28. Aún no ha amanecido.

Imagina esta situación.

Se están celebrando las fiestas patronales de un sitio cualquiera. Pongamos, Ampuero. Sales de fiesta con tu grupo de amigos habitual. Pongamos, con Jaime Arizán y los hermanos Naredo. Y sucede lo de siempre cuando sales de juerga, es decir, suceden cosas que nunca antes han sucedido; cosas inesperadas; cosas épicas. Porque tú no sales para desconectar de tu vida, tú sales para conectar con tu Vida. Y, en medio de todo el frenesí, se despide la orquesta, cae el telón, se marchan los desconocidos con los que estabas hablando, también se piran los demás que estaban en la plaza; miras hacia la zona en la que estaban tus amigos hace un rato y te das cuenta de que ya no están ahí y de que no tienes ni idea de si ese rato ha durado diez minutos o una hora; porque estabas tan conectado con la Vida, prácticamente en trance, que perdiste la noción del tiempo. Sacas tu teléfono móvil del bolsillo y llamas a uno de ellos. Pongamos, a Jorge Naredo. Pero está apagado. Entonces recuerdas que estaba casi sin batería hace un rato; un rato que desconoces cuánto ha durado, pues no sabes a cuánto está hoy el cambio de ratos a minutos. Pruebas suerte con otro amigo. Pongamos, con Jaime Arizán. Tono, tono, tono, esperas, tono, tono, tono, esperas y así hasta que, al pasar un minuto, se interrumpe la llamada. Entonces recuerdas que se olvidó su teléfono en casa. Buscas el número de otro amigo más. Pongamos, Ismael Naredo. Escuchas cómo suenan los tonos durante un minuto, hasta que se corta, y después lo vuelves a hacer y después lo vuelves a hacer una vez más, pero no obtienes respuesta. Decides dejar de insistir y pasas de ponerte de mal humor; prefieres no concentrarte en el obstáculo y mirar más allá de la pequeña pantalla de tu móvil. Y más allá de la pequeña pantalla de tu móvil, se despliega el mundo. Y en el mundo hay una persona desconocida. Pongamos, una chica que te atrae. Esa persona también está sola y también está mirando la pequeña pantalla de su móvil, tal vez también tratando de localizar a sus amigos, y también levanta la mirada hacia el mundo y también descubre que tú estás en él. Te sientes totalmente en sintonía con la Vida; fluyes con el momento; no te comes la cabeza con nada. Mirándola a los ojos, acercas tu boca a la suya lentamente y le plantas un beso que provoca que moje su ropa interior.

Ahora imagina que, no hace tanto, la timidez evitaba que se manifestara tu yo más auténtico y desinhibido. Imagina que en los últimos meses has cambiado mucho: apenas queda nada de aquella persona retraída. Imagina que por fin te gustas; imagina que por fin has hecho las paces con la Vida, tras años de culpabilizarla de todo lo malo que te has ocasionado. Imagina que, a pesar de tu enorme progreso, normalmente te cagas cuando llega el momento de cerrar el trato con alguien a quien es muy obvio que le gustas; te atemoriza que tu percepción resulte ser errónea y que te rechace. Sin embargo, acabas de besar a alguien sin siquiera haber cruzado una sola palabra. ¡Es brutal! Acabas de vencer tu miedo a apretar el gatillo. Esto es lo que me acaba de ocurrir justo mientras me leías, o mejor dicho: lo que acabo de provocar que ocurra. Imagina cómo me siento ahora mismo: imagina la adrenalina acelerando tus pulsaciones y produciendo coloridos y atronadores y refulgentes fuegos artificiales en tu mente; imagina una explosiva mezcla de vehemente euforia y apaciguante felicidad poseyéndote; imagina la magia de la noche filtrándose a través de tu piel; imagina un cielo grandioso del que cuelgan unas estrellas que hoy se te antojan más brillantes que nunca; imagina que te sientes Vivo; no vivo; ¡Vivo!; imagina que estás leyendo con ilusión tu novela favorita de todos los tiempos y chasqueas los dedos y ¡bum!, estás ahí: creando tu asombrosa historia.

Un gran comienzo, para una gran historia.

La historia de cómo conocí al amor de mi vida.

Solo que no es el amor de mi vida.

Tan solo es una desconocida.

Y eso es todo lo que quiero que sea.

No quiero volver a perder por culpa del miedo a perder.

—¿Vamos? —Le pregunto, ofreciéndole mi mano.

Ella sonríe y me la agarra; la mano, malpensado.

Jaime no lleva el móvil encima y Jorge está sin batería, vale, pero que Ismael no conteste su teléfono me hace pensar que seguramente están durmiendo. Hemos traído dos tiendas de campaña. Les pediré que dejen una libre para mí y mi acompañante. Son las cuatro y veinticinco de la madrugada: aún queda mucha fiesta. Miro de reojo a la desconocida con la que camino de la mano. ¿Cómo será su voz? ¡Qué emocionante! Si me hubiese ido con ellos a descansar, me estaría perdiendo esto. Ya habrá tiempo para dormir. Hay demasiadas cosas épicas que Vivir como para perder el tiempo durmiendo.

Pasamos por la zona donde está la fiesta ahora.

Porque la fiesta no se ha terminado, solo se ha mudado.

Hay música por todos lados.

Todos los bares han colocado sus altavoces en el exterior.

Hay un montón de gente; más que la que hubo en la plaza.

¡El ambiente es espectacular!

Los bares no dan abasto para atender tanta demanda.

Pero la fiesta está en la calle.

A los bares solo se entra a comprar bebida.

Tras ser servidos, todos salen a disfrutar de la noche veraniega.

¿Por qué encerrarse entre cuatro paredes?

Me imagino encerrado en una de las tiendas de campaña que hemos traído, sin poder pegar ojo, escuchando el bullicio de la gente que sí se está divirtiendo… no: ni de coña.

Me detengo un momento y bailo con mi acompañante.

Se ríe.

Se ríe mucho.

Está feliz.

Trata de decir algo, pero pongo mi dedo índice en sus labios.

Aún no.

No es momento de hablar.

Es momento de escuchar la música del mundo.

Seguimos caminando.

Salimos de la zona de fiesta.

Nos alejamos del sonido estruendoso de múltiples altavoces gritando canciones que luchan entre sí por ocupar el mismo espacio.

Me detengo un momento.

Estoy un poco desorientado.

Nunca he tenido un buen sentido de la orientación.

Esto no se debe a una habilidad de la que carezca o algo así; si me cuesta orientarme es porque, siempre que me desplazo de un lugar a otro, paso esos ratos muertos perdido en mi mundo interior. Si vas conmigo en un vehículo, me verás mirando por la ventana, pero en realidad no me estoy fijando en el paisaje; tan solo estoy distrayendo al sentido de la vista, mientras buceo en las aguas más profundas de mi mente. Y cuando camino por un sitio que no conozco, siguiendo a alguien que sí lo conoce, o estoy charlando con él o estoy viajando a donde mi caprichosa psique desee llevarme, pero lo que es seguro es que no me estoy fijando por dónde voy.

El problema es que no hay una única zona de acampada.

Hay un montón de zonas ocupadas por tiendas de campaña.

No estamos acampados en un camping.

En las fiestas de Ampuero, es típico acampar por cualquier sitio.

—Te iba a llevar a mi tienda de campaña —contesto a su mirada expectante—, pero estoy un poco desorientado y no sé dónde está.

—Vamos a la mía —sugiere.

Su voz es aterciopelada: pega mucho con su aspecto de niña buena. Ha valido la pena retrasar el momento de escucharla por primera vez. No sé cómo se llama, pero cuando la miro, el primer nombre que me viene es Cleopatra, con su media melena de color negro enmarcando su cara y su flequillo cubriendo su frente: su peinado es tan simétrico, está tan milimétricamente cortado y peinado, que parece un casco. No es «ella», pero está muy buena.

Pasa un coche a toda velocidad.

De sus ventanillas delanteras, que están parcialmente bajadas, escapan unas pocas estrofas de una canción de La Sonrisa de Julia, que se titula Puedo, lo cual me parece una asombrosa coincidencia, pues esa canción la escuché por primera vez esta tarde, cuando Jaime la tocaba en su guitarra acústica mientras bebíamos algo en la zona de acampada, en ese momento previo a salir: cuando aún todo es posible: es mi momento favorito: las expectativas, las bromas, las historias interesantes, la ilusión de una nueva página en blanco que está aún por escribir… ese momento previo es pura magia.

 

«Puedo ser romántico,

y puedo ser un cínico.

Puedo ser auténtico,

y ser el más ridículo.

Puedo ser el hombre que yo quiera ser.

Puedo ser una mujer.

Puedo ser anciano y niño a la vez.

Puedo ser ateo y místico a la vez.

Puedo ser tu amante y libre a la vez.»

 

Cuando Jaime Arizán interpretó esta canción, se me erizó el vello de los brazos. Si alguien tuviera los medios necesarios para ello y se atreviese a producir una serie de televisión basada en esta novela, me gustaría que Puedo fuera la banda sonora de este capítulo.

Sí: Jaime sabe tocar la guitarra; y muy bien. Jaime vive por inercia, no sé qué le pasa, pero cuando veo cómo se le iluminan los ojos cuando toca su guitarra, pienso que no todo está perdido con él.

Ya estamos ante su tienda de campaña.

—No hagas ruido —me pide.

Abre un poco la cremallera de la entrada y mira por el hueco.

Su rostro se ensombrece.

Sus amigas están dentro, durmiendo.

—¡Vamos! —Exclamo con convicción.

—¿A dónde?

—Voy a improvisar algo.

Me dirijo a la tienda de campaña más próxima y la abro.

No sé de quién es.

No sé si hay alguien dentro.

Solo estoy improvisando.

Por suerte, está vacía.

—¡Esto es una locura! —Exclama.

—Esto es épico —corrijo.

Mientras entramos, siento un hormigueo en las pelotas.

No por la excitación sexual, sino por lo emocionante que es esto.

Los zombis esperan que las cosas sucedan.

Los héroes hacen que sucedan.

Sonrío al pensar que si un día aparece «ella», estaré listo.

Y también porque, con cada miedo que venzo, soy más libre.

Cierro la cremallera de la entrada y, al voltearme, descubro que ya se ha sacado los pantalones: lleva puestas unas bragas maltratadas por los muchos lavados que sin duda cargan a cuestas. Deduzco que, cuando salió de casa hoy, no tenía planeado follar ni por asomo.

Pues va a follar.

¡Vaya que sí!

Agarro por un lateral sus descoloridas bragas rosas y las desgarro de un tirón. Ese cutre envoltorio desmerecía su bonito contenido. He hecho bien en destruirlas. Que se compre unas nuevas.

—Tú sí que me llenas —declara al recibirme.

—¡Pero si ni siquiera nos conocemos!

—No me has entendido.

Terminamos y comenzamos a vestirnos.

—Necesitaba esto —declaro yo.

—¿Llevabas mucho sin echar un polvo?

—Bastante —reconozco—. Pero no me refiero a eso.

—¿Entonces qué quieres decir?

—Da igual.

Ya vestidos, me pide que me tumbe un rato junto a ella.

—¿Cómo te llamas? —Pregunta—. Ja, ja, ja, ja, ja. ¡Ni siquiera nos hemos dicho todavía nuestros nombres! ¡Esto es tan crazy!

—Nuestros nombres carecen importancia ahora. Solo somos dos desconocidos, que se han encontrado en la noche.

—¿Y no nos vamos a volver a ver? —Interroga con pena.

—Seré sincero —aviso—: hoy lo que me apetecía era conocer a una chica nueva y Vivir con ella una noche especial; pero sin saber ni su nombre, ni donde vive o dónde trabaja; una sola noche. Necesitaba establecer una fecha de caducidad para dejar de pensar en posibles problemas o en lo que pueda pasar mañana y concentrarme en exprimir al máximo el momento, antes de que se esfume.

—¡Oh! Te clasifiqué como uno de esos tíos que te empotran contra el fregadero, y ahora vas y me sorprendes con esta otra faceta.

—Así es el ser humano: podemos ser materialistas y odiar el materialismo, podemos estar tristes y felices al mismo tiempo, podemos ser cínicos y románticos a la vez…

Sí, querido lector: lo último se lo robé a La Sonrisa de Julia.

—Podríamos probar a quedar solo un día y ver qué pasa.

—Si volviésemos a quedar, se diluiría la magia de esta noche. No lo estropeemos. Disfrutemos de la eternidad de este fugaz momento y hagamos de esta noche, una noche inolvidable.

Me desabrocha el botón del pantalón.

Lo hacemos de nuevo.

Salimos de la tienda y nos damos un último beso.

Un poco tristes por la despedida.

Muy felices por haber creado un recuerdo mágico.

La veo desaparecer cuando entra en su tienda de campaña.

Contemplo el cielo nocturno.

Me pregunto si seremos parte del cielo de otros mundos.

Tal vez alguien está mirando hacia aquí ahora mismo, desde un planeta situado a millones de años luz de distancia.

¡Hola!

Me coloco bien la ropa y me dirijo hacia la zona de fiesta.

Aún no ha amanecido.

Esta mágica noche aún no ha terminado.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

Ojalá estés disfrutando de la lectura, tanto como yo disfruté escribiendo esta locura para ti. Si te está gustando mi novela y te apetece leer la historia completa, con sus preliminares y su orgasmo final, puedes hacerte con un ejemplar aquí. Un esclavo se encargará de entregarte mi libro en la dirección que me indiques.

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