Enero del año 2017.

La luna llena presidía una cálida noche veraniega al sur del ecuador.

El vuelo de vuelta a casa despegaba al día siguiente y me negaba a pasar mi última noche en Perú encerrado entre cuatro paredes, así que recluté a mis amigos y les animé a salir a dar una vuelta y descubrir qué nos podía ofrecer la caótica y salvaje ciudad de Lima. Tras una copiosa y barata cena en un pequeño chifa de barrio y un par de cubos llenos de chelas bien heladas en un bar, nos encontrábamos en la puerta de una discoteca. Mi amigo español no quería entrar y mis amigos peruanos estaban empezando a desanimarse también. Pero era nuestra última noche en Perú: probablemente nunca más íbamos a volver a pisar este país. Además, había algo dentro de mí que me decía que debía entrar a esa discoteca.

Mientras tanto, una chica que yo aún no sabía ni que existía, se despertaba de forma espontánea y le echaba un vistazo a su teléfono: tenía un mensaje: sus amigos habían salido y querían que se una a ellos. Pese a que ya era más de medianoche, la chica, motivada por un impulso de procedencia desconocida, se levantó de su cama, se puso lo primero que encontró y se metió en un taxi que la llevó hasta la discoteca en la que nos encontrábamos nosotros.

Una vez más, logré persuadir a los demás de que teníamos que entrar sí o sí. Y tomamos algo, bailamos (torpemente), reímos y disfrutamos como solo alguien que está en un lugar nuevo es capaz de hacerlo.

Y entonces nuestras miradas chocaron.

Sus ojos, su mirada, su cara… me resultaban familiares, aunque estaba seguro de que era la primera vez que nuestros caminos se cruzaban. La primera y la última, pues yo me marchaba al día siguiente. Por eso no intercambiamos nuestros números de teléfono. Antes de separarnos, me regaló el colgante que llevaba puesto: una bonita guitarra. Después observé cómo se alejaba, embargado por la tristeza que me provocaba saber que nunca más la volvería a ver. “Nunca” es una de las palabras más tristes que hay en el diccionario.

Unos meses después, estaba jugando con mi perrito Leo, cuando este me empujó y me hizo tirar un pequeño cofre de madera en el que guardo mis colgantes, pulseras y anillos. Y la guitarrita volvió a aparecer. Me pasé un buen rato reviviendo aquella mágica y extraña noche (lee mi novela si quieres conocer la historia 😉). Sentí una descarga eléctrica cuando vi su nombre grabado en la parte de atrás. No supe muy bien por qué, o más bien para qué, pero necesitaba saber de ella; quería demostrarme a mí mismo que ella es una persona de carne y hueso; que no me lo imaginé; que esa loca noche sucedió de verdad. Así que la busqué en Facebook y le mandé un largo mensaje, y ese mensaje nos llevó a una conversación. Me sentía eufórico… hasta que me di cuenta de lo obvio: nos separaban diez mil kilómetros.

No pegué ojo en toda la puta noche.

Aunque había decidido no volver a hablar con ella, no pude evitar hacerlo al día siguiente.

Y al siguiente.

Y al siguiente.

Y al siguiente.

Todos los días hablábamos un rato. Cuanto más la conocía, más me gustaba. Y eso era un problema, pues había todo un océano entre ambos. Sabía que debía cortar esto; que lo nuestro era imposible; pero en lugar de eso, decidí a ir a verla. Programé un viaje a Perú: un mes y medio juntos. Después llegaría el amargo y definitivo adiós. Los dos éramos conscientes de que íbamos a sufrir con esto, pero necesitábamos vernos.

Ese mes y medio juntos superó todas nuestras expectativas.

Pero llegó el adiós.

Los dos en el aeropuerto, sentados en el suelo, atesorando cada instante que nos quedaba juntos. Era la despedida definitiva, debíamos dejar esta historia imposible, pero fuimos incapaces. Casi todo el mundo me decía que era una locura hacerlo, pero la locura era no hacerlo, así que lo dejé todo y crucé el océano para irme a vivir con ella en Lima. El escenario es lo de menos; lo importante son los personajes.

Unos cuantos meses después, le pedí que se case conmigo.

Pero eso no es todo…

La gran noticia es que estamos esperando un hijo.

Una hija en realidad.

Ninguno de los dos se veía casándose o teniendo hijos. Ahora sabemos que eso era así porque aún no nos habíamos encontrado: no era que no quisiéramos esas cosas, sino que no habíamos encontrado a la persona con quien quisiéramos hacerlas. El primer mes que lo buscamos, se quedó embaraza. Sacando cálculos, hay muchas posibilidades de que se haya quedado embarazada justo la noche en la que puse un anillo en el dedo anular de su mano izquierda.

Ahora estamos a punto de mudarnos a España. Queremos que nuestra hija nazca allí.

Nuestra intención es vivir a medias entre España y Perú: vivir algunas temporadas en España y otras en Perú. No se trata de que ninguno de los dos “pierda” su lugar de origen, sino de que ambos ampliemos nuestros mundos. Puede parecer difícil de conseguir, pero lo difícil es lo que ya hemos hecho. Ahora solo hay que trabajar duro para conseguir ese modo de vida.

Cada mañana al despertar me giro para verla y recuerdo que, hace un tiempo, esto era imposible.

Pero lo hicimos.

Hicimos posible lo imposible.