26. On fire.

Comencé el día aproximadamente por la mitad.

Me obligué a salir de la cama, comí algo y después me eché una señora siesta, de esas de pijama y orinal. Aun así, estoy molido.

Los hermanos Naredo y yo planeamos hace meses hacer un pequeño viaje a Benidorm; una escapada en realidad. Y aquí estamos: llevamos dos días aquí, de los que no recordamos demasiado. Estamos bebiendo ron con cola en la terraza de un apartamento que tenemos alquilado y contamos con todo lo que necesitamos: comida, bebida, tiempo libre, buen clima, buen rollo, playa, piscina, montones de discotecas y pubs y bares por los que dejarnos caer, camas, baño, cocina, salón y, por supuesto, una generosa terraza: no tiene sentido alquilar un apartamento o una habitación de hotel sin terraza, en verano, en la costa del Mediterráneo. La cálida brisa de la noche veraniega nos acaricia y nos mece. La música procedente de diversos puntos se entremezcla con los gritos vehementes de personas que, como nosotros, están aquí con un solo objetivo: divertirse.

Hoy es sábado.

Pero en el verano mediterráneo, todos los días son sábado.

Tras dos días de mucha juerga y poco sueño, estamos exhaustos.

No voy a beber más.

Tampoco menos.

Beberé lo mismo.

Jorge está siendo más listo y le está dando un respiro a su hígado.

Ismael acaba de vomitar su última copa y se ha servido otra.

Se supone que debíamos dosificarnos un poco los dos primeros días, para aguantar enteros hasta el final, pero hemos aplicado la filosofía de darlo todo hoy, por si acaso mañana no es posible.

El jueves pusimos mi León a rodar, cargados con ropa, enseres de aseo e ilusión por un nuevo viaje que comienza, y en cuanto llegamos, nos adentramos en el desenfreno de una ciudad que, en verano, está habitada por locos procedentes de toda clase de lugares lejanos y no tan lejanos. Por cierto, en ese trayecto pude ver lo bien que funciona otro superpoder que posee Ismael: tan pronto se sube a un vehículo, se queda dormido y cuando ya estamos llegando al destino, se despierta sin despertador y sin que nadie le avise; sin importar si es un trayecto de unos minutos o de varias horas: Sleepman.

Quizá te parezca un superpoder absurdo e inútil, pero le permite llegar fresco como una rosa, allá donde vayamos.

¡Hola Benidorm!

Pedimos unas jarras de cerveza en el bar de un francés con mucho sentido del humor, que se hacía llamar a sí mismo «gabacho de mierda», y brindamos, sentados en su terraza, eufóricos y ansiosos por Vivir nuevas aventuras.

—Hoy, que es el primer día, salimos de «tranquis» —acordamos.

Pero cuando pusimos punto final a la noche y ya nos dirigíamos hacia los brazos de Morfeo, nos encontrábamos súper borrachos, un poco por el alcohol y un mucho por la Vida, y nuestras voces retumbaban entre los edificios durmientes de una ciudad que nunca duerme en verano. Ismael iba diciéndole «fuck you» a cada chica que nos encontrábamos y ellas le mandaban a tomar por donde amargan los pepinos y yo lloraba de la risa; esperé hasta llegar al apartamento para explicarle a Ismael que «fuck you» significa «jódete», que lo que él quería decir era «fuck me»: «fóllame»: lo cual tampoco era mucho mejor, la verdad. Hicimos muchas estupideces, pero en defensa del alcohol diré que serenos hacemos las mismas tonterías.

Dormimos, comimos, bebimos y volvimos a lanzarnos de cabeza a la Vida, con el propósito de comérnosla antes de que ella nos coma a nosotros; con el propósito de que pasen cosas; con el propósito de sentirnos Vivos y no volver jamás a conformarnos con sobrevivir. Cuando los hermanos Naredo ya estaban hechos una puta mierda, yo seguía dando brincos por la discoteca, sin importarme que el día ya se había despertado ahí fuera. Y sobre las diez de la mañana, tras competir y ganar a Ismael en una carrera de pingüinos, que consiste en bajarnos los pantalones hasta los tobillos y correr tan deprisa como podamos, el Sol nos dijo que ya estaba bien.

Cada día es un regalo por abrir.

¡Vaya que sí!

Es la última noche antes de emprender el viaje de regreso y presiento que va a ser épica. Estoy físicamente agotado, pero anímicamente por las nubes: estoy experimentando uno de esos días en los que no quisieras por nada del mundo ser otra persona.

Me siento capaz de cualquier cosa.

¡Vamos!

Recorremos unas pocas calles solitarias hasta llegar a un local de striptease: está cerca: a menos de una cerveza de distancia.

—Vilo —a veces, Ismael me llama «Vilo», que es un diminutivo de mi primer apellido: Vitalio—, ¿alguna vez te has follado a una tía por el culo?

Estábamos sentados junto a una pequeña mesa redonda, tomando una pinta de cerveza cada uno. Jorge accedió a tomarse una.

—Lo cierto es que no.

—¿Nunca? Yo siempre que puedo, lo hago —asegura.

—Y DESPUÉS LE PAGO Y ME MARCHO —finaliza—. JAA, JA, JA, JA, JAA, JA, JA, JA, JAAAA, JA, JA, JA, JAA, JA, JA.

—Estás a un accidente de laboratorio de convertirte en un villano loco —manifiesto.

Ismael nos muestra tres billetes, parecidos a los de un dólar pero con el nombre del local estampado, y nos entrega uno a cada uno.

—¿Qué es esto?

Nos explica que se los vendió un tipo que trabaja aquí, que le costaron un euro cada uno y que son para dárselos a las strippers. No tarda en acercarse una, en ropa interior negra, con la nada oculta intención de sacarnos una copa o un baile privado en un reservado. Ismael, con los ojos a punto de salirse de sus órbitas, pone el suyo a la vista y lo agita. Ella acude a su llamada, lo agarra y se lo mete en el sujetador. Y no le cuesta convencerle de que pague quince euros por un baile privado del que vuelve emocionado, diciendo que no ha follado, pero que le ha tocado el coño; y llama a un camarero para preguntarle si se les puede pagar a las strippers por follar y este exclama que no son putas, que ninguna aceptará dinero por sexo y que, además, es muy difícil ligarse a una porque, al tener tanta atención, están muy «subiditas», por no hablar de que este local hace una selección concienzuda y todas parecen salidas de una revista de moda. Seducir a una stripper que podría ser modelo, está en el top de la seducción, justo por detrás de ligarse a una modelo o actriz famosa.

Presenciamos cómo una bailarina de striptease danza de forma sensual y realiza complicadas acrobacias, mientras se va quitando la ropa, hasta quedarse completamente en pelotas. Se balancea bocabajo en una barra, camina contoneándose tanto como le es posible por un estrecho pasillo elevado y se agarra de otra barra y gira y gira y gira y se pone de rodillas en el suelo y arquea su espalda y el público grita extasiado. El rango de edad y la tipología de la gente que rodea el escenario abarca todo el espectro: pijos, macarras, jubilados, algún que otro menor de edad… ¡incluso hay una pareja!

Seguimos contando historias y animándonos y olvidando el cansancio y el sueño y lo que sea que haya ahí fuera, y se nos aproxima otra stripper y otra más y Jorge le mete a una de ellas su imitación de billete de dólar en el sostén y charlamos con ellas pero no picamos, e Ismael y yo nos pedimos otra cerveza, Jorge no desea beber más, y vemos cómo otra chica se desnuda; gratis; las jarras de cerveza son nuestro pase: mientras quede cerveza en la mesa, queda fiesta; y vemos despelotarse a otra y Jorge e Ismael me preguntan que cuándo voy a utilizar mi billete de dólar falso y yo contesto que cuando sea el momento y otra chica comienza a bailar y a despelotarse en el escenario y el momento llega: esta chica me enamora; bueno, su físico: una preciosa chica con melena color negro azabache y con grandes ojos castaños y con pómulos altos y con amplia sonrisa y con un cuerpo macizo, duro y lleno de curvas: se parece a «ella». Hoy me siento bien: me siento jodidamente bien: como si me pagaran por escribir e ir a fiestas y como si hubiese vendido millones de ejemplares de mi novela y acabaran de estrenar en el cine una superproducción basada en mi novela y fuese rico y famoso y las chicas hiciesen cola para intentar acostarse conmigo. La música se filtra por los poros de mi piel y me embarga la felicidad; pero no la música que emiten los altavoces, sino la música del mundo. Es extraño: tras dos días bebiendo demasiado, hoy el alcohol no me sube, pero me siento embriagado por la Vida; la Vida es mi droga; he hecho las paces con ella y conmigo mismo. Al igual que todos los pares de ojos del local, miro a la chica, pero no lo hago del mismo modo que los demás: yo apunto a sus preciosos ojos, no a su cuerpo, y mis ojos dicen: «soy el puto amo». Y como si de magia se tratara, la chica tarda un segundo en notar mi mirada y chocar con ella y le sonrío y ella me devuelve la sonrisa y me pide que me acerque haciendo un gesto con su dedo y me levanto, subo al escenario, camino hacia ella, sin dejar de mirarla a los ojos, saco mi billete y ella, coqueta, gira su culo hacia mí y me lo señala y yo le meto el billete en el tanga y le doy una fuerte palmada que hace retumbar sus poderosas nalgas.

¡Amo ese culo!

Voy al baño, a excretar algo de cerveza, o del ron con cola que me he bebido antes en la terraza de nuestro apartamento, y camino por el local como si fuese mío; como si fuese una puta estrella.

La gente que hay aquí no es consciente de la suerte que tiene.

Tienen delante a una leyenda viva y ni se dan cuenta.

Ismael y yo nos pedimos «la última» y viene una preciosa stripper rubia, que perfectamente podría ser portada de Playboy o de Vogue, y nos tira la caña y yo, que me siento como si meara colonia, me reclino en mi silla y me acomodo, mientras ella usa todo su poder de seducción para intentar sacarles un baile privado a los hermanos Naredo, pero no muerden el anzuelo. Y ocurre lo inevitable: siente mi superpoder; porque mis poros se han vuelto permeables y, del mismo modo que la música del mundo entra a través de ellos y me llena de Vida, mi cuerpo irradia confianza; y nada atrae más a una mujer que la confianza.

—¡Qué ojos tan bonitos! —Me piropea.

Pero solo está haciendo lo que se supone que debe hacer. No deseo conversar con su piloto automático. Trazo dos círculos en el aire con mi dedo índice, haciendo el gesto de «luego», para darle largas: no me interesa lo que vende. Y los hermanos Naredo se quedan asombrados cuando la stripper, que ha interpretado bien el significado de mi gesto, pero mal mi intención al hacerlo, me informa sobre la hora a la que sale y me pregunta dónde podríamos vernos, pero yo no me asombro: porque soy una leyenda e irradio «cachondina».

—Javi, ¡eres el puto amo! —Exclama Jorge.

—¡Chócala, Vilo! —Exclama Ismael.

—Es la mejor tía de todas las que hay aquí —opina Jorge.

—Me gusta más la chica a la que le di el billete —opino yo.

Los hermanos Naredo son unos amigos de puta madre y hemos creado algo grande: hay buen rollo y no desperdiciamos el tiempo marcando paquete o discutiendo por quién la tiene más larga, sino que nos apoyamos entre nosotros y nos alegramos de las cosas buenas que le pasan al otro; hacemos arte, hacemos magia, hacemos de cada noche, algo épico; porque somos leyendas y las leyendas no se conforman con noches de trámite.

Vierto un poco de mi cerveza en la jarra vacía de Jorge.

—¡Porque somos épicos! —Proclamo.

¡Clin!

Chocamos nuestras jarras de cerveza.

Recorremos esta frenética ciudad abarrotada de locales de striptease y farmacias y bares y restaurantes y hoteles y neones, neones por doquier, hasta llegar a la playa, cuya primera línea está ocupada por rascacielos que compiten unos contra otros por ver quién la tiene más larga y música de bares y de discotecas y gritos y risas.

Unos extranjeros, de los que desconozco su procedencia y que no hablan español y apenas chapurrean cuatro palabras de inglés, nos preguntan cómo se dice en castellano «beautiful woman» y Jorge responde que se dice «cómeme la polla» y somos testigos de cómo se lo van diciendo a cada grupo de chicas con el que se topan.

¡JA, JA, JA, JAA!

Si no hacemos tonterías cuando somos jóvenes, ¿de qué nos vamos a reír cuando seamos viejos?

Vamos a un bar con decoración de estilo surfero: hay un ruidoso grupo de chicas celebrando una despedida de soltera, con camisetas con fotos de la que se despide de su soltería, la cual, por cierto, está disfrazada de unicornio rosa, y de pronto hacen un corro en torno a mí y gritan «SECUESTRADO» y noto un montón de dedos tocándome por todas partes y, antes de que pueda darme cuenta de lo que está ocurriendo, me liberan y abandonan el bar riéndose a voz en cuello. Entramos en un patio interior y dos chicas, que van en sentido opuesto, se me quedan mirando e Ismael exclama:

—¡Otra!

Estoy on fire: estoy que me salgo.

Me tomo una copa y otra más y no noto sus efectos: tras dos días de excesos, mi cuerpo ya no digiere el alcohol: me he vuelto inmune: bebo y bebo y nada. Soy un superhéroe: el alcohol no me afecta y las chicas se voltean para verme cuando se cruzan conmigo. Y volvemos a la calle y alguien abre la puerta de un bar y se escucha «underclass hero», de Sum 41 y yo camino, camino como si la ciudad fuese mía.

¡Es mía!

Todos vosotros sois míos.

E Ismael y yo nos pedimos otra copa en una disco y la tomamos fuera y yo, que soy un superhéroe, continúo sin estar ni pizca de borracho y un tuno, con su característico atuendo negro lleno de insignias, toca un banjo y canta casi en éxtasis y otra tía me dice algo que no escucho e Ismael, sin venir a cuento, se inventa que quiere dejarse bigote y le pregunta que si debe lavárselo con un gel corporal o con un champú para el cabello y nos vamos a otra zona de fiesta, a la discoteca donde dijo la preciosa stripper rubia que nos veríamos, y me subo a una tarima y bailo con una chica y Jorge se ríe e Ismael habla con un desconocido y me llama y me dice que ha convencido a ese desconocido de que comparta un porro de maría con nosotros y le doy apenas un par de caladas y todo se va a la mierda.

Lento.

Lento.

Lento.

Me apoyo en una pared.

Estoy borracho.

Estoy amodorrado.

La stripper pasa por delante de mí.

Ve el lamentable estado en el que me encuentro.

Pasa de largo.

Pasa de mí.

Mis superpoderes han desaparecido.

Ese porro debía de contener kryptonita.

Jodido fumeta.

Intento recomponerme para ir a por ella, pero las fuerzas me han abandonado: no solo estoy cansadísimo, además soy incapaz de ordenar mis ideas y centrarme: el alcohol me golpeó sin aviso previo.

Salimos.

Comemos algo.

Recupero un poco las fuerzas, pero no mi superpoder.

Me he vuelto invisible para las mujeres.

Me lamento por la oportunidad perdida con la stripper, pero la fiesta debe continuar y aún nos da tiempo a hacer el tipo de cosas que me gusta relatar frenéticamente, sin utilizar puntos y abusando del polisíndeton, y volvemos al apartamento y, de camino, Ismael le pide a un jardinero que le pegue un manguerazo y le empapa de agua y dormimos una hora y las limpiadoras llaman a la puerta y nos informan de que debemos irnos ya y emprendemos un largo y pesado viaje de regreso y, por fin, llego a casa; llego a mi cama.

Duermo.

Duermo.

Duermo.

A pesar del fiasco con la stripper, este viaje ha sido épico. Además he descubierto que ya no necesito volver a tener el superpoder del que disfruté cuando vivía en Burgos: que todo me importe una mierda; tampoco el que posee Ismael: dar la batalla por perdida.

Ese enfoque de quitarle peso a las cosas, ya no va conmigo.

He experimentado un superpoder mucho más poderoso.

Uno que te hace capaz de lograr prácticamente cualquier cosa.

La confianza en mí mismo.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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