10. La chica con pollas en la cabeza.

—Mira que tía —le señalé a Clon, refiriéndome a una morena explosiva, con un culo y unas tetas de infarto—. ¿Has visto? Le haría de todo: follaría con ella hasta que uno de los dos muriese, le daría por el culo hasta que llore, se la clavaría tan profundo que si alguien consiguiera separarnos le nombrarían rey de Inglaterra, le diría…

Me percaté de que Clon estaba pidiendo algo en la barra. Giré la cabeza y a mi lado, en vez de él, estaba una rubia diminuta, de en torno a metro y medio, partiéndose el culo. Tampoco estaba nada mal. Llevaba puesto un sugerente vestido azul oscuro, muy apretado y cortito, con una cremallera por delante, que iba de arriba a abajo. Le guiñé un ojo, tratando de hacerla cómplice de mi travesura.

—¿Debería hablar con ella? —le pregunté.

—Si vas a hablarle así, te dará un tortazo.

—Ja, ja. Seguramente. Creo que debería presentarme: me llamo Javi. Y a partir de aquí, todo va a ir a peor.

—No va a ir a ninguna parte —aseguró, divertida.

—¿Y por qué debería ir a alguna parte? ¿Acaso no pueden dos desconocidos mantener una conversación, sin pretender nada más?

—La amistad entre hombres y mujeres no existe.

—No veo por qué un hombre y una mujer no pueden ser amigos.

—Cuando un hombre y una mujer son amigos, el hombre finge no querer follársela y la mujer finge no saberlo —explicó.

—Digamos que es así. Entonces yo fingiré que no estoy deseando arrancarte el vestido de un tirón y hacerte el amor durante toda la noche y tú fingirás que no has escuchado lo que te acabo de decir.

—Trato hecho. Ji, ji. Pero de verdad que no va a pasar nada. Solo soy una chica que quiere charlar un rato y reírse un poco.

—¡Claro! Solo estaba bromeando.

Y de esta manera, seguimos el guion que ella misma propuso.

Cuanto más hablábamos, más atractiva me parecía. Era divertida y despierta y se podía hablar con ella de cualquier tema. Pero llegaron sus amigas y se la llevaron, tirando de su brazo con brusquedad.

Pasé unos minutos conversando con Clon y después entré a la chica de la que hablaba al principio del capítulo: la «morena explosiva». Me intentó aplastar como a una hormiga, como habría hecho ya con montones de tíos, pero no se puede aplastar a un hombre con mi superpoder: recordemos: que nada me importaba una mierda. Normalmente, cuando ocurría esto, me marchaba y ya está; no merecía la pena malgastar saliva en casos perdidos; pero en aquella ocasión, no sé por qué, algo me empujó a responder a su insolencia con otra insolencia. La diferencia entre ambos radicaba en que ella estaba visiblemente afectada, con una mezcla de furia y vergüenza, mientras que yo me lo tomaba como me tomaba todo en aquella época: como un juego. Y seguimos así, un minuto o quizá dos: lanzando nuestra artillería pesada. Hasta que la situación se tornó tan tristemente cómica, que acabamos riéndonos de nosotros mismos. Eso dio pie a una conversación. Sus defensas habían caído. Era como si yo hubiese pasado una especie de prueba. De pronto parecía que ella estaba más interesada en mí, que yo en ella. En parte, porque cuanto más hablábamos, menos atractiva me parecía: justo lo contrario de lo que me pasaba antes con la rubia diminuta. Me pregunté qué estaría haciendo y la busqué con la mirada. Había un tío tratando de ligársela y la mini rubia parecía asustada. Sus dos amigas tenían la misma expresión en sus caras.

—Lo siento —me excusé—. Tengo que… ¡Bah! Da igual.

Para qué iba a dar explicaciones. Me la traía floja.

Me acerqué a la mini rubia, le pasé un brazo por encima de los hombros y dije:

—Hola mi amor. ¿Todo bien por aquí?

El tipejo se quedó casi tan sorprendido con mi llegada, como la morena explosiva con mi marcha repentina.

Antes de seguir hablando, me tomé unos segundos para localizar a Clon con la mirada, por si acaso. Porque yo siempre he sido un cobarde en las confrontaciones físicas. Una vez localizado:

—Perdón. ¡Qué maleducado soy! Me llamo Javier. ¿Y tú? —pregunté, ofreciendo mi mano.

—Alfonso —respondió.

—¿Adolfo?

—No, Alfonso —corrigió.

—Encantado de conocerte, Adolfo. Pero ahora quiero irme con mi novia. Tengo ganas de echar un polvo.

Y sin esperar réplica, cogí de la mano a la mini rubia, la conduje hasta el ropero de la discoteca, donde un chico nos entregó nuestros abrigos, y salimos a la calle. Ella no se opuso en ningún momento.

Estaba lloviendo copiosamente. Nos quedamos en la puerta.

—Ese tío era un baboso —aseguró la mini rubia—. Le pedí que se vaya, pero no se iba. Además estaba muy borracho.

—No estaba tan borracho. Es solo que era un pesado.

—Te agradezco mucho tu ayuda. Eres todo un caballero.

—Eso lo dices porque tengo la suerte de que aún no me conoces.

—No, en serio: eres una buena persona.

—Me gustaría creerte; de veras; pero últimamente no me caigo demasiado bien a mí mismo.

—Lo eres. Yo noto esas cosas. Soy muy intuitiva —insistió.

Me dieron ganas de despedirme e irme en ese mismo instante. Porque si le daba el tiempo suficiente, acabaría viendo lo que era en realidad. Pero me apetecía averiguar qué escondía ese vestido azul.

—Tengo mi coche ahí—indiqué—. Solo tenemos que cruzar la calle corriendo y estaremos a salvo de la lluvia. ¿Quieres que te deje en alguna parte?

—No sé… La noche es joven. Ji, ji, ji.

La volví a coger de la mano y corrimos hacia mi coche.

—Me has salvado —dijo a medio camino—. Eres mi héroe. Ji, ji.

Y allí mismo, en medio de la carretera, la besé bajo la lluvia. Era como el climax de una de esas películas ñoñas de Hollywood.

—¿Por qué me has besado? —preguntó ella, sin perder la sonrisa.

—Porque quería hacerlo.

—Pero… estaríamos locos si hiciésemos siempre las cosas que queremos.

—¿No es más de locos no hacerlo?

¡Joder! Estaba que me salía.

Lo mejor de todo es que no estaba interpretando un papel. Realmente me apetecía ser un héroe por un día.

—Igual te parezco un poco atrevida, pero me gustaría que me llevaras a tu casa —me pidió, aún abrazados en medio de la calle.

—¿Desde cuándo ser atrevido es algo malo? Me parece estupendo que una persona se atreva a ir a por lo que quiere.

—No has respondido a mi pregunta.

Ni de coña. En cuanto entrase en mi casa, desaparecería mi superpoder y entonces volvería a caer la oscuridad sobre mí y ya no habría más héroe, ni antihéroe. Volvería a ser un niño asustado.

—Me encantaría. Pero no vivo aquí —mentí—. He venido a pasar el finde en casa de un colega que vive con sus padres.

Lo primero que me sorprendió fue darme cuenta de que, en todos aquellos meses de locura, era la primera vez que le mentía a una chica. Lo segundo que me sorprendió fue que no me gustó hacerlo.

—Yo también vivo con mis padres —confesó, apenada—. Pero tengo una idea: voy a llamar a una amiga, a ver si nos deja ir a su casa. Ella es de fuera y estudia aquí. Lo comparte con una amiga suya y tienen un cuarto libre que no usan.

Llamó y todo salió bien: su amiga estaba en casa y nos dejaba ir.

No tardamos ni cinco minutos en llegar. Estaba muy cerca. Todo estaba saliendo a pedir de boca. Tal vez la Vida no era tan cruel conmigo como yo pensaba. Tal vez la Vida solo me había llevado al límite para hacerme reaccionar. Tal vez lo que me faltaba era aprender a controlar mi superpoder y así ser un héroe, no un antihéroe.

Ya en nuestro cuarto prestado, hice algo que llevaba toda la noche deseando hacer: cogí su cremallera, la que tenía su vestido por delante y que iba desde arriba hasta abajo, y la bajé de un solo tirón. Su vestido azul cayó al suelo. Me gustaba su cuerpecito: una chica guapita y con buen cuerpo, pero hecha a escala; concentrada en, más o menos, un metro cincuenta de estatura.

—¡Todo esto que está pasando es tan increíble! —Dijo—. Es cosa del destino.

—¿El destino? «Destino» solo es una palabra que se han inventado los conformistas para no aceptar su responsabilidad sobre sus actos. Es masturbación emocional.

—Chúpame las tetas. Me vuelve loca que me chupen las tetas.

Y a ello me dispuse. Pero estaba completamente plana. Así que me limité a chupar sus pezones y los alrededores, donde deberían estar las tetas, mientras le acariciaba el coño. Así debimos de estar como un par de minutos y se corrió.

—¿Te has corrido?

—Es que estaba muy cachonda. Te voy a contar algo que no le he contado nunca a nadie; ni siquiera a mis amigas.

Tragó saliva y se tomó unos instantes, antes de continuar.

—Siempre tengo pollas en la cabeza.

—¿Qué? —pregunté, sin entender qué quería decir.

—Pues eso: que siempre estoy pensando en pollas. Sobre todo cuando salgo de fiesta. Por eso suelo acabar con cualquier tío en la cama y luego me arrepiento. Pero tú no eres cualquier tío. Tú eres mi héroe y el destino quiso que te cruzaras en mi camino.

—Vaya pollazo que te voy a dar, rubia —fue mi contestación.

—Lo siento… Verás… Es que… Me muero de ganas de hacerlo, pero no puedo. Es que… tengo novio y no estaría bien. Pero te puedo hacer una mamada. Y tú me lo comes también a mí.

—¿¿¿Cómo???

—Entiéndeme. No le puedo hacer eso a mi novio. Le quiero.

—¿Pero una mamada, sí?

—Bueno… No es como follar.

—Tú estás loca. ¿Sabe tu novio lo de tus mamadas?

—Ojos que no ven, corazón que no siente. Y lo de follar es algo muy íntimo y me lo guardo solo para él. Porque le quiero mucho.

—Ya veo que le quieres un montón, ya.

—¿Quién te crees que eres para juzgar cuánto le quiero?

Tal y como predije, dejé de ser su héroe. Era cuestión de tiempo.

—Odio todo lo que representas —espeté, con rabia.

—Como él no sabe nada, es feliz. Y yo también soy feliz con esta doble vida. Así que todos contentos. ¿Qué problema hay?

—¡Joder! ¿Qué te parecería que él estuviera haciendo lo mismo?

—Sabes que si no es contigo, estaré con otro, ¿no?

—Claro que lo sé.

—Entonces esto es una pérdida de tiempo. Yo soy así y no voy a cambiar. Aprovecha. Si no lo haces tú, lo aprovechará otro más listo.

—Adiós, pirada.

Normalmente era más pragmático. Si el daño iba a ser infringido igualmente conmigo o con otro, si yo no era el culpable de ese mal, si el que yo pasara la noche con ella no iba a cambiar nada, entonces, ¿por qué no lo hice? ¿Y por qué me enfadé tanto? ¿Y por qué intenté ser un héroe por un día? ¿Desde cuándo me importaba si era un héroe o un villano o un antihéroe o ninguna de esas cosas?

¡Mierda!

Sabía que antes o después sucedería.

El final estaba próximo.

¡Gracias por pasarte por Algo Épico! 🙂

 

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