25. Nunca seremos tan jóvenes como hoy.

Quién iba a imaginar que la sala de espera de un centro médico se iba a convertir en el recuerdo que marcaría nuestro viaje a Ibiza. Bueno, aún no es un recuerdo: aún sigo aquí; pero sé que así será: sé que siempre que me asome por el desván de mi cabeza, en busca de recuerdos acerca de este viaje, lo primero que acudirá a mi mente será esta triste y desangelada sala de espera de paredes blancas plagadas de carteles con lemas en contra de la drogadicción.

¡Qué desastre de viaje!

Recuerdo la ilusión que albergábamos Jaime Arizán y yo cuando compramos los billetes de avión y reservamos un estudio en la isla de Ibiza: un viaje a un lugar que tenía muchas ganas de conocer, en compañía de mi mejor amigo. El año pasado teníamos planeado este viaje y al final no salió, ¿te acuerdas? Te lo conté hace unos cuantos capítulos: se produjo un río de acontecimientos que desembocó en un accidente automovilístico del que salí ileso, pero con mi frágil economía malherida. No es que mi economía esté mejor ahora, la crisis continúa empeorando, y lo mismo mi negocio, y lo mismo mi economía personal, pues estoy gastando más de lo que ingreso: el número que indica la cantidad de dinero que tengo ahorrado, tiene un signo negativo delante; pero ya lo pagará el Javier Vitalio del futuro. Y antes de que me llames irresponsable, querido lector, te diré que esto no es un derroche, es una inversión; de hecho, es la mejor inversión que he hecho en toda mi vida: el Javi del futuro me lo agradecerá: tendrá que hacer un esfuerzo extra para liquidar la deuda que le estoy ocasionando, pero su vida tendrá sentido. Hay momentos en los que es mejor gastar y momentos en los que es preferible ahorrar, y no siempre coinciden con tu situación económica.

Recuerdo los ojos melancólicos de mi perrita Neska, mientras salía de casa, sabedora de que maleta equivale a no verme por un tiempo; recuerdo el entusiasmo al embarcar en el avión y la adrenalina al despegar; recuerdo las tonterías que decíamos, emocionados, cuando bajamos del avión y pusimos un pie en la isla por primera vez; recuerdo mi reacción al ver un cartel en el que ponía «Ibiza», en el exterior del aeropuerto: «¡estamos aquí!»; recuerdo el bullicio y la alegría de las calles aledañas a nuestro alojamiento; recuerdo el sabor de la primera cerveza que tomamos.

Pero también recuerdo que nos confundimos de autobús y tardamos una eternidad en llegar a nuestro alojamiento; también recuerdo el hedor nauseabundo que desprendían los pies de Jaime cuando se descalzó y las arcadas que me provocó: juro que es una de las peores cosas que he olido jamás; también recuerdo la pereza de Jaime para moverse, a pesar de que era tardísimo; también recuerdo que fuimos a comprar una botella de ron a un veinticuatro horas y que no nos quisieron atender, debido a una prohibición de vender alcohol pasadas las doce de la noche; también recuerdo que todo el mundo parecía estar pasándoselo bien, menos nosotros, y que Jaime estaba muy cansado, pero aseguraba que si descansaba media hora, recargaría las pilas y saldríamos; también recuerdo que ya no se levantó de su cama hasta la mañana siguiente; también recuerdo que, con todo un nuevo día en blanco por escribir, tratamos de resarcirnos y nos relajamos un par de horas en la playa y comimos y bebimos y escuchamos la canción «I gotta feeling», de Black Eyed Peas, que suena ahora en todas partes, y vimos algunos vídeos graciosos en la terraza, con ayuda del proyector que se trajo Jaime, y lo enfocamos hacia la plaza de abajo y proyectamos el símbolo de Batman y después proyectamos una peli porno y la gente flipaba al ver una polla de cinco metros y unos extranjeros del balcón de al lado, creo que ingleses, nos ofrecieron marihuana tirada de precio, porque era el último día de sus vacaciones y les sobraba material, pero no quisimos, y, cuando ya estábamos los dos algo contentillos por el alcohol, me duché y luego fue Jaime el que se metió en el baño a darse una ducha y arreglarse para salir y me entraron ganas de mear, pero muchas ganas, y Jaime seguía en el baño y yo no podía más y tuve la estúpida idea de mear por el balcón del tercer piso y los del primero se chivaron a los porteros de la discoteca de la planta baja y yo me escondí antes de que me vieran y alguien tocó la puerta y Jaime, tapado con una toalla, la abrió, pensando que serían los vecinos, los que querían deshacerse de su hierba, pero entraron dos mastodontes hormonados adictos al gimnasio y uno de ellos inmovilizó a Jaime y Jaime exclamó «¡what the hell!» y el otro gritó «PEE BY BALCONY» en un inglés rudimentario y vino directo hacia mí y me pegó un puñetazo que me lanzó contra la mesita de noche.

Y me quedé ahí.

En el frío y duro y humillante suelo.

Tratando de comprender lo que acababa de suceder.

Jaime se acercó para comprobar mi estado.

Su boca se movía y emitía sonidos.

Yo le oía, pero no le escuchaba.

Me levanté y caminé como un zombi hasta el baño: el espejo me revelaba un corte muy feo en el pómulo, cerca de mi ojo derecho.

Jaime fue a la nevera a por una bolsa de congelados, concretamente de empanadillas, para que me la ponga en el pómulo.

Un taxi después, aquí estamos: en la sala de espera de un centro médico: Jaime sentado en un banco; yo sentado en otro, a varios metros de distancia: no tengo nada contra él; es solo que no deseo estar con nadie ahora; ojalá pudiera alejarme también de mí mismo. Mi camiseta está ensangrentada: una camiseta blanca de tirantes sobre la que se supone que me iba a poner una camisa. Jaime me dice que mañana hacemos esto y lo otro y lo de la moto; me intenta animar con lo que sabe que funciona mejor conmigo: con buenos planes: con planes épicos; pero hoy no funciona; hoy no funciona nada.

Aun así, no desfallece en su intento de sacarme una sonrisa:

—Ahora sí que te pareces a Ryan.

Ryan es un personaje de «The O.C.»: una serie de televisión estadounidense. Tengo su música de cabecera como tono de llamada en mi móvil: me da buen rollo esa canción. Y, según Jaime Arizán y los hermanos Naredo, me parezco físicamente a Ryan.

—Camiseta de tirantes, brazalete de cuero, sangre en la camiseta, mirada perdida en el horizonte… —Prosigue—. ¡Eres Ryan, tío!

Silencio.

Silencio.

Silencio.

Recibo una llamada telefónica.

Mi móvil rompe el silencio.

Suena la melodía de «The O.C.».


«We've been on the run.
Driving in the sun.
Looking out for number one.
California, here we come.
Right back where we started from.»


Nos miramos.

Estallamos en carcajadas.

Tres puntos de sutura y para «casa».

Los dos con la boca cerrada.

—¿Estás bien? —Pregunto yo en esta ocasión.

—Todo es culpa mía —afirma.

—¿Culpa tuya? ¿De qué estás hablando?

—Si no hubiese tardado tanto en salir del baño, no habría pasado esto —se lamenta.

—Y si mi abuela tuviese ruedas, sería una bicicleta —bromeo—. No es tu culpa, tío. Fui yo el imbécil que meó por el balcón. Y, gracias a eso, tendré una cicatriz que me recordará siempre lo idiota que soy. ¡Qué hostia me ha pegado, macho! Por poco me desencuaderna.

Comienzo a reírme y contagio a Jaime.

—Nunca permitas que un golpe te robe la sonrisa —sugiere.

—¿Qué día del mes es hoy?

—Creo que veintisiete.

—Veintisiete de agosto del año 2009.

—Sí.

—¿Te das cuenta de que nunca más va a volver a ser veintisiete de agosto del año 2009? —Cuestiono.

—¿Y qué tiene hoy de especial, a parte del puñetazo?

—Nada. Pero nunca más va a volver a ser veintisiete de agosto del año 2009 —repito.

—Nunca seremos tan jóvenes como hoy —declara.

—¡Exacto!

Me encantaría poder escribir que esta noche hicimos un montón de cosas épicas, pero mentiría si lo hiciese. La realidad es que Jaime se ha quedado dormido a los cinco minutos de llegar y yo estoy echado sobre mi cama, escribiendo en un cuaderno lo siguiente:


«Cada día, al despertar, me encuentro 1440 euros con los que puedo hacer lo que me dé la gana: puedo gastarlos, regalarlos o incluso quemarlos si me apetece, pero no puedo guardarlos: al irme a dormir, lo que no haya utilizado, desaparece. Lo bueno es que a la mañana siguiente vuelvo a encontrarme con otros 1440 euros; siempre. Esto no es tan raro: en realidad nos pasa a todos. Solo que no son euros, sino minutos.»


Tal vez hoy hemos desaprovechado esos 1440 minutos que nos obsequia la Vida cada día, pero no importa: porque mañana volveremos a tener una nueva oportunidad de hacer algo legendario.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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