19. La leyenda del hilo rojo del destino.

Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper.


Hay alguien observándome, de pie, junto a mi cama.

Aunque está oscuro, veo sus ojos; no logro ver nada más.

Es una mirada magnética que me atrapa al instante.

Una ola de felicidad me golpea, sin saber el motivo.

En cuanto esa persona se percata de que la he visto, desaparece.

Me levanto, para ir tras esa mirada. Necesito ir en su búsqueda.

Me veo a mí mismo tumbado en la cama: he salido de mi cuerpo.

También me doy cuenta de que un hilo rojo cruza la habitación. Un extremo está atado al dedo meñique de mi mano; el otro extremo se pierde por debajo de la puerta.

Existe una leyenda que cuenta que, hace mucho tiempo, un poderoso emperador se enteró de que en su reino habitaba una bruja que poseía la capacidad de ver el «hilo rojo del destino», que es un cordón rojo que une a personas destinadas a estar juntas. La mandó traer ante su presencia y, cuando la bruja llegó, el emperador le ordenó que buscara el otro extremo del hilo que tenía atado al meñique y que le llevara ante la que sería su futura esposa. La bruja accedió a su petición y el hilo les condujo hasta un mercado, donde una campesina muy pobre, con un bebé en brazos, ofrecía sus productos. La bruja se detuvo frente a ella y la invitó a ponerse de pie, e hizo que el joven emperador se acercara para decirle: «aquí termina tu hilo». Este, al escucharlo, se enfureció, creyendo que era una burla de la bruja, y empujó a la campesina, que aún llevaba a su bebé en brazos, tirándola al suelo y provocando que el bebé se hiciera una gran herida en la frente. Acto seguido, ordenó a sus guardias que detuvieran a la bruja y le cortaran la cabeza. Varios años después, llegó el momento en el que el emperador debía casarse y su corte le recomendó que desposara a la hija de un importante general: recomendación que este aceptó. El día de la boda, la novia entró al templo con un bonito vestido y un velo que cubría su cara por completo. Y al levantárselo, el emperador descubrió con asombro que ese hermoso rostro tenía una gran cicatriz en la frente.

Justo la semana pasada, leí un texto que versaba sobre esta leyenda. Supongo que por eso estoy soñando con ello: suena lógico. Intrigado, decido seguir el hilo. Primero avanzo lento, atravesando un par de puertas hasta llegar a la calle, flotando, sin necesidad de andar, y cada vez voy más deprisa y, en unos pocos segundos, alcanzo el otro extremo, en algún punto del planeta; quizás a unos pocos metros de distancia o quizás a miles de kilómetros: no sé en qué lugar estoy. Me encuentro otra vez cara a cara con la mirada de antes: parece sorprenderse: ahora soy yo quien la visita a ella. De nuevo, la oscuridad no me permite ver más que unos grandes ojos color café; café que produce desvelos. Me pierdo en su mirada; me seduce, como si de un hechizo se tratara. Siento una conexión brutal y vuelve a invadirme la felicidad.

—Ya te conozco de antes —afirma.

Se me eriza el vello de los brazos.

—¿Quién eres? —Pregunto.

—Tú no me conoces a mí. Hago viajes astrales y te he visitado varias veces en sueños. Esta es la primera vez que me visitas tú a mí.

—En realidad no existes. Esto es un sueño, así que todo lo que veo y experimento lo está creando mi subconsciente; incluida tú. Cuando hablo contigo, en realidad estoy hablando conmigo mismo.

—Si es lo que quieres creer, créelo —repone.

—Suponiendo que fueses real, ¿por qué me visitas?

—No sé si debo decírtelo.

—Dímelo, por favor —solicito—. Necesito respuestas.

—Soy el amor de tu vida.

Dedico unos instantes a asimilar la información.

—¿Y cómo puedo localizarte cuando despierte? —Prosigo.

—Aún no es el momento.

—¿Por qué no?

—No sé el motivo concreto. Simplemente lo sé.

—¿Pero cómo sabes estas cosas? ¿Y cómo me has encontrado?

—Soy un poco brujita.

—Eres latina, por tu acento. ¿Me equivoco?

—No debo decirlo.

—Pero se te nota. ¿Dónde has nacido? ¿Vives en España?

—Haces demasiadas preguntas y aún no es el momento.

—Está bien, pero cuando llegue el momento, ¿cómo te busco?

—Simplemente nos encontraremos cuando estemos listos.

—¿Y cuándo será eso?

—Cuando estemos listos. Ni antes, ni después.

Me quedo en silencio, frustrado por sus vagas respuestas.

—Entiende que si nos encontráramos ahora —continúa—, se iría todo a la verga. ¿Ves el hilo rojo que nos une? Está muy suelto. Cuando estemos listos, el hilo se tensará y no importará la distancia que nos separe; tirará de nosotros y nos sentiremos irremediablemente atraídos. Aún debemos vivir algunas experiencias, antes de encontrarnos. Tú vas a empezar una nueva Vida desde que te levantes hoy: vas a reconstruirte desde cero. Y yo… yo aún soy demasiado chibola y apenas tengo experiencia. Aún soy muy niña.

—Pero tú ya me conoces. Juegas con ventaja.

—No juego con ventaja. Cuando despierte, hoy en la mañana, no recordaré nada. Tú sí recordarás esto. Porque para mí, hoy es un día cualquiera, pero tú estás en un punto de inflexión en tu vida. Tú vas a despertar allá, en tu cama, y vas a escribir todo esto, antes de olvidarlo. Lo único que no recordarás es mi aspecto. Porque aún no estamos listos. Pero cuando nos crucemos por primera vez, tendremos la sensación de que ya nos conocemos de antes: será un déjà vu.

—¿Y de verdad no puedes decirme cuánto tiempo pasará hasta que nos encontremos? Dame una pista, aunque sea.

—No es que no pueda, es que no lo sé. Aún no está escrito. Depende de nosotros. Pero no debes pensar en mí todavía. Ahora debes disfrutar del camino. Cada día es un regalo por abrir. También vas a vivir algunas cosas malas, pero si no te rindes y luchas, vas a conseguir cumplir tus metas… y también a mí… si no la cago yo.

—Me muero de ganas de encontrarte. Esta felicidad que siento cuando nos miramos… ¡buf! ¿No la sientes tú también?

Me sonríe. No puedo ver su boca, pero intuyo su sonrisa en sus ojos; en cómo se estrechan. Y mi felicidad aumenta. Me siento embriagado de felicidad por una sonrisa que ni siquiera puedo ver.

—¡Exacto! Siento lo mismo que tú —reconoce—. Es chévere. Y lo sentiremos cuando nos encontremos. Pero antes, conoceremos a varias personas que nos servirán de aprendizaje. Esas personas son nuestro viaje, no nuestro destino. Son personas que nos guiarán el uno hacia el otro. Y ahora debes despertar. Y vas a creer que esto solo fue un sueño; porque tú no crees en estas cosas. ¡Pero escríbelo!

—¡No! ¡Espera!

—¡Despierta!

Siento vértigo.

Algo me arrastra hacia atrás.

Caigo sobre mi cama.

Despierto.

Tengo la piel de gallina.

¡Guau! ¡Vaya sueño! ¡Era tan real!

¡Me he enamorado de un personaje que ha creado mi mente!

Supongo que se me pasará en unos minutos.

Solo es la típica resaca emocional que dejan los sueños.

Salto de la cama como un resorte, enciendo mi portátil y me pongo a escribir lo que he soñado. Escribo deprisa; tan dprisa q m como letrs, tambin m palabrs… ya lo corregiré. Escribo aporreando las teclas furiosamente. Debo escribirlo antes de que se me olvide. Mis pensamientos van más rápido que mis dedos.

¡Estoy escribiendo!

¡Soy feliz, feliz, feliz!

Termino. Tengo que revisar el texto y pulirlo, pero he conseguido atrapar el sueño en unas cuantas palabras: la magia de la escritura. Ya nunca se perderá en el olvido. Lo que me da rabia es no haber podido verle la cara a la chica. Me pregunto si no la he visto o si en realidad lo que ocurre es que sí la he visto pero mi mente ha eliminado ese recuerdo, como ocurre a menudo con los sueños.

Pongo «cruce de caminos», de El Canto Del Loco, en mi portátil.

Abro la ventana.

El Sol brilla con fuerza. El cielo parece estar más azul que nunca, pero no es el cielo, soy yo quien está más azul. Es como si lo de ayer sábado hubiese ocurrido en una vida anterior. He dormido durante mil años para despertar en el mismo lugar y en la misma época, pero al mismo tiempo todo es diferente, porque yo soy diferente.

Estoy harto de vivir con miedo.

He probado la Vida y quiero más.

Miro mi dedo meñique: no veo ningún hilo rojo ahí. Obviamente, todo fue una fantasía que generó mi subconsciente. ¡Cómo me gustaría que fuese real! ¿Te imaginas que esa chica existiese? Bueno, sea como sea, esa chica, inventada por mi psique o real, me dijo que no debía pensar en ella todavía; que debía disfrutar del camino hasta ella. Y le voy a hacer caso. ¡Voy ser un escritor exitoso! Pero, sobre todo, voy a honrar a la Vida. ¡Porque soy libre! ¡Porque puedo elegir!

Porque, como dijo ella: cada día es un regalo por abrir.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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