Los que me seguís, sabéis que últimamente estoy sufriendo algunas crisis de escritor. Me estoy enfrentando a muchas cosas, cosas maravillosas, pero muchas a la vez, y temo no estar a la altura.

Mi hija ha nacido hace dos semanas y, desde entonces, no he logrado dormir más de cuatro horas entre Sol y Sol. Los días pasan: los ahorros que había reunido para poder dejar mi trabajo y lanzarme a por mi sueño de ser escritor siguen mermando y mi novela no avanza (en estas dos semanas he escrito seis páginas).

No me cuesta escribir, podría hacerlo hasta durmiendo, pero mi deseo es que cada capítulo de mi novela te produzca un orgasmo mental y no soy capaz de escribir algo así con tanto sueño, sin poder juntar más de dos horas seguidas de escritura y con tantos miedos asaltándome a la vuelta de la esquina. A veces me quedo dormido un minuto o dos o cinco y sueño que estoy trabajando en la vía, bajo el frío y la lluvia. Sueño eso porque así es como ahorré para esto, durante los años en los que la crisis azotaba con fuerza. Temo que me pille el tiempo y termine otra vez trabajando en los ferrocarriles: porque si tengo que hacerlo, no dudes que lo haré: por mi hija; por mi esposa; por mi pequeña gran familia.

Normalmente, cuando me siento frente a la página en blanco, suelo imaginar lo que estoy escribiendo como una escena de cine y entonces me dejo llevar, pero en las últimas semanas mi mente desperdicia toda su energía en defenderse contra el miedo al fracaso y en mantenerme despierto: ahora mismo estoy a un 10% de mi capacidad: estoy en batería baja. La pasada noche dormí dos horas; después de comer conseguí dormir otra hora y media: con eso, abatido por el cansancio y por la frustración de no poder avanzar con mi novela, me he vuelto a sentar frente a las teclas sobre la media noche: cuando he podido. Y aquí estoy, perdiendo el tiempo en absurdas batallas contra el miedo al fracaso.

Entonces me he girado y he visto durmiendo en una cama a Leo: mi perro: mi fiel escudero, que siempre está allá donde esté yo. Le he visto durmiendo tan plácidamente, que he sentido envidia. Así que he cambiado la silla por la cama: me he tumbado junto a él, con el portátil sobre mi regazo, y he empezado a escribir este texto que estás leyendo: un texto simple, plano, sin pretensiones, pero liberador. Y, antes de terminar de escribirlo, he bajado a darle un beso a mi preciosa esposa y a mi preciosa hija. Al hacerlo me he sentido afortunado e imbécil: imbécil por malgastar el tiempo y la poca energía que me queda con miedos e inseguridades, como si yo fuera un cobarde. Si fuera un cobarde, nunca me habría atrevido a subirme solo a un avión y cruzar el charco para reunirme con la que ahora es mi esposa y la madre de mi hija; si fuera un cobarde, ahora tendría el doble de dinero (y la mitad de vivencias) y la novela estaría publicada hace meses, pero me estaría matando el terrible «y sí».

Después me he puesto a recordar algunas de las experiencias grandiosas que he vivido (algunas de ellas las cuento en Algo Épico, mi novela 😉 ) y me he dado cuenta de que ha sido una vida muy intensa, pero que lo mejor está aún por llegar. Porque aún tengo hambre; porque a mí no se me acaba la pasión; porque cuando te enfocas y avanzas hacia el lugar que ansías, a veces corriendo, a veces andando, a veces arrastrándote, pero avanzas y avanzas, es casi inevitable que las cosas se vayan alineando poco a poco; porque la felicidad no está concentrada en un lugar, sino esparcida a lo largo del camino hacia ese lugar.

Además, es imposible no sentir una felicidad inmensa cuando tienes la suerte de poder disfrutar todos los días de esto: