15. El otro lado de la ventana.

Según el cristianismo, masturbarse está mal.

Dios mata a un gatito cada vez que te tocas.

No entiendo por qué la masturbación tiene tan mala prensa. ¿Qué hay de malo en procurarte un poco de placer con tus propias manos? Cuando te la cascas, no haces daño a nadie; salvo a ti mismo si te emocionas demasiado. Y dudo mucho que, de existir un ser superior que nos observa, se escandalice por algo tan arbitrario. Estaría más preocupado por las barbaries que cometemos por dinero o en nombre de la religión, no porque te la peles como un mono.

Ya hacía mucho tiempo que no echaba un polvo.

Pero mucho.

Desde que me fui de Burgos.

La masturbación no era un lujo, para mí era una necesidad; como comer o beber; era algo que simplemente había que hacer. El sexo es mejor acompañado, pero no parecía haber en todo el planeta una sola fémina dispuesta a acostarse conmigo; menos mal que la solución estaba al alcance de mi mano: la auténtica autoayuda. A mis pies, dormía la mascota de la familia: Neska: un cocker spaniel de color canela. A veces me miraba y me cortaba el rollo. Miré hacia la puerta de mi cuarto: estaba cerrada: como la última vez que lo comprobé, hacía un par de minutos. Me hacía pajas ninja: pajas súper silenciosas; estaba ya muy entrenado en el arte de la paja ninja; pero si alguien entrara y me pillara con las manos en la masa, me moriría de la vergüenza. Pero, ¿por qué? ¿Por qué tenía que esconderme? ¡Si no estaba haciendo nada malo! ¿Por qué me sentía culpable cuando me hacía una puta paja? Imaginé que todos sabían lo que estaba haciendo: mis padres, mi hermana, incluso las conocidas a las que me follaba en mi mente; que sentían asco al saber que las desnudaba y las tocaba y les metía mi polla imaginaria: era una violación virtual.

En el interior de nuestra mente, somos libres.

Me horrorizaba pensar que quizá todo el mundo sabe la clase de pensamientos que tengo; quizá los transmito, sin querer, fuera de mi cabeza: una teoría que parece del todo inverosímil, pero, ¿quién sabe si las cosas son como me las han enseñado? ¿Y si todos los seres humanos del planeta participan en una especie de conspiración contra mí y se divierten observando mis pensamientos dementes?

En el interior de nuestra mente, todos somos monstruos.

Otras veces, me da por pensar que tal vez soy la única persona viva en todo el Universo y que los demás solo son cúmulos de materia orgánica que actúan movidos por un software neuronal. O, incluso, que la existencia es una mera invención de mi mente. ¿Y si soy el único ser vivo en todo el Universo? O, ¿y si yo soy el Universo? Sería demasiado triste que el único ente consciente que existe se limite a comer, beber, dormir, hacerse pajas, trabajar y ver la tele.

Alguien golpeó la puerta con los nudillos.

Cerré la tapa de mi ordenador portátil y me metí de un salto en la cama, para ocultar mi erección.

—Pasa —dije.

Era mi madre: no puedes seguir así, nos tienes muy preocupados, todo el día encerrado en la leonera, abre esa ventana y ventila, dúchate y sal a dar una vuelta y te aireas. Yo nunca replicaba sus palabras; ni tan siquiera le miraba a los ojos cuando me decía ese tipo de cosas; porque sabía que tenía razón y no podía rebatirlas; porque me había convertido en un desecho social: viviendo en casa de mis padres, currando en un trabajo que odiaba y que «todavía» no producía dinero como para poder sobrevivir con él, sin salir nunca de casa, aburrido de la existencia y de mí mismo, sin futuro.

El mundo se extendía al otro lado de la ventana.

Un Sol aciago luchaba contra las nubes en un día otoñal.

Ya no quedaba Vida en mí: de nuevo volvía a ser un zombi.

Llevaba ya más de dos meses sin poner un pie fuera de casa. Pero mis amigos eran unos capullos: me trataban como a un ciudadano de segunda categoría, hablaban mal de mí a mis espaldas y constantemente me lanzaban indirectas; jamás nada a la cara. Pisarme les hacía sentirse un poco menos miserables, aunque debería ser al contrario. Yo creo que los amigos de verdad son los que te critican a la cara y te defienden a tus espaldas. Los que lo hacen al revés, no son tus amigos. A veces salía con ellos una temporada y después desaparecía del mapa durante unos meses, y a nadie le importaba. Mi único superpoder en aquellos tristes días era la invisibilidad. Pero no deseaba que mis padres se preocuparan más y sufrieran por mi culpa, así que llamé a mis «amigos» y quedamos en salir de fiesta.

Eran cuatro: Juan Andrés, Octavio, Manuel y su novia Nora.

Siempre salían por un pueblo llamado Solares. El motivo: que está cerca y que formaba parte de su rutina habitual.

La mayor parte del tiempo, conversaban sobre lo mucho que odiaban sus trabajos y sobre la ineptitud de sus jefes. Decían que en lo que menos les apetecía pensar durante sus días libres, era en el trabajo, pero no dejaban de hablar de ello a todas horas. Seguían trabajando, hasta cuando no estaban trabajando. Yo no entendía qué sentido tenía aquello: si ese tema no le divertía a quien hablaba ni, menos aún, a quien escuchaba, ¿para qué lo hacían? Eran conversaciones de ascensor: hablar para matar el silencio y nada más. Ese tipo de cosas me hacían sentir que yo era un bicho raro: incapaz de verle el sentido a nada. En un momento dado, intenté meter baza, solo por integrarme, pero me soltaron que lo mío no era un trabajo: como trabajaba en mi casa y con el cerebro, no con los músculos, eso no era un trabajo; como no tenía jefes, sino responsabilidades, eso no era un trabajo. Yo no tenía derecho a quejarme como ellos; yo tenía mucha suerte. En cambio, la Vida era muy injusta con ellos y les daba menos de lo que merecían. Para ellos todo era una competición: si le ocurría algo bueno a uno, al otro le ocurría algo aún mejor; si le ocurría algo malo a uno, al otro le ocurría algo aún peor. La Vida se les escapaba, como arena entre los dedos, mientras se consumían en una batalla eterna por ver quién la tenía más larga. El típico grupo donde todos se dedican a marcar paquete. Me ponía enfermo al ver cómo se ponían verdes los unos a los otros, siempre por la espalda.

Un grupo altamente tóxico.

El que mejor me caía de todos ellos era Juan Andrés: al que todos llamábamos simplemente Juan. Se trata de un chico bajito, aún más que yo, pero que estaba cuadrado. Le obsesionaba el culto al cuerpo: se hinchaba a batidos de proteínas y se metía unas auténticas palizas en el gimnasio: ese era su tema de conversación preferido. Se peinaba el pelo con cera, formando unos llamativos pinchos con su cabello. Y era bastante bromista y divertido. Siempre buscaba hablar un rato con él; aunque fuese sobre culturismo. Era el menos contaminante y, posiblemente, con otras compañías podría despegar.

Me preguntó que cómo estaba y yo le respondí que bien.

Es más fácil decir que estás bien, que explicar por qué estás mal.

—¿No te aburre venir a Solares cada semana y hacer siempre las mismas cosas y con la misma gente? —le pregunté.

—Más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer —dijo.

—Debe ser el refrán más estúpido que he oído nunca —no dije, pero pensé.

Jamás mencioné las aventuras que Viví en Burgos: no se lo habrían creído. Todo les sonaría demasiado extraño para ser cierto. Cualquier cosa que se saliese de lo «normal» tenía que ser fantasía. Parecían ignorar que lo que pasa es que nunca ocurre nada interesante si te quedas sentado en tu cómodo sofá; que la única manera de que te pasen cosas diferentes, es siendo diferente y haciendo cosas diferentes. Por eso a mí ya nunca me ocurría nada interesante. Mi existencia se tornó tan aburrida como la de ellos. Solo que ellos parecían llevarlo bien, mientras que yo estaba al borde del abismo.

Octavio era el miembro más contaminante del grupo. No es que fuese mal tío, pero era un manojo de inseguridades y envidias y volcaba su cubo de mierda contra cualquiera que tuviese delante. Aquel sábado, él había quedado con Elisa: una chica que residía en Madrid capital y que visitaba Cantabria a menudo, para disfrutar de la naturaleza y de la playa. En ocasiones se enrollaban. Esta vez, Elisa se trajo a su prima Laura, quien venía desde la ciudad de Vitoria.

Laura.

Laura.

Laura.

Me quedé pasmado: era pequeñita, delgadita, con pelo moreno y unos ojazos verdes. Y tenía una carita de muñeca que hacía que te entraran ganas de abrazarla. Juan Andrés y Octavio iban a saco a por ella. Yo me mantuve al margen. Lo último que quería era entrar en otra absurda competición. Sin embargo, tenía la impresión de que Laura me miraba mucho.

—Te pareces a Batman —me dijo.

—¿Batman? —pregunté, sin entender nada de nada.

—Sí… Su boca.

—Soy Batman —dije con voz ronca.

Entonces me invitó a una copa.

Pensé que «tal vez» le gustaba, pero no era posible que una chica así se fijara en un paria social como yo. Ya no era el de Burgos: era un chico raro y repelente. Debían de ser imaginaciones mías.

La acompañé hasta la estación de ferrocarril. Se subió al tren, que iba a salir en dos minutos, y se quedó conmigo en la puerta, mirándome. Tuve la impresión de que deseaba que la bese. Pero no lo hice.

Y el tren se marchó, con ella y con la oportunidad de Vivir algo.

Basta con un parpadeo para que desaparezca el momento.

El momento que pudo cambiarlo todo.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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