21. La zona mágica.

Cuanto más se aproximaba la fecha de mi partida, más nervioso me ponía al pensar en que me disponía a viajar algunos cientos de kilómetros por carretera, hacia un lugar en el que nunca antes había estado, para reunirme con unas personas a las que nunca antes había visto. Sin embargo, mientras metía mi equipaje en el maletero, solo pensaba en cuánto me sorprendía lo tranquilo que me encontraba.

Entre mis manos: el volante con el que decido hacia dónde voy; bajo mis pies: los pedales con los que decido a qué velocidad avanzo o, incluso, si me detengo o retrocedo; frente a mí: la carretera desenrollándose como un pergamino: el asfalto es el papel y mi coche y yo somos la pluma que está escribiendo otra nueva historia. En el interior del coche, todo es estático, pero el mundo se mueve bajo sus ruedas. ¡Me encanta viajar! Sería maravilloso que existiera el teletransporte, pero se perdería la magia de ir desenvolviendo lentamente el regalo.

La felicidad se encuentra en el camino hacia la felicidad.

Una parada para comer apresuradamente un par de hamburguesas en un sitio de comida rápida; otra parada para disfrutar, con calma, un delicioso y enorme bocadillo de atún, aceitunas y pan con tomate untado y un chorrito de aceite de oliva virgen, todo ello preparado en casa, antes de salir; una breve parada en una gasolinera, para repostar, donde el trabajador que me atiende, me suelta un mitin político no solicitado y asegura que prefiere que le robe un rico, antes que un pobre; moteros por el camino: muchos moteros que se dirigen al mismo lugar que yo. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Adelante! El radio CD de mi coche y yo cantando «Carreteras sin señales», de Dikers.


«Carreteras sin señales.

Mil caras, mil ciudades.

Aventuras por vivir.

Paisajes que no tienen fin.

Destino ilimitado.

No hay sitio equivocado.

Todo el mundo ante ti.

No tengas miedo y salta.

Sal pisando a fondo.

No vivas sin sentir.»


Hace unos días, tuve esta reveladora conversación:

—¿Por qué no vamos a Santander, si te gusta más? —pregunté.

—Solares está más cerca de casa —contestó Juan Andrés.

Era sábado noche y estaba en Solares, con el susodicho y con Manuel, Nora, Octavio y otros conocidos de mi pueblo: Liérganes.

—¡Pero si aquí no te lo pasas bien! —Exclamé—. Siempre el mismo sitio, la misma gente, la misma rutina… siempre vamos a los tres mismos bares y a la misma hora, a hacer lo mismo. Mírate: llevas horas ahí parado, sin hacer otra cosa que bostezar y dejar pasar el tiempo, deseando que llegue la hora de irte a dormir. Y el resto de la noche harás exactamente lo mismo. ¿Es que no te das cuenta?

—Pero ir hasta Santander… ¡Qué pereza! Esto está más cerca.

—Solo son diez minutos más de camino —le recordé.

—¡Bah! Yo con mis pesas y tal, tengo suficiente. No necesito más.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Yo así soy feliz —afirmó.

—Pues tu cara y tus palabras expresan cosas opuestas —no dije.

—Me he pasado los últimos dos años prácticamente sin salir de casa; encerrado en una vida gris y sin hacer otra cosa que trabajar. Ahora necesito hacer lo que no he hecho en estos años —sí dije.

—Lo tuyo no es un trabajo. ¡Si trabajas en casa y sentado!

—Es muy estresante. Y lo más importante: consume mi tiempo.

—La vida consiste en trabajar —respondió.

—Tampoco quiero acabar tirando ocho horas diarias, o más, en un trabajo que odio, comiendo y durmiendo cuando me dicen y dedicando las mejores horas del día a hacer lo que alguien me ordene.

—Pues es lo que hay —sentenció, visiblemente molesto.

—¿Y la gente que vive de lo que le gusta? Escritores, deportistas de élite, actores, directores de cine, cantantes, científicos…

—Tienen un don —interrumpió, furioso—. Tú no lo tienes.

—Yo creo que detrás de la mayoría de las personas que lograron cosas alucinantes —continué—, hay mucho esfuerzo, no un don con el que nacieron. Creo que si uno se vuelca en algo y sigue y sigue, a pesar de todos los obstáculos con los que se tope y todos los fracasos que sufra, tiene muchas posibilidades de conseguirlo. Las habilidades se pueden aprender. Por ejemplo, un tímido se puede llegar a convertir en una persona extrovertida, si se enfrenta a sus miedos.

—¡No se puede cambiar! ¡Uno es como es! ¡Y punto! —Zanjó.

Y pasamos a una charla intrascendente, pero cómoda para él.

Aquella noche me prometí no volver a conformarme nunca más.

Los mismos lugares de siempre, la misma gente de siempre, lo mismo de siempre. Si una noche no deja una historia que contar, es que no ha merecido la pena. Tan solo quedó una anécdota divertida, que salvó un poco el día: tras ir a los tres lugares a los que, por decreto ley, van siempre, fuimos a una gasolinera que abre las veinticuatro horas del día, para comprar algo con lo que saciar el hambre. Y allí nos encontramos con siete conocidos que ya estaban en ello. Siempre le dan mucho a la maría y al chocolate y aquella noche iban de porros hasta el culo. La situación era surrealista: uno tenía un ataque de risa; otro devoraba donuts compulsivamente; otro se tiraba al suelo y hacía como que se follaba la acera y, cuando se cansaba, se quedaba inmóvil en posición fetal; y en medio de toda esta locura de ojos entrecerrados y risa fácil, se produjo una delirante y perezosa conversación, sin ningún tipo de coherencia u objetivo, la cual era interrumpida una y otra vez por otro de ellos, que se acercaba cada medio minuto y preguntaba: «¿estáis hablando de tetas grandes?».

Insuficiente. Porque, salvo esa inesperada tontería del final, el resto fue igual que cualquier otra de sus noches de fiesta. En horario laboral, se sumergen de cabeza en la cotidianidad, porque «es lo que hay», y en sus horas «libres» rompen su rutina… con más rutina. Es una constante escucharles quejándose de sus monótonas existencias, pero no mueven un dedo por cambiarlas. Se conforman con expresar su queja y escuchar a otra persona dándoles la razón de forma condescendiente: «es injusto, tío». Se creen con derecho a tener una vida por la que no quieren trabajar. Y así van soportando el paso y el peso del tiempo; sintiéndose víctimas del mundo y esperando que «algo» suceda: «el universo se lo debe». El arte de engañarse a uno mismo parece ser una de las claves para encontrar la felicidad y a mí no se me da nada bien. Por eso estoy buscando la forma de ser feliz, a pesar de todo lo que ya no puedo evitar saber. Yo soy la nota disonante en la aburrida canción que nos enseñan desde que nacemos. Me siento un bicho raro; llevo toda la vida tratando de encajar; de ponerme la misma máscara que se ponen los demás y ser un actor más en esta absurda tragicomedia; pero, ¿por qué encajar?; ¿por qué no destacar? Ya no quiero más noches de bostezos y conversaciones de relleno. Quiero noches mágicas; quiero noches de locura; quiero noches de lágrimas: de felicidad o de tristeza o de tanto reír. ¡Quiero más momentos épicos! De esos que hacen que se te erice el vello.

Por eso, cuando me surgió esta oportunidad, no me lo pensé.

La empresa está empezando a dar sus frutos: desde que comenzamos, la facturación ha ido en aumento año tras año. Y como resultado de esto, los proveedores y los fabricantes con los que trabajamos, nos invitan con frecuencia a todo tipo de eventos. En este caso: a una carrera del mundial de motociclismo. Y quizá te parezca tonto, pero la idea de viajar solo, a un lugar desconocido situado a varias horas de distancia, para encontrarme con un grupo de personas desconocidas, me hace sentir muy incómodo. Lo más normal en mí habría sido declinar la invitación, alegando cualquier excusa ridícula, pero esta vez no; esta vez dije «sí». Siempre se dice que hay que aprender a decir «no»; y estoy de acuerdo: eso de hacer cosas, solamente por contentar a los demás, no es nada sano; pero también hay que aprender a decir «sí»: decir «sí» a las cosas que deseas hacer, aunque te den miedo: miedo a que no salgan como planeas, miedo a fracasar, miedo a defraudar a los demás… todo eso es basura que nos ancla a nuestro cómodo sofá. Si nos dejáramos guiar siempre por el miedo a lo desconocido, el ser humano continuaría en la edad de piedra. La mayoría de la gente sigue el camino preestablecido y hace lo imposible para que todos lo hagan, pero esos pocos valientes que se atreven a buscar nuevas vías, son los que cambian el mundo. Y yo quizá no cambie el mundo, pero puedo cambiar mi mundo; y a eso es a lo que aspiro. Además, quién sabe: tal vez logre inspirar a otras personas y cambiar algunos mundos más.

Nada más llegar al hotel que he reservado para hoy, a las afueras de Valencia, me hago un par de sándwiches de tres pisos cada uno, me doy una relajante ducha caliente y salgo pitando hacia Cheste: el pueblo donde se celebrará la carrera pasado mañana. He de reunirme con el resto, mañana al medio día, pero esta noche la tengo libre y no quiero pasarla encerrado en una fría habitación de hotel. Una punzada eléctrica en el estómago, me recuerda que, una vez más, estoy saliendo a territorio inexplorado. ¡Adoro esa sensación! Para otros, lo que hay más allá de lo que conocen es zona de peligro; para mí: la zona mágica. La carretera está flanqueada por montones de prostíbulos que colorean el negro nocturno con sus llamativas luces. Me resulta bastante sorprendente la cantidad de puticlubs que hay por aquí. Al fondo se divisa un globo aerostático y, a medida que me acerco, aumenta el volumen de la música y del murmullo de la gente. Y por encima de todo, el ruido atronador de miles de motos.

Un pueblo de unos siete mil habitantes.

Unas doscientas mil motos, muchas de ellas haciendo ruido.

Una moto sale de la nada a toda velocidad y cruza la carretera sin mirar, pasando apenas a unos centímetros del frontal de mi coche. ¡Gilipollas! Menos mal que yo iba extremadamente despacio. Y para colmo, un tipo con cara de pocos amigos me increpa que casi atropello al motorista descerebrado; como si fuera culpa mía. Aunque me arde la sangre, contengo mi furia al notar el peso de cientos de pares de ojos que ya me han juzgado y condenado. El mundo pertenece a los idiotas. Y, o eres uno de ellos, o te callas y disimulas.

A punto de tirar la toalla y tomar el camino de vuelta, un policía señala un descampado lleno de barro y me indica que ahí quizá quede algún hueco libre para aparcar. Perdóname, León, por abandonarte en el culo del mundo: solo serán unas horas.

Camino.

Camino.

Camino.

Subo una larga cuesta en la que no hay ni una sola luz, ni una sola persona, animal o cosa, salvo algunos edificios en construcción. Camino y camino hasta que llego a un sitio donde hay gente arremolinada. Me uno a ellos para ver lo que sea que ellos están viendo: en una pequeña recta, algunos moteros improvisan caballitos, ceros, derrapes y todo tipo de piruetas, buscando ser el centro de atención. Hoy los moteros se han convertido en ídolos paganos.

Prosigo mi caminata hasta llegar a la zona que han habilitado para las ferias y los conciertos. Ni rastro del globo aerostático que vi desde lejos, cuando me aproximaba a Cheste, pero me impresiona un tirachinas gigante en el que, básicamente, tú eres la piedra a lanzar. Me pensaría el subirme, seguro que lo haría, pero la cola llega hasta Pekín. Los conciertos ya han terminado y ahora reproducen música grabada. Por todos lados te tropiezas con motos revolucionadas, petardeando, humeando, quemando rueda… Me gustaría acercarme a algún grupo de gente que se vea divertido y decir «hola» o cualquier otra cosa, o entrarle a alguna chica, pero no reúno el valor suficiente. Y me jode: no tanto el hecho de no hacerlo, sino permitir que el miedo gane la partida.

Otra caminata de regreso hasta mi coche, con algunas paradas aquí y allá, para ver carreras ilegales y cualquier cosa que pueda parecer interesante, y emprendo la vuelta al hotel.

Llego a las cinco y pico de la madrugada y me pongo cómodo; de hecho, me desnudo. Veo la televisión mientras como algo, ya la sexta comida del día. Haciendo zapping entre cientos de canales extraños, doy con una película que está mostrando la típica escena de dos grupos de traficantes haciendo un intercambio en una fábrica abandonada. Los compradores no han traído la cantidad de pasta acordada y la tensión se mantiene durante unos minutos, hasta que estos ofrecen compensar a los vendedores con una orgía. ¡Un momento! ¿Qué? Salen un montón de tías buenas de unos coches y se despelotan; del todo; del todo, todo. Una de ellas le baja la bragueta al cabreado líder de los vendedores, se la saca y se la mete en la boca. Pero de verdad; sin actuar: la escena es de sexo explícito. Y entonces, ante mi asombro, se inicia una gran orgía donde todos follan de verdad. ¡Una película porno con argumento! La veo durante un rato, mientras me amo a mí mismo, y, sobre las seis de la madrugada, me convenzo de que ya va siendo hora de dormir.

Duermo.

Duermo.

Duermo.

La alarma de mi móvil me despierta: las 10:30 de la mañana.

Tengo el desayuno incluido y sirven hasta las 11:00.

Pero me cuesta mover el culo de la cama.

Remoloneo.

Remoloneo.

Remoloneo.

¡Joder! ¡Las 10:55!

Me lavo la cara, me visto corriendo, cojo mis cosas y bajo.

Son las 11:05: no me quieren dar de desayunar. ¡Mierda!

Me como otro puto sándwich cutre preparado con lo que me queda de comida y emprendo el vuelo hacia el punto de encuentro: nada más y nada menos que un hotel de cinco estrellas, donde dormiremos esta noche, a gastos pagados. Aparco en las cercanías y observo el imponente y lujoso hotel, que alcanza una altura superior a los cien metros. Junto a la puerta principal, un reluciente Porsche Carrera 4S. Una preciosa recepcionista, al fondo del súper pantagruélico hall, me invita con la mirada a acercarme.

—Buenos días —sonrisa de cortesía—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Podrías venir conmigo a una habitación y no parar hasta que rompamos la cama —pienso y callo.

Me registro en el hotel y subo a dejar mis cosas.

«Bienvenido, señor Vitalio», me saluda un mensaje en letras blancas sobre fondo azul, en la tele de la habitación que me han asignado en la planta dieciocho. Hay toda clase de comodidades y lujos. Parece más una mini mansión, que una habitación de hotel. Y los lujos no se acaban ahí. Me reúno con los otros cinco empresarios invitados al evento, con la encargada de atendernos y con el chófer que nos hará los traslados y, tras las pertinentes presentaciones, vamos a Cheste, al Circuito Ricardo Tormo, a ver los entrenamientos libres y las rondas de calificación. Y no creas que entramos por el mismo lugar que los demás. Con nuestro pase VIP, no solo tenemos reservados unos asientos en la mejor zona del circuito, sino que nos da acceso a un patio en el que disponemos de barra libre de comida y bebida, así como discotecas privadas, reservadas para millonetis, y otras innecesarias, pero no por ello despreciadas, comodidades. Vemos las motos, comemos hasta reventar, nos tomamos unas cervezas y unas caipiriñas en unos mullidos sofás y de vuelta al hotel. Un esclavo acude a la carrera a abrirnos la puerta del vehículo, un Chrysler de ocho plazas, antes de que a alguno de nosotros se nos ocurra tomarnos la molestia. Me siento un poco incómodo ante tanta comodidad. Voy a por mi coche y lo meto en el aparcamiento subterráneo del hotel, rechazando la propuesta de otro esclavo de hacerlo por mí: no me gusta que nadie toque mi coche.

Tenemos tres horas libres. Después nos llevarán a cenar.

Lo normal sería pasarlas durmiendo, para recargar pilas; ayer no dormí casi nada; pero simplemente no puedo. Probablemente nunca más volveré a pisar un hotel así. Debo aprovechar esto de otro modo mejor que durmiendo: debo explorar.

Subo a la última planta, para ver Valencia desde arriba. Hay una terraza a la que se prohíbe el acceso. Me intento colar, pero está cerrada; me tengo que conformar con presenciar el atardecer anaranjado a través de un cristal. De vuelta al piso décimo octavo, camino hacia mi habitación. La puerta de en frente está entreabierta, permitiéndome ver una mesa abarrotada de botellas: han debido de correrse una buena juerga. De otra puerta sale un hombre septuagenario, acompañado por una hermosa veinteañera, ambos vestidos únicamente con un albornoz y riendo sin parar. La chica se gira, me dedica una mirada pícara y me guiña un ojo, momentos antes de desaparecer tras la puerta del ascensor. Entro a mi habitación. Solo.

Me quito la ropa.

La aterciopelada moqueta acaricia con dulzura mis pies.

Enciendo la TV y me recuesto sobre la cama, que tiene el tamaño suficiente como para que duerman cuatro personas. Me hago la paja más glamurosa de mi vida y descanso treinta minutos.

Queda un cuarto de hora para que nos recojan.

Voy al baño a asearme. Según entras, te encuentras con un lavabo, con un espejo rodeado de bombillas y con tres puertas de vidrio: una da a un retrete, otra a una ducha y la restante a una bañera. Y cada uno de esos compartimentos dispone de un teléfono anclado a la pared, por si te apetece charlar con alguien mientras te duchas o haces de vientre. Me visto con mis mejores galas: traje negro y camisa blanca, sin corbata. Es ropa barata, pero me miro en el lujoso espejo, del lujoso baño, de mi lujosa habitación y doy el pego.

—Bond, James Bond —le digo a mi reflejo, y me echo a reír.

Ya es de noche.

Me acerco a un ventanal, que abarca desde el suelo hasta el techo.

Observo el demencial movimiento nocturno de la gran ciudad: todos parecen tener mucha prisa por llegar a donde sea que vayan.

—¡VUESTRA VIDA ES UNA MENTIRA! —grito, aunque sé que nadie puede oírme.

Desde el piso dieciocho, todo es de juguete: las palmeras son mini piñas; las farolas, luciérnagas; los coches y las personas, hormigas que caminan de forma organizada, cada una con su función asignada, para contribuir al hormiguero. Todo el mundo debería verse a sí mismo desde aquí arriba: se darían cuenta de que la mayoría de sus preocupaciones son tan pequeñas como la diminuta hormiga que camina en formación para cumplir con su tarea.

El adjetivo que mejor define nuestra velada en el restaurante es «excesivo». Dos camareros asignados en exclusiva para nuestra mesa, nos observan con extrema atención. No permiten que ninguna copa de vino se vacíe y, en cuanto terminamos un plato, ya están trayendo el siguiente. En total diez o quince platos distintos por cabeza. Un chupito de orujo de hierbas después, saltamos a un pub con estilo retro, a reventar de gente, y de ahí a otro, también muy lleno. Entre las copas que tomé en el circuito, el carísimo vino de la cena y los cubatas de ahora, ya voy un poco entonado. Dos de los presentes y yo nos embarcamos en un taxi hasta una discoteca a las afueras de la ciudad; nuestro chófer se lleva al resto al hotel.

No voy a dormir casi nada, pero nunca me quiero ir a casa. Podría ocurrir algo interesante en cualquier momento y no me lo quiero perder. ¿Quién tiene tiempo para dormir con tanto por hacer?

Al entrar veo, pegado a la barra, a un travesti muy alto, gritando con voz de camionero que a quién se la tiene que chupar para ser atendido. En la pista todos actúan como si el fin del mundo fuese inminente y quisieran que el apocalipsis les pille bailando. Un gordo bañado en sudor, se quita la camiseta y la gira en el aire, salpicando en todas direcciones. Un tío le increpa: «eres deleznable»; y el gordo le dice a su amigo: «joder, yonkis cultos». Y estos solo son algunos ejemplos de lo que está sucediendo. Todo me parece loco y divertido, pero mis compañeros de fatigas de esta noche se aburren. Uno de ellos tiene treinta y pico años; el otro debe de rondar los cincuenta y se le nota muy fuera de su hábitat natural.

—Me tengo que ir a Barcelona —dice.

Vive en Barcelona, a más de trescientos kilómetros de aquí.

—¿Y la carrera de mañana? —pregunta el treintañero.

—Tengo mujer e hijos y me esperan —responde—. Vámonos al hotel y mañana a primera hora salgo para casa.

—Vámonos a descansar —sugiero—. Pero mañana ven a la carrera y después te vas tranquilamente.

—Tengo mujer e hijos. Tengo mujer e hijos. Tengo mujer e hijos.

—Ya…

—Me esperan en casa. Me esperan en casa. Me esperan en casa.

Da la sensación de que ha perdido la cabeza. No sé si es cosa del alcohol o si es que tiene un problema que resolver. Pero la situación resulta tan absurda como cómica, así que decidimos dejarlo ahí.

El taxi nos deja en la puerta del hotel.

Me desnudo y me lanzo sobre la descomunal y cómoda cama.

Duermo.

Duerm…

Suena la alarma de mi móvil.

Somnum interruptus.

He dormido dos horas, pero para mí ha sido como cerrar los ojos diez segundos y volver a abrirlos.

Aún estoy borracho.

Aún estoy soñoliento.

Estoy terriblemente agotado.

Hecho una mierda.

Me tiro de la cama.

Recojo mis cosas y le echo un último vistazo a la habitación.

Podría acostumbrarme a esto.

Traslado al circuito.

Desayuno en el circuito.

El desayuno mata la borrachera y la resaca.

El sueño permanece.

Implacable.

Ni rastro del paranoico de cincuenta años de ayer.

Pasó de la carrera y se fue a casa.

Tiene mujer e hijos.

Le esperan.

Unos minutos tirados en unos sofás, muriendo.

Visita guiada a los boxes, muriendo.

Emocionante carrera de motos de 125cc, muriendo.

Predecible carrera de motos de 225cc, durmiendo.

Visita guiada por el paddock, muriendo.

Comemos como cerdos en el restaurante de la zona VIP.

Predecible carrera de motos de 500cc, primera mitad muriendo y contando las vueltas que quedan, segunda mitad durmiendo.

Fuegos artificiales, muriendo.

Café y pastelitos, muriendo.

Trayecto hasta el hotel, durmiendo.

Me quiero morir.

Saco el coche del aparcamiento subterráneo, lo aparco fuera y entro en el hotel. Un esclavo se apresura a abrirme la puerta y me saluda con una sonrisa, mientras me enseña su mano abierta.

—¿Propina? —pregunta sin cortarse un pelo.

Le ignoro y prosigo mi camino hacia los baños de la planta baja.

—Solo es un muerto de hambre —le comenta a otro esclavo.

Ambos ríen, cómplices.

Al salir del baño, se me acerca el esclavo de antes y, con el mismo gesto, pero con más descaro en la voz, vuelve a repetir:

—Propina —esta vez sin signos de interrogación.

Agarro un sobre de azúcar de una mesa cercana y se lo entrego.

—Toma, carazapato. Para el café.

—¡MUERTO DE HAMBRE! ¡VETE A UNA PENSIÓN! —grita.

No necesito responderle. Sigo mi camino con una sonrisa, mientras su jefe, que le ha escuchado gritar, le despide en el acto.

Viajo, sosteniendo mi existencia a duras penas. Cerca de Madrid comienza a acosarme Morfeo. Aunque podría bordearla, me meto en la capital y pierdo media hora circulando sin rumbo fijo, con la ventanilla abierta, escuchando el murmullo de la gran ciudad: eso logra espabilarme. Pero en cuanto me interno en la oscura y monótona autopista, los párpados vuelven a pesar toneladas. Aun así, no sé ni cómo, consigo llegar hasta Burgos y repito la jugada: pierdo algo de tiempo metiéndome en la ciudad, en lugar de esquivarla, para ver si así ahuyento al sueño. Pero esta vez no funciona y, a los diez minutos de abandonar Burgos, el sueño me golpea con más virulencia de la que puedo soportar y ya me resulta imposible mantenerme despierto. Aparco en un pueblecito de paso y duermo treinta minutos; solo treinta: es muy tarde y me muero de ganas de llegar a casa y meterme en mi cama. Me abofeteo la cara y prosigo el viaje.

Aguanto.

Aguanto.

Aguanto.

Aguanto.

Aguant…

¡JODER!

Pego un volantazo y vuelvo a meter el coche entre las dos líneas blancas. Tardo unos segundos en dominarlo. Mi corazón latiendo con tanta fuerza, que duele; sudor frío y, al mismo tiempo, mucho calor por todo el cuerpo; las manos temblorosas. No puedo creer lo cerca que he estado de hacerme pedazos contra la mediana de hormigón. ¡Soy un idiota! Pero el suceso me impacta tanto, que me mantiene despierto durante los pocos kilómetros que restan hasta casa.

Hogar, dulce hogar.

Me sobreviene una felicidad inmediata al volver a mi cama; a mi casa; a mi mundo: donde casi nada malo puede pasar; pero esta felicidad solo es posible gracias a que he salido ahí fuera: donde cualquier cosa, buena o mala, puede pasar; porque si me quedo siempre en casa, esa seguridad acaba aplastándome; porque la incertidumbre me da Vida y me hace más libre; porque cada vez que salgo a la zona mágica, conquisto otro trozo de mundo y lo incorporo al mío; porque mi «yo», esa persona que se supone que somos, está limitado por las habilidades que deseo tener y aún no he aprendido y por los miedos irracionales con los que cargo; así que, con cada miedo irracional que elimino, soy un poco más libre; un poco más «yo».

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

Ojalá estés disfrutando de la lectura, tanto como yo disfruté escribiendo esta locura para ti. Si te está gustando mi novela y te apetece leer la historia completa, con sus preliminares y su orgasmo final, puedes hacerte con un ejemplar aquí. Un esclavo se encargará de entregarte mi libro en la dirección que me indiques.

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