Estaba la semana pasada hablando con un gran amigo, quién ya es escritor de éxito, y quise darle un consejo puesto que, después una traumática separación que le condujo a una crisis creativa, le está costando recuperar el infernal ritmo de escritura al que nos tenía acostumbrados. Con la mejor intención del mundo, le aconsejé que no se fijara tanto en el número, como en el hecho de avanzar todos los días, que el secreto para conseguir las cosas no son los dones con los que naces, sino la persistencia y que hay que ser muy pesado con lo que te apasiona para que la vida te haga caso y te lo dé, que si un día salen veinte páginas, cojonudo, pero si un día solo sale una frase genial, también vale.

Y estaba, y aún estoy, completamente de acuerdo con ese consejo, pero soy incapaz de aplicármelo.

Necesito acabar el primer borrador de mi novela lo antes posible, para después pulirlo y publicarlo y empezar a moverme en el tema económico, pues mis ahorros se están agotando y, desde que empiece a trabajar para alguien, no tendré ni tiempo ni ganas de escribir una novela que nació para ser libre y debe crecer libre hasta la última página.

Así que sí, aunque el consejo que le di a mi amigo escritor lo considero completamente acertado, los números importan y mucho.

Y sí, aunque pensar en los números hace que focalice mi atención hacia el lugar equivocado y aproveche peor el poco tiempo del que dispongo, no puedo evitar pensar en ellos.

Primero me marqué cinco páginas diarias como objetivo, después lo rebajé a tres y por último acabé exigiéndome una media de solo dos páginas al día. El problema es que un día escribo cuatro páginas geniales que casi no necesitan retoques, pero los siguientes días, debido a circunstancias personales, no consigo escribir más que una página, un párrafo o incluso nada y la media acaba en menos de una mísera página y hago cálculos de cuánto me queda para terminar el primer borrador de la novela a este ritmo y cuánto dinero me queda ahorrado y me estreso mucho. Esta noche, a las 4:30 de la madrugada, me desperté, por primera vez en mi vida, con ansiedad física y mental. Llegué a sentir ganas de arrancarme la piel a tiras por la extraña y jodídamente incómoda sensación que me recorría el cuerpo. No era pena, por suerte estoy muy feliz, era ansiedad y una sensación física de estar incómodo dentro de mi cuerpo, con todos mis músculos en tensión.

Esta mañana me puse a escribir cuando las circunstancias me lo permitieron, pero ya era muy tarde, casi la hora de comer, y además no conseguía concentrarme y empezó a invadirme de nuevo la ansiedad de anoche. Pero entonces aparecieron las circunstancias por la puerta y una de ellas me dio un beso, me masajeó la espalda y me pidió que me tome un día libre para estar bien y me aconsejó que esté tranquilo, que conseguiré publicarla antes de que acabe el año y que ella es mi esposa y el amor de mi vida y me va a apoyar en todo lo que necesite, pero que por nada del mundo me rinda.

Mi esposa: al verla siempre se me empalman el corazón y la entrepierna.

Y mientras, la otra circunstancia me observaba con sus grandes y curiosos ojos: estaba viendo a su papá.

Entonces recordé lo importantes que son las circunstancias.

Las circunstancias lo son todo.

Y sé que mañana o pasado mañana o dentro de unos días volveré a estar estresado con los dichosos números, pero también sé que, cuando eso suceda, no tengo más que recordar las circunstancias para calmarme y volver a sentirme de puta madre.

Si no te ha gustado el artículo de mi papá, esto es lo que me merece tu opinión.