11. Solo es una puta palabra.

Me desperté desconcertado.

No reconocía la habitación.

Tardé unos segundos en darme cuenta de dónde estaba.

La noche anterior te conocí y me impresionaste: cariñosa, divertida, inteligente, guapa, con un cuerpo bonito y, sobre todo, buena persona; al menos en apariencia. No eras «ella», mi prototipo de chica ideal, pero te parecías mucho. Y me quedé a dormir contigo después de follar: era la primera vez que hacía tal cosa; normalmente, cuando alguien me lo pedía, salía disparado dejando un agujero con mi forma en la puerta. Me gustabas, es decir, valías la pena, pero yo no estaba preparado para estar con nadie, más allá de un día o de una noche. Una historia que recordar y una sesión de sexo eran todo lo que yo te podía ofrecer. Fuck & run. Sin embargo, me quedé.

Hacer el amor es como follar, solo que disfrutas incluso más del abrazo de después, que del polvo.

Eso a mí no me ocurría nunca.

Nunca quería abrazos después de follar.

Nunca quería besos después de follar.

Nunca quería conversaciones después de follar.

Mientras me estaba tirando a una tía que acababa de conocer, siempre había un breve momento de conexión durante el que la quería. Era un amor irracional, auténtico, pero fugaz, no un amor eterno. Pero al terminar, deseaba teletransportarme lejos de ella. Porque al terminar me consumía la nada. Me sentía como si me fuera a morir. Era como si hubiese eyaculado toda mi fuerza vital. A veces ocurría tras el cuarto o quinto polvo, a veces tras el primero, pero antes o después llegaba el momento en el que debía marcharme; y rápido.

En aquella ocasión, tras un polvo maratoniano, me quedé chafado, como siempre, pero en lugar de irme, de mis labios brotó algo que me sorprendió en cuanto me escuché a mí mismo:

—Abrázame —te solicité.

Quisiste decir algo y yo te interrumpí:

—Por favor: no hables. Solo abrázame.

Entonces lo supe.

Supe que estaba jodido.

Me sumergí en tus brazos y el aroma de tu cabello me reconfortó.

Y nos besamos: un beso de amor; pero amor a la situación, no a la persona que teníamos delante. En realidad era un beso que le dábamos a la Vida.

—Podrías quedarte aquí está noche —deslizaste.

—Te lo agradezco. Pero lo que necesito es volver a casa.

—Por favor: quiero que te quedes —imploraste—. No te molestaré. Solo esta noche. Mañana eres libre de irte… si es lo que deseas.

—¿A qué viene tanto interés? Me acabas de conocer. Es imposible que sea alguien importante para ti.

—Porque se nota que te sientes solo y yo también me siento sola.

—Todos estamos solos de algún modo —te dije—. Dormir con un desconocido no va a cambiar eso: seguirás estando sola.

Entonces tus ojos se humedecieron. Una lágrima se separó del resto y recorrió tu mejilla izquierda. Te la sequé con mi dedo pulgar y te miré con ternura, como si fueses una pobre niña indefensa.

—Tranquila, pequeña —te consolé—. Chúpamela un rato y verás cómo se te pasa.

Fue una broma estúpida, pero conseguí arrancarte una sonrisa.

Inhalaste aire ruidosamente, como un suspiro invertido, y dijiste:

—Ahí fuera hace mucho frío. Quédate aquí conmigo; calentito. Podríamos estar solos, juntos.

Lograste estremecer mi alma de escritor; escritor que no escribía.

—No te convengo —te avisé—. Aléjate de la gente como yo.

No contestaste. Te limitaste a abrazarme muy fuerte. Sabías que en el fondo era todo lo que necesitaba: qué alguien me diese un abrazo sincero. No hacía falta que esa persona me quisiera; solo que me diese un abrazo auténtico. Y yo le devolví el abrazo a la Vida y, por primera vez en mucho tiempo, dormí en paz con la Vida.

Por la mañana, cuando por fin me percaté de dónde estaba, pensé en marcharme, siendo tan sigiloso como me fuera posible, pero estabas despierta. Me contaste que dormía como un angelito y que no querías despertarme y me preguntaste qué tal había dormido.

—Bien. Gracias —te respondí, seco.

—¿Cómo de profundo es tu amor?

Tu pregunta, además de no venir a cuento, parecía sacada de una canción muy cursi o de una película aún más cursi.

—Unos dieciocho centímetros —respondí.

—Ja, ja, ja. ¡Me encanta tu polla! —exclamaste, al tiempo que te sumergías bajo las sábanas, en su búsqueda.

Tenía el día libre en el trabajo y una sesión diurna de sexo no me iba a hacer daño. Todo era perfecto. Era perfecto hasta que dijiste:

—¿Quieres que vayamos a comer algo por ahí?

De pronto me vi a mí mismo en una cama extraña, en una casa extraña, junto a una persona extraña y me sentí muy agobiado.

—No, gracias. Me tengo que ir —fue mi casi inaudible respuesta.

—No lo entiendo. ¿Qué te pasa? Sé que te gusto.

—No me gustas —mentí.

Tu cara era todo un poema: conseguiste contener tus lágrimas, pero no evitar que tu boca se torciese y dibujase un feo rictus de tristeza. Retornó a mí el instinto protector, pero esta vez no iba a caer.

—No tengas miedo de enamorarte —lograste decir.

—Yo no tengo miedo a nada —volví a mentir.

Y con cada mentira, me sentía peor. Odio mentir.

—Sí lo tienes. Te acojona pensar que igual te gusto. Querías un rollo de una noche y te has encontrado con más. No tengas miedo.

—No quiero encoñarme de nadie. Sería un gran error. Todas las historias de amor acaban siempre en lágrimas.

—Eso no es cierto. Existen las parejas felices y eternas.

—Sí lo es. Se mienten, se traicionan, se ponen los cuernos. Un día te quieren con locura y al siguiente ya no te quieren ni ver. O peor aún: igual te sorprendes siendo tú quien le hace daño a la otra persona. Para enamorarse hay que tener unos cojones muy grandes. Es como saltar de cabeza a una piscina con los ojos cerrados, sabiendo que casi seguro va a estar vacía y que te vas a dar una hostia que te va a dejar una cicatriz espantosa. Y en el improbable caso de que la pareja permanezca unida hasta el final, un día morirá uno de los dos y dejará al otro solo y desconsolado. Para enamorarse hay que estar loco y ser muy valiente; y yo estoy loco, pero soy un cobarde.

—Tienes una visión demasiado cínica del amor —opinaste.

—¿Amor? El amor es una enfermedad contagiosa. No existe otra enfermedad en el mundo que haya hecho tanto daño a tantas personas como el amor. En realidad el amor no existe. Existen la obsesión y la dependencia emocional. «Amor» solo es una palabra que inventó el ser humano. «Amor» no es nada. «Amor» no es más que una puta palabra.

—Entonces, ¡enfermemos juntos! —Exclamaste con vehemencia—. Quiero que seas mi obsesión; quiero enfermar de amor por ti. Qué importa si es una enfermedad, mientras seamos felices.

—Pero yo no quiero eso. Yo estoy bien así.

—Eso crees. Pero sí quieres —aseguraste—. De momento solo te gusto, aunque lo niegues, pero pronto perderás la cabeza por mí.

—No insistas. El amor es como los pedos: si lo fuerzas demasiado, lo que consigues es una mierda.

—Se nota que te han hecho daño, pero yo curaré tus heridas.

—No soy un cachorrito herido al que curar. Además, lo he visto decenas de veces: las mujeres anheláis cazar chicos malos y domesticarlos: les intentáis enseñar a sentarse, dar la patita y todo eso. Y si lo lográis, os buscáis otro chico malo al que domesticar. ¿Por qué no te ahorras el proceso, te buscas un chico bueno y tratas de ver si puedes tener una relación sana con él? ¿No sería mejor eso, que tener una relación tóxica y disfuncional con alguien que va a tratarte mal?

—Pero… tú no eres malo.

—Yo soy un pobre diablo sin objetivos y sin futuro, que camina sobre el alambre y que no se soporta ni a sí mismo. Aléjate de mí y de cualquier otro hombre que huela a problemas. Búscate un hombre bueno y que ya sea lo que quieres que sea, no alguien a quien debas cambiar. Suena más lógico, ¿no te parece?

—El amor no tiene que ser lógico —rebatiste, incansable.

Me levanté de la cama y me vestí. Tú guardaste un triste silencio.

—Me voy —avisé—. Y no quiero que te sientas mal. Yo no merezco tus lágrimas; ni las de nadie. Eres una gran chica y, si yo estuviese bien, no te dejaría escapar. Pero yo solo puedo estar solo. No intentes salvarme. Sálvate a ti misma.

Me pediste mi teléfono. Insististe tres veces y acabé dándotelo, por pena. Y me diste un toque a mi móvil para que yo también tenga el tuyo; o quizás para comprobar que no te di un número falso.

—Piénsatelo, ¿vale? —insististe—. Espero tu llamada.

—Adiós, guapa —me despedí, con ternura.

Salí de tu casa y mi agobio disminuyó, pero no desapareció.

Iba con el piloto automático.

No era dueño de mi cuerpo, mientras este conducía mi coche.

Tampoco era dueño de mi mente, que estaba desbocada.

Busqué el CD de Linkin Park y puse la canción «Easier to run».

No sé por qué, acabé en la casa de Clon.

Me abrió la puerta su padre y yo pasé y fui a buscarle.

—¡Me cago en la polla de su madre! —Exclamó Clon—. ¿Qué haces tú aquí, un día entre semana y a las tres de la tarde?

—Yo también me alegro de verte.

—Macho, te veo más despeinado de lo normal, que ya es decir. ¿Vienes de empotrarte a una o te acabas de levantar?

—Ayer conocí a una chica por la calle y todo fue bien… pero me quedé a dormir con ella y ahora estoy bien jodido.

—¿Por qué? ¿Te enculó con un consolador?

—¿Es que no puedes hablar en serio ni dos minutos? —lamenté.

—Va… No te rayes. Vente arriba. Seguro que no es para tanto.

—El problema es que me intentó convencer de que salgamos juntos, en plan novios. Y nunca me había costado tanto decir que no.

—Si te ha costado tanto y estás de bajón, será que te gusta.

—¡No jodas! No me había dado cuenta —ironicé.

—Oye, macho, si has tenido la oportunidad de estar con una piba que te mola y no la has aprovechado, no lo pagues conmigo.

—Bueno… tengo su número. Pero aunque la llamara… no funcionaría. ¿Yo con novia? Yo no valgo para eso… ¿No?

—Deja de hacer el «mongolo» y llámala ahora mismo. Y si no os va bien, sigues con tu vida de siempre y ya está. Nada que perder.

—¡Tienes razón! ¡Gracias, tío! Y perdóname. Soy un gilipollas.

—De nada. Y ahora cierra la puerta y déjame cagar tranquilo.

A la carrera, salí de su baño, de su piso y del edificio y entré en mi coche de un salto.

Saqué mi móvil del bolsillo de mi pantalón y busqué tu número.

«Chica cariñosa móvil».

¡Ni siquiera sabía tu nombre!

Era un capullo.

Debía cambiar.

Debía aprender a usar bien mi superpoder.

Debía convertirme en un superhéroe para ti.

Y tú serías mi superheroína.

Tú serías quien me salvaría de mí mismo.

Llamé.

Sonó un tono.

Sonó otro tono.

Estaba muy nervioso y emocionado.

—Hola —dijiste, con una voz que se me antojó dulce y femenina.

—Hola guapa. ¡Mi respuesta es «sí»! Y quiero verte ahora mismo.

—Lo siento, Javi —te disculpaste—. Tienes razón: debo alejarme de los tíos como tú. Eres bueno, pero demasiado problemático.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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