27. La trastienda mental.

Me resulta extraño.
Tú sabes muchas cosas sobre mí, pero yo no sé nada sobre ti.
Pero así son las reglas de la literatura: la página permite que la información fluya en un sentido, pero no en el opuesto.
Solo dos personas saben que sueño con ser un escritor exitoso: Jaime Arizán y tú, que me acompañas en cada nueva aventura y revives mi historia cada vez que me lees; nadie más. Soy algo así como un escritor clandestino; o un pobre imbécil que intenta hacer malabares con las palabras cuando nadie le ve: decide tú. Por ahora, prefiero mantener esto en secreto. Quiero que la escritura continúe siendo mi rincón privado por un tiempo. No deseo escuchar cosas del tipo: «¿cómo vas con la novela?». No quiero prisas; no quiero plazos; no sé cuándo estará, pero no será pronto: eso lo sé. Antes debo escribir muchas páginas repletas de basura que desecharé sin compasión, hasta pulir mi estilo y encontrar mi propia voz. Además, cuando divulgue públicamente mi gran sueño, voy a tener que lidiar con una horda de «listos» que me dirán cosas como que deje de perder el tiempo con esta tontería y haga algo de provecho; y con los del «camino único», que me dirán cosas como que ponga los pies en la tierra; y con los «académicos de la lengua», que me dirán cosas como que abuso del punto y coma y de los dos puntos, y que uso las comas y las conjunciones como me sale de los huevos, y que no entienden por qué a veces escribo párrafos y frases breves, y otras escribo párrafos y frases interminables; me veré obligado a lidiar con toda clase de zombis, pues estos consideran una ofensa que intentes hacer lo que ellos creen que es imposible o «poco realista» y tratan de acojonarte, dándote consejos «por tu bien». Y si no logran disuadirte y lo intentas, desearán que caigas e incluso, en ocasiones, te pondrán la zancadilla; porque eres una amenaza para su rígido sistema de creencias; porque si te va bien, te convertirás en el espejo que refleja sus miedos; porque los zombis intentan convertir a todo el mundo en zombi: está en su naturaleza. ¿Nunca has visto una peli de zombis? Los zombis tienen un único objetivo: transformar a personas Vivas en muertos vivientes. Cuando llegue el momento lidiaré con todo esto, pero por ahora prefiero mantenerme alejado de este tipo de distracciones.
Soy muy obsesivo.
Cuando escribo me olvido de todo: de ir al baño, de comer, de dormir… no puedo perder el tiempo con esas tonterías. Solo mi perra Neska logra sacarme de mi trance cuando solicita mi atención. Entonces acaricio su cabeza durante unos pocos segundos y después ella continúa durmiendo a mis pies, los pies de un escritor novel que sueña con ser Nobel, mientras yo continúo sacando tierra de mi cabeza, con la esperanza de encontrar el oro que sé con certeza que está escondido en algún recodo de mi mente. Si dejo de escribir y me levanto a mear, créeme, es porque estoy ya que me lo hago encima, y si te interpones en mi camino te mearé. No puedo dejar lo que estoy haciendo por cualquier memez, como dormir. Si lo hago, el trabajo inconcluso se clava en mi mente como un cuchillo.
Pero ya es suficiente por hoy.
Estoy satisfecho con lo que he escrito esta tarde.
Seguro que mañana lo leeré y ya no me gustará, y borraré todo y volveré a empezar, pero hoy estoy satisfecho y ahora toca salir y descubrir qué nuevas sorpresas me aguardan a la vuelta de la esquina.
Atiendo algunas de mis necesidades básicas: meo, bebo agua del grifo, cago, me hago una paja, me hago otra paja más y como algo.
—Hasta luego, Neska.
Ando hasta la estación de ferrocarril y cojo el último tren del día.
Próximo destino: Santander.
Siete adolescentes ruidosas y borrachas se suben en la tercera parada, Solares, y se sientan a mi alrededor, a pesar de que tienen libre todo el maldito vagón, pero yo sigo a mi bola, escuchando música con mis audífonos conectados a mi teléfono móvil.
—¿Cómo te llamas? —Pregunta la que está sentada a mi derecha.
¿Acaso no comprende que auriculares significa «no molestar»?
—Javi —respondo.
Y al darle un beso en cada mejilla, como es costumbre hacer al saludar en este país, intenta darme un pico que esquivo haciéndole la cobra como todo un profesional.
—¿A cuántos has besado hoy? —Le pregunta la de enfrente.
—Once.
—¡Qué zorra! Yo solo a tres… ¡Pero se la chupé a uno! Ja, ja, ja.
—Yo me he liado con Pedro, tía —presume otra.
—¡Qué puta, tía! Pedro está saliendo con la Zule.
Miro hacia arriba, en busca un sitio del que pudiera colgarme.
—¿A dónde vas? —Me pregunta la que hoy ha besado a tres tíos y se la ha chupado a uno: la que tengo sentada justo frente a mí.
—A Santander —respondo secamente.
Las siete adolescentes tienen su atención puesta en mi persona.
Cinco de ellas hablan a la vez:
—Estás muy bueno.
—¿A qué vas a Santander?
—Tienes unos ojos súper bonitos.
—¿Tienes novia?
—¿Te puedo dar un beso?
—Por partes: gracias, he quedado con unos amigos, gracias a ti también, sí tengo novia —miento— y no: no me puedes dar un beso.
—Nosotras hemos salido por Solares y ya volvemos a casa.
—Estamos un poco borrachas.
—Tienes un empujón, tío.
—¡Ay! Me duele la rodilla.
—¿Vamos al baño? —Me sugiere la que está sentada a mi lado.
—Qué…
—Entra al baño del tren con ella y conmigo.
—¡Sí! ¡Vamos! —Exclama la de enfrente.
—¿Vosotras no deberíais estar haciendo la comunión o algo así?
—¡No somos niñas! Yo cumplo dieciséis la semana que viene.
—Llámame cuando cumplas los dieciocho —sentencio.
—¿Cuántos años tienes tú?
—Los suficientes como para saber que irme al baño con vosotras dos sería una mala idea.
—¿Pero cuántos?
—Treinta —miento: en realidad tengo veintiséis.
—No lo parece.
—¡Mi pobre rodilla! No recuerdo haberme caído.
—¿Tantos?
—¿En serio? Pues yo te echaba veinte.
—Yo te echaba cincuenta… hasta dejarte seco.
Las siete se ríen como una escandalosa manada de hienas.
La situación me está superando.
Estoy excitado, asqueado e incómodo a partes iguales.
—Escuchad, chicas —solicito—: vuestra propuesta indecente es más que tentadora, pero voy a tener que declinarla. Recordad que tengo novia —vuelvo a mentir, a pesar de que detesto hacerlo.
Subo el volumen de la música, giro la cabeza hacia la ventana e ignoro a las siete adolescentes hasta que por fin se dan por vencidas. Me sumerjo tan profundo como puedo en la música para olvidarme de que están ahí; y también, reconozco, para acallar los pensamientos libidinosos que se arremolinan en torno a la imagen de dos cálidos cuerpos dándome placer al mismo tiempo en el baño de un tren.
Al llegar a Santander, me reúno con Jaime, que me estaba esperando en la estación. El sonido de varios instrumentos de percusión llama poderosamente nuestra atención: descubrimos que han cortado el tráfico en un túnel cercano y que en su interior hay tres tíos improvisando ritmos con unos timbales. La acústica del túnel hace que suene de lujo. La gente, en su mayoría viandantes que, como nosotros, estaban de paso, está estática, son meros observadores, curiosos que han hecho una pausa en sus ajetreadas vidas para oler las flores, pero prácticamente todos ellos mueven tímidamente alguna parte de su cuerpo: la cabeza, una pierna, un brazo, un dedo… Los músicos aceleran el ritmo, frenan, vuelven a acelerar; se van turnando: uno toma el mando y los otros dos le acompañan y al instante siguiente es otro el que marca la pauta y ríen cómplices: están disfrutando y su energía positiva resulta contagiosa. Mi pie derecho se está moviendo al son de la música: poco a poco el ritmo me va poseyendo. Terminan su improvisación y, sin demora alguna, comienza a tocar un grupo de rock en un pequeño escenario que han montado en la boca del túnel, apuntando hacia dentro. Y no creas que es la típica orquesta que versiona canciones conocidas, no, ellos tocan su propia música; y suena jodidamente bien. El ayuntamiento de Santander organiza este tipo de eventos todos los veranos, para ofrecer a la juventud alternativas a salir a beber; y está muy bien, nos gusta, pero, como no tenemos nada que beber, hemos decidido irnos. Además, hemos quedado con los hermanos Naredo.
Ismael Naredo nos abre la puerta de su casa y nos saluda con efusividad. Tiene una toalla enrollada en la cintura y su escaso cabello está húmedo y espantosamente peinado con raya al medio.
—No te hagas ese peinado —sugiere Jaime—. No te queda bien.
—Luego me peino. Solo es mientras se seca —explica.
—Ja, ja, ja. Con raya al medio pareces un culo —me burlo.
—Mi hermano está en el salón —nos avisa—. Yo ahora voy. Voy a depilarme por si follo hoy: me gusta que me laman los huevos.
Primer minuto: primera ismaelada de la noche.
Jaime y yo nos servimos una copa cada uno y nos sentamos en el salón con Jorge, quien se está terminando la suya.
—¿Qué tal, tío? —Pregunta Jaime.
—Ahí vamos… El otro día se cayó un compañero mío de trabajo y se pegó una buena hostia. Tiene grapas en la cabeza —relata Jorge.
—¿Se ha caído sobre una grapadora o qué? —Bromeo.
—Ja, ja, ja, ja. Qué chiste más malo —apunta Jaime.
—Lo sé. Pero te has reído.
—Touché.
Ismael hace su gloriosa entrada en el salón, portando un vaso de ron con cola en una mano y un elegante sombrero blanco en la otra.
—A partir de ahora, voy a llevar esto cuando salga de fiesta.
—Así las tías se fijarán más en él —defiende su hermano Jorge Naredo—, porque llama la atención.
—A ver: póntelo —solicita Jaime.
Se coloca el gorro y aguarda al veredicto.
—¡Mola! Podría ser tu seña de identidad —afirmo.
—Póntelo de medio lado —sugiere Jaime Arizán—. No tan recto.
Se sienta con nosotros.
Acomoda su culo gordo en el sofá.
Sonríe, anticipándose a la ismaelada que está a punto de soltar:
—He visto un vídeo porno en el que un tío se tira de cabeza al coño de una tía.
—¡Uf! Me voy al rincón de llorar —bromeo.
—Deberías comprarte una vagina que hay, que se conecta al ordenador por USB —le recomienda Jaime—. Con eso te puedes follar por Internet a otras tías que tienen una polla USB.
—¿Dónde venden eso? —Pregunta Ismael, con gran curiosidad.
—En ningún sitio. Te estoy vacilando.
—Ayer, en el bar de abajo —cuenta Ismael, porque sí—, le toqué sin querer una teta a una tía, porque el bar estaba petado de gente, pero, en vez de enfadarse, se puso a hablar conmigo. JA, JA, JA, JA. Y después le metí la nariz en el ojo y se fue. JA, JA, JA, JA, JA, JA.
—Ismael, de mayor quiero ser como tú —declaro.
—¡Vilo! ¡Ya soy de tu club! —Exclama Ismael.
—¿De mi club? —Pregunto.
—Del club de los «casi».
—¿A qué te refieres?
—Casi me la follo: como tú, que eres el «casi». JA, JA, JA, JA.
Desgraciadamente es cierto: soy el «casi».
Sin ir más lejos, el fin de semana pasado tuve mil oportunidades: dos chicas llevaban un rato observándome, de forma no tan disimulada como ellas creían, y una de ellas me preguntó cuál era el título de la canción que estaba sonando y después se me presentó y yo me presenté y se notaba que le gustaba y ya estaba roto el hielo… pero me quedé bloqueado; entrando en una discoteca, una chica latina, que también entraba y que iba tras de mí, brasileña por su acento, se me pegó tanto que noté sus tetas contra mi espalda, cosa que pudiera no significar nada, podría estar justificado por la enorme cantidad de gente que había, pero después noté unos dedos en mis lumbares que terminaron bajando un poco más al sur y yo me giré y me sonrió y estaba tremenda… pero me quedé bloqueado; entrando en un pub irlandés, Ismael delante, Jorge tras él y yo tras Jorge: dos chicas: una rubia y una morena: las dos estaban muy ricas: Ismael les dijo algo, pero la rubia le interrumpió de forma bastante borde, señalando hacia el fondo y diciendo: «lo que buscas está por allí», y yo repliqué: «gracias, GPS»; o algo así, no me acuerdo bien ahora, y continué mi camino sin esperar respuesta y sin mirar atrás, solo me estaba divirtiendo, pero entonces escuché cómo la morena gritaba de forma histérica: «¡¡¡QUÉ BUENO ESTABA!!!» y me volteé y vi cómo zarandeaba a la rubia y no entendí cómo le podía parecer que estaba tan bueno como para gritar, como si hubiera visto a una estrella del rock o a un actor famoso, ¿será que tengo mi público?, no sé, me cuesta creerlo, aún estoy trabajando en mi autoestima, pero el caso es que fui testigo de esa increíble escena y me dio tiempo a pensar que obviamente debía volver sobre mis pasos y decir cualquier cosa: lo que sea: estetoscopio, ornitorrinco, coliflor: cualquier cosa… pero me quedé bloqueado; en un pub, una chica con un pantalón rosa muy ajustado y un culo que bien podría llegar a ser objeto de culto, bailaba con sus amigas, pero se acercaba mucho a mí, y Jorge me lo hizo notar, pero yo no le hice caso, y ella seguía bailando muy cerca, esperando mi reacción, pero esta no llegaba, y se acercó mucho más: tanto que su culo entró en contacto con mi entrepierna, y lo meneó durante unos segundos y mi pantalón sufrió para contener una enorme erección y no había mucha gente, no estábamos apretados, simplemente me estaba restregando su culo porque quería tema, estaba más que claro, y tenía un polvazo… pero me quedé bloqueado.
Definitivamente soy el «casi».
—Vitalio, eres como un osito de peluche —se burla Ismael—: les das cariño, pero luego nada. JA, JA, JA, JA, JA, JA. Tienes que hacer como yo —aconseja—, que les hablo de follar en cuanto las entro.
—Ismael hace muy bien eso —defiende su hermano Jorge.
Pienso en mi adolescencia: en cuántas veces creí que le gustaba a una chica que me gustaba a mí, en ocasiones una de las populares que tenían su legión de seguidores, una chica que no era «ella» porque «ella» es un ideal inalcanzable, pero una chica con la que podía jugar a que era «ella»; pero, tarde o temprano, terminaba dándome cuenta de que no le gustaba. ¡Qué iluso! Yo no era popular, ni interesante. Una chica así jamás podría fijarse en un pringado como yo: eso era lo que pensaba; pensaba que me lo había imaginado todo. Pero ahora me doy cuenta de que las señales eran obvias. Entonces, ¿cuál era el problema? El problema era… el problema es que el temor a ser rechazado me bloquea; el problema es que soy un cobarde.
Me pongo en pie.
—Tengo que mejorar, lo sé; todos nosotros, en realidad; reconocedlo: no pasa nada; pero he pensado que si se puede aprender a hacer surf o a jugar al ajedrez o a encestar un balón en una canasta ¿por qué no va a ser posible que una persona aprenda a seducir a otra? No se trata de si sabes o no sabes ligar, sino de si tienes la modestia suficiente como para aceptar que puedes mejorar. Y ¿cómo se aprenden las cosas? Practicando, practicando y practicando; haciéndolo mal muchas veces, hasta que te conviertes en un experto: eso tenemos que hacer. Además, pensadlo: imaginad la cantidad de cosas divertidas que nos van a ocurrir mientras practicamos. ¡Va a ser la hostia, joder! ¡¡¡Hoy la liamos!!! ¡¡¡Esta noche va a ser épica!!!
—¡Qué crack! —Exclama un animado Jorge Naredo.
—¡Vilo, te queremos! —Exclama un exaltado Ismael Naredo.
—¿Qué le dices a una desconocida para entrarla? —Cuestiona un ambivalente y dubitativo Jaime Arizán.
—Tengo una frase muy buena —asegura Ismael—: te follaría, pero no puedo porque tengo «cimosis» —es su «gran» frase.
—Se dice fimosis —corrige Jaime.
—¡Siempre me corriges! —Se queja Ismael.
—No te corrijo. Te puntualizo —vuelve a corregir Jaime.
—Señoritas: termínense sus bebidas y recojan sus bolsos, que nos marchamos —sugiero.
—De un trago —dice Jaime—. Hidalgo: hijoputa el que deje algo.
El breve trayecto en taxi transcurre entre pensamientos atropellando a otros pensamientos y palabras inconexas que se filtran por los recovecos de mi mente, como pequeñas gotas de lluvia: director del fondo monetario internacional, alcohol, drogas, crisis alimentaria, prostitutas… no estoy escuchando al locutor de radio: estoy absorto en mi mundo interior, reflexionando sobre la pregunta de Jaime, sin llegar a una resolución válida sobre qué se le puede decir a una desconocida para comenzar una conversación. Nos bajamos del taxi y sigo pensando en ello sin llegar a ninguna conclusión, pedimos una copa en un bar y sigo pensando en ello sin llegar a ninguna conclusión, salimos a la terraza, para sentarnos en torno a una mesa en la concurrida plaza de Cañadío, y sigo pensando en ello sin llegar a ninguna conclusión; y, mientras yo pienso y pienso y pienso, va Ismael, sin pensarlo un segundo, y entra a una chica con:
—¿Pares o nones?
A veces no sé si es un genio o el tío más tonto del mundo.
—¿Qué tal, chavales? —Saluda un amigo que está de paso.
—Aquí… follándome un perro —responde Ismael.
Nuestro amigo está acompañado por una morena de pelo corto a la que no conocemos. Jaime pregunta si están juntos, a lo que ella responde que «algo así», pero dicha respuesta no parece contentarle.
—¿Te gusta? —Insiste Jaime.
—Sí —contesta ella.
—O sea, te atrae.
—Sí.
—Vamos, que se la chuparías.
No podemos, ni queremos, evitar reírnos ruidosamente.
Nuestro amigo también se ríe.
Y la chica de nuestro amigo, aunque trata de ocultarlo, también se está riendo: seguro que alberga una mezcla de emociones que va desde la risa hasta la furia, pasando por la vergüenza.
—Vámonos —le ordena a nuestro amigo.
Y nosotros no hacemos ni decimos nada para detenerles.
Porque simplemente no podemos parar de reír.
Y estimulados por las endorfinas causadas por el ataque de risa y por nuestras ganas de Vivir cosas épicas que aún ni alcanzamos a imaginar, encaminamos nuestros pasos hacia algún lugar que nos ofrezca algo divertido: en esta ocasión a «El Rincón de Lucía»: un pub en el que hoy están celebrando una fiesta de los años ochenta.
Suena Another day in paradise, de Phil Collins.
Calculo que hay tres o cuatro tías por cada tío.
Quiero entrar a una chica que parezca interesante.
Quiero practicar la seducción y mejorar.
Quiero Vivir cosas divertidas.
Quiero Vivir cosas emocionantes.
Quiero Vivir cosas épicas.
Quiero sentirme como el tercer día que estuvimos en Benidorm.
Cuando manejé a la stripper con el aplomo de un superhéroe.
Esa confianza en mí mismo.
Esa sensación de euforia que te invade cuando te sientes on fire.
Ese superpoder que te hace imparable.
Recuerdo la sensación y me concentro en ella.
¡Vamos!
¡¡¡Vamos!!!
¡¡¡VAMOS!!!

Nada.
Estoy bien.
Solo bien.
El cerebro: el soporte físico de la mente; el gran misterio por resolver; el órgano que, constituyendo menos del tres por ciento de la masa corporal, consume el veinte por ciento de los recursos del organismo: es asombroso: contiene casi cien mil millones de neuronas que se comunican unas con otras a través de más de cien mil kilómetros de axones; cada neurona posee hasta diez mil millones de conexiones sinápticas; en cada milímetro cúbico de corteza cerebral hay en torno a mil millones de sinapsis: el cerebro: el misterioso generador de conciencia: todo un universo contenido en menos de un kilo y medio de materia orgánica; un universo en el que es fácil perderse; y cuanto más inmerso estás en el universo que alberga tu mente, más alejado te encuentras del universo que te alberga a ti: eso es lo que me está sucediendo: estoy perdido en mi trastienda mental; quiero dejar de pensar en seducir y empezar a seducir, pero aquí sigo: pensando que pienso demasiado; pensando que debo dejar de pensar; pensando en cuál es la mejor manera de dejar de pensar.
Pensando.
Pensando.
Pensando.
Y mientras yo pienso, Jaime está tratando de ligarse a una chica que le ha presentado el portero del local, que es amigo suyo, Jorge lo está intentando con una amiga de la chica que le han presentado a Jaime, Ismael está ladrando a dos chicas cualquiera: observo todo esto mientras yo permanezco encerrado en mis pensamientos, pensando qué mierda debo hacer para dejar de pensar, y me desanimo y pienso que me estoy desanimando por no ser capaz de dejar de pensar y me desanimo más y pienso más y divago y me fijo en la chica de Jaime: es espectacular: ojalá triunfe; ojalá tanto Jaime como Jorge triunfen; ojalá Ismael también consiga algo; a ver qué está haciendo: ja, ja, ja: está lamiendo lentamente su vaso, con sus ojos clavados en una asustada camarera; ojalá todos consigan algo, son mis amigos y me alegro cuando les ocurren cosas buenas, pero, aunque lo intento, no puedo evitar el desánimo al ver que ellos sí están practicando y yo no; a pesar de que no sirve para nada estar desanimado, a pesar de que desanimarme me aleja de sentirme on fire, a pesar de que desanimarme me aleja de la felicidad y del éxito.
Pienso.
Pienso.
Pienso.
Necesito tomar el aire.
Salgo a la calle y me recuesto en una pared.
Siento el frío de la pared en mi espalda.
Siento la suave brisa veraniega acariciando mi cara.
Siento el olor del cigarro que se está fumando el portero.
Siento el aire que entra a través de mis fosas nasales.
Siento como sube y baja mi pecho, empujado por mis pulmones.
Este es el amasijo de materia orgánica que me sirve de vehículo para moverme por el universo que me contiene.
Aunque quién sabe: tal vez el universo que creo que me contiene, en realidad lo está creando mi mente. Quizás todo lo que me rodea existe solo porque creo que existe; quizás el universo es una construcción mental; quizás la única razón por la que las personas y las cosas están ahí es que es ahí a donde estoy mirando. Tal vez, cuando salgo de una habitación, la habitación deja de existir.
Un escalofrío recorre mi espalda.
Me sobrecoge la extraña, pero no desconocida para mí, sensación de estar observando la realidad desde fuera.

No estoy enfermo, tampoco lo están mis seres queridos, no tengo grandes problemas, no hay ningún motivo por el que deba sentirme apenado. Sé que no es tan fácil y rápido como chasquear los dedos, pero tengo que cambiar mi estado de ánimo. Tengo que dominar mi mente; no debo permitir que mi mente me domine a mí. Desde que me propuse cambiar mi vida, me prometí que nunca más sería esclavo de mi mente. Antes, cada vez que la oscuridad se cernía sobre mí, ponía música triste en mi cabeza: cada vez que se me presentaba un obstáculo, apuntaba mis pensamientos hacia el obstáculo, en lugar de hacia lo que hay tras él. Ahora sé que la tristeza te alcanza cuando el dial se mueve y pierdes la emisora en la que se emite la música del mundo, así que me esfuerzo en buscarla. Aprendí a ser feliz cuando me di cuenta de que estar triste no sirve para nada.
Es así de sencillo.
Así de complicado.
Me sobresalto cuando alguien me toca el hombro.
—Tengo hambre —dice Ismael.
—Yo también. Vamos a por un kebab.
Tardamos poco más de cinco minutos en ir, hacer la cola, esperar que nos sirvan, comer y volver; todo ello sin dejar de reír y de hablar de chorradas intrascendentes: al fin y al cabo, la Vida trata sobre eso.
Jorge y Jaime están en la puerta, fumándose un pitillo.
Ismael se enciende otro.
Jaime está entusiasmado: le encanta esa chica, le encanta su físico, le encanta su forma de ser, le encanta la conversación que está manteniendo con ella y le encanta estar encantado. Dice que no va a dejar que se le escape y me parece cojonudo: esa es la actitud.
Ismael y yo dejamos a Jorge y Jaime con las chicas y nos marchamos en busca de nuevas aventuras, pero, apenas hemos recorrido unos pocos metros, cuando Jorge nos da alcance.
—La tengo en el bote —asegura Jorge Naredo.
—¡Ese! ¿Le has pedido su número de teléfono?
—No. Pero ya me la encontraré otro día por el Rincón de Lucía.
—Deberías ir ahora mismo a por ella —le sugiero y animo.
—Javi, hay dos realidades —declara Jorge, que hoy está borracho, pero de forma divertida— y tú no estás en ninguna de ellas.
Y se descojona de la risa.
Dos chicas van en sentido contrario: Ismael les dice que somos Drácula, el hombre lobo y el monstruo de Frankenstein.
Nos cruzamos con otras cuatro chicas en idéntica situación: Ismael les dice que soy director de orquesta, porque dirijo con la batuta; y hace el gesto de dirigir una orquesta con la polla.
Después se acerca a una pared, se saca la batuta y mea.
Supongo que crees que está meando contra la pared.
Sería lo lógico, ¿verdad?
Pues no.
Se ha puesto al revés de cómo te lo imaginas.
Está meando de cara a la carretera.
De modo que todo aquel que pasa puede vérsela.
Hay dos chavales rapeando en la calle, sin otra razón que disfrutar de hacer lo que les gusta. Detenemos nuestros pasos, atrapados por la magia del momento, dispuestos a escuchar su historia y su música. Nos cuentan que su sueño es triunfar con el hip hop y nos deleitan con una de sus creaciones de ritmo febril y su pasión nos embarga y vuelvo a escuchar la música del mundo, que ahora me llega a través de estos dos entusiasmados desconocidos. La oscuridad que me rondaba, se esfuma; pero solo porque lo estaba buscando; de no ser así, lo único que habría hallado es más oscuridad.
Hacia dónde miras, caminas.
—¡Vamos al Malaspina!
Los hermanos Naredo reciben mi sugerencia con agrado. Les alegra verme de vuelta; habitualmente soy quien anima al grupo a no conformarse con lo simplemente bueno. Y caminamos y brincamos y gritamos; borrachos de Vida; saboreando cada momento; con la férrea convicción de que cada día es un regalo por abrir.
El Malaspina está atestado de gente.
El DJ intercala música comercial con clásicos del rock.
Acaba de sonar Californication, de Red Hot Chili Peppers.
Y antes de eso, Rise up, de Yves Larock.
Y ahora Let's get it started, de The Black Eyed Peas.
El ambiente es fantástico.
Ismael entra a un grupo de dos chicas y llama a su hermano Jorge para presentárselas. Normalmente, Ismael se atreve a entrar a las tías, pero no sabe mantener una conversación normal con ellas. Normalmente, Jorge no se atreve a entrar a las tías, pero sabe conversar como una persona normal. Normalmente, uno entra, el otro sigue; uno aporta espontaneidad, el otro serenidad; uno inyecta locura, el otro cordura: los hermanos Naredo forman un equipo legendario.
Me percato de que una rubia me está mirando.
Y está sola.
Debería entrarla.
Vamos, Javi.
Ve y dile cualquier cosa.
«Hola».
«Me he dado cuenta de que me estás mirando».
«Papi ha vuelto».
Dile lo que sea.
¡Pero dile algo!
—¿Cómo te llamas? —Le pregunta Ismael, que es un hombre de acción y no se come tanto la cabeza.
—Déjame adivinarlo: Hortensia, ¿verdad? —Pregunto, juguetón.
—Sí, Hortensia. Ji, ji, ji.
Como la percibo incómoda con Ismael, estoy haciendo el numerito del salvador. Y funciona, pues mientras Ismael le habla de su piso, su coche, su herencia y sus «veinticinco centímetros gordos», ella se arrima a mí y me agarra fuerte del brazo. Ismael le pide el número y, para mi sorpresa, ella se lo da sin oponer ni la más mínima resistencia. Tras apuntarlo, Ismael le vuelve a preguntar su nombre: «Hortensia», repite; y me mira, cómplice, y se ríe.
—Le has dado un número falso, ¿verdad? —Susurro en su oído.
—Sí —confiesa.
—Me caes bien y me gustaría conocerte. Dentro de un minuto le voy a decir a mis amigos que voy al baño, pero en realidad voy a salir a la terraza. Si te apetece, sal y nos encontramos allí y charlamos tranquilamente. Voy a esperarte cinco minutos. Y si no vienes, no pasa nada: lo entenderé y no me sentiré ofendido por ello.
Aguardo cinco minutos en la terraza del Malaspina.
Ni rastro de «Hortensia».
Pero me choco los cinco a mí mismo por haberle echado pelotas.
Estoy orgulloso de mí mismo.
Entro solo.
Salgo con los hermanos Naredo.
En cuanto llevamos demasiado tiempo en un sitio, nos sobrevuela el fantasma de la rutina y la mediocre y aburrida normalidad, pero lo espantamos cambiando de sitio o haciendo algo distinto.
Vamos al Fortuny: un elegante local situado en un sótano.
Saludo a los porteros.
Entro con confianza.
Somos legendarios.
Somos épicos.
Bajo las escaleras sintiéndome en pleno dominio de la situación.
Suena Club can't handle me, de Flo Rida.
Si esto fuese una película, la escena se rodaría a cámara lenta.
Pero esto no es una película.
Esto es mucho mejor.
Esto es la realidad.
Nos acercamos a la barra.
Hablo alto y decidido, para que nos atiendan antes que a los demás que están aguardando a que algún camarero les haga caso.
—Ponme un Barceló con CocaCola, que me lo paga esta chica de aquí —le pido a la camarera, mientras señalo a una desconocida.
Las dos sonríen con mi broma, pero la cosa no va más allá.
Jorge y yo comentamos impresiones sobre el grupo de al lado: aunque las dos están tremendas, a mí me gusta una y a Jorge otra. Solemos ser disimulados, pero esta vez se han percatado de que las estamos mirando, y la que le gusta a Jorge se acerca y me pide fuego.
—No. Él tiene —señalo, refiriéndome a Jorge—. Yo no fumo.
—Haces bien —asegura.
Me muestra su anillo de casada y me dice:
—Yo me entrego en cuerpo y alma a mi marido.
—Bien por ti —contesto.
Sitúa su cara a veinte o treinta centímetros de la mía y afirma:
—Aunque se me ponga delante un tío más guapo que él, yo me entrego en cuerpo y alma a mi marido; solo a él.
Observo su rostro: no es amenazante: esto me confunde mucho: no entiendo qué es lo que pretende venderme, pero, sea lo que sea, no me interesa: está casada.
Ismael comienza a gritar sin motivo.
Está justo en mitad del pub.
Se convierte en el objetivo de un buen número de pares de ojos.
Pero no son suficientes.
Quiere más.
Así que grita con mayor intensidad.
Casi todo el local le está mirando ahora.
Jorge y yo estamos llorando de la risa.
La segunda vez que lloramos de la risa esta noche.
—Ismael, tío, deberías dejar de beber —le recomiendo.
—Estando borracho soy más feliz —defiende.
Jorge e Ismael se quieren ir a casa, pero yo no, la noche es joven, así que llamo a Jaime, a ver en qué está: me dice que la cosa con la chica de El Rincón de Lucía no avanza. Yo le digo que no se preocupe y que venga, que hay mucha Vida aún y que vamos a por ella. Y, mientras esperamos a Jaime, Ismael y yo cantamos por la calle: «el único fruto del amor, es la banaaana, es la banaaana».
¿Seguro que no os queréis quedar un poco más?
No, tío, estamos muy cansados.
Fin del tiempo reglamentario.
Empate a cero, en un gran partido con mucho fútbol.
Los hermanos Naredo se marchan a planchar la oreja.
Jaime y yo nos quedamos a jugar la prórroga.
—Estoy harto de todo —se queja Jaime—. Todas son putas.
—Solo es una persona que acababas de conocer —le consuelo.
—Es mejor ser un hijoputa que un pobre hombre. Si eres un hijoputa toda tu vida y un día te portas bien, eres la hostia, pero si eres siempre un tío de puta madre y un día te portas como un hijoputa, eres un hijoputa —dispara Jaime.
—Tranquilo, Jaime: la noche aún no ha terminado. No perdamos el tiempo con «lo que pudo ser»; enfoquémonos en lo que aún puede ser; en lo que aún está por ocurrir; en la incógnita; en lo emocionante que resulta tener la posibilidad de que pase algo divertido.
Y lo que pasa es que nos encontramos con Carol: una amiga a la que hace tiempo que no vemos: una amiga a la que Jaime le tiene ganas desde hace años. ¿Qué posibilidades había de que justo hoy y justo ahora nos encontremos con ella? Por suerte para mí, está acompañada por una amiga suya y, aunque no se parece a «ella», está muy buena; y por poco me baja los pantalones con la mirada: muy mal se tiene que dar la noche para que no marquemos el gol de oro.
Sobre la marcha, surge el plan de irnos a Suances: un pueblo costero que en verano se llena de gente hasta los cojones y cuyas fiestas playeras son épicas. Nuestra amiga Carol tiene el coche aparcado cerca y no ha consumido alcohol.
¡Vamos!
Suances es un lugar con una atmósfera muy especial.
Si el verano fuese un lugar, perfectamente podría ser Suances.
Si el surf fuese un lugar, perfectamente podría ser Suances.
El viaje en coche nos ha enfriado un poco.
Como cuando estás viendo una película en la tele y, justo en lo más interesante, la cortan con quince minutos de anuncios.
Tomando algo en una animada terraza de bar, Jaime y yo nos miramos y tenemos una de nuestras conversaciones telepáticas:
—Esto no va bien —se lamenta Jaime.
—Tenemos que espabilar —contesto.
—No hay nada que hacer. Míralas, tío: esto está perdido.
—Nada está perdido todavía: aún seguimos aquí.
Cambiamos el terreno de juego: vamos a una discoteca.
Estamos en una gran terraza interior, con el cielo por techo.
Las estrellas están encendidas.
Las chicas están apagadas.
Lo están porque nosotros lo estamos.
Debo volver a sintonizar la emisora de la música del mundo.
Un desconocido entra a la amiga de Carol.
Eso me hace reaccionar de una vez por todas.
Decido volver a tomar las riendas de una noche que es nuestra, pero solo si la reclamamos como tal: la agarro de la mano, sin pedir permiso al entrometido, y la hago venir conmigo a otra parte de la enorme terraza interior. Mientras la dirijo, caminando yo delante y ella detrás, pruebo una cosa: aflojo un poco mi agarre: ella responde de forma instintiva apretando mi mano, para que no me suelte.
Es una buena señal.
Nos conocemos un poco, coqueteamos otro poco, nos miramos otro poco, nos reímos otro poco y retornamos con Jaime y Carol: están en el lugar dónde les habíamos dejado, pero no se hablan, ni se miran, y andan con cara de culo: algo ha sucedido.
—Vamos al baño —anuncian las chicas.
El baño es tradicionalmente el centro de reuniones de las chicas cuando salen de fiesta y desean comentar algo confidencial. Por mí perfecto: así aprovecho para preguntarle a Jaime qué ha pasado: me cuenta que, cuando les dejamos solos, intentó besar a Carol y que ella le hizo la cobra, lo cual le ha dejado frustrado y confuso, pues siempre pensó que sentían una atracción mutua.
Está abatido.
Sigue creyendo que todo está perdido.
Pero no es así.
Aún seguimos aquí.
—Eso no es todo, tío —relata—: después de hacerme la cobra, Carol se puso a recriminarme cosas que hago mal, según ella, y me aconsejó que sea más como tú. ¡Te puso por las nubes, tío! Dijo que eres muy atractivo, que irradias confianza, que eres muy sexual, que eres capaz de escuchar y estar tranquilo cuando hay que estarlo y de ser un hombre de acción cuando debes serlo, también dijo que tienes un halo misterioso y que te podrías ligar a quien tú quisieras. Me jodió que me diga todo eso. No porque hable bien de ti, sino porque no sé quién se cree que es ella para recriminarme nada.
¡Guau! ¿De verdad ha dicho todo eso sobre mí?
Cuando estoy on fire, desaparecen casi todos mis miedos y soy capaz de sacar la mejor versión de mí mismo: la más auténtica: mi yo puro, sin la erosión producida por mis corrosivos miedos; pero a veces me da por pensar que, cuando estoy en ese estado, es solo que estoy experimentando una visión distorsionada de la realidad y de mí, como si estuviera drogado por la euforia, pero no: es real lo que percibo: cuando estoy on fire, no solo veo las cosas de otro modo, sino que hago que ocurran. Estar on fire es conectar con la Vida.
—Si te ha dicho todas esas cosas es porque le gustas —opino—. Lo que pasa es que Carol está interesada en ti e intenta pulirte.
—¿Tú crees?
—¡Claro! Se nota que le gustas. Le gustas tú, no yo: por algo será.
Me da un abrazo.
—Por algo eres mi puto mejor amigo —declara.
—¡Chócala! —Exclamo, con mi mano derecha levantada.
—¿Ha vuelto el «chócala»?
—¡Ha vuelto el «chócala»!
Ha sido complicado; hay una nube gris flotando sobre la cabeza de Jaime, que le sigue allá donde vaya, y sé por experiencia que hacerla desaparecer requiere mucho tiempo y mucho esfuerzo; no será hoy cuando se marche; pero por fin logré contagiarle mi buen rollo, casi en el final de la prórroga: el verdadero gol de oro es ese: lo primero es divertirse, ligar o no ligar es lo de menos. Estar on fire; entrar en ese estado que combina confianza en uno mismo, con eufórica felicidad, es el superpoder más poderoso que he experimentado nunca: no solo es capaz de cambiar por completo tu percepción del mundo, sino que influye en la percepción de los demás. Incluso puede cambiar el mundo. Porque tus pensamientos se convierten en palabras y acciones, y tus palabras y acciones modifican el mundo.
Se hace tarde.
Nos vamos a por el coche.
Para ello, nos vemos obligados a subir una larga y empinada pendiente, pero, cuando llegamos al coche de Carol, decidimos dejarlo atrás y continuar ascendiendo, dando un paseo, hasta llegar a un faro. Después descendemos un acantilado lleno de escalones. Queremos pisar la fina y blanca arena de la playa con nuestros pies descalzos y disfrutar de la belleza de este paradisíaco escenario.
Ya estamos en la playa.
El Sol comienza a desperezarse y nos agasaja con sus primeros rayos de luz, antes de asomarse por el horizonte. Un Jaime Arizán lleno de Vida propone un baño en grupo y, en un acto de valentía, se saca todo, de espaldas a nosotros, y se mete corriendo en el mar.
Y se queda ahí.
Mirando hacia la orilla.
Esperando que los demás sigamos sus pasos.
Pero verle tiritando de frío no nos incita a darnos un chapuzón.
Me pide que le lance sus calzoncillos para ponérselos antes de salir del agua. Los agarro con dos dedos, como si fueran radiactivos o algo así, y se los lanzo con todas mis fuerzas, pero el viento desvía el lanzamiento y caen a medio camino entre ambos.
Demasiado dentro como para ir yo a recogerlos sin mojarme.
Demasiado fuera como para ir él a recogerlos sin exponerse.
Jaime tiritando, sin saber qué hacer.
Sus calzoncillos flotando lastimosamente a la deriva.
Los demás mirándonos en silencio.
Sin atrevernos a decir nada.
Con cara de póker.
La primera carcajada se me escapa a mí.
La segunda se le escapa a Jaime.
No tardan en unirse las chicas.
Jaime sale del agua, tapándose como puede, y recoge su empapada ropa interior.
Los cuatro reímos como dementes.
La noche ha ido muy bien.
Divertida, emocionante y ha dejado una gran historia que contar.
Además nos sentimos en paz con la Vida.
Pero aún no ha terminado.
Aún seguimos aquí.
La amiga de nuestra amiga Carol saca de su bolso un bocadillo de jamón y queso y lo comparte conmigo, sentados juntos sobre una roca, observando cómo el Sol nos da los buenos días desde la línea que separa el cielo del mar. Me habla de arte, de cómo le gustaría pintar un amanecer en óleo, pero lo difícil que es por lo efímero del momento y por la aparente imposibilidad de capturar esos colores con una fotografía que pudiera ser usada posteriormente como modelo perenne para pintar su cuadro; me habla de muchas cosas y me percato de que hemos alcanzado un momento mágico, y los momentos mágicos son la excusa perfecta para dar un primer beso… pero, una vez más, me acojono a la hora de apretar el gatillo: la oportunidad se diluye en la indecisión y todo queda en un maldito «lo que pudo ser». Sé que no esperabas este final, querido lector; seguro que piensas que, tras remontar la noche en dos ocasiones y llegar a este punto, estando en la cresta de la ola, debería haber sido capaz de cerrar un trato que ya estaba más que hecho; que debería haber sido capaz de vencer mis estúpidos e irracionales miedos; pero no ha sido así. Lo siento si te he decepcionado, pero la Vida es maravillosamente impredecible. De todas maneras, ha sido una noche épica y la sensación que albergo en este instante, mientras miro sin ver a través de la ventanilla del coche que nos está llevando de vuelta a casa, es de plena felicidad. ¡Estoy jodidamente Vivo! Sin embargo, siendo honesto, querido lector, debo reconocer que me ha quedado una pequeña espina con el final de este capítulo. Porque puedo olvidar los besos que di, pero soy incapaz de olvidar los besos que no di.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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