24. La parte del medio.

Hay muchas formas de empezar un capítulo. Por ejemplo, diciendo que hay muchas formas de empezar un capítulo.

Y…

Esto…

Estoy bloqueado.

Aunque tengo claro lo que quiero contar, las palabras no fluyen.

Me agarro a un hilo de pensamiento al azar, con la esperanza de que me conduzca hasta el caracol neozelandés que rasca las farolas de la maceta del avión de pelotas junto con las uñas de la cabeza al atardecer en la fiesta empírica de los caleidoscopios que soplan luces recias hacia el horizonte oloroso… no: no está funcionando lo de dejarme llevar. Pero aun así, continúo llenando de caracteres el folio en blanco que hay encerrado en la pantalla de mi ordenador portátil. Escribo y lo borro y lo reescribo y juego con las palabras, cabalgando dentro de los límites de la gramática y, a menudo, poniendo un pie o pie y medio fuera de ellos. De este modo, cada vez me encuentro más cerca de dar con mi propia voz. La mayor parte de lo que escribo no sirve y acaba desechado en el limbo de la mediocridad, para que nadie llegue a leerlo jamás. Puede que todo lo que estoy escribiendo en este preciso momento sea una basura. Aun así, no lo veo como una pérdida de tiempo, sino como un entrenamiento esencial. Para llegar a ser un escritor genial, hay que atravesar un largo proceso de decantación, en el que escribes todas las frases que odias, hasta que ya solo te quedan por escribir las frases que amas.

Leo lo que acabo de escribir.

Suena pretencioso.

Javier Vitalio: escritor pedante.

¿Escritor? Ni eso.

Farsante.

Farsante.

Farsante.

¿Y si no sirvo para escribir?

Tanto esfuerzo, para descubrir que soy un escritor mediocre.

—Escribes muy bien, mi amor —asegura «ella».

—Escribir «muy bien» no es suficiente. ¿Cuántas novelas crees que llegan a ser publicadas? ¿Un 1%? No. ¡Muchísimas menos! Y que te publiquen una novela tampoco significa que hayas triunfado todavía. ¿Cuántos escritores crees que pueden vivir de sus libros, sin trabajos paralelos? No vale con escribir «muy bien», hay que ser un puto genio. E incluso en ese caso, es casi imposible vivir de esto.

—«Es casi imposible»: te reto a descubrir la palabra clave en esa expresión —declara «ella».

Este diálogo solo es un intento de consolarme; nunca ha sucedido, más que en el interior de mi cabeza. «Ella» no existe; «ella» representa a mi chica ideal: lo que desearía encontrar algún día. E igual que no me conformo con escribir «muy bien», tampoco me conformo con una «gran chica»; solo saldría con mi chica ideal: con «ella»; con «ella» o con nadie; por eso estoy solo; por eso me niego a tener pareja: porque estoy enamorado de «ella»; porque estoy enamorado de una invención de mi maldita mente idealista.

Ya ha pasado casi un año desde mi punto de inflexión: el verano llegó a su fin, el otoño que le siguió, también, lo mismo con el invierno y la primavera posteriores, y de nuevo acaba de iniciarse el verano: prácticamente un año completo, a falta de poco menos de dos meses. Y durante este tiempo, no he dejado de buscar, dentro y fuera de mí. En estos diez meses he ampliado enormemente mi círculo social, he superado muchos miedos, he Vivido tantas cosas épicas, que darían para escribir literalmente miles de páginas y, aunque aún me asaltan algunas noches oscuras de vez en cuando, el Sol, la Luna y las estrellas iluminan mi cielo la mayor parte del tiempo. Pero no todo es alegría: a finales del año pasado, dio comienzo una gran recesión mundial, que está afectando gravemente a la economía global: sobre todo a Europa y Estados Unidos. Los economistas se han convertido en futurólogos que tratan de adivinar si mañana el monstruo va a toser o si va a rugir. «Son ciclos», dicen. Nadie tiene ni puta idea de cuánto va a durar esto y qué consecuencias va a tener, pero la cosa pinta fea. Por lo que a mí respecta, que al fin y al cabo es lo que me interesa, la empresa que tenemos mi padre y yo ha entrado en números rojos: los ingresos han disminuido tanto, que ya ni siquiera llega para cubrir los gastos. Ya tenemos una deuda de más de diez mil euros; y continúa en aumento. Antes, el negocio no paraba de crecer; ahora, es la deuda la que aumenta sin parar.

Leo lo que he escrito y me parece infumable.

Hoy me siento gris, y todo lo que lea me va a parecer gris.

Todo lo contrario que ayer.

Ayer estaba eufórico porque iba a volver a ver a Laura.

¿Te acuerdas de ella?

Morena, ojos verdes, cara de muñeca; estuvo en el sitio adecuado en el momento adecuado; empecé a escribir esta novela la noche que estuve con ella; después soñé con «ella»; después me puse el mono de trabajo y comencé a reconstruir mi Vida.

Laura no es «ella», pero me ilusionaba mucho volver a verla.

En mi cabeza visionaba todo tipo de imaginativos cortometrajes sobre nuestro encuentro. Tal vez en el futuro pueda ganarme la vida como guionista, quién sabe, pero no como adivino: la noche fue un auténtico desastre. Por mi culpa: por mi cobardía: porque me cuesta un mundo apretar el gatillo. La tuve a tiro varias veces y me bloqueé en todas y cada una de ellas, como me bloqueo siempre cuando tengo delante a un miembro del sexo femenino. Debí haber apretado el gatillo en cuanto nos encontramos y noté cómo me miraba: como un cachorrito delante de un plato de comida. Pero soy un cobarde.

Sin embargo, no es por eso por lo que estoy abatido hoy.

Esta mañana… bueno, técnicamente era por la tarde, pero para mí era por la mañana… como sea… el caso es que Jorge me despertó, estaba durmiendo en el sofá del salón de su casa, súper cómodo, por cierto, bueno, la cosa es que quería volver a quedar con Laura y su prima Elisa y una amiga de Elisa que se llama Leire y que tiene una sonrisa que roza la perfección, y convencí a Jorge de que me acompañara, aunque no a Ismael, que prefirió pasar la tarde del domingo viendo la tele echado en el sofá en calzoncillos.

Como ya te he adelantado que estoy jodido, lo lógico es pensar que la volví a cagar, pero no: esta vez sí me atreví a apretar el gatillo.

Aunque me costó.

Quedamos en un pueblo llamado Sarón. Nos las encontramos bastante borrachas y yo estaba demasiado sobrio, resacoso y desanimado como para hacer o decir algo que nos llevara hasta un punto en el que poder apretar el gatillo. Lo sé: me sobran escusas y me faltan huevos. Ellas no paraban de reírse de todo, o más bien de nada. Cuando se metieron las tres a la vez en un baño en el que apenas cabían, todavía se las oía reír desde fuera y yo no sabía qué estaba sucediendo, pero mi calenturienta imaginación volaba.

Y de ahí saltamos a Solares. Jorge conducía su coche, yo iba a su lado, y detrás las chicas, cantando las canciones que emitían por la radio; desafinando a posta y sin parar de reírse de sí mismas.

Y entonces pasó.

Laura besó a Elisa.

Después besó a Leire, que se mostró algo incómoda y se resistía.

Y de nuevo beso a su prima Elisa.

Se dieron un morreo con mucha lengua.

Y entonces me di cuenta.

Me di cuenta de que no debía estar triste; porque, buenas o malas, estaba Viviendo cosas asombrosas.

Fuimos a un pub de Solares y el tiempo continuaba corriendo, ya estábamos en el tiempo de descuento, todo apuntaba a que no lo conseguiría, y, para colmo, Octavio, del grupo de amigos con el que quedaba hace ya un tiempo, cuando yo era menos que una caca de vaca flaca y me aburría de hacer siempre lo mismo y de ver cómo perdían el tiempo tratando de demostrar quién de ellos la tiene más grande, quería llevársela también, la iba a cagar de nuevo, pero ya te he dicho, querido lector, que sí lo conseguí:

Caminé decidido hasta ella, la agarré de la mano, la conduje hasta la calle y la besé.

La película llega a su empalagoso clímax.

La banda sonora suena con fuerza.

El público se emociona.

Separé mis labios de los suyos y mi mente, hasta ahora abotargada por la resaca y el sueño, se puso en marcha y lo jodió todo: Laura no es «ella». Le dije que lo mejor sería no vernos más.

Llevo tres horas tirado en mi cama, soportando el peso de la existencia y escribiendo estas líneas que estás leyendo, haciendo algunas pausas para pelarme la banana, como remedio terapéutico.

Mi portátil reproduce «Hide and Seek», de Imogen Heap.

La tristeza se está diluyendo.

Cada vez me siento mejor.

Me veo a mí mismo como el protagonista de una novela o una película, tomando una decisión complicada, sabiendo que será buena para sí mismo: eso me reconforta.

Decido que esto no será un final triste, sino la parte del medio.

Tener o no un final feliz depende únicamente de dónde decidamos detener la historia.

A ratos, mi mente de escritor me traiciona y me muestra imágenes en las que me subo a mi coche y voy a buscarla. Entonces le digo que debemos dejarnos de tonterías y salir juntos, y nos damos un beso lento, la gente que nos rodea grita y aplaude, fundido a negro.

Pero por otro lado, Laura tiene algunos rasgos físicos de «ella», pero no es «ella» en absoluto.

Llevo toda la vida buscándote y no te encuentro.

¿Dónde estás?

Cada vez que me encoño de una chica, me esfuerzo por verte a ti, trato de engañarme a mí mismo, pero no: no eres tú.

Tú no existes.

Últimamente, le estoy haciendo caso al niño que una vez fui.

Pero en esto no: ya no más.

Mi puto idealismo lleva demasiado tiempo saboteando mi vida amorosa. Debería probar: pedirle salir a Laura; hacer el tipo de cosas que hacen las parejas: salir a cenar por ahí, ir al cine, dormir juntos sin follar, discutir, reconciliarnos, hacer el amor, apoyarnos e infundirnos valor el uno al otro, querer y ser querido.

No pierdo nada por intentarlo.

¿O sí?

Creo que aún no estoy preparado para tener novia. Para querer a alguien, primero debes aprender a quererte a ti mismo; al menos para querer bien; y yo aún estoy aprendiendo a soportarme.

Pero por otro lado: si no pruebo, nunca sabré si estoy listo o no.

Podría subirme a mi coche e ir ahora mismo a por Laura.

Vivir una nueva y emocionante aventura.

Dejar de buscarla a «ella».

¡«Ella» no existe, joder!

Además, solo es probar una temporada.

Siempre estoy a tiempo de volver atrás.

Si sale bien, descubriré que tomé la decisión correcta.

Si sale mal, aprenderé algo y habré Vivido la experiencia.

Pase lo que pase, gano.

¿Probar con una persona de carne y hueso que me encanta?
¿O seguir buscando a una persona que solo existe en mi cabeza?
Lo tengo claro.
La decisión me parece obvia.
La elijo a «ella».

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

Ojalá estés disfrutando de la lectura, tanto como yo disfruté escribiendo esta locura para ti. Si te está gustando mi novela y te apetece leer la historia completa, con sus preliminares y su orgasmo final, puedes hacerte con un ejemplar aquí. Un esclavo se encargará de entregarte mi libro en la dirección que me indiques.

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