23. «Ella».

Jorge Naredo dice: «ayer echaron una peli de Steven Seagal y es el puto amo: no veas las hostias que reparte».

Jaime Arizán dice: «el que es el puto amo es John McClane: el de las pelis de Jungla de Cristal: tiene la resistencia al dolor de una tía: las tías resisten nueve veces más el dolor que los tíos».

Yo digo: «me gustaría tener el aplomo de James Bond, aunque el mayor héroe que he visto es un tío que se puso una vez a ver porno en la sala de ordenadores de la universidad; y con el sonido puesto».

Ismael Naredo dice: «a veces quiero cagar y hacerme una paja al mismo tiempo, pero no puedo porque me choca con la tapa».

Sí.

Estos son mis amigos.

Te los presento.

Este es Jorge Naredo.

Este es Jaime Arizán.

Este es Ismael Naredo.

Tras estrechar sus manos, te das cuenta de que te suenan.

¡Claro que te suenan! Ya les conoces.

A los hermanos Naredo te los mencioné hace tres capítulos: son dos viejos amigos que pasaron su infancia en mi pueblo: Liérganes. Me crucé con ellos al día siguiente de que se prendiera la chispa de la Vida en mí: cuando terminó mi fase autodestructiva. Ismael y Jorge nacieron en el mismo parto, pero si les vieras, no creerías que han salido de los mismos testículos. En los últimos meses he ido quedando con diferentes amigos para salir de fiesta, pero con quien más quedo, con diferencia, es con ellos dos. Comparten un piso en Santander y, como solemos salir por allí casi siempre, me quedo a dormir en su casa a menudo. En cuanto a Jaime Arizán, también lo conoces, pero te lo recordaré: es mi mejor amigo; hace unos años nos fuimos los dos a estudiar a la Universidad de Burgos y alquilamos un piso allí, pero la convivencia no fue demasiado bien y, tras un año, nuestros caminos se bifurcaron; hasta que nos volvimos a encontrar, por casualidad, y retomamos nuestra amistad. Por cierto, esta misma tarde nos ha informado de que se dispone a abandonar la universidad de forma prematura. En unos días hará un viaje de ida y vuelta a Burgos, para recoger sus cosas y mudarse a Liérganes.

¿Por qué deja la Universidad?

Nosotros también se lo hemos preguntado y nos ha dicho que ya no está nada a gusto allí y que carece de motivación para continuar estudiando la carrera.

Jaime Arizán, los hermanos Naredo y yo estamos sentados en la arena de la santanderina playa de El Sardinero, tomando algo. El Sol cae sin remedio por el precipicio del horizonte: miles de pares de ojos son testigos de ello; y esos miles de pares de ojos pertenecen a varios miles de desconocidos que están celebrando con nosotros la noche de San Juan. Aunque en realidad, el solsticio de verano fue hace un par de días, para mí la noche de San Juan significa decirle «hola» al buen tiempo, a la sensación de felicidad que te invade cuando te levantas de la cama y te encuentras con el azul a través de la ventana, a los días que parecen no terminar nunca, a las noches cortas pero cálidas y estrelladas y mágicas, a las cervezas bien frías y las tapitas en la terraza de un bar, a las barbacoas con amigos, a las fiestas patronales en pueblos escondidos en lugares recónditos, a los parques de atracciones, a la brisa que acaricia tu cara mientras te relajas tumbado en la playa, a los chapuzones en la piscina, a la emoción de viajar hacia lugares por conocer… en definitiva, la noche de San Juan supone para mí el inicio del verano. Ahora los días son muy largos y las noches muy cortas, pero cada vez que la Tierra gire sobre sí misma, la noche le robará un pedacito al día: así hasta que se inviertan las tornas. Se dice que nuestros ancestros encendían hogueras por esta época del año, pues creían que el Sol estaba enamorado de la Tierra y se resistía a abandonarla, por eso de que cada día pasan más tiempo juntos, los crecientes días, y menos tiempo separados, las menguantes noches; y con este acto le infundían fuerza de voluntad y, de paso, se purificaban, ahuyentaban a los malos espíritus y atraían a los buenos, y libraban encantamientos de amor y fertilidad. Yo no creo en este tipo de cosas, pero la conjunción de la noche veraniega, la playa y el fuego, resulta mágica, en un sentido no místico. Y cualquier excusa es buena para celebrar algo: lo que sea: me vale con celebrar que estamos celebrando algo. El ron es nuestro elixir para purificar nuestras almas y desatascar nuestros cerebros anquilosados por la rutina; el alcohol nos proporciona una forma alternativa de pensar: nos vuelve geniales, estúpidos, creativos, subnormales; el alcohol nos mata, pero también nos da Vida. Mañana nos alcanzará la resaca, pero eso será mañana.

—Tengo coche, piso y herencia —le dispara Ismael a una chica, cuyo único pecado fue estar ahí—. Y veinticinco centímetros gordos.

—Soy lesbiana —replica.

—No hay peligro: yo soy marica. ¿Follamos?

Así es Ismael: puedes quererle, puedes odiarle, puedes quererle y odiarle a la vez, pero no te dejará indiferente.

—Huele: me he echado una colonia que se llama Máximo…

—Massimo Dutti —adivina ella.

—Pene —corrige Ismael—. Máximo pene.

Ismael Naredo es como el personaje loco e imprevisible de las películas de humor. Empieza cada batalla sabiéndose derrotado; sin nada que perder: ese es su superpoder. Si estás con él, te va a hacer sentir vergüenza, pero también va a aportar una dosis de locura con la que vacunarte contra el perjudicial exceso de cotidianidad.

—¿Qué prefieres? ¿Amor o pasión? —Le pregunta.

La chica le da la callada por respuesta.

—¿Llevas bragas negras? —Insiste.

—No —masculla, con el ceño fruncido.

—Pues entonces depílate.

—Ismael: ya te estás pasando —le avisa Jorge.

Su hermano Jorge es equilibrado, taciturno y bastante tímido: nada que ver con Ismael. Aunque a veces el alcohol consigue sacar a flote su lado más salvaje. Jorge siempre cuida de Ismael. Siempre intenta solucionar sus cagadas y ejerce el papel de abogado del diablo que defiende lo indefendible: es un buen hermano.

—¡«Pichamendiós»! —Exclama Ismael—. ¡Esa quería rabo! ¡Pero así no se puede! Las tías vienen con el vicio, pero sin oficio.

Y sin añadir nada más a su profunda reflexión, se aleja unos pocos metros e inicia una conversación espontánea con dos chicas: una que está muy flaca y otra que… otra que está muy lejos de serlo.

Nota: no es políticamente correcto decir que está gorda.

Así que no lo diré.

Al rato, Ismael se deja ver por el pequeño trozo de arena que hemos hecho nuestro para preguntarle a su hermano Jorge si quiere liarse con la chica que está… con la chica menos flaca de las dos: no quiere. Me pregunta a mí: tampoco quiero. ¿Y Jaime? «Nones». En silencio, recarga su vaso de plástico con más elixir de la eterna embriaguez y vuelve a la carga, pero no tarda en volver con nosotros:

—Jorge, dame para el taxi. Me voy a mojar el churro con la gorda.

¡Mierda! Ismael ha dicho la palabra prohibida.

Pero ha sido él, no yo.

Yo te di mi palabra de que no mencionaría que está gorda.

Tras el ocaso, encienden una hoguera cuyas llamas, deseosas de imitar al Sol, se alzan a más de cinco metros de altura. Cientos de pequeñas hogueras dispersas la acompañan. Fuegos artificiales colorean el cielo nocturno. A Jorge y a mí nos da por saltar por encima de una pequeña fogata, con voltereta en el aire incluida. Se concentra bastante gente alrededor y son varios los que también se animan.

—¡Mira esas dos! —Señala emocionado.

Jorge ya está entonado y algo desinhibido por el alcohol.

—Me pido la alta —solicita.

—Jorge, no es por nada, pero la baja debe medir uno cincuenta y «la alta», cinco centímetros más; como mucho.

Una chica bastante ebria se cae de cara contra la arena: la caída resulta muy espectacular. Jaime y yo corremos a socorrerla: tiene arena hasta en los empastes, pero está bien: se ríe: mañana le dolerá.

—Te doy un nueve —bromeo—. El aterrizaje ha sido demasiado brusco, pero el estilo me ha parecido impecable.

Un tío se sube sobre una nevera portátil.

—Hola. Me llamo Pablo —dice en voz alta— y me he pasado la liga Pokémon. Las chicas que quieran conocerme, que llamen al número seis uno cinco, tres siete dos… —y recita su teléfono completo.

La magia de la noche veraniega, la playa y el fuego se apodera de nosotros. El niño que una vez fui está saltando de alegría. Me dice: «ahora sí, Javi: lo estás consiguiendo». Diviso una cara conocida: es una morena que lleva un tiempo en mi radar. Tonteamos; se nota a kilómetros que le gusto; es más, lo sé desde hace semanas; pero no logro sacar el arrojo necesario para cerrar el trato. El Javi de Burgos se burlaría de mí, pero por nada del mundo quiero que vuelva ese Javi; era infeliz siendo aquella persona a la que todo se la traía floja; ahora soy feliz; aunque desearía rescatar un pedacito de ese superpoder que me hacía casi indestructible. No veo a Jorge: supongo que se habrá ido. Jaime le está comiendo la oreja a una amiga de la chica que estoy trabajándome: está muy cómodo: le cuesta un mundo entrar a desconocidas, pero cuando alguien se las presenta, es un crack. Me hace gestos para que apriete el gatillo y yo me bloqueo pero insiste e insiste un poco más y por fin me lanzo y Jaime hace lo mismo. El niño que una vez fui aplaude y me dice: «así, sí».

El sol ya lleva un rato brillando en el cielo cuando llego a casa.

Neska me recibe como si llevara meses sin verme: como siempre.

Recuerdo que Jorge desapareció hace horas y me preocupo. Seguro que se ha marchado a casa; y es demasiado tarde para llamar; o demasiado temprano, según el día que tomes como referencia; pero llamo: está en su casa: me cuenta que, por alguna extraña razón, Ismael se tiró a la chica de antes en el cuarto de Jorge y después se fue al suyo, dejándola ahí durmiendo. Así que al llegar se la encontró metida en su cama, desnuda. Y ya que estaba, se la tiró también.

Los hermanos Naredo golpean dos veces.

Tras hacerme un enorme bocadillo de salchichas con queso y zampármelo de forma apresurada, me encierro en mi habitación, con una botella de agua bien fría. Cierro la ventana y las contraventanas y me deslizo dentro de la cama. Apenas tardo unos segundos en quedarme dormido.

Duermo.

Duermo.

Duermo.

—Despierta.

—¡Despierta!

Confuso, levanto mis párpados, no sin dificultad.

Unos grandes ojos me observan desde el fondo de la habitación.

—Tú —balbuceo.

—¿Me conoces? —Pregunta muy sorprendida.

—Te conocí hace casi un año.

—¿Cómo así? —Pregunta, aún más sorprendida.

—Nos vimos en otro sueño como este.

—Tú crees que esto solo es un sueño, pero es más que eso.

—Es lo que dijiste la otra vez.

—Porque es cierto.

Me mira fijamente, pero eso no me incomoda; al contrario.

—¿De qué hablamos la otra vez?

—Me dijiste que eras el amor de mi vida —contesto.

—¿Te lo conté?

—Hay algo que no entiendo —expongo.

—¿El qué?

—Dices que al despertar no me recuerdas, pero sabes quién soy.

—Eso es porque a veces me desdoblo y te visito. Entonces sé algunas cosas, como quién eres, pero solo lo sé mientras me desdoblo. Después me despierto y no recuerdo nada. No debo recordarlo.

—Hay otra cosa.

—¿Qué cosa?

—La otra vez no querías que te viese. Me dijiste que me habías visitado varias veces a escondidas. Solo que te descubrí y te seguí cuando huiste. Pero ahora, me has llamado tú. ¿Por qué?

Por primera vez, le cuesta encontrar las palabras.

—Supongo que lo necesitaba —responde, con la voz quebrada.

—¿Estás bien?

—No estoy en mi mejor momento. Quiero cruzarme contigo ya.

—¡Sí! ¡Hagámoslo ya! ¡Dime cómo!

—No podemos —afirma afligida—. Aún no es el momento.

Me levanto y me siento en el borde de la cama.

—Sé que no debería, pero estoy un poco celosa —reconoce.

—¿Celosa?

—Sé que estuviste con alguien anoche…

—¿Quieres que te espere? Solo pídemelo y lo haré. En serio.

—No puedo pedirte eso. Tienes que conocer a otras personas: es la única manera de que nos encontremos.

—Qué complicado es todo…

—Sí…

Nos miramos fijamente, pensativos.

—Odio saber que cuando despierte, voy a olvidar todo esto.

—¿No entiendo por qué yo puedo recordar todo y tú no?

—No recuerdas todo —explica—: mi cara no la recordarás. Pensarás que solo veías mis ojos, y así lo escribirás en tu novela, pero ¿acaso no estás viendo mi cara ahora mismo?

—Pero no me has dicho por qué yo te recordaré y tú a mí no.

—Porque debe ser así. Cuando nos encontremos, no será en las mejores circunstancias y todo estará en tus manos. Me recordarás, pero no sé si serás capaz de aceptarlo. Dependerá de ti.

—Me gustaría saber todas esas cosas que sabes tú: sería más fácil.

—En realidad no sé las cosas hasta que me las preguntas, y entonces hablo, sin saber de dónde proceden las palabras.

—Siéntate aquí, conmigo —le pido.

Siento el calor de su cuerpo.

Exactamente igual que si fuese real.

—¿Cuándo nos volveremos a ver?

—Cuando sea el momento —responde.

—Eso fue lo que dijiste la otra vez —me lamento.

Observo mis manos: hay un hilo rojo atado a mi dedo meñique.

Y las suyas: ocurre lo mismo.

Se supone que ese hilo nos une, pero está muy suelto y se pierde por debajo de la puerta.

Reposiciona su cuerpo para que nos volvamos a mirar de frente.

—Cuando nos encontremos, seré muy buena contigo.

—¿Conmigo? Deduzco que con otras personas no lo has sido. O quizá no lo estás siendo en este momento.

Duda unos instantes.

—Contigo será fácil ser buena. Tú sacarás esa parte de mí.

—¿No eres feliz?

—Yo no he dicho eso —responde, un poco molesta.

—¿Entonces? ¿Eres feliz?

—Sí… pero no me siento al cien por cien. Mi vida amorosa es un caos. Yo soy un caos —de nuevo se le quiebra la voz—. Te necesito.

La abrazo y vuelvo a sentir el calor de su cuerpo.

Tan real.

La miro a los ojos.

Acaricio su mejilla izquierda con mi mano derecha.

La beso.

Me devuelve el beso.

Percibo el calor de sus labios.

Tan real.

Siento vértigo.

Algo me arrastra hacia atrás.

¡No!

¡Todavía no!

Caigo sobre mi cama.

Despierto.

Tengo una fuerte erección: de las que duelen.

Y una extraña combinación de alegría y tristeza.

Me doy cuenta de algo.

La chica del sueño es «ella».

El ideal que persigo desde antes de tener pelo en los huevos.

No creo en estas cosas.

Pero deseo con todas mis fuerzas que sea algo más que un sueño.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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