sótano y con una bandera de Burgos detrás. Parecen terroristas, pero solo son cuatro universitarios, realizando un llamamiento a hacer botellón junto a la facultad de químicas, como protesta contra el alcalde y el rector de la Universidad de Burgos que, a diferencia de los años anteriores, han prohibido organizar fiestas universitarias dentro del campus universitario, ante la presión ejercida por los locales de ocio de la zona de fiesta de Las Llanas, que alegan que venden poco durante estas fiestas. Las voces están distorsionadas.

Foto de mi perra Neska… Vale. Esta ya no es de anoche; esta la saqué justo antes de salir de viaje. ¡Ah! Recuerdo algo más: ayer puse rumbo a Burgos, para asistir a una fiesta universitaria.

¡Burgos!

Configuro el GPS para que me indique cómo llegar a Burgos.

¡73 kilómetros de distancia!

Inicio la marcha.

Cuanto antes salga, antes estaré durmiendo.

Mi reino por una cama caliente.

Carretera.

Carretera.

Carretera.

Peaje.

El tipo de la cabina de peaje me observa.

Sin decir nada.

La radio del coche canta Live your life, de T.I. y Rihanna.

Yo también le observo.

Sin decir nada.

Es un duelo de miradas.

El primero que aparte la mirada o hable, pierde.

—El ticket —solicita, secamente.

¿Ticket? ¿Qué ticket?

Rebusco por el coche.

En el espacio que antes ocupó el envoltorio de preservativo y antes el pergamino y antes el cono de obra, no hay ningún ticket.

Miro en la guantera.

Sí: ahí está.

Continúo.

Carretera.

Carretera.

Carretera.

Me muero de ganas de llegar.

¿Cuantas veces más debo cruzar el horizonte?

No corro el riesgo de quedarme dormido, estoy bien despierto, pero me encuentro muy mal. Necesito llegar ya.

Por fin alcanzo mi destino.

Aparco en un hostal que conozco: bueno, bonito y barato.

Al quitarme la chaqueta, descubro un rasponazo en mi brazo.

Me tiro en la cama y duermo, envuelto entre mantas; calentito.

Seis horas pasan, literalmente, en un abrir y cerrar de ojos. O más bien, en un cerrar y abrir de ojos. Aunque sigo borracho y resacoso al mismo tiempo, algo he recuperado. Me bebo de una sentada una botella de agua de dos litros. Noto que mi estómago no la recibe muy feliz, pero que se joda; necesito hidratarme. Ahora me siento famélico: no recuerdo haber tenido tanta hambre en toda mi vida. Y me siento tan débil que temo desmayarme. Bajo y me compro tres hamburguesas, seis alitas de pollo y una ración de patatas fritas, que engullo como una bestia, en la habitación del hostal: sin masticar, sin respirar, con las manos pringosas; soy como un yonki recibiendo su dosis; su chute de proteínas, hidratos y grasa. Jamás una comida me supo tan rica como esta; a pesar de comerla con ansia; sin detenerme a saborearla. Después me zumbo otro litro de agua de una tacada.

He saciado el hambre y la sed, pero aún persisten una debilidad extrema, un dolor de cabeza insoportable, un estómago hecho puré, unos músculos doloridos, como si me hubiesen dado una paliza, y un sueño terrible. Me tomo una aspirina que me quita el dolor de cabeza. Lo demás permanece.

Una ducha caliente me vendrá bien.

Al desnudarme, descubro otro número de teléfono escrito en mi pene. ¡En mi pene! Me la machaco un poco para ponerla tiesa y poder así ver bien el número. Lo apunto en la agenda de mi teléfono.

Hago balance de daños: me miro en el espejo, buscando heridas de guerra; miro mi teléfono: llamadas recientes, mensajes, etc.; también reviso mi cartera: apenas gasté dinero ayer.

Suena mi móvil: es Jaime Arizán: aunque ha dejado la universidad y se ha mudado a Cantabria, tal vez esté hoy aquí. Sí, está aquí. Me habla de «la fiesta de hoy» y me dice que tiene «mi capa» y que es tarde, que me dé prisa. Tardo unos segundos en hilar que la fiesta a la que se refiere es la del pergamino: esa de vampiros. Me pasa la dirección de la casa de unos amigos suyos y al rato me presento allí.

Es gente muy dispar: en un rango de entre veinte y cuarenta años. Algunos están cenando y otros se están maquillando: base blanca en la cara, sombra de ojos, labios y uñas pintados de negro, sangre falsa… Aunque no tengo hambre, pillo una porción de pizza que me ofrecen y me fuerzo a zampármela, pues mi organismo necesita comida. Bueno, en realidad necesita comida, bebida no alcohólica, dormir... estoy muerto, lo cual va perfecto con mi disfraz de vampiro. Aunque llamar disfraz a mi atuendo, es exagerar: pantalones, camiseta y zapatos negros y una capa negra muy cutre; y mi cara maquillada por las chicas, para parecer aún más muerto de lo que ya estoy. En cambio, los demás llevan unos disfraces súper currados. Entre ellos, me siento un poco ridículo con mi intento de disfraz. Se lían unos petas antes de salir y me ofrecen uno, que acepto.

Caminamos poco hasta llegar al lugar: está bastante cerca.

El sitio es impresionante y la decoración no lo es menos. Es un gran hotel, con un patio y unos jardines muy lujosos y amplios. Al lado hay un hipódromo. Un tío de la organización nos guía hasta donde se celebra la fiesta. Su disfraz es como el traje de un tuno y Jaime le vacila cantando Clavelitos, lo cual no le hace ninguna gracia al tipo: se muerde la lengua pero su cara expresa hostilidad. A pesar de que estoy agotado, Jaime consigue arrancarme una sonrisa.

El exterior de la entrada está flanqueado por varias velas embutidas en candeleros con forma de cabeza de caballo. Y huele a pólvora. Hay una vampiresa preciosa, mirándome a través de una ventana de la primera planta. Es lo más bonito que he visto en mucho tiempo. Se parece mucho a «ella»: al prototipo de chica que, sin saber por qué, tengo en la cabeza desde que era niño.

Entramos.

La música es muy tétrica. La decoración, muy buena: muebles victorianos, velas, ataúdes, telarañas, hay un vampiro sentado en un pomposo sillón, rodeado de vampiras, que imagino que será el anfitrión: el dueño del castillo, que celebra su quinientos cumpleaños.

Vamos a pedir la primera ronda y, uno de los amigos de Jaime, muy alto y de unos treinta años, me dice «ven» y, sin preguntar a dónde, voy. Y este comienza a hablar con chicas, pero yo estoy muerto y, mientras él flirtea con ellas y despierta su curiosidad, yo concentro toda mi energía en mantenerme vivo un rato más.

Voy al baño de caballeros y me sorprende encontrarme con dos chicas maquillándose en el espejo. Están muy buenas, por cierto.

—Entra si quieres —me dice la rubia—. Puedes aprovechar para violarla —bromea, refiriéndose a su amiga morena.

Entro y meo en un urinario, justo al lado de ellas.

Me observan y se susurran algo entre risas coquetas.

Ahí estoy yo, con la polla en la mano, mirando de reojo a esas dos preciosidades, pero sin fuerzas para pensar algo ocurrente.

Al salir del servicio, otra chica me suelta, partiéndose de risa:

—¡Vaya fiesta que hay en mi baño!

Me dice que ahí hay seis o siete personas metiéndose rayas.

Y prosigue la extraña fiesta.

Un espectáculo de ilusionismo en el que, entre otras cosas, un mago hace levitar a una chica. ¡Impresionante! Ahora, reparten antifaces blancos y da comienzo un baile victoriano; o algo así; no lo sé, la verdad. Una chica con un bonito cuerpo, pero que no sé si es guapa o no, por culpa de su antifaz, me sonríe. Le devuelvo la sonrisa, cosa que ella interpreta como una invitación a acercarse. Bailamos muy pegados, más de lo que exige el baile, y cuando termina, ella se marcha y yo me quedo ahí clavado, con cara de tonto. Por alguna razón que no alcanzo a explicarme, el aspecto de muerto que tengo esta noche parece atraer a las tías. Algunas me miran, otras me hablan, pero yo me quedo petrificado, sin saber qué hacer.

Soy un muerto viviente: encajaría mejor en una fiesta de zombis.

Sobrevivir a la noche es mi única meta de hoy.

Salgo a tomar aire, con el tipo alto de antes. Se lía un porro y me pide que yo me líe otro, pero le contesto que no sé; que normalmente no fumo porros; que no me quiero enganchar a la nicotina y acabar fumando una cajetilla de tabaco diaria; que odio el olor a cigarro. Él me cuenta que hace tiempo se metía de todo: tenía un trabajo como deejay, con el que ganaba mucho, y otro de vigilante y, entre los dos curros, sacaba más de tres mil euros limpios al mes, que se fundía en mierda. Y, según él, tuvo que dejar ambos trabajos y meterse en uno mal pagado, para poder dejar las drogas. «Ahora solo fumo porros», me dice. Mientras nos fumamos un peta cada uno, me cuenta que conoce recetas muy efectivas para eliminar la resaca: básicamente, tortillas cargadas de proteínas, que es lo que dice que necesita el cuerpo en esa situación, pero que además selecciona algunos ingredientes en función de lo que haya bebido la noche anterior.

Volvemos a entrar.

Pido otra copa y me doy una vuelta por el local, solo.

Observando.

Sobreviviendo a la resaca.

Hago un intento infructuoso de recordar algo más de ayer.

Vivir a tope implica olvidar algunas cosas.

Bueno… a veces.

Me topo con Jaime: dice que se va al piso de arriba y ahora baja.

—Voy contigo.

Nos sentamos en un par de sillas y permanecemos en silencio, mirando meditabundos al infinito. Y entonces noto unos ojos clavados sobre los míos: los de la bonita vampiresa que me miraba a través de una ventana, cuando llegué a la fiesta: está sentada enfrente.

¡De veras que se parece un montón a «ella»!

Jaime se levanta y camina hasta una larga barandilla de madera, desde la que se divisa toda la acción de la planta baja. Está inquieto. Es como si le faltara algo. Sus ojos carecen de vida: los míos se muestran cansados, pero su mirada está vacía. Años atrás, éramos unos chicos alegres con ansias de comernos el mundo, pero, durante el tiempo que pasamos separados, una nube gris se enganchó a cada uno de nosotros. Me ha costado, pero yo he conseguido librarme de la mía. Sin embargo, a Jaime le sigue la suya allá donde vaya. Me gustaría ayudarle, lo haré, pero hoy no, hoy carezco de fuerzas.

—Siento quitarle el sitio a tu amigo —dice la vampiresa.

Y se sienta en la silla que dejó libre Jaime.

A pesar de que había bastantes asientos libres.

A pesar de que ella ya estaba sentada en otra silla.

Podría equivocarme, pero me da la sensación de que tengo a tiro a la tía más buena de la fiesta.

Y encima se parece a «ella».

¡Joder! ¿Equivocarme? ¿Estás tonto, Javi? ¡Es obvio! Lleva un rato mirándote y, en el mismo momento en el que Jaime se ha levantado de su asiento, ella se ha levantado del suyo, ha dado un pequeño rodeo sin sentido y se ha sentado a tu lado. ¿Qué mierda necesitas para convencerte de que te está buscando? Qué cortito eres, Javi.

Saca un canuto de una caja metálica que lleva en su bolso y se lo enciende, mientras me mira y mientras yo la miro a ella.

—¿Quieres una calada?

Su voz es exactamente como imaginaba que sería.

Le doy una calada: es marihuana.

La vampiresa mantiene sus ojos apuntando a los míos, con su bonita y humeante boca a menos de cincuenta centímetros de la mía, esperando que diga o haga algo interesante. Pero en mi interior albergo lo justo para continuar respirando. Esta noche no soy especial; esta noche no soy un copo de nieve único y hermoso; esta noche no soy más que la mierda cantante y danzante del mundo; esta noche no soy más que la misma materia orgánica en descomposición que todo lo demás; esta es mi vida y se acaba a cada minuto, mientras pierdo el tiempo rememorando frases de El Club de la Lucha. La vampiresa se cansa de esperar y se marcha, decepcionada.

Hoy soy incapaz de pensar, pero debería haber dicho lo que sea.

No quiero morir sin tener cicatrices

¡Y dale con frases de El Club de la Lucha!

Jaime y yo bajamos y nos encontramos con que la mayoría de la gente se ha ido: la fiesta está llegando a su fin. De nuestro heterogéneo grupo, solo queda un matrimonio, cuyos cónyuges son bastante jóvenes, que anuncian que, aprovechando que ya queda poca gente, se van al baño, a darle al tema. Me gusta esa naturalidad para hablar de algo de lo que tristemente se avergüenza la mayoría.

No tardan en volver.

—No he durado nada —se lamenta el hombre—. Cosas de estar casados. Y eso que hemos echado dos.

Y encendido de luces.

Y se acaba la extravagante fiesta.

Y perezosa caminata de vuelta.

Y cama caliente y reconfortante.

Y duermo profundamente.

 

Abro los ojos.

Aún sigo vivo.

He sobrevivido a otra noche.

Tras dormir unas cuatro horas en el hostal, alcanzo la hora límite estipulada para salir. El clima preinvernal me acoge en sus gélidos brazos y convierte mi escroto en un saquito con dos frías canicas.

Abro el maletero del coche, para sacar una manta.

Hay un melón con una cara pintada con bolígrafo y un agujero en su boca. No tiene buen aspecto: pareciera que tiene una resaca peor que la mía: ya no es época para comer melón. Ayer también abrí el maletero, para cambiarme de ropa, y no me di cuenta de que había un melón: es increíble. Reviso si hay más cosas extrañas: no.

Me entra curiosidad acerca de la noche del jueves: la que terminó conmigo durmiendo en una gasolinera en el culo del mundo.

Pocos recuerdos.

Muchas incógnitas.

Llamo a mi amigo Marcos: me reconoce que tampoco recuerda demasiado de la noche del jueves, pero que fue un desfase. Le pregunto en qué momento me marché y me responde que todos se fueron a casa a la vez, pero uno de ellos me acompañó hasta mi coche porque yo en ese momento ya estaba muy borracho; que me caí y me puse a hacer como que nadaba y me levanté de un salto y dije: «menos mal que he bebido; si no llego a estar borracho, me mato». Dice que nuestro colega se aseguró de que llegara a mi coche y me dejó ahí, durmiendo. Pero mi noche no terminó ahí. Y ni Marcos, ni nadie de su grupo, saben más sobre lo que pasó después.

Observo un número que tengo en la agenda de mi teléfono.

Mi mano derecha, la que sostiene mi móvil, tiembla por la resaca.

Se trata del número que estaba escrito en mi polla.

Me decido a llamar.

Tono.

Tono.

Tono.

—¿Diga?

—Hola… Soy Javi…

—¡Hola nene! ¡Pensé que no me ibas a llamar! ¿Nos vemos?

Quedamos en una cafetería.

Está sentada frente a una mesa, tomando un café. Debe de ser ella, no hay ninguna otra chica, pero no sé quién es. Tampoco aparece en ninguna de las fotos o vídeos que tengo en mi teléfono móvil.

—Hola… —musito, desconcertado.

—¡Hola, Javi! —En mi actual estado, su entusiasmo me resulta ofensivo—. ¡Estás fatal! ¿Todavía te dura la resaca desde el jueves?

—No es eso: ayer también salí. Y no he podido dormir nada.

Está buena, pero no se parece lo suficiente a «ella».

—¡Estás loco! —Exclama entre risas.

—Si no hago locuras ahora, ¿de qué coño me voy a reír cuando sea viejo? —digo, con el menor entusiasmo que puedas imaginar.

—¿Cómo estás? —pregunta.

—Soy como un retrete que gira y gira, pero no traga.

—Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, en serio: ¡estás loco!

Correspondo con la imitación de una sonrisa.

Me observa detenidamente.

—¡Parece que lleves un mes sin dormir! Ja, ja, ja, ja, ja.

—Gracias.

—Nooo… Se te ve cansado, pero sigues estando muy apetecible.

Me da un cálido beso.

—Escucha… —me doy cuenta de que no sé su nombre—. No recuerdo casi nada del jueves. Creo que bebí demasiado.

—Sí que habías bebido bastante. Pero no te vi muy borracho. ¡Estabas muy ocurrente! Me reí mucho contigo.

—¿Dónde te conocí?

—En el karaoke, ¿no te acuerdas? Pediste una balada romántica de Alejandro Sanz, pero te pusiste a cantar una de El Fari. Ja, ja, ja. No sé cómo lo hacías, pero la letra encajaba con la música. Me reí un montón. Ja, ja, ja, ja, ja. Los camareros fueron a por ti y te agarraron para sacarte a rastras del bar, pero la gente pidió que sigas cantando y te dejaron en paz. Y entonces todos te aplaudieron y tú hiciste una reverencia. Ja, ja, ja, ja. La gente te saludaba, te chocaba la mano, te invitaba a copas… ¡Fue súper divertido! ¿En serio no lo recuerdas?

—¿Y después?

—Después me llevaste a tu coche, sacaste un preservativo y al ponértelo resultó que estaba roto. Y dijiste: «que se te rompa un condón en la cartera, es como que te atropelle un coche aparcado». Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja.

—No lo habremos hecho a pelo, ¿no?

—No. Tenías otro.

—Ah… ¡Menos mal! —Exclamo, aliviado.

—Al terminar, no sé por qué, dije: «gracias». Y tú dijiste: «hay que joderse: una chica educada». Ja, ja, ja, en serio, me parto contigo.

El camarero se acerca, por fin.

¿Qué desea tomar?

Un café con leche, por favor.

—Sigue, por favor —le pido.

—Me llevaste a casa y al lleg…

—¡Mierda! —Interrumpo—. Nunca he conducido borracho.

—No estabas borracho —asegura—. Estabas bien.

—Ni me acuerdo. Así que estaba borracho —insisto.

—Bueno, todos hemos conducido borrachos alguna vez. O sea, yo no, yo no tengo carné, pero todo el mundo lo ha hecho.

—¿Qué más?

—Pues me dejaste en la puerta de mi casa. Y yo te pedí que te quedes un rato más conmigo, antes de irme a dormir, pero tu dijiste: «me tengo que ir»; y yo: «¿a dónde vas a ir a estas horas?»; y tú: «no lo sé; solo estoy persiguiendo estrellas fugaces, pero debo ir tras ellas y ver a dónde me lleva todo esto; porque el camino marcado ya sé a dónde conduce y no me gusta; no sé a dónde voy pero tengo que ir; si no voy, podría perderme algo emocionante». Y te desabroché la bragueta, te la chupé en el coche y te apunté mi número ahí. ¡Y menos mal que no te quedaste! Porque justo cuando te estabas yendo, llegó el idiota de mi novio, todo borracho. ¡A saber de dónde venía!

—¿Tu novio? ¿¿Tienes novio??

—Sí… Pero es un idiota. Me pone los cuernos: lo sé. Así que yo se los pongo a él.

—Aquella noche, yo no sabía que tenías novio, ¿no?

—Bueno… No te lo dije.

—De saberlo, te habría mandado la mierda, ¿sabes?

Se pone seria.

—Pero estoy convencida de que él me los pone —se justifica—. Porque sale de fiesta todas las semanas. ¡A saber qué hace por ahí!

Antes de hablar, cojo aire para serenarme.

—Primero: si tu novio te pone los cuernos, no se los pongas tú a él; déjale. Y segundo: ¡encima ni siquiera sabes si te los pone! Solo lo presupones porque sale mucho y, por si acaso, tú se los pones a él. Igual él solo sale a divertirse, sin andar con otras, y tú, mientras, te imaginas cosas que no son para poder justificar las cosas que haces.

—No. Me los pone fijo. Si no, ¿por qué sale tanto?

—La cuenta, por favor —solicito al camarero; pero no me oye.

—¿Acaso tú eres un santo?

—Esta conversación se ha terminado.

Dejo un billete de cinco euros sobre la mesa y me voy.

Ella me insulta, a pesar de que no le he hecho nada, a pesar de que me he contenido para no llamarla zorra, a pesar de que me he comportado como un caballero, pero no le contesto; ni siquiera le doy el gusto de girarme; tan solo sigo caminando hasta mi coche.

Pienso en «ella» y en lo diferente que es de esta chica.

«Ella», mi prototipo de chica ideal, nunca haría algo así.

Recuerdo el otro número telefónico: el que tenía escrito en la palma de mi mano: le saqué una foto: la busco; llamo.

Tono.

Tono.

Tono.

Tono.

Tono.

—¡Hey! —Contesta un tío—. ¡Qué pasa, crack!

—Puesss… resulta que no me acuerdo de lo que pasó el jueves…

—¿No recuerdas nada de nada?

—Solo tengo algunas imágenes sueltas. Y… no sé quién eres.

—Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja.

—Podríamos quedar ahora y me cuentas.

—Hecho.

Quedamos en un parque: una mala elección: demasiado frío. Vamos a un bar cercano. Él se pide una caña. Yo, un zumo multifrutas.

Relata que entré en un pub en el que él estaba con un amigo y le pedí al DJ que ponga la canción de Paquito el Chocolatero. Y entonces comencé a movilizar a la gente y el bar pasó de estar prácticamente muerto, a estar súper animado: «todos haciendo el gamba, bailando Paquito el Chocolatero», dice.

—Ja, ja, ja, ¡eres el puto amo, tío! —Me adula.

—Tengo una foto de ti arrancando un retrete del suelo. Y un recuerdo de ti, tirándolo por la ventana —le informo.

—¡Es verdad! ¡Me sacaste una foto! Ja, ja, ja, ja, ja. ¡Enséñamela!

Le enseño su foto, posando orgulloso en un baño destrozado.

—Ja, ja, ja. ¡Fue la hostia! —Exclama.

—¿Y cómo te conocí a ti?

—Al principio te quería pegar una hostia.

—¿Y eso? —Pregunto.

—Yo estaba con un amigo y una chica que me gusta desde hace tiempo. Y esa chica se puso a coquetear contigo. Entonces yo te amenacé y tú te empezaste a reír fuerte. Estuve a punto de soltarte un sopapo, pero me pusiste la mano en el hombro y me dijiste: «tranquilo, tío: no quiero nada con tu chica; vamos a por una copa y riámonos de la vida y de nosotros mismos» y me quisiste invitar pero te acabé invitando yo a ti. Me caíste bien. Eres buen tío.

Con cada pieza que añado al puzle, me animo un poco más.

—Luego te invité a venir a una pensión donde estábamos mi amigo y yo. La chica también vino con nosotros. Pero ella seguía pillada por ti. Y te dije que te la comieras, que conmigo no quiere nada, pero no quisiste. «Primero los colegas», dijiste, con la mano en el pecho, a lo Napoleón. Ja, ja. ¡Qué crack! ¡Estás hecho un Casanova!

Quiero agradecerle que me haya animado el día, pero responder «gracias» a su comentario me parece ridículo y mi lamentable estado no me da para pensar algo apropiado, así que quedo en silencio.

—El caso es que al final no pudimos dormir ahí. Mi amigo, mi amiga y yo nos metimos unas rayitas, te ofrecimos pero no quisiste, y nos pusimos locos. ¡Destrozamos la habitación! Ja, ja. ¡Y mi amiga le pintó los labios al perro del dueño! Ja, ja, ja, ja. ¡Brutal!

—Quiero hacerte dos preguntas: la primera es a dónde fui después. Porque me desperté en una gasolinera, sin recordar nada.

—¿¿Qué?? Jaaaaa, ja, ja, ja, ja, ja. Ni idea. Te marchaste cuando salimos corriendo de la pensión. Creo que te asustó nuestra locura.

—Y mi otra pregunta es: tengo un melón en el maletero…

—¡¡¡El melón!!! Jaa, ja, ja, ja, jaaa. Lo usaba para masturbarme: ya sabes: metía la picha por el agujero. No delante de vosotros, obvio.

No entiendo qué cojones hace en mi maletero su melón violado.

—Prométeme que no se lo contarás a nadie —me pide.

—No te preocupes: esto nunca saldrá de aquí.

😉

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

Ojalá estés disfrutando de la lectura, tanto como yo disfruté escribiendo esta locura para ti. Si te está gustando mi novela y te apetece leer la historia completa, con sus preliminares y su orgasmo final, puedes hacerte con un ejemplar aquí. Un esclavo se encargará de entregarte mi libro en la dirección que me indiques.

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