20. El meteorito.

Eran noches mágicas.

Eran noches de cielos tapizados con millones de estrellas.

Eran noches de estrellas fugaces que se perdían en el horizonte.

Noches de posibilidades infinitas y de auténtica amistad.

Cada vez que caía el Sol, César y yo nos sentábamos en un banco de piedra de la vieja estación de ferrocarril de Mataporquera. Mataporquera es un pueblecito cántabro en el que pasé los primeros diez años de mi existencia; y César era mi mejor amigo por aquel entonces. La estación era muy grande, pero sin duda había visto tiempos mejores: al igual que sucedía con el pueblo, se encontraba en franca decadencia, lo cual le otorgaba cierto halo de romanticismo.

Ambos estábamos enamorados de la misma compañera de clase: Malina. Sin embargo, nunca tuvimos ni un solo problema por ello. Pensábamos que la rivalidad entre amigos carece de sentido: lógico, ¿no crees? Nos gustaba inventar historias en las que quien la contaba era el héroe que consigue a la chica, tras salvarla de algún peligro.

Acabábamos de improvisar una historia cada uno.

Era una noche hermosa.

Todas lo eran en esa época.

Ante la ausencia de contaminación lumínica, la bóveda celeste se mostraba en todo su esplendor. Y es que, rodeado de oscuridad, puedes brillar con mayor intensidad.

Oteábamos el firmamento en busca de alguna estrella fugaz, deseando que la atmósfera no llegara a desintegrarla del todo y que alcanzase tierra. Fantaseábamos con la idea de encontrar un pedazo de otro mundo muy lejano; poder sostener en la mano una roca procedente de algún lugar distante del cosmos en el que ningún ser humano haya estado jamás; quizás ese meteorito nos desvelaría algún secreto celosamente guardado por el Universo o tal vez, incluso, nos proporcionaría superpoderes. La palabra «imposible» no formaba parte de nuestro vocabulario. Éramos pequeños, pero nuestra imaginación y nuestros sueños eran gigantes.

Entonces, una estrella fugaz muy luminosa surcó el cielo. ¿Y si había tocado tierra? Bajamos a la zona de las vías en busca de una piedra cuyo aspecto fuese diferente a las demás. Y la encontré: una extraña piedra porosa, de color negro: tenía que ser el meteorito.

¡Teníamos un meteorito!

Bueno, eso era lo que creíamos. Es muy fácil caer en la tentación de creer en algo, solo porque deseas que sea cierto; y nosotros deseábamos que esa piedra hubiese caído del cielo. ¡Un meteorito!

Eran tiempos felices.

Ya lo creo que sí.

Madurar está sobrevalorado.

Al menos, lo que la sociedad entiende por madurar.

Por esa razón, ahora me encuentro inmerso en pleno proceso de «desmaduración». Aunque aún cargo con demasiados miedos irracionales; de esos que evitan que saque a relucir mi yo más auténtico. Pero cada vez que venzo un estúpido miedo, cada vez que me libro de un temor inservible, me siento más ligero y puedo volar más alto. Lo cierto es que aún no tengo ni puta idea de qué es lo que quiero, salvo salir en busca de cosas que me hagan sentir Vivo y escribir sobre ello: eso es suficiente por ahora. El hecho de levantarme de la cama cada día, sin saber qué es lo que me espera, ya es un logro enorme para mí; el hecho de tener ganas de levantarme, aunque solo sea por la curiosidad y la emoción que despierta en mí esta incertidumbre, a la que tanto parecen temer los demás, ha supuesto una revolución en mi mundo. Porque, en esencia, sigo siendo la misma persona, solo que ahora tengo el depósito lleno hasta arriba de ganas de Vivir. Ya no me conformo con vivir una vida mediocre; quiero Vivir una Vida épica. Esto es lo que hace que, aunque siga siendo la misma persona, al mismo tiempo sea otra persona totalmente distinta a la que era. Ya no quiero dejarme llevar por la corriente mientras cierro la boca, tratando de tragar la menor cantidad de mierda posible, sino que quiero gritar y correr; no importa hacia dónde; la clave está en el movimiento: sin movimiento no hay Vida.

Ya ha pasado un mes y medio desde que estuve con Laura y desde que tuve aquel sueño con la chica misteriosa; un mes y medio desde que cambié de actitud y comencé mi reconstrucción.

Cada día es un regalo por abrir.

La frase de la chica de mi sueño ha quedado tatuada en mi mente y, durante las últimas seis semanas, me he dedicado a aplicarla. La vida es como un libro y cada día, una página por escribir. No podemos saber cuántas páginas tendrá ni qué se escribirá en ellas, pero de nosotros depende que este acabe contando una historia sublime o un tostón infumable.

Por eso, no me pierdo una.

Temo que, si no aprovecho cada posibilidad que se me presente, podría perderme algo grande. Cada fin de semana se ha convertido en una especie de celebración. No es el cumpleaños de nadie; no es el aniversario de ningún hecho histórico; no he tenido ningún éxito reciente; no hay una razón especial por la que se suponga que debo estar contento; tan solo celebro que estoy Vivo: y no se me ocurre un motivo mejor: es un canto a la Vida; una manera de decir «gracias». No esperes que te sucedan cosas interesantes si te pasas el día tirado en tu cómodo sofá, rascándote las pelotas o el coño. Debes salir ahí fuera: donde hace frío, donde hace calor, donde hay peligro e incertidumbre y miedo, donde hay belleza y poesía y magia. Sé diferente para que tu vida sea diferente, no a la inversa.

Las últimas seis semanas han sido frenéticas.

El mismo domingo que supuso mi día cero, tras mi noche con Laura y tras comenzar a escribir mi primera novela y tras tener aquel sueño tan realista, me levanté de la cama dando un triple salto mortal, comí algo y me fui a Solares: el pueblo cercano a mi casa donde, bajo mi punto de vista, la fiesta no vale gran cosa, pero donde no me resulta complicado encontrarme con gente conocida.

El plan: no hacer planes.

Acabé sentado en la terraza de un bar, con personas conocidas, a algunas de las cuales llevaba años sin ver, tomando unas birras bien frías bajo el sol abrasador de la tarde. Allí me encontré con Jorge e Ismael: los hermanos Naredo. Ambos son viejos amigos a los que no veía desde mi adolescencia. Aquel encuentro me llevó a la fiesta de inauguración que celebraron el viernes siguiente en su piso recién comprado en Santander, lo cual me llevó a su vez, al día siguiente, a convencerles de ir de fiesta por la ciudad de Torrelavega. Fueron dos findes que reforzaron el vínculo que teníamos desde hace años, lo cual nos llevó a su vez a quedar a menudo, pues funcionaba. A partir de ahí, se sucedieron las juergas: uno tras otro, cada fin de semana he salido a buscar algo: lo que sea: pero algo.

Mi círculo de amigos se está ampliando; y con él, las alternativas. Sin embargo, hoy no tengo plan. Los hermanos Naredo me han dejado colgado en el último momento: algo que me jode mucho.

Pero tengo una idea.

Es una gilipollez: por eso me gusta.

Telefoneo a mi amigo Marcos.

—¡Hombre! ¡Qué es de tu vida! —responde desde el otro lado.

—¿Vas a salir hoy?

—No sé… ¿Por qué lo preguntas? ¿Estás en Burgos?

Marcos fue uno de mis compañeros de clase en la universidad y el mejor amigo que tengo por tierras burgalesas.

—No —contesto—. Pero si sales, cojo el coche ahora mismo.

—¡Pero hay dos horas de camino!

—Lo sé.

—¡Y son ya casi las once de la noche!

—Gracias por la información, señor reloj.

—Macho, estás como una puta cabra.

—También lo sé. Ja, ja, ja.

—¡Va, vente! Avisaré a esta gente de que vienes.

Me subo al León y me lanzo hacia la aventura.

Voy pisándole mucho; saltándome los límites de velocidad.

Llevo una hora y pico conduciendo. Aunque tengo mucha prisa, necesito mear; ya no aguanto más. Detengo el coche a un lado de la carretera y descargo en medio de la quietud de la noche.

¡Qué alivio! Me he quedado como nuevo.

Levanto la cabeza.

Me quedo absorto.

Olvido la prisa que tengo.

Y el frío que hace.

Y el destino de mi viaje improvisado.

Vuelvo a ser un niño.

Un glorioso cielo repleto de estrellas me devuelve a esas noches mágicas en la vieja estación de tren de Mataporquera. No hay núcleos urbanos cerca, ni farolas, ni ningún tipo de luz artificial que perturbe con sus tentáculos la pureza de su negrura. Tampoco hay nubes que se interpongan. Con cuidado de no abollarlo, me subo al capó de mi coche y me tumbo, usando el parabrisas como respaldo. Mis ojos se están adaptando a la oscuridad y, cada minuto que pasa, parecen multiplicarse las lucecitas blancas que hay incrustadas aquí y allá sobre el lienzo del Universo. La auténtica poesía está en la Vida, no en los libros. Solo hay que saber mirar. A veces es el bosque el que no nos deja ver los árboles. La belleza se encuentra en los detalles. Desde que renací, siempre estoy corriendo frenéticamente de un lado a otro, con ganas de todo al mismo tiempo, pero en ocasiones merece la pena hacer una pausa para saborear el momento.

¡Me siento de puta madre!

No existe ni el antes, ni el después, ni hay nada más allá de hasta donde mi vista alcanza. Existe el momento y un sentimiento de plenitud y de que el mundo va mucho más allá de lo que nos enseñan. Me gustaría describir la sensación que tengo pero probablemente no conseguiría que tú también la sientas. Inefable es la palabra. Para sentir lo mismo que estoy sintiendo yo en este instante, tendrías que atravesar la página y tumbarte a mi lado a contar estrellas. Así tal vez, y solo tal vez, conseguiría transmitirte mis emociones con una mirada desnuda. Pero ni tú puedes cruzar a mi mundo, ni yo al tuyo.

Vuelvo a meterme de un salto en el León y sigo, a toda velocidad, por las carreteras solitarias y oscuras y salvajes de la meseta central.

La radio del coche reproduce «champagne supernova», de Oasis.

¡Genial! ¡Me encanta esta canción!

A estos momentos, como el de ahora, los llamo «momentos mágicos». Y con ellos ocurre como con el amor: la única forma de saber qué es estar enamorado, es estarlo. De hecho, experimentar un momento mágico consiste justo en eso: en enamorarte de la Vida.

¡¡¡Soy libre!!!

¡¡¡Soy libre!!!

¡¡¡Soy libre!!!

Llego a Burgos mucho antes de las dos horas que se suele tardar.

Aparco y llamo a Marcos, quien me informa de dónde se encuentran: frente al hospital, en la cima de una pequeña colina ajardinada: han comprado bebida y están haciendo botellón allí.

—¡El mismísimo Javier Vitalio en persona! —Exclama uno de ellos, al tiempo que estrecha mi mano—. ¡Qué grande eres!

—¡Ese Vilo! —Saluda Marcos—. Avisé a la gente de que venías y mira todos los que se han presentado. ¡No te quejarás!

Todos me saludan efusivamente. Me hacen sentir como en casa. Son nueve: ocho tíos y una tía; diez, contándome a mí. Pasamos el rato bebiendo cerveza y ron con cola entre risas y conversaciones de todo tipo que, como siempre, van degenerando conforme pasa el tiempo y se vacían las botellas. Uno de mis amigos más locos relata, sin venir a cuento, que en una ocasión en la que estuvo en la casa de un colega suyo, le dio por curiosear en su ordenador y descubrió que este se estaba descargando unas quince películas de zoofilia.

—A ver: que cada uno diga qué es lo más raro que ha visto en una porno —propone, tras contar su anécdota.

—Una tía montándoselo con un caballo —indica alguien.

—Yo una vez me bajé una peli —explico—, pero algún cabrón le había cambiado el nombre al archivo. Y, en vez de la película que me quería bajar, resultó ser una porno. Y…

—Ya, ya, ya… —interrumpe Marcos—. Tú nunca te bajas pelis porno, ¿no? —ironiza.

—¡Claro que me las bajo! Como todo el mundo. Pero en este caso, quería descargarme una película «normal». Y lo que encontré en ese vídeo me dejó traumatizado: era una tía comiéndole la polla a un tío disfrazado de E.T., el extraterrestre. Se me quedó grabada la puta cara de E.T., con los ojos muy abiertos, como asombrado, mientras una tía se la chupaba. Durante semanas, me volvía a la mente esa imagen y comenzaba a reírme sin control, en medio de las situaciones más inoportunas, como atendiendo a un cliente de la bocatería.

—Pues yo he visto una peli en la que un tío le comía la polla a un delfín —suelta, como si nada, el mismo que inició el tema.

Todos rompemos en carcajadas y dejamos de hablar de ello: está claro que nadie va a poder superar eso.

Uno de los presentes le ofrece a otro su botella:

—¡No bebes nada! O bebes o te doy una hostia —bromea.

Tras recibir una negativa por respuesta, sale corriendo tras él y le hace un placaje. Los dos caen en la hierba.

Alguien grita: «BOLLO».

Todos salimos disparados y saltamos sobre ellos.

Aunque aún nos queda bebida, decidimos continuar la fiesta en otra parte. Miro al cielo: la luz artificial ha apagado casi todas las estrellas, pero yo sé que están ahí. Algunos no han cenado y les apetece comer un kebab, de modo que hacemos una parada en un sitio donde los venden. Nos quedan dos botellas de ron con cola y entramos con ellas: el local está vacío y los dueños pasan de todo. Uno de los presentes tiene un llavero con mando a distancia, que no duda en usar con la tele que hay sobre nuestras cabezas. Pone un canal donde emiten una película erótica y sube el volumen a tope. Los dueños se limitan a bajarlo: siguen pasando de todo.

Terminada la comida y la bebida, nuestros pasos nos llevan hasta Las Llanas: la principal zona de fiesta de Burgos; con la espectacular catedral de fondo. Uno del grupo se arranca a cantar y arrastra a los demás, que terminamos cantando con él y dando palmas y bailando como peonzas y siendo estúpidos: ¿acaso no se trata de eso?

Por turnos, de uno en uno, nos dejamos caer hacia atrás, confiando en ser cogidos por el resto del grupo, antes de caer al suelo: puede parecer una tontería, pero te sube la adrenalina; y vamos a un bar heavy, donde uno de nosotros se encuentra con un conocido suyo y ambos mueven sus cabezas arriba y abajo, sacudiendo sus melenas, y donde hago una broma al respecto, al decir que la peor pesadilla de un heavy debe de ser quedarse calvo, sin darme cuenta de que tengo a dos calvos justo detrás de mí; y salimos a la calle y nos sacamos una foto con un tío que va disfrazado de vaca; y una chica que estaba loca y borracha, o drogada, o todo a la vez, nos dice algo ininteligible y nos lanza una botella de cristal, que se rompe en mil pedazos sobre la carretera adoquinada; y nos tomamos unos chupitos en otro bar, con música más comercial, y allí, haciendo cola en el baño, Marcos sugiere que entremos al primero que se abra, sin importar si es el de hombres o el de mujeres, y dos chicas lo escuchan y se quejan, pero rebatimos que, aunque en uno de ellos se ve claramente la silueta de un tío, en el otro no está claro que sea una tía, podría ser un tío con gabardina, y una de las chicas saca un bolígrafo de su bolso y dibuja una rayita, que se supone que es un coño, y la otra chica le dice que vaya chocho, y le quita el boli y pinta una mata de pelo de la hostia y todos nosotros nos reímos y le decimos que eso ya no se lleva, que se depile o se haga coleta, y la hacemos sonrojar, pero al final termina riendo con nosotros, de buen rollo; y así seguimos haciendo el tonto y riendo por varios sitios; en estado de euforia; y las agujas del reloj parecen haberse acelerado e incluso, de vez en cuando, pegan saltos, y la gente se va marchando y ya solo quedamos cuatro personas, incluyendo a Marcos, y nos vamos a una discoteca de dos plantas y un amigo bastante tímido me pide que entre a esas tres chicas de ahí, a modo de reto, y sin pensar las abordo pero la cago porque les digo que mi amigo quiere conocerlas y ellas me rechazan y yo, con el orgullo herido, les digo que no es ningún truco para ligar y miento al contarles que tengo novia y la más guapa de ellas me asegura que no tienen ningún problema conmigo, pero que no quieren conocer a mi amigo y yo comprendo que no se puede entrar a una chica así, porque tu amigo queda como un cobarde; y Marcos se va a casa y los tres supervivientes que quedamos vamos a la plaza de las Bernardas, a matar la noche, y seguimos un rato más; y el amigo tímido me acerca en su coche hasta donde yo había aparcado y le doy las gracias y me despido con la mano.

Saco comida del maletero y me siento en el bordillo de una acera.

A la aún trémula luz del alba, me como un bocadillo mientras observo el albor de un nuevo día que se dibuja con tonos violetas y reflexiono que, a lo largo de mis numerosas noches de insomnio, he presenciado multitud de amaneceres y me he dado cuenta de dos cosas: que no hay dos iguales y que es imposible retratarlos fielmente en una fotografía; que o estás ahí para verlo o te lo perdiste.

Me meto en mi coche.

Reclino el asiento del conductor.

Duermo.

Duermo.

Duermo.


Estoy en mi habitación.

Escribiendo sobre lo acontecido durante este fin de semana.

Así quedará preservado por siempre.

Así seré inmortal.

Neska está tumbada a mis pies, haciéndome compañía.

Es de noche y todos están durmiendo; todos, menos yo. La noche es el mejor momento para escribir. La noche tiene algo que durante el día queda sepultado bajo el peso de la cotidianidad.

Busco por los cajones de mi cuarto, sin éxito.

Bajo al garaje y continúo la búsqueda.

Finalmente lo localizo: un polvoriento cofre de madera.

Lo abro y saco de él una piedra porosa de color negro.

No es más que una piedra normal y corriente.

Pero para mí no.

Para mí es un meteorito.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

Ojalá estés disfrutando de la lectura, tanto como yo disfruté escribiendo esta locura para ti. Si te está gustando mi novela y te apetece leer la historia completa, con sus preliminares y su orgasmo final, puedes hacerte con un ejemplar aquí. Un esclavo se encargará de entregarte mi libro en la dirección que me indiques.

Realizo envíos a todo el mundo.
Si vives en España, te lo envío GRATIS.

Deja un comentario

Los campos marcados son obligatorios

Currently you have JavaScript disabled. In order to post comments, please make sure JavaScript and Cookies are enabled, and reload the page. Click here for instructions on how to enable JavaScript in your browser.