13. La llamada.

Tres semanas tratando de ligar, cosechando un rechazo tras otro.

Otras dos semanas sin salir de casa, salvo para ir a trabajar.

Cinco semanas en total, luchando contra mis demonios.

Mi superpoder se esfumó. Y sin él, mi mente quedó en un estado de ofuscación perenne: siempre llena de ruido y de dolor.

Llamé en múltiples ocasiones a «chica cariñosa móvil», sin obtener respuesta. Además le envié más de veinte mensajes, todos ellos también sin respuesta. Fue patético.

Aunque carecía de ganas de salir de casa, me forcé a ello las tres semanas siguientes. Andaba en la búsqueda del superpoder perdido. Deseaba acallar todo ese maldito ruido y volver a experimentar la paz que me proporcionaba el hecho de no esperar nada de la Vida. Aquel superpoder, que me ayudó a aceptar que yo no era nadie importante, al mismo tiempo me permitió caminar por encima de los demás; flotar en el aire. Traté de seducir a alguna chica, del mismo modo en el que llevaba meses haciéndolo, pero yo ya no era esa persona sin miedo a nada y capaz de todo. Cuando seleccionaba un objetivo, el miedo me paralizaba y no era capaz de abordarla; y cuando sí lo era, no era capaz de mantener una conversación con sentido; y cuando sí lo lograba, me comportaba como un niño asustado y las mujeres olían mi miedo a kilómetros. Y hay pocas cosas que espanten más a las mujeres, que la inseguridad de un hombre.

Tras cinco semanas sin quedar con él, ni responder a sus llamadas, me pasé por la casa de Clon. Pensé que quizás encontraría la solución allí. Era el mediodía de un domingo y se acababa de levantar. Me condujo hasta la cocina, donde se sirvió un vaso de leche fría.

Le conté lo ocurrido con la chica con la que pretendía iniciar una relación y mis intentos infructuosos de volver a ligar. También le hablé de todo lo relacionado con lo que yo consideraba que era mi superpoder. A continuación, seguí con algunas de las desgracias que me habían sucedido últimamente. Y él me expuso su teoría acerca de que todo resulta más gracioso si te imaginas a la gente con los pantalones bajados; y tenía razón: le resta dramatismo a cualquier mal recuerdo. Volví al tema de la que podría haber sido mi novia y me dijo que él tiene la misma opinión sobre las mujeres que respecto a las viviendas: mejor alquilar: sale más barato y sin ataduras.

—Así que la leyenda del empotrador llegó a su fin —rio Clon.

Silencio.

—Deberías follarte una gorda, a ver si así te desatascas —sugirió.

Continué en silencio.

—Las gordas también tienen derecho a follar —añadió—… pero que lo paguen. Jaaaa, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, jaaa, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja.

Permanecí en silencio mientras él se descojonaba de la risa.

—Ja, ja, ja, ja, ja, jaaaaa, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, jaa, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, jaaaaaaaaaaaaa, ja, ja, ja, ja, ja, ja, jaa, ja, ja, ja, ja, ja, ja, jaa, ja, ja, jaaa, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja.

Se rio tanto, que derramó un poco de leche sobre la vieja camiseta negra que llevaba puesta. Su padre, que estaba viendo la Fórmula 1 en el salón, vino a por una lata de cerveza de la nevera. Antes de salir, echó un rápido vistazo a la camiseta de Clon y declaró:

—Hijo mío: desde luego, eres tonto hasta para hacerte pajas.

Ni siquiera con eso me reí. Estaba desinflado.

Mi teléfono sonó.

Pero no era ella.

Descolgué.

—Sí. Dime —contesté, desganado.

Escuché durante unos segundos.

—Vale. Eso haré —aseguré—. No te preocupes.

Suspiré.

—No. Ninguna novedad —continué—. Nada que contar.

Clon me observaba, con cara de aburrimiento.

—No me pasa nada. Solo estoy cansado. Ya hablaremos. Adiós.

Colgué.

—¿Qué pasa? —cuestionó Clon.

—Me voy —afirmé.

—¿Ahora? ¿A dónde?

—Me voy de esta ciudad. Para siempre.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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