18. Serendipia.

Serendipia: descubrimiento o hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta.


Viernes, 15 de agosto del año 2008.

De no ser por el accidente que sufrí, me encontraría en la paradisíaca isla de Ibiza, buscando algo que me salve de mí mismo; pero no; el accidente lo evitó: no estaba haciendo las paces con la Vida en Ibiza, sino tumbado en la cama; sin poder levantarme; con la angustiosa sensación de que todo había terminado. No te preocupes por mi salud, amable lector: no me pasó nada: al menos físicamente. Tampoco a los ocupantes del todoterreno al que embestí. Si me sentía incapaz de levantarme de la cama, era por falta de ánimo. En las últimas semanas, traté de vaciar mi cubo de mierda en diversas ocasiones, pero cada vez que descendía el nivel, algo o alguien me lo volvía a llenar hasta arriba. Mi existencia era la respuesta a una pregunta que nadie había formulado; vacía y carente de sentido.

Sin esperanza.

Sin esperanza.

Sin esperanza.

Tras el accidente, mi ánimo se quedó tan arrugado como el morro de mi León. A simple vista se percibía el destrozo: el parachoques delantero, el capó, las aletas delanteras, los focos, el intercooler, el radiador, el electroventilador… varios miles de euros en piezas y mano de obra. Lo tenía asegurado a todo riesgo, pero con una enorme franquicia de mil euros, que es lo que me tocó apoquinar. No tuve más remedio que olvidarme del viaje a Ibiza: el viaje sobre el que había depositado todas mis esperanzas.

Dean Moriarty, Sal Paradise: no soy como vosotros.

Nunca Viviré la clase de cosas que habéis Vivido vosotros.

Nunca Viviré.

Tan solo viviré.

Cada noche, le pegaba un vistazo de reojo a la novela de Kerouac; sin abrirla; sin tocarla siquiera. Me negaba a seguir leyéndola. ¿Para qué meterme más pájaros en la cabeza? Todo es muy bonito en los libros y en las películas, pero la vida real parecía ser demasiado normal; ni un ápice de magia; ni una pizca de poesía.

Eran las siete y pico de la tarde.

Sonaba «welcome to my life», de Simple Plan, en mis auriculares.

Mi madre vino, una vez más, para tratar de convencerme de que salga a dar una vuelta. Yo no entendía por qué lo seguía intentando conmigo; por qué no me daba por perdido ya de una puta vez.

Tengo una familia que no merezco: una familia de superhéroes.

Mi padre es una de esas personas a las que las sueltas en medio de un laberinto y acaban encontrando la salida. Tiene ese tipo de inteligencia y de constancia que poseen las personas exitosas. Empezó trabajando como peón ferroviario, un trabajo duro y mal pagado, y fue ascendiendo poco a poco, por méritos propios, haciendo bien su trabajo, siendo el mejor en cada tarea que se le encomendase, hasta llegar a lo más alto. No importa qué cosa deba hacer: si le das el tiempo suficiente, acabará haciéndolo mejor que ninguna otra persona: ese es su superpoder.

Al igual que mi padre, mi madre también es muy inteligente, racional y honesta, pero su superpoder es otro: es una persona súper cariñosa. La mayor suerte que puede tener un niño es que no le falte cariño durante su infancia, y yo lo tuve a raudales. Pero desde que me hice mayor, dejé de devolvérselo. Y eso es duro para ella.

¡Y qué decir de mi hermana! Ella también es lista y buena persona. Pero su superpoder es su increíble sociabilidad. Todo el mundo que la conoce, la quiere. Es imposible no quererla, salvo que seas imbécil. Tiene unas habilidades sociales impresionantes.

Ellos son mis modelos de superhéroe.

Imagina lo que sería combinar los superpoderes de los tres.

Lograr cualquier cosa que te propongas.

Tener una cantidad ilimitada de amor que ofrecer.

Que todo el mundo te quiera y desee estar contigo.

Añade la honestidad y la inteligencia que poseen y agítalo.

Sería un auténtico héroe en la vida real.

Les admiro más que a nadie en el mundo.

En cambio, yo era un desastre de hijo y de hermano.

Era una fuente de preocupaciones para ellos.

Y encima les daba malas contestaciones, sin que las mereciesen.

Era un asco de persona.

La oveja negra de la familia.

No lo hacía con mala intención; no deseaba preocuparles, ni tratarles mal; pero yo era como era; o al menos eso es lo que creía.

Y aunque me apetecía más acariciar un cactus con el escroto que salir de casa, debía hacerlo por mi familia. Si salía a dar una vuelta, simulando ser una persona normal, su nivel de preocupación descendería; al menos por un rato: se lo debía a los tres. De modo que me duché, me peiné, me afeité, me vestí con unos pantalones vaqueros y una camisa de manga corta y puse un pie fuera de casa y a continuación puse el otro pie y seguí obligando a mis piernas a caminar hasta llegar a la estación y me subí a un tren y me volví a bajar cuando llegué a Solares y miré mi reloj y me obligué a andar hasta el bar Luisiana, el lugar donde solían estar Juan Andrés, Manuel, Nora y Octavio a esa hora, puesto que seguían una rutina incluso cuando salían de fiesta. Y casi se me sale el corazón por la boca cuando, desde la puerta, vi a Laura y Elisa pidiendo algo en la barra.

¡Laura!

¡Había vuelto!

¿Sería cierto que, cuando la conocí, yo le gustaba?

Y, en caso de que sí: ¿aún le seguía gustando?

Las saludé y nos unimos a los demás. Pasamos unas horas sentados en torno a una mesa, con una olla llena de calimocho en el centro, de la que nos íbamos sirviendo, y jugamos a un juego de beber llamado «el señor del tres», con ayuda de un pequeño vaso por cabeza y dos dados. La posibilidad de que Laura se sintiese atraída por mí, me motivó lo suficiente como para comportarme de forma carismática durante el tiempo que disfruté de su compañía, y el verme a mí mismo actuando con confianza, me proporcionaba aún más confianza. No parecía yo: me sentía seguro y cómodo en mi propia piel. No como cuando residía en Burgos, sino mejor. Porque en Burgos yo no era nadie y los demás tampoco; pero en aquel momento, nadie era más que nadie, pero todos éramos alguien: cuestión de enfoque.

—Nos tenemos que ir ya —manifestó Laura, con pena.

—¿Por qué no os venís mañana por la tarde a mi pueblo y tomamos algo? —sugerí, con una energía que casi imposibilitaba el «no».

El semblante de Laura se iluminó.

Intercambiamos nuestros números de teléfono y se marcharon.

Llegué a casa con el reloj rondando las cinco de la mañana.

Aún emocionado, me desnudé y me metí en la cama. Eché un vistazo a mi ejemplar de «On the road» y esta vez sí lo cogí y lo abrí y continué leyendo desde donde lo había dejado hasta que, apenas unas líneas después, me quedé dormido con el libro sobre mi pecho.


Sábado, 16 de agosto del año 2008.

De no ser por el accidente que sufrí, me encontraría en la paradisíaca isla de Ibiza, buscando algo que me haga sentir que vale la pena levantarse cada mañana; pero no; no estaba encontrando un motivo en Ibiza; estaba tumbado en mi cama; sin embargo, algo había cambiado con respecto a ayer: ¡Laura! ¡Tanto tiempo deseando a esa chica! ¿Y si al final, el accidente terminaba siendo algo positivo?

Teníamos alquilado un garaje entre unos cuantos: era nuestro cuartel general. Tenía una mesa, varias sillas, un sofá, una tele, una consola e, incluso, un baño. Mientras algunos se pasaban tardes enteras allí, jugando a la consola, yo apenas lo pisaba, pero salía por menos de diez euros al mes por cabeza, así que no era ningún drama. Allí fue donde nos reunimos los mismos que estábamos ayer. Además se apuntó Raúl: un amigo que vive en Madrid, cuyos padres tienen un chalet en Liérganes. ¡Ah! Y también vino una amiga de Laura. Los ingredientes eran los correctos, pero la receta no parecía serlo: estaba siendo la fiesta más sosa y aburrida de la historia y ni el alcohol conseguía animarla. Laura estaba rara: daba señales contradictorias; o quizás es que yo no me enteraba de una mierda: seguramente era esto último. Llegué motivado y concienciado de que debía ser más decidido, pero volvieron la inseguridad y las dudas.

¿Se había cansado de que no me decidiese a atacar?

¿Dejé de gustarle al detectar mi falta de autoestima?

¿De verdad le había gustado alguna vez?

¿O fui un iluso y vi atracción donde no había nada?

Cuanto más pensaba, más negativo me ponía.

En mi cabeza sonaba «Creep», de Radiohead.

Las chicas propusieron sacar unas fotos con su cámara digital. Nos colocamos para la fotografía y yo me apresuré a ponerme al lado de Laura y pasarle un brazo por encima de sus hombros. Ese simple gesto, transformó su actitud respecto a mí. Se cambió de silla con Elisa, para sentarse a mi lado, y comenzó a beber de mi vaso. Ya no sabía cómo hacerme ver que estaba interesada en mí.

¿Qué cojones necesitaba para lanzarme de una jodida vez?

¿Una señal luminosa en el cielo?

Temía recibir un rechazo delante de los demás.

Deseaba rescatar un trocito del Javi de Burgos, pero sin llegar al punto de que todo me importe una mierda; simplemente ser capaz de relativizar las cosas y no hacer un mundo de cualquier tontería.

Laura se levantó de su silla y se sentó sobre mis piernas.

Me entró pánico: me transformé en un niño asustado.

Le pidió a su prima Elisa que nos saque una foto. Y cada vez que sacaba una, Laura solicitaba que nos saque otra más. ¡Y yo no hacía nada! Estaba acojonado y ofuscado. La situación se tornó surrealista.

¿Debía besarla?

¿Ahí, delante de todo el mundo?

No lograba escuchar la melodía entre tanto ruido.

Hasta que el niño soñador que una vez fui, decidió tomar el control. Yo era el héroe y ella, mi final feliz. La miré fijamente y ella, al percibirlo, giró su cara hacia mí. Entonces la mire a los ojos durante un par de segundos y nuestros labios se fundieron en un beso.

Había fuegos artificiales en mi corazón y en mis pelotas.

¿No es maravilloso estar Vivo?

Organicé todo para continuar la fiesta en Santander.

Octavio y Juan Andrés no quisieron venir. Tenían una especie de conversación privada, sin palabras, solo con miradas, a la que yo no estaba invitado. Manuel, Nora y Raúl sí que quisieron. Yo fui con este último en su coche y los demás fueron en el coche de Manuel. ¡Estaba eufórico! Raúl también, pues era bastante evidente que la amiga de Laura le tenía ganas a él. Y, durante el breve trayecto de veinte minutos hasta la capital, hablábamos de todo y nada, reíamos, gritábamos como locos… ¡auuuuuuhhh! Éramos lobos aullándole a la Luna llena que iluminaba el cielo sobre nuestras cabezas.

Al volvernos a encontrar, me detuve un instante para observar a Laura con más detenimiento: estaba preciosa: con un vestido negro muy cortito. ¡Estaba para comérsela! Para que me la coma, más bien.

Un momento de pausa…

Comienza a sonar «The anthem», de Good Charlotte.

Y… ¡pisamos a fondo el acelerador!

Fuimos a unos cuantos locales, danzando y saltando alegremente por las calles de la ciudad; nos encontramos con gente conocida y estuvimos un rato de botellón con ellos; Raúl aprovechó para liarse con la amiga de Laura; después fuimos a un pub llamado Malaspina donde, en un arrebato de pasión, Laura y yo nos dejamos llevar y yo comencé a lamerle el cuello hasta que me percaté de que había como diez pares de ojos clavados sobre nosotros; en un viaje de ida y vuelta que hice al baño, entré a un par de tías; no quería nada con ellas, pero deseaba volver a sentir que tenía el control: estaba on fire.

Las horas transcurrían como si fueran minutos, porque cuando estás disfrutando, el tiempo se contrae y las emociones se dilatan. Casi todos los locales habían cerrado ya: la noche tocaba a su fin. El deseo del uno por el otro era inmenso: comenzó a acumularse desde aquel beso que no le di, hace tres capítulos. Íbamos andando por la acera, sorteando personas, cogidos de la mano, y, cada dos o tres pasos, Laura frenaba su caminar para comerme la boca.

—¡Qué bonito! ¡Viva el amor! —exclamó una desconocida.

Y era normal que dijera aquello, porque nos besábamos como si fuéramos un par de adolescentes enamorados, pero nos quedamos callados, sin saber qué replicar: porque no podíamos llamarlo amor, pero tampoco sabíamos cómo llamarlo.

Al pasar junto a un portal que tenía la puerta abierta, Laura tiró de mí con decisión y me arrastró a su interior. Cerramos la puerta y comenzamos a subir de revoluciones pero volvimos a salir a la calle a los dos o tres minutos y yo ya tenía los huevos escalfados.

O descargaba pronto mis huevos o acabarían saliendo pollitos.

Y llegamos al bloque donde residía su familia: donde se quedan Elisa y Laura cada vez que vienen de visita por tierras cántabras.

La historia terminaba por hoy.

Bueno, eso es lo que creía.

Laura, que estaba tan cachonda como yo, me condujo hasta el primer piso y allí empezamos a jugar duro. Saqué un condón, ella se subió el vestido y la empotré contra la pared, al lado de la puerta de alguien random: fue delicioso. En Burgos me follé a chicas que estaban jodidamente buenas, aún mucho más que esta preciosa muñequita, pero con Laura era diferente; porque a Laura la deseaba desde hacía tiempo y por fin estaba dentro de ella.

El accidente automovilístico al que eché la culpa de mi fatal destino desde hacía varias semanas, se convirtió en un golpe de suerte.

¿Casualidad?

¿Causalidad?

No lo sé. Pero gracias a él, existe esta novela.

Aunque eso es algo que yo aún desconocía.

Esta vez sí, la noche tocaba a su fin: yo sentado en el primer escalón de la planta baja, Laura tumbada, con la cabeza echada sobre mi regazo, felices y a la vez tristes porque llegaba la despedida.

Tal vez nos volveremos a ver algún día, Laura.

Tal vez.


Sábado, 16 de agosto del año 2008, de madrugada.

Ya domingo, 17 de agosto del año 2008, en realidad.

Hemos alcanzado el presente.

Lo que has leído hasta aquí, es un breve resumen de mis últimos tres años. Es importante que sepas de dónde vengo, para que comprendas lo que sea que esté por venir a partir de ahora. Porque, amigo mío, no tengo ni puta idea de qué es, pero sé que será algo épico: lo sé porque todo ha cambiado: lo sé, porque yo he cambiado.

Ya estoy en casa: me trajo Raúl.

Dejé mi novela favorita en la cocina, en la planta baja, para encontrármela al llegar.

La abro.

Leo tan solo un par de líneas y la vuelvo a cerrar.

¡Hola Sal Paradise!

¡Hola Dean Moriarty!

Es maravilloso: cada vez que les lees, les devuelves a la Vida.

Durante los últimos tres años, cada vez que he tratado de ponerme a escribir, he chocado de frente contra un muro infranqueable. Trataba de sacar algo de mí, como cuando estrujas un bote de kétchup gastado: estaba vacío; pero ahora hay algo rugiendo dentro de mí; desde lo más profundo de mi ser. Es muy tarde: debería irme a dormir y comenzar mañana; pero quiero hacerlo ahora; necesito hacerlo ahora: hay una bola incandescente en mi estómago que debo sacar antes de que queme mis entrañas.

Enciendo mi ordenador portátil y espero a que cargue.

Esperaba encontrar «algo» en Ibiza.

Pero resultó que el estímulo que necesitaba, estaba aquí.

¡Esto es el comienzo de algo épico!

No es por lo que ha pasado hoy; es algo más: es una sensación: noto que ayer era una persona y hoy soy otra. A partir de ahora, todo va a ser diferente: no siempre será bueno, pero me esperan grandes cosas: lo presiento. No ha ocurrido de repente: llevaba ya unas cuantas semanas acumulando pólvora, desde que me topé con la novela de Kerouac, pero necesitaba una chispa para encenderla: Laura fue esa chispa; Laura estuvo en el sitio adecuado en el momento adecuado y se ha convertido, sin saberlo, en el catalizador del mayor cambio de toda mi vida. ¡Empieza la leyenda! La pólvora ha estallado y ha volado en un millón de pedazos a mi antiguo yo. Ahora puedo comenzar a construir algo nuevo; algo mejor.

Hoy vuelvo a nacer.

Hoy nace Javier Vitalio Sodroña.

Abro un procesador de texto y comienzo a teclear.

Capítulo 1: «Ahora».

¡Vivir! Esa es la clave.

Acabo de llegar a casa, tras disfrutar de una enloquecida noche de juerga. Los demás están durmiendo. Todo está envuelto de una silenciosa calma que contrasta con el frenético aluvión de pensamientos que inunda mi cabeza. Son las seis y pico de la madrugada de una cálida noche de agosto y estoy feliz y borracho y eufórico y loco por Vivir. La Luna llena me sonríe desde las alturas; la veo a través de la ventana; está enorme y radiante.

¡Esto es el comienzo de algo grande! ¡Muy grande!

Esta noche he tomado la decisión más importante de toda mi existencia: voy a dejar de ser un espectador pasivo de mi propia vida y me voy a convertir en el protagonista.

Adiós a una vida anodina.

¡Hola a una nueva Vida llena de emociones intensas!

No puedo dormir. Necesito escribir lo que me ha ocurrido; quiero inmortalizarlo. Y después seguiré contando lo que me suceda mañana y la semana que viene y el mes que viene y el año que viene… ¡sí, sí, sí, tengo que empezar ya!

¡Hoy empiezo mi primera novela!

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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