17. Vidas entrelazadas.

En ese momento, yo no lo sabía.

Un día cualquiera a una hora cualquiera.

Por la ventana entraba la luz del Sol, así que debía de ser de día.

Estaba tirado en el sofá, dormitando.

Una película de acción en la tele.

Disparos, peleas, sangre, muerte… pero cuando alguien practica sexo, se oculta: se intuye, pero no se ve de forma explícita: si se viera, el filme sería catalogado como pornográfico y pasaría de ser una película destinada al entretenimiento masivo, a ser material para pajas. Resulta triste que hoy en día todavía tengamos que recurrir a este tipo de censura. Cualquier niño ha visto por la tele, a lo largo de su aún corta vida, miles de asesinatos, reales y ficticios, y no pasa nada, pero ver sexo está mal; como si el sexo fuese algo sucio e inmoral. Se puede mostrar sangre, se pueden mostrar lágrimas, pero no semen. Me prometí a mí mismo que, si alguna vez llegaba a escribir una novela, cuando apareciese el tema del sexo, lo presentaría con naturalidad, pues es un elemento más de la Vida y es absurdo tratar de clasificar el arte en dos grupos: pornográfico y no pornográfico.

A mi lado, estaba sentado el niño que habita dentro de mí.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó, con condescendencia.

—La vida: eso me ha pasado.

—¡Qué va! Precisamente es Vida lo que te falta.

—Ya lo intenté una vez y acabé peor de lo que estaba.

—No lo intentaste. Al contrario: te rendiste —aclaró.

—¿Pero qué es lo que esperas que haga? La vida es una mentira. Nos distraen con sueños imposibles, mientras nos enseñan que la única forma realista de vivir es con un trabajo en el que te pagan lo suficiente para que sobrevivas y puedas volver cada día a tu puesto, pero no lo suficiente como para que puedas dejarlo.

—¿Recuerdas el día que tu profesora os preguntó, a toda la clase, qué queríais ser de mayores? Tú dijiste que querías ser astronauta y ella replicó que eso es imposible; que debías elegir una profesión más realista. ¿Recuerdas tu respuesta? Le respondiste con otra pregunta: ¿alguien lo ha hecho alguna vez? Y antes de que la profesora abriera la boca, añadiste: ¿entonces por qué no voy a poder hacerlo yo también? Tenías ocho años: tu mente aún no estaba contaminada.

Aún no lo sabía.

Intermedio publicitario.

Los mismos anuncios de siempre.

Mi mente volvió a divagar.

Me asaltó el recuerdo de Laura.

¿Por qué no la besé?

Un nuevo anuncio de coches, captó mi atención.

Una voz en off recitaba unas palabras casi mágicas:


«Sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un “¡Ahhh!”.»


¡Qué poético!

Descubrí que era una cita de «On the road»: una novela escrita por un hombre llamado Jack Kerouac. En lugar de comprar el coche que promocionaban, compré un ejemplar de dicha novela y leerla me hizo soñar con una Vida cargada de optimismo y de aventuras y de locura y de emociones. No creas que de pronto me transformé, porque no fue así; yo estaba muy deprimido; pero despertó algo en mí: sembró el germen del cambio en mi mente. Resulta asombroso que un escritor que murió varios años antes de que yo naciera, pudiera llegar a influirme tanto. Ojalá yo fuese capaz de hacer algo así: lograr que mi novela inspire a cientos o miles de personas a cambiar sus vidas: resucitar zombis: sería un sueño hecho realidad.

Me obligaba a leerla en pequeñas dosis: no quería que se termine.

Llevaba años sin leer ni escribir; había eliminado la literatura de mi existencia; y esta novela me la devolvió. Una tarde, encendí mi ordenador portátil y empecé a teclear. Cogí un buen ritmo y no tardé en rellenar unas cuantas páginas. Lo leí, lo edité, le hice mil cambios, lo releí como un millón de veces… pero era una porquería. Era un texto correcto, bien redactado, limpio, pero sin alma. Parecía que lo había escrito un oficinista durante su descanso para comer.

¿Dónde estaban las emociones?

Jamás podría escribir una buena novela, con un estilo tan plano.

Continuaba sin saberlo.

La novela de mi querido amigo Kerouac me ilusionaba. Mis sueños tenían hambre: debía alimentarlos con experiencias. Recordé que en esas fechas se celebraba una fiesta universitaria en Burgos. Por aquel entonces, se hacían a lo grande: en plan película americana: bromas a los novatos de primer año, una carpa gigante para el evento, un disc jockey, algún grupo de música desconocido pero que le ponía muchas ganas, litros y litros de alcohol, balones y muñecas hinchables volando por ahí, gritos, risas, choques de manos, sexo furtivo y torpe… todo tipo de geniales estupideces: un buen plan.

Me forcé a decir «sí» al plan y fue una noche jodidamente épica.

Allí me crucé con Jaime Arizán: mi mejor amigo. También se mudó desde mi pueblo, Liérganes, a Burgos, para estudiar una carrera universitaria, y compartimos piso el primer año, pero la convivencia no fue nada bien y acabamos viviendo cada uno en una punta de la ciudad. Y, en medio del segundo año, retorné a Cantabria, a la casa de mis padres, pero él aún permanecía en la capital burgalesa. Resultó que Jaime también estaba deprimido y se me ocurrió que irnos de vacaciones a la isla de Ibiza podría quizá no ser la solución, pero sí un comienzo. Tal vez encontraríamos allí algo de lo que encontraron Dean Moriarty y Sal Paradise cuando empezaron a viajar y a Vivir a lo grande: disfrutar de cosas épicas como las que han quedado fosilizadas para la eternidad en las páginas de «On the road». Acordamos que yo haría la reserva a la mañana siguiente, pero a la mañana siguiente, en un lugar localizado a varios miles de kilómetros de mí, un cortocircuito en una línea de alta tensión provocó una explosión que afectó a varios miles de servidores web, entre ellos el que hacía funcionar la página web del negocio del que somos copropietarios mi padre y yo. Y cuando por fin restablecieron la electricidad, nuestro servidor decidió estropearse. Mandé sustituirlo y me pasé dos días seguidos trabajando sin descanso para volver a hacer funcionar nuestra web; sin dormir; sin despegarme de la pantalla de mi ordenador ni para comer. Estaba exhausto pero, tan pronto lo apagué, recordé el viaje a Ibiza: necesitaba reservarlo ya; necesitaba esperanza; y volví a arrancarlo… pero no respondía: también se averió; sin razón aparente. La Vida parecía estar riéndose de mí y ya no podía más. ¡¡¡JODER!!! Me subí al León y salí por ahí, porque conducir me relaja: sin parar en ningún sitio, ni llevar un rumbo preestablecido; sin un destino al que llegar; solo conducir.

Todavía no lo sabía.

No tenía ni idea de lo que estaba a punto de suceder.

Todos los días tomamos decisiones, aparentemente irrelevantes, que condicionan, no solo nuestra vida, sino las de otras personas a las que ni tan siquiera conocemos. Nuestras vidas están conectadas de formas tan intrincadas, que asusta pensarlo.

A mi madre se le cayó un pendiente, el cual rodó por el suelo hasta acabar bajo un armario. Y me pidió que le ayude a moverlo.

Mientras ayudaba a mi madre, un matrimonio, que se encontraba en su casa, en un pueblo situado a unos diez kilómetros de distancia de donde yo estaba, mantenía una acalorada discusión: la señora se quejaba de que nunca iban a visitar a su hijo mayor.

Neska, nuestra mascota, estaba durmiendo plácidamente, hasta que el ruido que hicimos al mover el armario, la despertó. Y, cuando me estaba yendo, se me cruzó, como siempre hace cuando quiere llamar mi atención. La seguí hasta la cocina y, una vez allí, metió el morro en su cuenco de agua, que estaba vacío, y se me quedó mirando. Se lo llené y, tras beber un poco, caminó con parsimonia hasta la puerta que da a la calle y ladró un par de veces.

Mientras sacaba a Neska a la calle para que haga sus necesidades, un fontanero decidió adelantar su descanso para almorzar, porque aquel día se levantó tarde y, con las prisas, no le dio tiempo a desayunar. Y como no había sitio para aparcar, optó por dejar su coche estacionado delante de la puerta de mi garaje.

Al abrir la puerta del garaje, me topé con el coche del fontanero, obstaculizando mi salida. Muy malhumorado, fui a preguntar en un par de restaurantes cercanos, si alguien sabía a quién pertenecía.

Mientras intentaba localizar al fontanero, varios operarios trabajaban en una obra situada al lado de una carretera secundaria, a seis o siete kilómetros de distancia. Dos obreros se encargaban de cortar el flujo de tráfico, cada vez que un camión entraba o salía: un obrero a cada lado: uno de ellos, innecesariamente lejos de la entrada de la obra e innecesariamente cerca de la salida de una curva.

Encontré al fontanero en el segundo restaurante al que fui a preguntar. Y me contó los motivos por los que había aparcado frente a mi puerta, pero ni rastro de una disculpa.

Mientras el fontanero quitaba su coche de en medio, el matrimonio del que hablé antes ya había cesado su discusión y se montaba en su todoterreno para ir a comer a la casa de su hijo mayor.

Sin que yo lo supiera, se estaba gestando la tormenta perfecta.

Conduje en dirección a Santander, sin ningún motivo para elegir dicho trayecto y no otro. Foo Fighters interpretaba «best of you» a través de los altavoces y yo reflexionaba y llegaba a la lógica pero esquiva conclusión de que debía dejar de permitir que tanto los demás como yo, sobre todo yo, saboteáramos mi Vida una y otra vez; necesitaba un cambio; debía romper con todo; tenía fuego en mi interior y necesitaba brillar: nací para brillar. Entonces recordé que, desde hacía meses, tenía las luces del coche mal reguladas: demasiado altas. Y se me ocurrió variar mi dirección para ir a un taller.

Mientras tomaba la carretera de la derecha en un cruce, los obreros interrumpían el tráfico para dar salida a un camión, y el todoterreno del matrimonio se detenía tras una larga hilera de vehículos, a una distancia muy grande del coche precedente.

Un solo cambio en esta secuencia de sucesos; tan solo uno; habría desembocado en otro resultado completamente distinto. Si a mi madre no se le hubiese caído el pendiente y no me hubiese pedido ayuda para recuperarlo, si Neska no se hubiese despertado y no me hubiese pedido que le llene su cuenco de agua y le saque a hacer sus necesidades, si el fontanero no se hubiese levantado tarde de la cama y no se hubiese ido de casa sin desayunar y no hubiese adelantado su hora del almuerzo y no hubiese aparcado frente a la puerta de mi garaje, si los operarios no hubiesen estado trabajando en ese lugar y el camionero no hubiese salido con su camión y los obreros no hubiesen parado el tráfico y uno de ellos no se hubiese colocado tan cerca de una curva, si no hubiesen coincidido tantos coches a la vez en un tramo de carretera que normalmente no tiene apenas tráfico, si el matrimonio no hubiese discutido por no ir nunca a ver a su hijo y no hubiese salido a hacerle una visita y no hubiese detenido su vehículo tan lejos del resto de la cola, si yo no hubiese recordado que debía regular la altura de las luces de mi coche y no hubiese cambiado de destino para ir a un taller a hacerlo, entonces, en ese preciso instante, habría cruzado algún punto de alguna carretera y habría continuado conduciendo hasta decidir volver. Pero cada una de las cosas relatadas se dio exactamente de ese modo y no de otro, y la confluencia de todas aquellas vidas, en apariencia independientes unas de las otras, desencadenó que yo me encontrase con el todoterreno del matrimonio al salir de la curva y que no tuviese tiempo suficiente para frenar y evitar el accidente que me cambió la vida.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

Ojalá estés disfrutando de la lectura, tanto como yo disfruté escribiendo esta locura para ti. Si te está gustando mi novela y te apetece leer la historia completa, con sus preliminares y su orgasmo final, puedes hacerte con un ejemplar aquí. Un esclavo se encargará de entregarte mi libro en la dirección que me indiques.

Realizo envíos a todo el mundo.
Si vives en España, te lo envío GRATIS.

Deja un comentario

Los campos marcados son obligatorios

Currently you have JavaScript disabled. In order to post comments, please make sure JavaScript and Cookies are enabled, and reload the page. Click here for instructions on how to enable JavaScript in your browser.