Otra ciudad, otro país, otro continente.

Sitio nuevo, gente nueva, costumbres nuevas, todo nuevo.

¿Cómo es mudarte a otro país?

Lo primero que notas cuando te trasladas a otro país, es que no estás de vacaciones, estás viviendo ahí, y no es lo mismo. No estoy diciendo que sea peor, solo distinto. Vives las cosas de forma distinta a la gente que te rodea: para ellos todo parece sencillo, para ti es complicado adaptarte y llegar al punto de sentir que ese es tu hogar ahora; para ellos todo es cotidiano, lo de siempre, para ti es nuevo y emocionante.

Cuando estás de vacaciones, todo es sencillo porque no debes preocuparte de los detalles, tan solo de desconectar y disfrutar; cuando estás viviendo ahí, empiezas desde el primer día a echar de menos a “tu” gente, a “tu” casa, a “tus” costumbres… porque no es un break, sino que tu vida es esa ahora; sientes que todo te supera y aún no percibes que ese sea tu hogar ahora. Cuando sales a hacer algo y vuelves al sitio donde estás residiendo, no te parece que estés volviendo a “casa”. Tienes la sensación de que nunca vuelves a casa, de que llevas días deambulando por “ahí fuera”. Y, aunque te guste tanto como a mí estar por ahí, siempre necesitas volver a “tu sitio” para retomar fuerzas y volver a darlo todo al día siguiente. La gente que no lo ha experimentado, no lo sabe. Piensan que vivir en otro país es como irte de viaje mucho tiempo y no es así: es mucho más complicado.

Pero merece la pena.

Opino que todos deberíamos vivir en otro país, ya sea de forma temporal o definitiva, al menos una vez en la vida. Porque la rutina te ahoga, te asfixia: al menos a mí. Puedo tolerarla por un tiempo, pero no convertirla en mi modo de vida. Cambiar de aires te hace sentir libre de nuevo y esa libertad compensa con creces todas las dificultades que vas a sufrir cuando estés fuera del que hasta ahora era tu hogar. Además, el periodo de adaptación terminará en algún momento y harás de ese lugar, tu nuevo hogar. Tu mundo crecerá y tú crecerás.

Y permíteme darte un consejo, por si alguna vez te lanzas a la aventura: no menosprecies esos momentos de incomodidad: disfrútalos, porque luego los echarás de menos: no desaproveches esos momentos en los que todo es nuevo y emocionante, perdiéndote en la nostalgia, la incomodidad, los obstáculos, etc. Recuerda que aquello en lo que te enfocas, es lo que vas a vivir: no se trata de nada místico, sino de que hacia donde miras, es hacia donde caminas. Si te enfocas en las dificultades, esa va a ser tu experiencia; si te enfocas en las soluciones, en la adrenalina de lo desconocido, en aprender, en ampliar tu mundo y ser más libre, en disfrutar, en vivir a lo grande, eso es lo que vas a experimentar. Así que, si tienes la oportunidad de hacerlo, aunque solo sea una vez en la vida, ¡hazlo! Y calla a esa vocecita interior que te dirá “no lo hagas, aquí estás bien”, porque te está engañando. Durante el momento en el que estás por irte o por decidir si irte o no, de pronto todas las cosas que te molestan de tu vida actual, parecen diluirse y ese aburrimiento, esa sensación de estar encerrado en un mundo pequeñito, por lo rutinario, también parece volatilizarse de pronto. Eso, amigo mío, se llama miedo al cambio. Aunque estás encerrado en un lugar angosto e insuficiente para tus ansias de libertad, la mente te juega una mala pasada y te hace creer que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer, que se está mejor ahí, que fuera puede pasarte cualquier cosa.

Cualquier cosa.

Date cuenta de que ese “cualquier cosa” es maravilloso.

En lo que ya conoces, hay seguridad; pero en ese “cualquier cosa”, hay magia.