2. Hace tres años.

Los pantalones me quedaban pequeños.

La camiseta me quedaba grande.

La gorra me quedaba mal. No me quedan bien las gorras.

No le gustas a nadie.

El hombre del otro lado del espejo, no me respondió.

Una camiseta y una gorra amarillas, unos pantalones negros, un delantal, también negro, y una placa identificativa colgada del pecho, en la que ponía «Javier», constituían mi uniforme de trabajo. Ante mí, el reflejo de un fracasado. Si tuviera que utilizar un único adjetivo para definirme, sin duda sería «normal»; en el peor sentido de la palabra. No destacaba en nada. Yo era el típico chico tímido que anda de puntillas por el mundo, tratando de no hacer ruido.

Estiré los brazos hacia los lados y apoyé las palmas de las manos sobre las paredes que tenía a mi izquierda y a mi derecha. Me había encerrado en un diminuto cuarto de baño de empleados.

¿Que por qué lo hice?

Trabajaba en un restaurante de comida rápida, situado en el interior de un centro comercial. Era una franquicia que vendía principalmente bocadillos, raciones de patatas fritas, ensaladas y refrescos. Me encontraba atendiendo la barra.

—Quiero un «british sandwich» —demandó un cliente.

—¿Desea incluirlo en un menú con patatas y bebida? —pregunté.

—Sí.

—¿Grande o pequeño?

—Pequeño.

Pulsé un par iconos en la pantalla de un terminal punto de venta.

—¿Patatas normales o patatas bravas? —continué.

—¿He? ¿En qué se diferencian?

—Las patatas bravas están cortadas en gajos y se sirven con una salsa picante. Las normales son las alargadas de toda la vida.

—No. Mejor me pones unas patatas con alioli.

—Lo siento, señor. No disponemos de esa salsa —informé.

—Pero yo estuve aquí hace un mes y comí patatas con alioli.

—No es posible. Creo que se confunde de sitio.

—Qué raro… Juraría que fue aquí.

—Pues no. Lo siento.

—¡Vaya! Pediré una ensalada, entonces.

—De acuerdo. Las tenemos con salsa césar o con aceite y vinagre.

—Ponme una, pero aliñada con limón.

—Señor. Solo tenemos las dos ensaladas que le he dicho.

—¿Tampoco hay ensalada con limón? ¡No tenéis nada!

—…

—Oye, ¿de verdad que no hay patatas con alioli? —insistió.

—Ya le he dicho que no. Nunca ha habido.

—No puede ser. He comido patatas con alioli aquí; hace un mes.

—…

—Sí. Con alioli. Lo comí aquí. No puede ser… Creo que fue aquí.

—…

—O sea… alioli. Quiero decir… ¿No hay alioli? O sea… alioli.

Cada día me levantaba a la misma hora, trabajaba en el turno de mañana del restaurante, comía cualquier basura de las que vendía, iba a la Universidad, puesto que mi clase se dividía en dos grupos y yo estaba en el de tarde, metía mi coche en un atasco que me conducía hasta casa, ocupaba algunas horas con un negocio que había montado por Internet y que no terminaba de funcionar y, finalmente, me metía en la cama hasta que sonaba el despertador y todo volvía a comenzar de nuevo. Esto de lunes a viernes. Y los fines de semana, sustituye la Universidad por otro turno extra en el restaurante o por un rato de sofá y tele. Siempre lo mismo; una y otra vez; la repetición de una repetición; y de pronto, ya no pude más. Abandoné mi puesto de trabajo y caminé hasta el baño de empleados. Sin quejas, ni malas palabras, ni malas caras; simplemente me fui.

No podía continuar con el piloto automático ni un segundo más.

Mirase a donde mirase, lo único que veía eran máquinas diseñadas por nuestros genes y programadas por la sociedad. Asegurar nuestra supervivencia y reproducirnos: eso es todo. El libre albedrío: una ilusión. Pero había un virus en mi mente. Ese virus era yo, y estaba atrapado en los confines de la unidad de procesamiento de una máquina que seguía una rutina prediseñada. Observaba a todo el mundo, yendo siempre con prisa de un lugar a otro y sin llegar nunca a ninguna parte, y me preguntaba qué les impedía correr desnudos por la calle o saltar a una piscina con la ropa puesta.

La puerta que había detrás de mí se abrió, revelando una gran barriga y, un poco después, una pequeña mujer pegada a ella.

—¿Se puede saber qué cojones estás haciendo? —vociferó.

Era la encargada. Vestía una camiseta roja, indicativo de que pertenecía a un rango superior al mío en el sistema piramidal de la compañía. Debía de rondar los treinta y cinco años y, a juzgar por su colosal panza, se encontraba en un estado avanzado de embarazo.

—Me duele el estómago —mentí.

—¡Huy! Al niñito le duele la tripita. ¿Llamo a tu mami?

—…

—Mira chaval, salvo que te estés muriendo, tú hoy no te libras.

—NO SOY TU PUTO ESCLAVO. ¿QUIÉN TE CREES QUE ERES PARA HABLARME ASÍ, HIJA DE PUTA? ¿UNA MAFIOSA? TRÁTAME CON RESPETO —debí decir, pero no dije.

Conecté el piloto automático y volví a mi puesto de trabajo.


Llegué a mi casa con la ropa de trabajo en una bolsa de basura y comida basura en una bolsa de una tienda de ropa. Vivía solo, en la primera planta de un destartalado bloque de pisos, en la pequeña ciudad de Burgos. Desde que cruzabas el umbral de la entrada, un tufo a ancianidad penetraba tus fosas nasales y te violaba sin piedad. Los raídos muebles se entretenían rememorando viejas anécdotas de anteriores inquilinos. El suelo trataba de engalanarse, disfrazándose con un papel que imitaba la madera, pero su traje estaba ya demasiado desgastado y descolorido. Las paredes coleccionaban manchas y desconchones a modo de cicatrices. Colgado de una de ellas, en el pasillo, había un calendario con propaganda de una carnicería de barrio, que dejó de ser útil hacía ya casi cuatro años.

Doce y veinte de la noche.

Silencio.

Un silencio insoportable.

Encendí la televisión y me senté en un incómodo sillón de piel sintética granate. La tele era muy antigua: de esas en blanco y negro en las que los canales se sintonizaban con un dial. Saqué la comida de la bolsa y me la zampé, bajo la luz mortecina de una bombilla de baja potencia que pendía desnuda del techo.

Vale.

Hecho.

¿Y ahora qué?

Cerré los ojos y apreté los puños. Que alguien llame a la puerta pidiendo ayuda. Por favor. O que se incendie el edificio; o que se produzca un terremoto; o que caiga un meteorito en la calle de al lado… Por favor, que ocurra algo; lo que sea. Por favor.

Nada sucedió.

No había padecido una guerra, ni una depresión económica. Nunca pasé hambre, ni tuve que dormir en la calle. Tampoco tuve que luchar por la libertad. He tenido la suerte de nacer en un país desarrollado y en una época de paz y abundancia. Estaba justo de dinero, pero siempre había comida en la nevera. Veía los telediarios como quien ve una película, sin atragantarme con el filete cuando mostraban imágenes de niños muriendo de hambre en África. No tenía derecho a quejarme. En teoría, debería ser feliz. Entonces, ¿por qué no lo era?

Encendí mi ordenador y abrí un procesador de texto.

Aún quedaba un conato de esperanza.

Un gran escritor se dispone a hacer su magia.

Va a escribir un best seller que le va a sacar de la mediocridad.

El cursor parpadea, esperando instrucciones. La hoja en blanco virtual le mira desde la pantalla; se burla de él. Van a librar una encarnizada batalla. El futuro famoso escritor está muy cansado, pero va a quedarse tecleando sin parar hasta que el cuerpo aguante.

Con una determinación inquebrantable, el futuro Premio Nobel de Literatura se estruja el coco durante horas. No se detiene ni un instante hasta que ya no puede más y, exhausto, cae dormido sobre el teclado, a las tantas de la madrugada.

El cursor sigue parpadeando incansablemente.

La hoja sigue en blanco.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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