14. Insomnio.

Los días eran largos.

Las noches lo eran aún más.

El tiempo parecía haberse ralentizado.

Cada día era la repetición de otra repetición.

Así transcurrieron casi dos años.

Otra noche cruel y opresiva, metido en la cama.

Como era habitual, aunque estaba agotado y somnoliento, no podía pegar ojo. Cuando caía el Sol y el mundo se silenciaba, el ruido de mi cabeza se escuchaba con más fuerza. Las agujas del reloj se arrastraban con dificultad y yo temía no sobrevivir hasta el crepúsculo de un nuevo día, idéntico al anterior.

El niño soñador que habita en mi interior; ese al que desterré; había vuelto. Me llenaba la cabeza de sueños y esperanzas.

No quería escucharle.

—¿Por qué no te vas y me dejas en paz de una puta vez?

—Ojalá pudiera irme y volar libre —manifestó él—. Pero formo parte de ti. Tan solo me escondí durante un tiempo; nunca me llegué a ir. Y si piensas que tu condena es estar atado a mí, imagina lo que pienso yo, que estoy atado a una persona con miedo a Vivir.

Era menos feliz que el año anterior.

Y el año anterior, fui menos feliz que hacía dos.

Casi dos años atrás, y un capítulo antes, recibí una llamada telefónica que cambió mi rumbo: era mi padre: me pidió que vuelva. Y lo hice: dejé la carrera y volví a la casa de mis padres, a dos horas en coche de Burgos: imposible continuar estudiando desde tan lejos. Ellos jamás habrían querido que deje de estudiar, pero llevaba demasiados años perdiendo mi tiempo y el dinero que, sin merecerlo, me ingresaban para pagar la matrícula. Me avergüenzo de haber desaprovechado la pasta que a ellos tanto les costó ganar. Y me duele haberles fallado. Esperaban más de mí. Cuando iba al instituto, nos hicieron un test de inteligencia a todos los alumnos. Y, aunque el resultado era secreto, solicitaron tener una reunión conmigo, en la que me informaron de que, supuestamente, me encontraba dentro del uno o dos por ciento de la población más inteligente.

«Podrás hacer lo que quieras», me dijo el profesor.

Pero nunca supe qué es lo quería.

Cada año comenzaba el curso con ganas de «hacer las cosas bien», pero siempre acababa perdido tras la estela de alguna estrella fugaz. Me embarcaba en miles de proyectos y nunca terminaba nada. Porque mi mente funciona a demasiada velocidad. El más leve estímulo puede ocasionar que montones de ideas se disparen en todas las direcciones y resulta complicado procesar tanta información. Vivo las cosas de forma muy intensa: algo así como un estado de consciencia extremo. Y mola mucho; me siento muy Vivo; pero Vivir las cosas con tanta intensidad, no es algo que resulte fácil de llevar.

Mi situación: viviendo con mis padres; trabajando en el negocio online que teníamos montado mi padre y yo; sin estudios superiores, sin futuro y sin ilusiones.

Bajé al garaje.

Allí estaba mi flamante SEAT León FR Mk1 de color «amarillo ovni», con la centralita reprogramada para elevar su potencia hasta los 210 caballos. Fue lo primero que compré cuando la empresa empezó a dar beneficios. De las cosas materiales que poseo, mi coche es a la que más cariño le tengo. Un símbolo de libertad: poder ir a donde quiera, cuando quiera. Irónicamente, eso me obligaba a trabajar para pagar el crédito al que me encadené. Trabajaba para mi coche. No añadí más libertad a mi vida, sino más obligaciones.

Le pedí permiso a «mi» coche para dar una vuelta con él; le dije: «jefe, ¿me dejas conducirte un rato?». Nunca se niega. La casa de mis padres está en un bonito pueblo cántabro llamado Liérganes. Casas de piedra, un río, un puente romano, montañas de verdes prados rodeándolo: una de ellas tiene dos picos y, debido a su curiosa forma, se la conoce como «Las Tetas de Liérganes»: allí me dirigía. Era muy tarde y el pueblo dormía. De vez en cuando pisaba a fondo el pedal del acelerador y el León rugía y me clavaba contra el asiento. Los faros iluminaban el estrecho y sinuoso sendero de tierra. Cuando este se terminó, caminé hasta uno de sus picos y, desde la cima, respiré el aire de la noche y grité con todas mis fuerzas.

¡Un momento!

¿Estaba pasando?

¿O estaba dormido?

No. No había ocurrido. En realidad estaba sentado en mi coche, dentro del garaje, bañado por la luz artificial de los fluorescentes.

No había ido a gritar desde la cima de la montaña.

Ni siquiera había llegado a arrancar el coche.

Tal vez lo había soñado. O quizá fue una alucinación. Nunca estaba dormido del todo; tampoco despierto; siempre en un estado intermedio. Las paredes de la realidad se habían derrumbado. Todo tenía el mismo aspecto onírico. Mi cuerpo se movía por inercia, conmigo atrapado en su interior. A veces percibía la textura de la realidad; la veía desde fuera, como si yo no perteneciese a ella. En esos momentos me estremecía, como si estuviera a punto de entender el sentido de la Vida o de perder el juicio del todo. Así era el insomnio: jamás completamente dormido; jamás completamente despierto.

Dirigí mis cansados ojos hacia mi derecha.

En el asiento de copiloto estaba sentado el señor Destino.

—¡Lárgate! Ese rollo del destino es una chorrada. No creo en ti.

—Yo tampoco creo en ti —dijo, al tiempo que desaparecía.

No podía más: necesitaba desconectarme.

Cerré los ojos e intenté dormir, sentado en el coche.

Pero no conseguía dejar la mente en blanco.

Siempre había algo en mi trastienda mental.

Pensar que no quieres pensar, es pensar.

Una guerra civil se libraba en mi cabeza.

El conflicto lo ocasionaba la enorme distancia existente entre la persona que deseaba ser y la persona que era.

Estaba triste porque me iba mal.

Me iba mal porque estaba triste.

Traté de llorar: apresar la pena en mis lágrimas y expulsarla.

Pero nada: el grifo estaba cerrado.

Sin vía de escape, el dolor se acumulaba, gota a gota.

La angustia me embargaba.

Estaba al borde del colapso.

Tanto la existencia como la inexistencia, me atemorizaban.

No existen palabras que alcancen a expresar la magnitud de la oscuridad que me envolvía.

Demasiado loco para tener una vida normal.

Demasiado cuerdo para tener una vida loca.

Lo peor es que esto me ocurrió también el día anterior.

Y hacía dos días.

Y hacía tres días.

Y con total seguridad, me volvería a ocurrir al día siguiente.

Y dos días después.

Y tres días después.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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